+La Historia de Baytar Dix

LUNES

I

La huelga de los controladores aéreos franceses no estaba teniendo un respaldo masivo, pero la Dirección General de la Aviación Civil (DGAV) reconocía retrasos de al menos cuarenta y cinco minutos en casi todos los vuelos que despegaban ese lunes desde los aeropuertos galos. Como siempre, estas incidencias repercutían en el tráfico aéreo de toda Europa y, por supuesto, en las salidas y llegadas de El Prat.

En el Centro de Tráfico Aéreo del aeródromo barcelonés se podía respirar el malestar. Los más radicales del colectivo tocaban a rebato. Sus argumentos para calentar a los tibios de ánimo eran diáfanos.

- Tenemos que aprovechar el efecto dominó para exigir las mejoras pendientes. Y si no las hay, se redacta una plataforma en un ‘pis pas’ y a las barricadas.

Las discusiones entre revolucionarios y reticentes se zanjaron de golpe a última hora de la tarde. En las pantallas de seguimiento apareció una señal luminosa no identificada.

- ¡Está situada unos cien kilómetros al Este de la torre de control y se dirige hacia Barcelona a una velocidad estimada de 900 kilómetros por hora! –informó uno de los controladores.

De manera simultánea, los comandantes de los aviones que se aproximaban a la capital catalana para iniciar las maniobras de aterrizaje enviaron mensajes de alerta. Los controladores dictaron nuevos rumbos para los pilotos mientras su jefe se centraba en la imposible tarea de contactar con el dichoso punto luminoso. El eco del radar de pista indicaba que se trataba de un objeto volador de una longitud de entre veinticinco y treinta metros.

- ¿No estaremos a día once? –Preguntó un agorero, y su voz sonó cavernosa.

- ¡Déjate de capulladas y contacta con el mando del Sector Aéreo! –Le gritó su jefe. A continuación se dirigió a los informáticos de Sistemas- ¡Ya podéis buscar qué nueva chapuza habéis hecho!

La crisis duró poco más de un par de minutos. Tal y como había aparecido, la señal luminosa dejó de centellear en las pantallas de seguimiento.

- ¡La leche! ¿Dónde está la jodida luz? ¿No será otra cagada del sistema?

- ¡Eh, cuidado! –Replicó el jefe de Sistemas-. Los del Ejército acaban de telefonear. Sus radares han detectado el mismo eco.

- ¡Pues habrán sido ellos! –Terció otro informático-. ¿No están desarrollando los programas de vuelo del Eurofighter?

En las últimas semanas, entre los controladores aéreos eran materia común de comentario las apariciones fugaces de cazas del Ejército en los corredores aéreos civiles. Los pilotos tenían cierta propensión a lanzarse retos. Afortunadamente, estos incidentes nunca habían tenido mayor trascendencia.

- No creo que esta vez sea cosa del Ejército –replicó el jefe del Control Aéreo-. Si hubiera sido una de sus patrullas, el radar habría detectado un eco por cada Eurofighter. Además, Sector Aéreo no nos habría telefoneado.

- ¡A ti te van a explicar los militares qué hacen sus patrullas! -Le espetó el jefe de Sistemas-. Además, tampoco se lo habéis preguntado. Como lleváis todo el día discutiendo si vais o no a la huelga…

- Oye, ¿Qué coño insinúas? ¡Tú sí que deberías de andarte con ojo! Desde que se instaló el nuevo equipo tenemos una incidencia cada tres días. Pero lo solucionas todo diciendo que hemos visto otro ovni y, ¡hala!

Tras unos minutos de discusión entre el responsable de Control Aéreo y el de Sistemas, decidieron cruzarse sendos partes y que sus superiores abrieran una investigación. Primer paso, solicitud de una revisión exhaustiva de toda la instalación para detectar posibles errores de los ingenieros de Sistemas; segundo paso, apertura de un expediente informativo para descartar posibles negligencias durante el turno de tarde de los Controladores; tercer paso, petición de un informe al Sector Aéreo de las Fuerzas Aéreas sobre sus actividades ese día en el área de Barcelona.

(Continuará…)

II

Baytar Dix, periodista de la cadena MNN del planeta Jaspion, descubrió su error demasiado tarde. La nave ya había iniciado la secuencia de aterrizaje. Los estridentes sonidos de las señales de alerta empezaron a retumbar en su cabeza, primero como un lejano eco, después martilleando sus sienes, para avisarle de que no atracaban en un cómodo y moderno muelle del puerto interestelar de Tinoon como tenían previsto.

El periodista saltó sobre el sillón del puesto de pilotaje en el que se había quedado dormido, derrotado por los efectos del alcohol, y se incorporó para manosear los diferentes teclados del ordenador de a bordo, pero no supo encontrar la forma de abortar la operación de aterrizaje. Las pantallas escupían mensajes de peligro inminente de colisión y el ordenador recibía datos contradictorios de los sensores del casco exterior pues no detectaban las balizas de guiado instaladas en los puertos interestelares de la Federación de Mundos Inteligentes.

Estaban cayendo sobre la zona de noche de un alejado y primitivo planeta que, por supuesto, no contaba con cómodos y modernos puertos espaciales en los que atracar. Su flamante unidad móvil interestelar planeaba a un centenar de metros del mar en dirección a la costa.

El camarógrafo de la MNN Hertog Bulq, que hasta entonces había permanecido en su camarote, llegó a la cabina dando tumbos. Iba a lanzar una retahíla de insultos contra su compañero Baytar Dix pero enmudeció al percatarse del panorama que se abría ante sus ojos. Bajo ellos discurría a toda velocidad una oscura alfombra de agua y enfrente se vislumbraba la línea de la costa, una gran alfombra luminosa que indicaba la presencia de una aglomeración urbana. Ellos se dirigían directamente hacia uno de los extremos de la alfombra, una zona menos iluminada en la que se recortaba un promontorio pegado a la línea del mar y cuya ladera se levantaba como una pared prácticamente vertical.

- ¿Por qué no estamos sobrevolando el puerto de Tinoon? ¿A dónde me has traído? –Fueron las estúpidas preguntas que acertó a articular Hertog Bulq.

Baytar Dix, enfrascado en recuperar el control de la nave, le contestó sin tan siquiera dirigirle una mirada.

- ¡Sus habitantes lo llaman Tierra! ¡Y no sé cómo gónadas hemos venido a parar a esta roca, pero si no dejas que me concentre será lo último que veas en tu puñetera vida!

- ¿Que no sabes cómo hemos llegado hasta aquí? ¡Yo te diré cómo hemos llegado hasta aquí! ¡Está muy claro que estás borracho, como siempre, y…!

La nave dio una nueva sacudida. La secuencia de aterrizaje inició el descenso definitivo hacia el supuesto muelle de atraque. En unos kilómetros, si no conseguían desactivar el programa, acabarían bajo el agua o estrellados contra aquel inmenso frontón situado junto a la costa.

- ¡Por fin! –gritó eufórico Baytar Dix tras otro angustioso minuto tecleando órdenes de manera frenética.

El periodista había conseguido detener la secuencia de aterrizaje y, recuperado el control manual, giró el asiento hacia los mandos de pilotaje. Planeaban a unos diez metros de la superficie marítima y estaban a menos de un kilómetro de la elevación costera. Baytar Dix agarró con firmeza los mandos y los giró con todas sus fuerzas hacia la izquierda. La línea de la costa desapareció de su campo de visión pero entonces notaron un impacto en el costado izquierdo.

- ¡Tira del timón hacia atrás maldito beodo, que nos vas a hundir! –Hertog Bulq, aterrado, se ajustó los correajes de seguridad.

- ¡No es un timón, es un…! ¡Es un…! –Baytar Dix obedeció al camarógrafo. Retomaron un poco de altura y perdieron velocidad, pero se encendieron nuevas luces de alerta.

- ¡El impacto ha dañado la nave! –diagnosticó el camarógrafo.

- ¡Muy listo! ¿Y qué querías que hiciera? No soy un piloto de combate. Ahora cierra la bocaza. Intentaré posar este trasto en algún lugar seguro y evaluaremos las averías.

- ¡Ah! ¿No sabes pilotar pero sí sabes evaluar daños? ¿Y dónde gónadas vas a posar este trasto, capullo? ¿En un taller o en una flor?

Baytar Dix dudó un momento. La superficie terrestre era una sucesión de alfombras luminosas apenas separadas entre sí, zonas habitadas que debían evitar. Pero en las condiciones en las que se encontraban, tenían que aterrizar inmediatamente.

El único punto menos poblado en aquella zona era, precisamente, la dichosa montaña, denominada Montjuïc y situada sobre el puerto marítimo de la ciudad, registrada en los archivos con el nombre de Barcelona. El periodista tomó una decisión.

- Vamos a aterrizar detrás de la cima de la colina, en aquella zona arbolada –Indicó Baytar Dix.

- ¡Tú, además de borracho, estás loco! ¡Si no nos matamos en el aterrizaje, destrozarás lo que queda de la unidad móvil!

Baytar Dix redujo la velocidad y orientó el morro de la nave hacia la zona que había escogida. Tras sobrepasar la larga escollera sobrevolaron un área portuaria en la que se encontraban atracados varios barcos de gran tonelaje sobre los que se cernían las grúas de carga. A la izquierda de ellos se extendían varios kilómetros de silos, depósitos de combustible, naves de almacenaje y miles de contenedores listos para ser embarcados. Un poco más allá, un faro luminoso enviaba su señal a las embarcaciones próximas a la costa.

Superaron una serie de vías de comunicación que discurrían paralelas a la costa y, ya sobre la cima del promontorio, al encontrarse sobre la vertical de una vetusta fortificación, Baytar Dix hizo que la nave girara para dirigirse hacia una superficie arbolada que estaba situada entre el castillo y lo que parecía un cementerio.

- Desde luego, eres un hacha –refunfuñó su compañero-. Aterrizaremos entre una instalación militar y un cementerio. Así estos salvajes podrán acabar más rápido su trabajo.

El periodista inició el descenso para posarse en un pequeño claro entre los árboles. Al instante detectaron que una serie de vehículos que se encontraban escondidos en la zona se activaban e iniciaban la huída de manera precipitada.

(Continuará…)

III

Oriol Reginàs conducía el BMW Z4 M cupé de su padre por la bajada del Paseo del Migdia con una pericia inesperada teniendo en cuenta el revirado recorrido, la velocidad a la que iban y su estado de ánimo. El vaho de los cristales, que apenas había eliminado torpemente después de arrancar, ya no era un problema. Con la precipitación, había activado inopinadamente el botón de apertura automática del techo retráctil y ahora el viento corría de lo lindo por el habitáculo del despampanante deportivo “valorado en más de 65.000 euros, sin contar los extras”, como le gustaba fardar a papá cuando enseñaba su último juguete a los amigotes y a las amiguitas, las cuales llevaban por el camino de la amargura a la mema de mamá.

Oriol Reginàs no se había ajustado el cinturón de seguridad. Tampoco el de vestir ni prenda alguna. Sólo conservaba puestos los Sebago. Los Armani Jeans y el Polo Ralph Lauren seguían tirados en la parte trasera. A través del estilizado espejo retrovisor izquierdo podía ver ondear cual bandera pirata sus calzoncillos negros Calvin Klein de elástico blanco. Se habían enganchado en la antena retráctil del Z4 con el emblema CK bien a la vista.

Aquella tarde, Oriol Reginàs había pasado por la peluquería y por una interminable ristra de tiendas del Paseo de Gràcia para comprar, tarjeta-de-crédito-oro en mano, lo que consideraba un montón de basura repleta de emblemas publicitarios de multinacionales explotadoras. Después, sintiendo una punzada en el corazón y en la conciencia, se había desprendido de la gastada guerrera militar, la camiseta sin mangas y las botas de montaña para enfundarse el nuevo disfraz con un único objetivo: darse, de una vez por todas, un buen revolcón con Elisenda Magí.

Era una asignatura pendiente desde sus años de escuela, pero ni por ésas lo había conseguido. Una vez más había quedado claro que él no era como su padre…

Menudencias. Lo más importante en esos momentos era huir. Cierto, conducir el Z4 –“el primero de techo-rígido-retráctil-automático que llegó a Barcelona”, según papá- con los calzoncillos por bandera no iba a quedar nada bien en su currículo, ya fuera desde el punto de vista de oveja negra de la familia, ya fuera como digno representante de las familias ilustres de la ciudad. Pero no era el momento de pensar en eso. Mejor dicho, no era el momento de pensar en nada, excepto en escapar a toda mecha de aquel lugar y de aquella aparición luminosa que les había dado un susto de muerte. Además, el resto de vehículos que habían emprendido la huída le achuchaban. En concreto, el ‘quillo’ que le iba a rueda con un Seat León Cupra estaba empeñado en hacerle un interior para demostrarle a su novia que lo importante son las manos del piloto y no el coche.

A su lado, Elisenda Magí recordó una vez más la advertencia de su madre. “Salir con Oriol Reginàs es una equivocación. Su cuenta corriente te dice que se trata de un buen partido pero tienes que hacerme caso. Es un tarado, como su padre. También se pasó unos años en Ibiza, viviendo en no se qué comuna, hasta que se cansó. Entonces regresó a Barcelona y se hizo hombre de negocios”. Elisenda ya sabía que Oriol era un imbécil, pero no que además fuera cutre. “Mamá tenía razón”, era la frase que murmuraba entre sollozos para flagelarse.

Para cuando el coche atravesó la intersección de la calle del Foc con el camino de Can Clos y la calle de los Ferrocarriles Catalanes, Elisenda Magí ya había localizado las bragas y el sujetador y ponía a prueba su duro trabajo en el gimnasio contorsionándose con agilidad y presteza para enfundarse sus caras y delicadas prendas íntimas. Quería estar presentable antes de que aquel cabestro lanzara el coche por un terraplén o ¡milagro! llegaran al Paseo de la Zona Franca. “Morir en pecado, tal vez; morir haciendo el ridículo, jamás”, se dijo antes de volcar su ira contra su acompañante.

- ¡Ya te dije que nos darían un susto! ¡Los tíos con clase pagan un hotel como Dios manda!

- Collons, Eli ¿Es que no has visto ‘aquello’? ¡Poca broma! ¡Eso no era un helicóptero de la policía!

- ¡Me es igual que fuera animal o vegetal! –Elisenda Magí había conseguido abrocharse el sujetador y ya negociaba con la blusa- ¡Yo no vuelvo a salir contigo en mi vida! ¡Ni a comprar el pan!

- ¡Mierda, lo que faltaba! –Exclamó Oriol Reginàs al descubrir frente a ellos los destellos azules de un coche patrulla. Por el espejo retrovisor aún veía ondear sus calzoncillos y detrás, la hilera de faros, como si él fuera el abanderado y capitán de todos aquellos vehículos desbocados montaña abajo.

- ¡Es un coche de monillos!

- ¿Un coche de qué? –Elisenda luchaba ahora con sus pantalones.

- ¡De la Guardia Urbana! Y yo, en pelotas –Suspiró Oriol, mientras detenía el coche.

El resto de vehículos pasó zumbando junto al coche patrulla, incapaces los agentes de detenerlos a todos. Bien. En estos casos, el líder de la prueba se llevaba todos los premios.

(Continuará…)

IV

Lo peor para Oriol Reginàs no fue que los guardias le encañonaran con sus armas ni el tener que salir en cueros del Z4. Ya le había sucedido durante sus tiempos de ‘lucha okupa’. Lo más humillante era llevar puestos aquellos asquerosos mocasines en vez de sus queridas botas.

El punto de vista de los urbanos era algo distinto. Tenían un tipo desnudo -¿un chulo?- encima de una joven -¿una puta?- y ella gritaba como si estuviera poseída por todos los demonios porque no quería que aquel manso le volviera a poner las patas encima. Los agentes temieron que el perturbado del cochazo -¿robado?- fuera peligroso, así que le ordenaron bajar a punta de pistola.

Cuando comprobaron que el joven iba indocumentado pero que la chica, menor de edad, le reconocía como un amigo, se relajaron un poco y guardaron las armas.

- Pijito intenta impresionar a perica con el coche de papá -Masculló el agente más veterano.

Los pipiolos balbucearon que les había espantado “un extraño resplandor azulado, o verduzco, o gris” y que a continuación “el objeto volante se había posado en la montaña”. El agente más joven se aproximó al coche patrulla para contrastar por radio con la central los datos que les había facilitado la pareja… Y se volvió a torcer su suerte. En efecto, el imberbe era el heredero de Rodolf Reginàs, propietario de un imperio en los sectores inmobiliario, financiero y especulativo en general. Pero también se había distinguido meses atrás como uno de los más activos miembros del movimiento ‘okupa’ en los barrios barceloneses de Sants, Gràcia y Ciutat Vella. No sólo tenía ficha policial, sino que en la misma constaba que había estado involucrado en los altercados durante los que los ‘okupa’ le habían abierto la cabeza a un agente de la Guardia Urbana que seguía en coma cuatro meses después.

- Se acabó el buen rollo, chaval. Estás a punto de disfrutar del privilegio de una larga estancia en un trullo cinco estrellas, la Modelo. Desorden público, conducción temeraria sin papeles, destrozos en el mobiliario municipal, intento de abuso sobre una menor…Esta vez te vamos a empurar.

Oriol sintió una gran presión en la boca del estómago. Dispuestos a rematar la faena, los agentes le cedieron el estoque a Elisenda.

- Y tú niña, no sé que hacías esta noche con este tipejo, pero no tienes antecedentes penales, ni tienes porqué tenerlos. Si explicas que todo ha sido cosa de este cabrón, te tomamos declaración como testigo y te vas a casa.

Afortunadamente para Oriol Reginàs, Elisenda Magí se apiadó de él y se mantuvo de su lado.

Resignados, los agentes le apretaron las tuercas al joven todo lo que pudieron, dadas las circunstancias. “Todavía en pelotas”, se quejó inútilmente Oriol, le hicieron soplar para someterle a la prueba de alcoholemia. Tras comprobar que no superaba la tasa legal, le permitieron recuperar los calzoncillos, que aún colgaban de la antena del Z4, y el resto de su ropa y los metieron en el coche patrulla.

Camino de la comisaría, el joven intentaba ordenar sus ideas. Confiaba en que papá, siempre preocupado por la imagen de la familia, haría caso a mamá y pararía una vez más el golpe. ¡Ojalá el BMW no estuviera demasiado abollado! ¿Y si se lo llevaba alguien? ¡Ni siquiera había podido quitar las llaves del contacto! ¿Cuál sería ahora su imagen a los ojos de sus colegas del movimiento libertario?

Al final de aquella larga noche, la intervención de su padre, a través de terceras y muy influyentes personas, libraría a Oriol Reginàs del dudoso privilegio de convertirse en huésped de la cárcel Modelo de Barcelona.

(Continuará…)

V

Jaume Darder, redactor de la sección de cierre de ‘El Correo Diario’ de Barcelona, llevaba tantas horas encorvado frente a la pantalla del ordenador que le dolía el espinazo. Notaba otra vez aquel pinchazo en el ojo izquierdo. Le costaba concentrarse en una idea concreta y a los treinta segundos se quedaba en blanco. Los programas radiofónicos, los de televisión, Internet… La sala de Redacción estaba prácticamente desierta. El periodista apuró su enésimo cigarrillo, que prácticamente se había consumido solo sobre el tablero de la mesa y aplastó la colilla contra una de las esquinas del atestado cenicero.

Jornada tras jornada, Darder repetía su rutina. A media tarde llegaba a la redacción de ‘El Correo Diario’, uno de los periódicos más importantes del país. Primero hojeaba la prensa; después repasaba las agencias de noticias y navegaba un rato por Internet. A continuación iniciaba una ronda para charlar con los jefes de sección que le informaban de la hora de cierre de la primera edición y de los cambios previstos para la segunda. Después, a esperar. En unas horas, las constantes vitales de la Redacción se reducían al mínimo. Un redactor jefe, dos becarios y él, dispersos por la inmensa sala, cada uno ocupado en lo suyo, mantenían el pulso del periódico.

Aquella noche, el proceso se complicó algo más de la cuenta. Uno de los becarios le llegó con un teletipo de agencias en la mano.

- Tío, de parte del jefe, que metas este suelto en las páginas de Barcelona –El becario le tiró el trozo de papel sobre la mesa e hizo el ademán de regresar hasta su mesa para recoger sus cosas.

- ¿Tío? ¿Es que tu padre es mi hermano? –contestó el veterano periodista-. Hala, ya te puedes poner a escribir y date prisa, que se nos echa la Navidad encima.

El becario masculló una maldición y se fue a su mesa a trabajar. Darder empezó a leer la información mientras recuperaba una de las páginas de la sección de Barcelona ciudad. “Posible avistamiento de un ovni en los alrededores de la costa de la ciudad de Barcelona… comunicados del Control Aéreo del aeropuerto y del Sector Aéreo del Ejército…Incidentes en Montjuïc…”.

- ¿Por esta chorrada me harás retrasar la segunda edición? –Le gritó Darder al jefe de cierre, que ya enfilaba la puerta de salida a toda máquina.

- Avistamientos ovni en el aeropuerto y en Montjuïc, carreras ilegales en Montjuïc… ¡Una chorrada, comparado con veintidós tíos en calzoncillos, como a ti te gusta! Pero seguro que esa chorrada le interesará a los lectores de ‘El Correo Diario’. Así que haces el cambio cagando leches y luego te podrás ir a casa. ¡Buenas noches!

Cuando acabó la segunda edición, Darder avisó a Preimpresión de que bajaban la persiana por esa noche. Después, recogió sus cosas y con el pequeño auricular de la radio portátil incrustado en la oreja izquierda, emprendió el camino de vuelta a casa.

El apartamento de Jaume Darder no estaba demasiado ordenado desde que no vivía con Sonia y los niños. Tampoco le importaba demasiado. Nunca había sido excesivamente mirado para estas cosas. Además, había salvado del naufragio buena parte de sus libros favoritos, casi toda la colección de discos, uno de los ordenadores, un televisor y la nevera para enfriar las cervezas.

¡Ah! Y la cama. Sonia le dijo el día que le abandonó que se la podía quedar porque le traía recuerdos tristes.

- Jamás podría volver a hacer el amor en ella –sentenció la mujer de forma solemne.

- Tranquila, lo hacíamos tan pocas veces durante estos últimos años que en ese sentido está como nueva –Le replicó Darder antes de encajar un buen bofetón en la mejilla.

Con aquel menguado patrimonio se buscó un apartamento en el barrio del Eixample.

- ¡Desde aquí reconquistaré mi vida! –Había pregonado Jaume Darder desde el estrecho balcón ante la inexpresiva mirada del agente inmobiliario que acababa de endosarle el piso por cien euros más de lo que tenía previsto.

Desde que vivía solo ya no tenía a quién explicarle sus ocurrencias, sus chistes o sus penas, y a ratos pensaba en voz alta mientras deambulaba por el apartamento. Sus reflexiones se intercalaban con el sonido de la televisión, de la radio o del equipo de música y así mataba el silencio y se creaba la sensación de que había más vida en el piso.

Jaume Darder conectó el equipo de sonido y empezó a sonar el ‘Crying’ de Roy Orbison.

- Joder Roy, tampoco es que fueras un tipo alegre, precisamente- dialogó con la voz del difunto músico.

Decidió entonces escoger una compañía más animada y puso en el aparato a los ‘Blues Brothers’. Después, fue hasta la cocina para acabar de prepararse algo de cena.

Engulló a toda prisa el bocadillo, apuró la cerveza, cogió otra de la nevera y se dirigió a la mesa sobre la que reposaba el ordenador. Lo conectó, se sentó frente a él y abrió un archivo. Al mismo tiempo que le daba un trago a la bebida, repasó las últimas páginas escritas la noche anterior. Y como cada madrugada, borró y retocó buena parte de lo que leyó.

Darder sufría aún los efectos de la vertiginosa cuesta abajo por la que se deslizaba en los últimos tiempos. La separación matrimonial había sido un mazazo; la defenestración en ‘El Correo Diario’ de Deportes a Última Hora, una auténtica humillación.

– Podía haber sido peor -mintió a los pocos que le llamaron entonces para darle ánimos-. Imagínate que me colocan en la sección de Televisión, o en la de prensa rosa. Ahora tendré las mañanas libres y en Última Hora podré tocar todos los palos. No pinta tan mal.

La realidad fue mucho más cruda que sus previsiones. Algunas noches espiaba furtivamente las páginas de sus antiguos compañeros de Deportes y en una semana como aquella, con un Barça-Madrid a la vista, se sentía fatal.

- Otro clásico a punto de pasar por delante de mis narices y yo tendré que verlo en un bar. ¡La madre que parió a Juarros! – Se lamentó a las paredes del comedor.

Apuró la cerveza de un trago, fijó la vista en la pantalla del ordenador y empezó a teclear lo primero que se le pasó por la cabeza.

(Continuará…)

VI

El intendente de la Guardia Urbana en el distrito de Sants-Montjuïc, Robert Sambenito, aún le daba vueltas a la tonta historia que aquel majadero había relatado para justificar su nueva gamberrada. Los subordinados de Sambenito tenían orden estricta de telefonearle inmediatamente cuando se tratara de un caso con algún pez gordo implicado. En cuanto recibieron el aviso de que Oriol Reginàs era conducido a comisaría, supieron que tenían que llamar al intendente.

Robert Sambenito llevaba muchos tiros pegados como para no saber que la gente se inventa las más disparatadas historias para salir del paso. “Que te trinquen conduciendo como un loco, sin el carné de conducir y en pelota picada tras pelar la pava con una menor, es una situación complicada”, pensó Sambenito. “Incluso para el hijo de Rodolf Reginàs”, concedió.

El pollastre se les había escapado otra vez gracias a las influencias y el dinero de su padre. Sambenito no se creía ni una coma de aquella historia de extraterrestres, pero resultaba evidente que algo había pasado: en el informe constaba que el incidente había estado protagonizado por, al menos, otra docena de coches. Noche tras noche, las parejas se acercaban a los pocos rincones solitarios que quedaban en el área metropolitana de Barcelona para buscar intimidad barata y darse el pico. La montaña de Montjuïc era uno de esos rincones. Al intendente Sambenito no le apetecía nada que comenzara a correr la especie de que en su distrito había maníacos que se dedicaban a espantar a las parejas.

Descolgó el auricular y telefoneó al intendente Antoni Casal, jefe de la comisaría de Mossos d’Esquadra en Sants-Montjuïc. Tras intercambiar las bromas de rigor, el guardia municipal le expuso el motivo de su llamada

Tras unos segundos de silencio, Casal arrancó de una forma inesperada para Sambenito.

- ¿Cuántos años hace que nos conocemos, Roberto?

- Hombre, no sé. Desde la época del Cuerpo…

El ‘Cuerpo’ era una de las denominaciones de la Guardia Civil, la policía que a pesar de llamarse civil es militar.

- ¿Qué coño te pasa, Antonio? –El guardia urbano estaba ya algo mosqueado.

- Vamos a ver. Esto entre nosotros… Esta noche, el Control Aéreo de El Prat ha registrado una actividad extraña. Están a la espera de que la fuerza aérea aclare si se trató de uno de sus aparatos. Todo el asunto está pendiente del informe definitivo, claro, pero algunas emisoras de radio ya han hablado del incidente de El Prat y de un extraño objeto luminoso sobrevolando la montaña de Montjuïc. Y ahora tú me sales con éstas.

- Vamos Antonio, no me jodas –Dijo el urbano.

- Nunca he jodido a ningún tío, Roberto. Por ahora se está llevando a cabo la investigación rutinaria para estos casos. Posiblemente sea una chorrada, pero ahora tú me explicas esto…

Sambenito y Casal decidieron reforzar la vigilancia en la montaña de Montjuïc durante unos días para no dejar ningún cabo suelto y acordaron volver a ponerse en contacto si se producía cualquier novedad relacionada con el caso.

(Continuará…)

VII

Baytar Dix hizo un nuevo intento para establecer contacto con Jaspion. Manipuló la consola de transmisiones pero no apareció imagen alguna en la pantalla. Al cabo de unos segundos entraron por el canal de sonido mensajes inconexos. “Cadena Los Tigres, número uno en… El President de la Generalitat, Pasqual Maragall, ha inaugurat aquest migdia… Control, aquí Águila, no se ha registrado actividad ajena en el espacio aéreo desde… La preparació de la plantilla del Barça pel clàssic del dissabte…”.

El balance de daños era concluyente: Volvía a estar en el hoyo más profundo que nadie pudiera imaginar y muy pronto sería uno más de los millones de periodistas que engrosaban las listas de parados del planeta Jaspion. Había destrozado la flamante unidad móvil con autonomía interplanetaria que la MNN había puesto a su disposición y no podían emprender un vuelo interplanetario. Y lo peor de todo: se había dañado gravemente el sistema de transmisiones.

- Será imposible enviar nada a tiempo sobre ‘Las Finales’ para el Noticiario de la noche… -se lamentó con amargura.

- ¡No me digas! ¿Tal vez se deba a que en vez de estrellarnos en Tinoon nos hemos estrellado en la tierra? –replicó Hertog Bulq. Pero Baytar seguía a la suya.

- …Peor aún: ni tan siquiera podemos contactar con Jaspion para solicitar que nos envíen ayuda. ¡Con lo que me costó convencer al Jefe de que había superado sus problemas con el alcohol…!

- Sólo fallaste en un detalle: No dejaste de beber. ¿Y tú te crees que el Jefe va a enviar a alguien, después de esto?

A Baytar Dix le entraban arcadas al rememorar su última conversación con el Jefe. “Son Las Finales, Baytar. Si metieras la pata otra vez, el director me cortaría la cabeza y la tiraría por la ventana antes de que tú hubieras firmado el finiquito”, se había justificado Drinag Zof, el Jefe, cuando en un primer momento le descartó.

Entonces el veterano periodista se arrastró, apeló a su vieja amistad e incluso a secretos hasta ese momento nunca desvelados para convencerle. Recordaba que cuando, por fin, accedió a nominarle como enviado especial, de los ojos del Jefe se escapaban pequeños destellos de ira.

- Está bien. Mi mujer siempre me dice que soy un idiota. Hasta hoy siempre pensé que lo hacía para insultarme. ¡Lárgate de una vez a Tinoon! Pero sobre todo: no la vuelvas a cagar porque no te taparé ni el más mínimo error. ¡Ah! Y extenderé por toda la profesión los peores bulos para que no puedas volver a poner tus patas en una Redacción. Aunque de extender tu leyenda ya te ocupas tú mismo día a día…

Drinag Zof tomó resuello de nuevo antes de despachar definitivamente a su subalterno.

- Ya sabes: Quiero historias de las que llegan al espectador, con héroes sufrientes y comprometidos y con imágenes espectaculares. Pide que os preparen la Móvil 435. Es de las nuevas, así que te lo repito: Si esta vez las cosas van mal, estás listo. Por cierto, te vas con Hertog Bulq.

Ahora Hertog Bulq era un problema secundario. ¿Cómo iba a convencer al Jefe de que no había bebido una gota cuando se despistó al introducir las coordenadas de vuelo? ¿Cómo decirle que, además de no estar en Tinoon y de no tener un mal reportaje se había cargado la móvil? Para colmo, aquella maldita resaca no le dejaba pensar con claridad.

No tenía sentido seguir lamentándose, así que el periodista de la MNN decidió poner la nave a salvo de posibles miradas indiscretas. Baytar activó el sistema de camuflaje de la nave, los sensores detectaron que por un camino próximo circulaba un vehículo de considerables dimensiones y el exterior de la unidad móvil adoptó la misma apariencia. Para él, la inmensa inscripción ‘BCNeta!’ no tenía sentido alguno.

Por otra parte, había un factor que jugaba a su favor. En cualquier otro lugar del mundo, habría llamado mucho la atención encontrarse un inmenso camión del servicio de recogida de basuras -rebautizada con la llegada de la modernidad como BCNeta!- emparedado entre los pinos de una montaña como Montjuïc. Pero Barcelona no era cualquier ciudad. En la ecológica, solidaria y sostenible BCN todo era posible.

Incluso, que un monstruoso trailer de dos cuerpos adornado con los colores y las siglas de BCNeta! quedara estacionado en medio de un pinar, en un punto en el que no había instalado ningún contenedor de basuras que vaciar pero sí, desperdigado, un mar de condones, latas de bebida, colillas, restos de bocadillos, bolsas de plástico, tetrabricks de vino peleón estrujados y folletos recomendando ‘sex shops’ y restaurantes de comida rápida.

Al cabo de un rato, y cuando todo parecía estar bajo control, empezaron a llegar otra vez a los alrededores varios vehículos que se detenían en las proximidades. Los sensores no detectaron que estuvieran equipados con sistemas de armas aunque en su interior se registraba una intensa actividad. Durante unos minutos, se bamboleaban de manera rítmica pese a que sus motores no estaban conectados ni disponían de sistema gravitacional. “¿Motores híbridos?”, se habían preguntado los dos alienígenas.

Baytar y Hertog observaron que, tras un periodo que oscilaba entre los tres y los cinco minutos, ocho a lo sumo, los vehículos dejaban de oscilar. Entonces, en su interior aparecían pequeños puntos de luz roja que despedían columnas de humo.

Fue Hertog quien hizo el diagnóstico definitivo: “En la Tierra o en Jaspion, esos están pegando un polvo”. El camarógrafo, entre risas, decidió salir de la nave, holocámara en ristre, y ponerse a grabar, como si su pellejo no estuviera también en juego, para vender las imágenes al programa ‘Lugares Exóticos’.

- ¡Seguro que me soltarán una pasta por esta colaboración! -Se había justificado para no atender a las llamadas a la prudencia de su compañero.

¡Ya verás cuando regreses y te digan que estás despedido! –Le contestó Baytar-. ¡La ‘pasta’ te irá muy bien mientras buscas otro trabajo!

Mientras su compañero merodeaba por la zona, Baytar siguió analizando la situación. “Hasta el momento no hemos violado los puntos fundamentales del Protocolo”, reflexionó.

El Protocolo era el Protocolo. Y el Protocolo establecía que la obligación de la tripulación de cualquier nave de la FMI que llegara a uno de los Mundos Primitivos Habitados (MPH) era la de pasar desapercibida para la población autóctona y, por supuesto, para las autoridades. En la parte del Universo de la que procedían Baytar y Hertog denominaban Mundos Primitivos a todos aquellos planetas cuyas civilizaciones aún no habían llegado a un grado de desarrollo tecnológico y cultural suficiente como para descubrir y racionalizar la existencia de otros seres inteligentes en el Universo más allá de sus fronteras planetarias.

Dadas las circunstancias, Baytar sólo le pedía al destino que sus conocimientos y los de Hertog bastaran para reparar los componentes básicos del sistema de transmisiones y poder enviar un aviso de emergencia a Jaspion. Aunque eso era sólo era la primera parte del problema. El principal escollo sería explicarle al Jefe lo sucedido y convencerle de que era una buena idea enviar una nave de apoyo para reparar su unidad móvil y hacerles regresar a casa.

(Continuará…)

VIII

A Daniel Cáceres le costaba reconocerse en aquella fotografía que Mónica se había empeñado en colocar sobre la mesa de su despacho. Aquel niñato de once años que se presentó un día en una oficina del Camp Nou porque quería jugar en el Barça… La larga ascensión de veintidós años hasta la gloria y la fortuna deportivas en el FC Barcelona le había endurecido y ahora podía presumir de tener unos espolones más duros que los tacos más afilados del defensa más asesino del campeonato.

Capitán del conjunto azulgrana, llevaba demasiado tiempo en ‘Can Barça’ como para no saber qué se cocía allí. Y esta vez era él quien estaba dentro de la olla. Nada muy original: le querían dar puerta al final de la temporada, aprovechando que expiraba su contrato. A muchos les habían sellado el pasaporte incluso antes de llegar a los treinta y Cáceres ya tenía treinta y tres tacos.

A los cinco minutos de finalizar la reunión de la Junta directiva en la que se había tratado su caso, Cáceres estuvo al corriente de todo gracias a la llamada de un amigo que trabajaba en oficinas. En los clubes de fútbol se mantienen pocos secretos; demasiados intereses que satisfacer, egos que alimentar y facturas que pagar. De primera, de segunda o de tercera mano, todo se acababa sabiendo.

- Dicen que estás cojo, que eres un resabiado y que creas mal ambiente entre el resto de la plantilla y contra el entrenador en cuanto perdéis dos partidos seguidos –Le resumió el confidente.

- Esos buitres llevan tiempo revoloteando sobre mí pero no saben con quién se están jugando los cuartos. ¿Y Puga no me defendió? –preguntó Cáceres. Carles Puga era el presidente del Barça, elegido casi por aclamación en las últimas elecciones, como siempre sucedía en el Barça.

- Puga les avisó de que tienen que ir con cuidado contigo porque eres un cabronazo –el confidente se rió de buena gana al otro lado de la línea telefónica-. También dijo que todavía caes bien entre la afición y que conservas amigos influyentes en la prensa.

- Lo que no quiere es que la noticia le estalle en la jeta con un Barça-Madrid a la vuelta de la esquina y la Liga tan igualada –diagnosticó Cáceres.

- Será eso. El caso es que el resto aceptó sus argumentos como si fuera palabra de Dios y por ahora lo mantendrán en secreto. Al menos eso te dará unos días de margen para maniobrar.

Cáceres se despidió de su confidente y regresó al salón. Mónica dormía plácidamente tumbada en el sofá, ajena a las imágenes que emitía el televisor y al cataclismo que se les venía encima. “Con treinta y tres años y la rodilla como un sonajero, no sé adonde coño puedo ir”, pensó el capitán del Barça mientras se dejaba caer al lado de su novia. Para colmo, la rodilla le dolía cosa mala esa noche. “Ni Puga ni el resto de esos tripones tiene el colmillo más retorcido que yo, así que vayan preparando”, se dio ánimos mientras se frotaba la castigada articulación.

Mónica se revolvió a su lado y emitió un leve gruñido para informarle de que se iba a la cama. Cáceres apagó el televisor y se dirigió al dormitorio. Al día siguiente tenía sesión de entrenamiento y se encontraban en la semana previa de un Barça-Real Madrid.

(Continuará…)

IX

Baytar volvió a examinar el plano de la zona que en aquellos momentos le mostraba el ordenador. Detrás de su posición, apenas unos cientos de metros más arriba, se alzaba la antigua fortaleza que coronaba la cima y que habían sobrevolado durante el aterrizaje. Rodeada de jardines, no detectó en su interior actividad militar reseñable, al margen de una pequeña instalación de transmisiones que, sin duda, estaba vigilada. Por lo tanto, no podían contar con ella como solución de emergencia.

A izquierda y derecha sólo encontró más jardines y el cementerio que había descubierto Hertog, así que alejó un poco su búsqueda, ladera abajo. Encontró un complejo de edificios deportivos. Más allá, una sucesión de palacios esparcidos entre zonas arboladas hasta llegar a la falda de la montaña. Allí empezaba la trama urbana hasta toparse con otra línea montañosa, más alta y más extensa. Estaba coronada por un complejo de edificios y un poco más abajo se erigía una inmensa torre de comunicaciones.

Entonces, Baytar Dix lanzó un respingo y recordó un detalle. Retrocedió en el plano hasta el complejo deportivo de Montjuïc y… ¡Efectivamente! Allí, a la izquierda del estadio, había otra monumental torre de comunicaciones. Su extraña silueta le había despistado al principio.

Tecleó una serie de órdenes y la computadora no tardó en introducirse en los bancos de datos locales. Su cara se iluminó cuando la pantalla vomitó la información solicitada. “Conocida como Torre de Calatrava en honor del arquitecto que la diseñó, es una torre de telecomunicaciones de Telefónica SA de 136 metros de altura y construida en 1992…símbolo de la Barcelona Olímpica… junto a la torre de comunicaciones de Collserola, ideada por Norman Foster, conforman el sistema de comunicaciones de la ciudad de Barcelona y su área metropolitana…”. ¡Una instalación civil de telecomunicaciones! Les serviría como amplificador para suplir la antena de larga distancia dañada.

Baytar seguía inmerso en estos cálculos y reflexiones cuando, de repente, empezaron a rugir los motores de varios vehículos terrestres. Después escuchó el chirriar de ruedas en plena aceleración y el chasquido del metal chocando contra los árboles. En un instante volvió a tomar conciencia de que su compañero de viaje era Hertog Bulq y sintió un pálpito. Desconectó la pantalla y salió precipitadamente al exterior.

Se encontró con Hertog junto a la compuerta, la mirada del camarógrafo fija en la pantalla de su holocámara, repasando imágenes.

- ¡Hertog, deja de grabar! Es plena noche, no hay luz y sin foco esas tomas no te van a servir para nada –El periodista se sorprendió al escucharse reprender a su colega en términos profesionales pese a lo apurado de la situación.

- ¡Pero, qué dices!- Se ofendió el camarógrafo-. He conseguido unas secuencias geniales. ¡Mira, mira! Me he acercado hasta uno de aquellos vehículos mientras estaban en pleno bamboleo…

- ¿Pero, estás loco? ¿Has violado el Protocolo? ¡Ahora tendremos que borrarles la memoria…!

- En todo caso, te la tendremos que borrar a ti, porque ellos se han ido pitando. ¡Qué gritos! Se me han subido las gónadas al cuello, tío. ¿No han oído hablar aquí de la libertad de prensa? Además, ni que ellos fueran tan guapos… -Hertog se detuvo unos instantes para reflexionar sobre sus palabras-. Bueno, la hembra no estaba nada mal, para qué te voy a engañar…

- El Protocolo nos obliga a transmutarnos para pasar desapercibidos, pero tú has salido fuera de la nave a las bravas, tal cual…

- …Oye, qué flexibilidad, qué capacidad de adaptación a los espacios reducidos. Dos cabezas, ocho patas, todo uno… –seguía a la suya Hertog, concentrado en las escenas que había espiado. Contraía las facciones del rostro para componer aquella extraña expresión que ya le había visto en otras ocasiones- …Y qué gemidos… Una lástima, cuando ella ha empezado a golpear los cristales y a chillar de esa manera tan desagradable…

- ¿Cómo puedes tener tan poco seso? Les habrás dado un susto de muerte en plena cópula.

- ¿Qué dices de cópula? Sí que te has vuelto fino. Pues mira, ya tengo otra alternativa: podré vender las imágenes a la productora de ‘Sexo Exótico’.

Baytar pensó que aquel apestoso planeta bautizado por sus primitivos habitantes como Tierra era un buen sitio para que su odioso compañero contrajera una larga, dolorosa e incurable enfermedad.

(Continuará…)

MARTES

X

Dani Cáceres, aún amodorrado por los efectos de una mala noche, se levantó de la cama lentamente. La profunda y acompasada respiración de Mónica revelaba que ella sí que dormía, y a pierna suelta pese a que ya eran las nueve de la mañana. El futbolista flexionó varias veces la rodilla izquierda y a la tercera o cuarta repetición sintió aquel conocido pinchazo. “Empezamos bien el día”, se dijo.

Como casi todas las mañanas de los últimos catorce años, fue hasta la cocina. La criada filipina ya llevaba un buen rato enfrascada en su tarea de atender los cacharros del almuerzo. El futbolista, de un humor de perros, se desayunó muy ligero, se vistió y bajó hasta el aparcamiento. Ya dentro de su Jaguar, puso algo de música y condujo el vehículo desde la parte alta de la ciudad hasta el Camp Nou.

Al llegar a las instalaciones del club, saludó con un movimiento de la cabeza al guardia de seguridad de la barrera de acceso, hizo que su flamante deportivo descendiera la rampa de acceso al aparcamiento y lo aparcó al lado de los flamantes deportivos de sus compañeros.

Como casi siempre, llegaba justo de tiempo pero con el margen suficiente para evitar la multa. Saludó sin ganas a cuantos se fue encontrando hasta llegar a la puerta de entrada al área de los vestuarios del primer equipo. Pasó junto a la sala de enfermería y masajes, dio los buenos días a un compañero que estaba tumbado boca abajo en una de las camillas y al fisioterapeuta que masajeaba enérgicamente los músculos de una de las pantorrillas del deportista.

Fue entonces cuando el capitán del FC Barcelona intuyó que alguna cosa debía de ir mal. Casi todos con los que se había cruzado habían esquivado su mirada para que el veterano extremo derecho no pudiera leer en sus ojos la mala noticia. Eso es. Toda aquella gentuza había evitado ir con él más allá del “hola” o del ‘buenos días”. No querían ser los primeros. ¿Pero los primeros en qué asunto?

No tardó en salir de dudas. Walter Schaaf, un defensa central alemán fornido, rubicundo, nada preocupado por las sutilezas y amigo suyo, se le acercó blandiendo un periódico en el que destacaba un gran titular.

- ¿Has visto lo que ponen estos cabrones? –Inquirió Schaaf con su fuerte acento bávaro. Y en la portada del periódico se podía leer: “Dani Cáceres: Adiós al Barça en junio”-. ¡Qué huevos tienen! ¿Quién se puede creer una porquería como ésta?

- Bueno, alguien le habrá contado un cuento al periodista, aunque sea mentira. ¿No? –contestó Cáceres mientras agarraba entre sus manos el montón de papeles que le ofrecía el alemán.

El veterano delantero mantuvo el tipo pues sabía que toda la plantilla y buena parte del cuerpo técnico le estaban observando. “Tranqui, tío, que aquí las paredes tienen oídos”, se dijo mientras al mismo tiempo por dentro maldecía. ¿Quién había sido el mamón si el presidente Puga les pidió que se esperaran hasta después del Barça-Madrid? Alguno de entre la directiva le tenía realmente muchas ganas.

El corrillo de jugadores que se había formado en torno a Cáceres y Schaaf se disolvió rápidamente cuando entró en la sala el entrenador, el ‘mister’ Otto Kranzbühler, que miró a Cáceres un instante. Su rostro de pergamino mantenía la rigidez habitual, pero sus ojillos grises centellearon una milésima de segundo, o esa impresión tuvo el veterano extremo.

El entrenador Otto Kranzbühler se dirigió en voz alta a sus jugadores mientras miraba su reloj de pulsera:

- ¡Venga todos al campo de La Masía, que faltan siete minutos para que comience la sesión!

Según su concepción germánica de la puntualidad, la plantilla tenía que abandonar los vestuarios, como mínimo, con siete minutos de antelación para poder llegar al campo de entrenamiento con dos minutos de margen sobre la hora establecida para empezar la sesión preparatoria por si, de manera inopinada, alguno de sus integrantes se encontraba con algún contratiempo que le retrasaba y, por tanto, dificultaba el trabajo del grupo.

Kranzbühler volvió a cruzar la mirada con el veterano extremo por unos instantes y abandonó la sala en dirección al campo de entrenamiento en compañía de su ayudante. “Así que has sido tú”, dedujo Cáceres, sus ojos aún clavados en la puerta por la que acababa de salir el entrenador del Barça. Entonces reparó en que Martí le miraba de hito en hito, con cara de angustia. Era un crío de apenas 18 años que había ascendido recientemente del filial al equipo profesional, coincidiendo con la etapa en la que Cáceres había estado varias semanas lesionado en la rodilla.

- Tranquilo capullo, que aún no me he muerto –Le espetó. “Todavía”, pensó para sus adentros. Y luego añadió:

- Anda, coge ese saco de balones y sube para el campo de entrenamiento, que yo aún me tengo que poner las botas y nos quedan cuatro minutos.

(Continuará…)

XI

Las circunstancias de Baytar Dix y Hertog Bulq no habían mejorado nada la mañana después de su accidentado aterrizaje. Podían confirmar, tras consultar las cartas de navegación, que aquella cloaca era la punta opuesta de la galaxia respecto a Tinoon. El ligero olor a quemado que emanó de la consola de transmisiones después de la última tentativa para contactar con Jaspion hizo aflorar sus diferencias.

Baytar volvió a recriminar a Hertog sus continuas salidas al exterior que, en su opinión, iban a provocar la llegada de las fuerzas de seguridad terrestres.

- Pero, ¿Quién te crees tú que eres para decirme lo que debo o no debo hacer? –Estalló Hertog-. Si estamos aquí tirados es porque, como siempre, llegaste a la nave con tal borrachera que fuiste incapaz de pilotarla a su destino. ¡Valiente estrella del periodismo! Ya no estás ni para puntear los breves.

- Escucha, porque encuadres tipos en calzoncillos y con un balón en los pies con una holocámara no te consideres un artista. Hace muchos milenios que existe el autoenfoque. ¿Cómo nos las arreglaremos si nos descubren, eh? En este planeta están por civilizar. Si nos pescan, nos van disecar como a bichos de laboratorio. Te van a poner las gónadas al baño maría.

Esta última amenaza preocupó a Hertog, quien por un momento se imaginó abierto en canal mientras aquellos seres subdesarrollados le echaban mano a sus partes más queridas, y también a las demás. El miedo le apaciguó.

- Bueno. Entonces, ¿qué vamos a hacer? –preguntó.

- Sólo hay una solución y ya te la expliqué anoche –dijo Baytar acercándose a una de las ventanillas y señalando montaña abajo-. Hemos de subir a aquella torre de comunicaciones y colocar un transmisor para que enlace con el sistema de nuestra unidad móvil y nos sirva como un improvisado amplificador de señal.

- ¿Pero eso va a funcionar? –preguntó Hertog.

- No lo sé, pero es lo único que se me ocurre. Y además, el tiempo se nos acaba. El Jefe espera desde ayer noticias sobre Las Finales.

- Bien. Entonces, intentémoslo en cuanto anochezca -replicó Hertog al que le había costado hacer bajar la bola de saliva cuando Baytar le recordó la figura del Jefe.

(Continuará…)

XII

No había sido una jornada fácil para Dani Cáceres. En el mismo instante en el que salió al campo de entrenamiento se dio cuenta de que los fotógrafos estaban pendientes de él, atentos a cualquier ademán, cualquier conversación, cualquier mal gesto que pudiera hacer y que revelara su auténtico estado de ánimo. En los descansos entre ejercicio y ejercicio, los compañeros le daban palmadas de ánimo. Sus amigos le abordaban con gesto serio. El resto hablaban con indiferencia o con un punto de ironía, según el caso.

Al capitán del FC Barcelona le fastidiaba aquella pantomima. Durante veinte años había visto decenas de situaciones calcadas a la que él estaba viviendo. No estaba dispuesto a dar carnaza a los periodistas ni a Kranzbühler.

Ya de regreso a los vestuarios, se repitieron los corrillos y las protestas a media voz. Él intentó bromear. “Los tiene bien puestos”, oyó a sus espaldas. Martí, su teórico verdugo, se cambiaba en su rincón silencioso y solitario como si fuera un apestado pues en cierta forma se sentía culpable.

El veterano extremo estuvo tentado de hablar con él para tranquilizarle la conciencia. Era su obligación como capitán, pero al final desechó la idea. No estaba con humor como para consolar a nadie, y menos aún a quien le iba a jubilar. “Si quieres mostrarme algo de respeto, coge el sarampión de aquí al sábado, niñato cabrón”, zanjó el dilema moral.

Cáceres fue hasta la sala de enfermería y se tumbó en una de las camillas para que Pere, uno de los fisioterapeutas de la plantilla, se encargara de su maltrecha rodilla.

- ¿Qué, cómo ha ido hoy? -Le preguntó el masajista mientras empezaba a trabajar con habilidad sobre la dolorida articulación.

- Pisar el embrague del coche ya es una putada, no te digo nada jugar el partido de entrenamiento- Le confesó él.

- Los periodistas han pedido que salgas – Le avisó Pere.

- Ya. –Fue la lacónica respuesta del capitán del Barça.

- Si no te apetece, no hables con ellos. Ya sabes que cuando estás quemado se te llena la boca de mierda y después…

- Que pregunten lo que quieran. Ya llevo mucho tiempo en este negocio y sé qué pie calzan esos hijos de puta.

El fisioterapeuta intensificó el masaje sobre el interior de la rodilla izquierda. A Cáceres le costó disimular un gesto de dolor.

- Te tengo dicho que no fuerces tanto en los entrenamientos. Si me hubieras hecho caso hace dos años, ahora no cojearías como mi abuelo.

- Y si te hubiera hecho caso, a lo mejor llevaría dos años en el banquillo de los suplentes o ya me habrían vendido a otro equipo. Tú déjame la bisagra suave como la seda, y a ver si ese cabrón me pone el sábado.

- El chaval está que se sale, las cosas como son Dani –Le advirtió el masajista, refiriéndose a Martí, mientras acababa de aplicarle el tratamiento sobre la articulación.

- ¿Es bueno, eh?

- Como tú cuando llegaste al primer equipo. Tiene talento y con 18 años se come el mundo…

- Ley de vida; pero al menos me podría dejar jugar el último Barça-Madrid, ¿no? Pere resopló mientras le daba una última palmada.

- Venga, esto ya no chirriará durante un rato. Deja libre la camilla que me espera otro cliente.

A continuación, el capitán del Barça afrontó el encuentro con los periodistas. Hacía tiempo que una conferencia de prensa de Dani Cáceres no levantaba tanta expectación. Las preguntas, las esperadas: Que si has visto los periódicos. Que si tienes que decir algo al respecto. Que si te has planteado acabar tu carrera lejos del Camp Nou. Que si es justo que alguien como tú se encuentre en esta situación… Y él, tirando de manual. El grupo es lo primero. Esta semana no es la mejor para hablar de algo así, hay que pensar en el Real Madrid. Mi futuro se aclarará a final de temporada pero me debo al Barça…

- Éste está tan curtido que con su piel se podrían hacer bolsos de cocodrilo- murmuró un periodista en un momento de silencio.

A prueba de verdades y mentiras, el veterano capitán capeó el temporal con serenidad y tomó nota, mentalmente, de los que entre toda aquella chusma habían hecho las preguntas más hirientes.

Por fin pudo llegar hasta su Jaguar y abandonar las instalaciones del club. Aprovechó que varios compañeros salían del aparcamiento al mismo tiempo para no detener el vehículo junto a los cazadores de autógrafos. Por supuesto, no conectó la radio. Volvió a pinchar el mismo CD y enfiló las calles que subían hasta la zona alta, de regreso a su casa. “La madre que los parió”, gruñó para sí mientras pisaba a fondo en un semáforo de la avenida Diagonal.

Al llegar a casa, más explicaciones, esta vez a una Mónica a la que unos ojos enrojecidos delataban. La asistente filipina, como siempre que se olía la tostada, no abría la boca pero allí estaba, tan oportuna, limpiando imaginarias motas de polvo.

- No llores, mujer. Ya sabes lo que son los rumores de la prensa -Intentó tranquilizarla-. No te preocupes, que no acabarás en Arabia Saudita con un velo. Podrás continuar con tu carrera. Antes de tener que tuvieras que renunciar, me retiraría.

Y la guinda, la previsible llamada del presidente del Fútbol Club Barcelona, Carles Puga.

- Tranquilo, Daniel, ya sabe que usted es historia y patrimonio de este club. ¡Es nuestro capitán! Sabemos valorar todo lo que ha hecho por nuestros colores. Pero ahora, en vísperas del partido contra el Madrid, no es el momento de hablar de contratos. No me imagino quién ha podido intoxicar a los periodistas. Yo le agradezco la madurez y la prudencia que ha exhibido esta mañana y no se preocupe, estudiaremos su caso al finalizar la temporada-. Le prometió.

- Gracias por la llamada, presidente –mintió el veterano futbolista, mientras se lamentaba para sí mismo. “Pregúntate quién cojones sacó el asunto en la última Junta, y tendrás la respuesta”. Pero no le dijo nada al presidente Puga. Se despidió educadamente y colgó el auricular.

(Continuará…)

XIII

Darder llegó a media tarde a la sede de ‘El Correo Diario’. La isla de mesas de la sección de Última Hora estaba situada cerca de la entrada de la Redacción, con lo que, por fortuna, no tenía que cruzarse continuamente con todos sus ex compañeros de Deportes cada vez que entraba en la gran sala, poco iluminada y peor ventilada.

En la pared opuesta, a unos veinticinco metros, detrás de donde estaba su antigua sección, había cinco grandes ventanales que habitualmente estaban cerrados. Si de las bocas de la instalación del aire acondicionado emanaba un espeso efluvio almizcleño revuelto con olor a colillas mal apagadas, la alternativa no era mucho mejor. Los ventanales daban a un patio de luces en el que estaban situadas las salidas de ventilación del parking subterráneo de la finca. Y cuando se abrían las ventanas se mezclaban el hedor a almizcle y los gases de los tubos de escape. No, la ventilación natural no era una alternativa viable para renovar el ambiente de la estancia.

Darder encendió su primer Marlboro de la jornada y empezó a repasar los diarios por las páginas dedicadas a los deportes. El primero que abrió fue ‘El Correo Diario’. Pese a ser martes, la información sobre el Barça-Madrid ya ocupaba la portadilla de la sección. Al periodista le impactó la revelación de que el FC Barcelona no pensaba renovar a Dani Cáceres. Como capitán del equipo, Cáceres era un símbolo para mucha gente del entorno barcelonista. Seguro que el asunto iba a armar un gran revuelo.

La noticia estaba firmada por Freddy Juarros, el periodista estrella de los Deportes de ‘El Correo Diario’, y en su información recordaba que el futbolista ya tenía una avanzada edad. También, sus problemas físicos en la rodilla izquierda. Y no olvidaba puntualizar lo bien que había jugado el juvenil Martí, nuevo valor de la cantera del Barça, cuando tuvo que suplir al lesionado Dani Cáceres meses atrás. “Un disco dedicado, ¿Eh, Freddy?”, pensó Darder.

Su primer impulso fue llamar a Cáceres. Después pensó que tendría desconectado el teléfono móvil. Para colmo, desde que había dejado la sección de Deportes no había vuelto a hablar con él. “Si al final coge la llamada, igual me envía a la mierda”, diagnosticó.

Siguió repasando los diarios. Estaba enfrascado en la lectura de las páginas de la sección de Política cuando oyó que el director del diario, Alfons Martorell, le llamaba desde la puerta de su despacho a voz en grito. “Mierda. ¿Qué cojones querrá ahora este idiota?”, murmuró entre dientes mientras caminaba hacia la pecera del principal rector de ‘El Correo Diario’.

Cuando llegó al quicio de la puerta, Martorell ya se había sentado detrás de su mesa e invitó a Darder a entrar, cerrar la puerta y sentarse también.

- ¿Aún no usas gafas, Jaume? -Le disparó Martorell para abrir el fuego. Darder se quedó totalmente desorientado.

- Pues… no, no. Afortunadamente en la última revisión médica los doctores me dijeron que, pese a que estoy forzando todo el día la vista en los ordenadores…

- Entonces tendrás que volver al oculista. ¿Me podrías explicar esto? –El director le interrumpió mientras le lanzaba un ejemplar de ‘El Correo Diario’ abierta por la segunda página de la sección de Barcelona.

Darder se dio cuenta de que el suelto sobre el incidente de la noche anterior en Montjuïc estaba marcado en rojo.

- Creo que es un trabajo correcto. No es brillante, pero tampoco había espacio para lucirse. Además, lo escribió un becario con apenas dos semanas de experiencia… ¿Dónde está el problema?

- Mira Jaume, sé que todas esas cosas del cambio de sección y del divorcio te han afectado…

- …. Separación, Alfons, separación. Aún no…

- ¡Bueno, separación o lo que cojones sea! –El director perdió la paciencia-. ¿Pero también te has separado de tu criterio para valorar las noticias? ¡No me puedes matar esa información en media columna!

- Joder, Alfons, léela con cariño. No es nada del otro mundo y había que cerrar la segunda edición a las dos. A ver: un lechuguino le cogió el coche a papá para magrear a la perica. Los urbanos les pararon y el muy capullo, que no llevaba el carné de conducir además estaba en pelotas, así que acabaron en Comisaría. Una cosa graciosa, anecdótica, pero no es el Forum de las Culturas, hombre.

Al ver cómo se congestionaba el rostro de Martorell, Darder pensó que su broma sobre el Forum no había tenido el éxito esperado.

- Darder – “Hostias, y además ha pasado del tuteo al apellido. Mala cosa…”, pensó el periodista -. ¿Sabe que el informe policial recoge que los jóvenes implicados en el asunto testificaron que lo que les asustó fue la presencia de un extraño objeto volante en la zona?

- Bueno, en los sitios a los que van las parejas a pelar la pava puede haber mirones. Yo recuerdo que…

Martorell cortó su discurso pegando un palmetazo en el tablero de la mesa.

- Nadie habla de mirones, Jaume, sino de seres extraños –Darder no podía creer lo que acaba de escuchar. Martorell tenía fama de estar como un cencerro, pero Jaume pensaba que, con un tratamiento adecuado, los enfermos como aquel tipejo podían llevar a cabo una vida laboral normal. Era evidente que esto no regía para su director.

- El Control Aéreo del aeropuerto de El Prat detectó anoche en sus radares unas señales que no pudo identificar. Es lo que conocen en su argot como un objeto volante no identificado u OVNI.

Tras unos segundos de espeso silencio, Darder sintió que Martorell, tras tomar carrerilla, se lanzaba para clavarle la estocada final.

- Jaume, tu trayectoria en esta casa ha ido de más a menos. Y es algo que lamento profundamente, créeme. En la última reestructuración, pensé que por tu perfil laboral te adaptarías a una sección como la de Última Hora, pero nunca has estado satisfecho con el cambio…

Darder se temió lo peor y decidió que, si era necesario, se arrastraría por el suelo y le rogaría a Martorell que no le despidiese. Tenía demasiadas facturas que pagar cada principio de mes como para quedarse en el paro. No le iba de una humillación más.

- …Y por eso creo que debo de darte una nueva oportunidad para que desarrolles toda tu capacidad.

El pobre Darder se quedó de piedra. Ahora sí que no entendía nada. El corazón le latía en la sien izquierda como si danzara al ritmo de la batería de Max Weimberg.

- ¿Me, me lo puedes explicar un poco mejor, Alfons? –Se atrevió a preguntar con un hilo de voz.

- He decidido crear un reducido grupo de elite con periodistas experimentados, bregados en patearse la calle y hábiles también a la hora de documentarse. Vamos, gente todo terreno, como tú. Vuestra misión sería asumir los temas que los redactores encargados del día a día no pueden tratar con la atención que se merecen. Vosotros os encargaréis de desarrollarlos a fondo. Y he pensado que éste –y golpeó sobre el periódico abierto- puede ser un buen asunto para empezar. Te desligo de la sección de Última Hora y puedes dedicarte a trabajar inmediatamente en averiguar qué pasa en la Montaña de Montjuïc. ¿Simples perturbados mentales o el inicio de una invasión alienígena?… –Martorell impostó una voz profunda para dramatizar su pregunta.

- ¿Y quién más estará conmigo en esta nueva sección? –El redactor aún no acababa de creerse lo que le estaba sucediendo.

- Bien –El director apartó la mirada y empezó a gesticular-. Ya te he dicho que es un proyecto en fase de prueba. Por ahora, la plantilla del periódico sólo puede soportar que se desligue del trabajo diario un redactor…

Por la expresión de la cara de Darder, Martorell detectó que el pez no acababa de morder el anzuelo y rápidamente modificó su estrategia.

- …Ni qué decir tiene que si recuperas el pulso de tus buenos tiempos volveremos a hablar y juntos valoraremos si te conviertes en el Redactor Jefe de esta nueva sección de elite. Incluso podríamos estudiar tu regreso a Deportes.

- ¿Como Redactor Jefe?

- Joder, Jaume, cómo me aprietas –dijo Martorell con una ancha sonrisa dibujada en el rostro. El pez ya era pescado. “Sólo hay que saber qué cebo poner”, se dijo-. Bueno. Ya hablaremos, ya hablaremos. Ahora, a trabajar.

Darder regresó a su mesa conmocionado por todo lo que había escuchado en los últimos quince minutos. Ahora no tenía duda alguna: Alfons Martorell era un tipo muy peligroso incluso bajo medicación. “La vida tiene estas cosas”, se dijo. “Cuando pensaba que me iban a poner de patitas en la calle, me ofrecen la posibilidad de regresar a Deportes”. Cierto, antes tendría que hacer el ridículo durante un tiempo preguntando sobre marcianitos y tonterías semejantes, “pero peor lo tienen los del ‘Salsa Rosa”, intentó convencerse a sí mismo.

(Continuará…)

XIV

Si Jaume Darder hubiera podido escuchar la conversación telefónica que el director Alfons Martorell mantuvo poco después con Benedicte Camús, máximo accionista de ‘El Correo Diario’, sin duda se habría hecho una idea más ajustada sobre su futura misión. Por desgracia para él, eso no era posible.

- ¿Señor Camús? Hola, soy Martorell. ¿Qué tal? Le llamaba porque ya he puesto en marcha aquel tema del que hablamos esta mañana.

Al otro lado de la línea, el magnate de la prensa catalana contestó a su empleado con una voz radiante.

- Hombre Alfons, qué alegría que me da escuchar esto. A ver si ahora que Oriol Reginàs estará en la prensa, su papá Rodolf Reginàs es tan valiente y nos sigue tocando los cojones. ¿Puedo confiar en que se hará todo con la máxima profesionalidad?

- La duda ofende, señor Camús. He creado una sección específica, de manera provisional, para encargarse de ‘temas especiales’. Y he colocado a un auténtico idiota al frente. Husmeará, preguntará a unos y a otros… Vamos, que removerá el nombre de Oriol Reginàs lo justo para que su padre entienda que está muy bien construyendo pisos y manejando bancos, pero que no pinta nada en nuestro periódico…

- Por Dios Martorell, sea discreto que las líneas telefónicas las carga el diablo. Sólo pretendemos que quede claro que ‘El Correo Diario’ no está en venta. En cuanto Rodolf Reginàs entienda el mensaje, usted disuelve la sección especial y retira de la circulación a su perdiguero.

- Tranquilo, señor Camús. Jaume Darder es un auténtico mequetrefe y estoy convencido de que no nos fallará.

XV

Recuperado del susto, Darder se sintió muy excitado con su nuevo trabajo. Cuando le comunicó a sus compañeros que dejaba Última Hora, estos sólo lamentaron que perdían una persona para el cuadrante de las fiestas.

Jaume decidió que ponerse manos a la obra esa misma noche. Para empezar, se acercaría a inspeccionar la zona donde se habían producido los acontecimientos. No se acababa de creer que aquella pequeña noticia le hubiera cambiado la vida. Estaba tan entusiasmado que casi resultó simpático cuando su mujer le telefoneó.

- Jaume, soy Sonia.

- ¡Hola Sonia! ¿Cómo estás?

- ¿Cómo estas tú, que llevas una semana sin preguntar por tus hijos? ¿Te has olvidado de que el jueves tienes que venir a buscarlos?

- Claro que no, Sonia. Tú sabes que los niños son lo primero para mí. Y tú también lo eras hasta que te fuiste.

- Sí, la primera después del Barça, los deportes en general, todo el santoral del rock’n’roll, las sagas galácticas y no sé cuantas cosas más.

- Bueno, no vamos a empezar otra vez, Sonia. El jueves a las cinco pasaré a recogerlos por el colegio.

- Pues hala, adiós.

Sonia cortó la comunicación como siempre, de golpe y sin darle tiempo para despedirse o para lanzarle un dardo más envenenado que el suyo. “Siempre le gusta decir la última palabra”, pensó algo irritado por su falta de reflejos. Él debía haber colgado primero. Otra pequeña batalla perdida.

Tras hacer unas cuantas llamadas para orientar sus primeras pesquisas, recogió sus cosas y salió del periódico para ir a buscar el coche.

Enfiló una de las calles del distrito del Ensanche que desembocaban en la avenida Paral·lel y se dirigió hacia el puerto con un estado de ánimo próximo a la euforia. Darder iba camino del Anillo Olímpico de Montjuïc para investigar qué había de cierto sobre la posible presencia de vida no terrestre en Barcelona. Una gilipollez, de acuerdo, pero volvía a ser un periodista.

El coche zigzagueaba cuesta arriba por el corte marítimo de la montaña. En la cima se intuía la silueta del castillo y, un poco más al sur, el Cementerio del Sudoeste. Coronada la ascensión y tras superar el hotel Miramar, en algunos a tramos, entre los árboles, se intuían entre los árboles pequeños retales de la ciudad. Darder pensó que Barcelona parecía una preciosa alfombra de luces amarillas, naranjas, rojas y blancas. Se adivinaban los perfiles de los edificios más emblemáticos. La catedral, la Sagrada Familia, el contorno de la plaza de Catalunya y el trazado de Las Ramblas… La ciudad se desbordaba desde la falda de Montjuïc hasta la del Tibidabo, cuya cima coronaba el templo del Sagrat Cor de Jesús. “Así iluminado, parece una nave espacial vigilando la ciudad”, bromeó. Darder era tan feliz por volver a ser un periodista de calle que estuvo a punto de bajar el cristal de la ventanilla y gritar su amor por Barcelona.

(Continuará…)

XVI

Robert Sambenito estaba más tranquilo. Casi era medianoche y hasta el momento no le habían reportado ningún nuevo incidente fuera de lo normal en el distrito de Sants-Montjuïc. Sí se habían producido robos por tirón, algún atraco a mano armada, infracciones de todos los códigos existentes o en proyecto, por tráfico circulatorio o de drogas. También se habían repetido las habituales llamadas por malos tratos y violencia doméstica. Pero no, no se había registrado ninguna llamada de emergencia a causa de la aparición de un mirón. Tampoco, porque se hubiera producido algún ataque de seres extraterrestres, rió. En cuanto al área de la montaña de Montjuïc, en la zona del nuevo Jardín Botánico y el Castillo, las patrullas habían reportado que tras la segunda estampida del lunes se mantenía la actividad habitual, sin altercados extraños.

Sambenito decidió telefonear al intendente de los Mossos d’Esquadra Antoni Casal para contrastar sus informes.

- Bueno, Antonio, por ahora tranquilidad y buenos alimentos, ¿eh?

- Sí, al final todo quedará en una fantasmada de aquellos dos niñatos; pero no está de más que mantengamos las patrullas especiales un par de días más. ¿No te parece?

- Sí, hombre, sí, no te preocupes. Lo haremos como tú digas –replicó Sambenito, con un tono un tanto burlón -. ¿Especiales o espaciales? A ver si nos están invadiendo desde Marte y no nos vamos a enterar.

- Je, je –Se rió sin ganas Casal-. Por cierto, me han comunicado desde la central que ya hay algún periodista metiendo las narices en el asunto. Llamó hacia el final de esta tarde a nuestro departamento de prensa para solicitar información. Será mejor que actuemos con la máxima discreción porque estos buitres, a poco que puedan, nos la van liar.

Los policías acordaron que, si no se producía alguna novedad antes, volverían a hablar al día siguiente.

Menos divertidos estaban Lluís Serrat y Gerardo García, el cabo y el agente de la Guardia Urbana que habían detenido a Oriol Reginàs y a Elisenda Magí la noche anterior. Como recompensa habían recibido la orden de intensificar la vigilancia en la zona. Por tanto, no podían hacer su escapada de cada noche, poco antes de la una de la madrugada, a aquella cafetería del Paral·lel en donde se tomaban un café cortado -con unas gotas de coñac o ron- para despabilarse.

- Malditos críos. Si vigilaran en dónde se meten nos ahorrarían la mitad del trabajo- Se quejó el cabo Serrat, de unos cincuenta años, mientras se desperezaba frente al volante del coche patrulla.

- Joder, Lluís. Que todos hemos sido jóvenes –Le recordó García, de unos treinta y tantos-. ¿Es que tú no te revolcaste nunca con la parienta en un descampado? Si no hubiera tanto degenerado mirando por las ventanillas de los coches sí que viviríamos mejor.

- ¡Pero si hoy en día tienen de todo, coño! ¿No se pueden pagar una habitación en cualquier hotel? Pues no, a los niñatos les gusta esto, conducir sin carné, ponerse con el culo al aire en plena ciudad, llamar la atención. Y más estos niños pijos, que igual te ocupan un piso que le cogen el deportivo a papá. Que todos hemos hecho lo que teníamos que hacer, pero éramos más listos. No nos pillaban así como así.

- La verdad es que nos han jodido bien la noche –Le concedió el agente García mientras se frotaba las manos para quitarse el frío-. Cierra la ventanilla, anda.

En la radio del coche resonó la metálica voz procedente de la centralita. “Atención, patrulla siete, novedades”.

- Aquí patrulla siete. Estamos en el cruce de la calle Can Valero y el paseo del Migdia. Sin novedad. Vamos a darnos otra vuelta por la zona –contestó el cabo Serrat.

- Venga arranca. Y pon la calefacción, que me estoy helando –Concluyó el agente García.

No muy lejos de donde los urbanos habían arrancado su coche patrulla, poco después de la media noche, Baytar Dix y Hertog Bulq habían abandonado su nave para solucionar sus problemas de comunicación con Jaspion. Antes, mantuvieron la enésima discusión. Hertog se empeñó en llevar consigo la holocámara para grabar más imágenes para ‘Lugares Exóticos’. Baytar, desesperado, intentó hacerle comprender que era muy importante que la misión de esa noche saliera bien si querían regresar alguna vez a casa. Al final, el redactor consiguió convencer al reportero gráfico.

Pero los conflictos no acabaron ahí. El Protocolo exigía que cuando algún viajero, por la causa que fuese, tuviera que realizar alguna misión en un Mundo Primitivo, debía mimetizarse con alguno de sus habitantes. Baytar había escogido como objetivo un empleado de Parques y Jardines que a media tarde estaba trabajando en los alrededores de donde se encontraba la nave. Su peto verde, la caja con utensilios de jardinería y el pequeño vehículo de transporte con los que se pertrechó, resultarían un camuflaje perfecto que les permitiría llegar hasta la Torre de Calatrava sin levantar sospechas.

El periodista de Jaspion le había afanado todos aquellos pertrechos al jardinero cuando, al final de su jornada laboral, el terrícola se acercó hasta un cobertizo anexo al parque para cambiarse de ropa. Un leve contacto del pequeño dispositivo que el jaspiano llevaba en la mano con la nuca del terrícola dejó dormido a éste. El narcótico que posteriormente le hizo inhalar le haría dormir hasta el día siguiente. Cuando se despertara, apenas recordaría nada de lo sucedido.

Hertog, menos preocupado por los detalles y con ganas de fastidiar a Baytar, con el que seguía enfadado, se mimetizó pocos minutos antes de iniciar la misión. Abordó uno de los coches que como cada noche visitaban la zona, provocando una nueva estampida.

- ¡Es increíble la afición que tienen estos humanos a copular en espacios reducidos! A mí, donde esté una buena cama… –bromeó, ya de regreso.

- Pero, pero… ¿Tú quieres que acabemos ensartados como pollos, verdad? –balbuceó Baytar, con el rostro encendido por la furia.

Del coche que Hertog había asaltado había salido una joven semidesnuda y totalmente espantada gritando: “¡Socorro! ¡Un médico! ¡Han matado a mi novio!”. El resto de parejas habían arrancado a toda prisa y ya protagonizaban una huída carretera abajo, en una escena aún más aparatosa y precipitada que las de la noche anterior y en la que esta vez no faltó alguna que otra colisión.

- Oye, ¿qué te pasa, tío? –Hertog estaba realmente ofendido-. ¿Acaso te he dicho yo algo porque te hayas disfrazado de verde? Si es por el vehículo, este tipo también tenía. Voy a buscarlo y…

- ¡Por todos los astros! ¿Pero no te das cuenta de que vas desnudo? Baytar sintió la necesidad de romper algo para desfogarse.

- Ah! Es eso. Bueno, a mí no me importa. Me he mimetizado sin quitarme el mono de vuelo, así que no tengo frío. Además, ya he dejado por fuera el cinturón de supervivencia y el colgante –Y se palpó la barriga y el cuello.

- Ya –Baytar se contuvo-. El problema es que no te has puesto encima ropa terrícola. ¡Y no he visto a ningún terrícola que vaya con el culo al aire por aquí! ¡Eso al margen de la nueva estampida que has provocado! ¡Felicidades, llevas un promedio de más de una por noche!

- Eh, eh, cuidado –Defendió Hertog su ofendida dignidad-. Que yo he visto imágenes de las emisoras locales con terrícolas tumbados en la playa en porretas. Y nadie salía corriendo despavorido aunque las vistas no eran especialmente bellas, tú ya me entiendes. Además, no quiero recordarte que es una cagada tuya, del tamaño de un asteroide, la que nos ha traído hasta aquí. ¡Y que por culpa de eso, no sólo nos vamos a quedar sin trabajo, sino que tendremos que abrir una corresponsalía gratuita en este peñasco aislado porque no podemos regresar! Por cierto, podrías disimular mejor la petaca. Te he visto como le dabas al frasco todo el día…

- Está bien, está bien. Salgamos de una vez ahí afuera y hagamos lo que tenemos que hacer –Zanjó la cuestión Baytar que dejó por imposible a su compañero.

Subieron al vehículo terrestre que había robado Baytar –“Con dos copas encima se te dan bien esto de afanar, ¿eh?”, le soltó Hertog- y comenzaron su aproximación a la gran torre que se alzaba a unos centenares de metros más abajo.

(Continuará…)

XVII

Con independencia de la época del año que estuviera atravesando, siempre resultaba un placer para Darder subir hasta la Montaña Olímpica. Evocaba tiempos mejores, cuando formaba parte de la sección de Deportes de ‘El Correo Diario’ y Barcelona era el centro del mundo con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992.

Esa noche se encontraba a gusto paseando entre sus jardines y sus monumentales edificios. Había conducido su viejo Golf GTI blanco por la avenida del estadio Lluís Companys y tras dejar atrás su mole, las Piscinas Picornell y el Institut Nacional de Educació Física de Catalunya, había girado a la izquierda y encarado la calle Juegos del 92. Después había torcido otra vez a la izquierda por la calle Pierre de Coubertain. Aunque todavía estaba lejos de la zona en donde los jóvenes habían sido asustados supuestamente por un extraño artefacto, decidió aparcar el coche y caminar.

La temperatura era un tanto fresca. Ya estaba bien entrado el mes de noviembre y eso, en Barcelona, significa algunos días de calor, unos cuantos días de lluvia y otros tantos de frío. Aquella noche pertenecía a la última categoría, así que Darder se alegró de haberse pertrechado con el tres cuartos. Se colocó en la oreja izquierda el auricular de su radio portátil, sintonizó una emisora de las que emiten continuamente noticias y se puso a caminar a buen ritmo en dirección al Anillo Olímpico.

La zona en la que se encontraba estaba desierta, algo normal a aquellas horas de la noche. No apreció actividad alguna, pero era consciente de que su rastreo debía extenderse hasta el área de la montaña próxima al Castillo, más allá del nuevo Jardín Botánico. “Lo que tiene que hacer uno para ganarse las lentejas. Espero que la policía no me confunda con un jodido mirón”, pensó.

No tardó en encontrarse con una patrulla de la Guardia Urbana que, al llegar a su altura, se detuvo. Antes de que los urbanos le requirieran nada, Darder les mostró su carné de prensa.

- Buenas noches, agentes. ¿En qué puedo ayudarles?

- Buenas noches, señor –Le respondió el patrullero que iba al volante mientras le pasaba el documento a su compañero para que lo comprobara-. En todo caso será en qué podemos ayudarle nosotros a usted a estas horas. ¿Se ha perdido por Montjuïc o busca compañía?

- No, hombre, no –Darder prefirió tomarse a broma la insinuación del guardia e ignorar el doble sentido-. Ya pueden comprobar que soy periodista. Parece ser que anoche se produjeron algunos incidentes en la zona y estoy preparando un reportaje. ¿Podría hacerles algunas preguntas al respecto? ¿Estaban ayer de servicio? Los jóvenes implicados denunciaron la presencia de un extraño artefacto luminoso en la zona…

El patrullero más veterano, que no era otro que el cabo Lluís Serrat, emitió una risotada y contestó mirando a su compañero, el agente Gerardo García:

- Estos periodistas son la hostia, tú. Ya han visto el filón con el tema de los marcianos. Está visto que nos van a complicar la noche –Después, girando el rostro hacia Darder, argumentó-. Ya sabe lo que pasa con estos críos. Si en vez de ponerse con el culo al aire en cualquier sitio se quedaran en su casa….

- Déjalo estar –Le frenó el otro guardia-. Los periodistas hacen su trabajo, y nosotros el nuestro. Mientras no empeoren las cosas… Volvamos a la zona del Castillo, a ver si hay algo por allí.

- Alguna nave espacial en el patio de armas, ¿no? –Bromeó Serrat mientras se preparaba para dirigir el coche hacia la cima de la montaña.

Fue entonces cuando la radio del coche patrulla chisporroteó y se oyó de nuevo la voz del agente de la central.

- ¡Atención a todas las unidades destacadas en Montjuïc! –Alertó la voz metálica de la radio-. ¡La patrulla tres informa que se han producido nuevos incidentes en el área del nuevo Jardín Botánico y el Mirador del Migdia! ¡Un individuo podría haber asaltado un vehículo!

- ¡Joder! Aquí patrulla siete. Vamos para allá –Informó el agente García a la central mientras el cabo Serrat, de manera apresurada, le devolvía la documentación a Darder.

- En fin, váyase y ande con mucho ojito para no darnos más trabajo. ¿Tiene coche? –Preguntó el cabo de la Guardia Urbana al periodista.

- Sí, sí, no se preocupe, agente. Lo dejé aparcado en esta misma calle, unos cientos de metros más atrás –Darder gesticuló para señalar el lugar.

- Bien, pues le aconsejo que vuelva a subirse a él y se vaya para su casa –Le dijo el cabo Serrat al cual el periodista no le preocupaba un pimiento.

- Esté tranquilo agente, sé cuidarme. Hace una noche magnífica y me apetece pasear un poco más. Buenas noches y gracias.

- Buenas noches. ¡Y no se pase de listo! –Le advirtió una vez más el cabo Serrat mientras pisaba a fondo el acelerador del coche.

La patrulla siete de la Guardia Urbana arrancó y Darder empezó correr hacia su coche cuando, inopinadamente, un estruendo le puso en guardia. “Jodido pinganillo”, gruñó mientras retiraba el diminuto altavoz de la oreja izquierda. Notó que se le erizaban los pelos del cogote cuando creyó oír una discusión y aguzó los sentidos. “Esos gritos provienen de la explanada de la Torre de Calatrava”, se dijo. Tiró el cigarrillo que llevaba en la mano derecha, aplastó la colilla con el pie izquierdo y empezó a caminar hacia allí con presteza pero, al mismo tiempo, con el mayor sigilo posible.

(Continuará…)

XVIII

Mientras los agentes de la Guardia Urbana y Jaume Darder habían estado hablando, Baytar Dix y Hertog Bulq habían completado su tortuoso trayecto hasta la Torre de Calatrava. Para cuando Baytar -una vez más bajo los efectos de “un estimulante para estar más alerta”, se justificó-, consiguió controlar el vehículo robado al jardinero, ya habían sufrido un nuevo sobresalto.

También se habían llevado un buen susto las dos prostitutas con las que se habían cruzado. “Faldas demasiado cortas y camisetas de talla escasa, como a mí me gusta”, diagnosticó Baytar Dix con aire experto y mirada lasciva cuando las atisbó. Como las chicas estaban paradas prácticamente en medio de la calzada, Baytar se vio obligado a detener la pequeña furgoneta.

Las chicas les preguntaron: “¿Tenéis un huequito pa’llevalnos hasta plaza España, mi amol?” mientras se acercaban hasta la camioneta balanceando los bolsos y contoneando las caderas. Cuando descubrieron que uno de los jardineros estaba desnudo, se alejaron a toda prisa, sin dar más explicaciones y vociferando que acababan de empezar la noche y no estaban para numeritos raros a esas horas.

Ni por esas aceptó Hertog los consejos de Baytar de que tenía que cubrirse con algo de ropa, pero tuvieron la fortuna de no cruzarse con ningún vehículo policial. Así que después de derribar un par de setos más, Baytar logró llegar hasta el área de la Torre de Calatrava. Detuvieron la furgoneta lo más cerca que les fue posible de la plaza que circundaba la inmensa antena, se aseguraron de que no había nadie merodeando por los alrededores en aquellos momentos y entonces, ya sí, saltaron la puerta metálica y caminaron hasta la base de la gran estructura pintada de blanco.

- Bueno Hertog, ahora hay que colocar esto allí arriba –Le informó Baytar sacando del bolsillo de su peto de jardinero un pequeño dispositivo. Con la otra mano señalaba hacia la cúspide de la torre-. Sube tú, que eres más ágil y te apañas mejor con los imanes de escalada. Yo me quedaré vigilando. Si alguien se acerca, será más fácil disimular vestido de jardinero que en cueros.

A Baytar le costó otros cinco minutos de discusión convencer a Hertog. Al final, cuando admitió que estaba borracho, el camarógrafo accedió a acatar sus órdenes y se puso a trepar con el dichoso dispositivo encajado entre los dientes.

- Como te lo tragues, te abriré la panza en canal para recuperar la maldita pieza -masculló Baytar.

Al cabo de unos minutos de trabajoso ascenso por la resbaladiza superficie, el camarógrafo gritó desde la cúspide de la gigantesca antena:

- ¡Baytar, esto ya está listo! ¡Bajo y regresamos a la unidad móvil a toda mecha para comprobar si este chisme funciona!

- ¡Pues venga, deja de gritar y date prisa! -contestó el redactor, que miraba de manera casi compulsiva a un lado y otro de la pelada plaza temiendo descubrir en el momento menos pensado las siluetas de un tropel de policías. Desde donde se encontraban podían oír el ulular de las sirenas y se adivinaban los destellos de los vehículos policiales que subían hasta la zona en donde se encontraba la nave y esto era un motivo más de inquietud para él.

Fue entonces cuando apareció Darder en la explanada de la Torre de Calatrava. Sudaba a chorro, llevaba colgando sobre la pechera de su tres cuartos los cables de los auriculares de la radio portátil y tenía los ojos tan desorbitados y congestionados que parecían a punto de salir despedidos de sus cuencas.

El periodista terrícola, que tras oír los gritos de Hertog había trepado con dificultad el muro que lindaba con la explanada de la Torre de Calatrava, se encontró con Baytar Dix al llegar a la base de la estructura. Como es natural, al principio pensó que se trataba de un empleado de Parques y Jardines y su decepción fue mayúscula. Pero casi de manera inmediata su olfato de perdiguero le alertó de que algo no encajaba. “¿Qué leches hace un jardinero aquí, que no hay un seto o un árbol en cincuenta metros a la redonda, y a estas horas de la noche?”, pensó.

Estaba a punto de interrogar al jardinero cuando en su campo de visión, bajando por el mástil de la Torre de Calatrava como si se tratara de un tobogán, apareció otro tipo –quien no era otro que Hertog Bulq-, en este caso tal y como había llegado al mundo.

- ¡Joder! ¿Pero esto qué es? -Acertó a exclamar el periodista de ‘El Correo Diario’, paralizado un par de segundos por el miedo y la sorpresa. Poco más pudo hacer pues el joven se le vino encima. Mientras, Baytar Dix, enfundado en su disfraz de jardinero, comenzó a increparles en una lengua extranjera.

Desde el suelo, Darder oyó que el empelotado balbuceó lo que le parecieron excusas chapurreadas, a medias en el mismo idioma que su compinche, a medias en castellano. Después le ofreció la mano.

- ¡Y una mierda! –Exclamó Jaume Darder con el corazón en un puño al mismo tiempo que rechazaba la mano que le tendía el empelotado Hertog-. Viene uno a investigar sobre el fenómeno OVNI y se encuentra con dos obsesos sexuales probando el salto del tigre en plena Montaña Olímpica. ¿Qué pasa, es que les inspira el lugar? Les advierto que el folleto que publicó el ayuntamiento era sólo propaganda. Aquí, la gente no anda en pelotas por medio de la ciudad. No es sano, ni para el que se desnuda ni para la vista de los demás. Y por cierto, he seguido cursos de defensa personal y no me dejaré coger fácilmente -Darder adoptó lo que para él era la posición de combate de algún arte marcial.

- ¿Qué hace este loco aquí? –preguntó Hertog a Baytar en su idioma mientras acababa de incorporarse-. ¿Es que don Plumilla es incapaz de esperar a que uno haga el trabajo sucio sin llamar la atención?

- ¿Sin llamar la atención, dices? ¡Sin llamar la atención, alguien que se ha paseado por toda la montaña en cueros! Eso sí que es discreción –gruñó un enfurecido Baytar.

- ¡Joder con los guiris de los cojones! ¿No seréis terroristas? –Exclamó Darder, que no entendía lo que decían pero, por si acaso, mantenía su posición de combate y miraba a derecha e izquierda buscando una vía de escape-. ¡Dónde cojones estáis ahora, putos urbanos! –El periodista de ‘El Correo Diario’ se lamentó a pleno pulmón.

- ¡Tú cállate, payaso! –Le soltó Baytar en castellano. Después, volviendo a su idioma y girándose hacia Hertog, continuó-: Bueno, listillo, dime qué vamos a hacer ahora con éste – Y apuntó a Darder con un dedo.

- ¡Habláis castellano! ¿Sois terroristas vascos? ¿Es que aún no habéis entendido que la mayor parte de vuestro pueblo quiere que dejéis las armas?

Los gritos del terrícola provocaron unos instantes de indecisión que Jaume Darder quiso aprovechar para huir pero las piernas no le respondieron.

Antes de que Jaume Darder recuperara la motricidad, el rostro de Hertog adoptó una sonrisa maligna.

- Veo que, como siempre, tendré que ser yo el que pase a la acción. Yo te enseñaré qué es lo que vamos a hacer –Le dijo a su compañero.

El camarógrafo jaspiano se agachó sobre la caja de herramientas de Baytar y extrajo el instrumento más grande que encontró, una llave en cruz de las que se utilizan para abrir las bocas de riego. Ni corto ni perezoso, avanzó hacia el cada vez más asustado Darder.

- ¡Joder, qué manera más triste de morir! –Se quejó el periodista de ‘El Correo Diario’ mientras gesticulaba implorando clemencia- ¡Estos cabrones no van a gastar ni una bala para pelarme! Bueno, mientras que no…

Aquí se detuvieron los lamentos del terrícola. Hertog le atizó en todo lo alto del cráneo con la llave de riego. Mientras, Baytar le recordaba a gritos a su compañero que había vuelto a violar las normas del Protocolo, al mismo tiempo que le mentaba al camarógrafo todos sus antepasados en Jaspion.

(Continuará…)

XIX

En cuanto se produjo la nueva estampida, las unidades de la Guardia Urbana y de los Mossos d’Esquadra que patrullaban la zona se concentraron en el Mirador del Migdia y las inmediaciones del nuevo Jardín Botánico.

El primer paso de los agentes de las fuerzas del orden fue interrogar a la joven que había protagonizado el incidente y que aún seguía aterrada. Explicó entre sollozos que un individuo de apariencia muy extraña había aparecido al otro lado de uno de los cristales del coche. No podía describirlo con más precisión a causa de la oscuridad, del vaho que empañaba las lunas de los cristales y de que en el momento del suceso se encontraba muy concentrada, a punto de llegar al orgasmo. Su reacción fue empezar a gritar y entonces vio cómo aquel tipo rompía el cristal, introducía un brazo y cogía a su novio por el cuello. Este se quedó inmóvil, como fulminado. La chica pensó que lo había matado, o que se había muerto del susto. Se sacó el cuerpo del joven de encima como pudo y salió del automóvil por la puerta del otro lado gritando y pidiendo ayuda. El atacante, que le pareció que estaba desnudo, salió corriendo en dirección al Castillo.

La declaración del novio no aportó muchos más detalles útiles. Recordaba que le preguntó a su novia si le faltaba mucho para llegar y entonces ella lanzó un grito desgarrador. “Al principio creí que había acertado con su ‘punto G’, pero de repente noté una mano muy fría en la nuca y después, como una descarga eléctrica”. A continuación, la más absoluta oscuridad hasta que fue reanimado por las asistencias médicas.

La veintena de agentes desplegados en el Mirador del Migdia consiguieron que se detuviera alguno de los últimos coches que se daban a la fuga e interrogaron a las sudorosas y alteradas parejas. La mayoría poco pudo aportar, excepto que “oímos un grito, vimos que era una chica asustada y que hablaba de un muerto, así que sólo pensamos en salir zumbando de aquí. ¿Un hombre desnudo? No lo sé señor agente, pero tenga en cuenta que dentro de los coches todos estábamos desnudos, y la chica que gritaba, también”.

Los agentes peinaron la zona a la búsqueda de algún objeto, alguna pista que les pudiera ayudar en la posterior investigación. Cuando acabaron con su infructuosa tarea, dejaron un pequeño retén a la entrada del camino que desembocaba en la pineda donde habían acontecido los hechos. El resto se marchó montaña abajo a continuar con sus patrullas rutinarias.

En un anexo del informe de la Guardia Urbana, los patrulleros Lluís Serrat y Gerardo García daban cuenta de que durante la batida llevada a cabo en la zona habían descubierto que el Servicio de Recogida de Basuras de la ciudad, BCNeta!, había dejado estacionado de manera incorrecta en el pinar teatro de los acontecimientos uno de sus camiones.

Por tanto, aconsejaban que se iniciaran los trámites necesarios para abrir un formulario A-35A para que se notificara al Comité de Enlace entre Departamentos, el CED, que debía de informar de esta incidencia a BCNeta! para que les aclarara, a través de un formulario de respuesta A-35B, si se trataba de un vehículo averiado o bien estaba estacionado allí por tratarse de una nueva parada origen-final de un nuevo itinerario cuya entrada en servicio no les había sido notificada.

Si los trámites se desarrollaban con la eficacia habitual, en un par de semanas el CED establecería si se debía proceder a retirar el vehículo, en el caso de que todavía se encontrara allí, o bien se debían iniciar los trámites para que los empleados de Parques y Jardines talaran los árboles situados alrededor del camión para ampliar la zona de estacionamiento.

(Continuará…)

XX

Unos centenares de metros más abajo, mientras las fuerzas de seguridad se desplegaban en el Mirador del Migdia, los jaspianos iniciaron el camino de regreso desde la Torre de Calatrava. Baytar y Hertog cargaron al inconsciente Darder en la trasera de la pequeña furgoneta y salieron a todo gas en dirección a la cima. Cuando se apercibieron de la intensa actividad policial, decidieron dirigir el ya destartalado vehículo hacia el cobertizo del Jardín Botánico en el que Baytar había escondido unas horas antes al jardinero.

Allí, junto a los dos humanos inconscientes, esperaron a que el último coche patrulla abandonara la cima de la montaña. Cuando al cabo de un par de horas comprobaron que el silencio se había vuelto a apoderar del Mirador del Migdia, hicieron la última parte del trayecto caminando campo a través, con el cuerpo de Darder a cuestas. En su estado de inconsciencia, el periodista murmuraba de manera continua frases ininteligibles, así que decidieron meterle un trapo en la boca para evitar que sus gruñidos les delataran.

Tras unos minutos de costoso caminar a oscuras entre la vegetación consiguieron llegar sin más altercados. En cuanto entraron en la nave, Hertog puso a Darder a buen recaudo en una de las cabinas. Mientras, Baytar se sentó frente a la consola de transmisiones con la esperanza de que por fin podrían contactar con su planeta.

Después de manipular durante unos instantes los distintos botones del equipo consiguió una respuesta desde Jaspion aunque la imagen no era nítida del todo. En la pantalla apareció el rostro avinagrado de Shira, la secretaria del Área de Deportes de la MNN.

- Hombre, Baytar, por fin –Le saludó la mujer, que no se dignó a girar la cara a la pantalla. En su voz había cierto retintín-. El señor Drinag lleva machacándome dos días, pero no ha habido manera de contactar con vosotros. No veas cómo gritaba: Que si “este tío ya está dándole otra vez al frasco”; Que si “le voy a colgar por las gónadas…”. ¿Tú crees que una señora tiene que pasar por algo así por tu culpa?

- Hombre, una señora seguro que no, pero en tu caso…

- Te paso con Drinag y él te lo explicará –Le cortó una enfurecida Shira que le dejó con la palabra en los labios.

- …Alguien zafio, con poco estilo, nada agraciada desde el punto de vista físico y de escasa inteligencia… –Seguía diciéndole Baytar a Shira.

En cuanto escuchó la voz de su subordinado al otro lado de la línea, el Jefe se saltó cualquier tipo de preámbulos y se giró hacia el comunicador. Su rostro tenía un aspecto temible.

- ¡Oye, retrasado mental, no me has llamado en dos días, me dejas con la apertura de Deportes colgada y encima, cuando me topo con tu fea cara, me insultas! ¿Cómo te atreves a hablar de inteligencia tú, que te debes haber cambiado el cerebro por un bizcocho borracho? –Tronó la voz de Drinag Zof.

- Hola, Jefe. No hablaba contigo, sino con Shira. Dile a tu secretaria… –Intentó justificarse Baytar.

- Deja en paz a mi secretaria, que ella no es una beoda como tú. Y dime dónde astros estás. O no. Mejor, no me lo digas. Dime dónde está el maldito reportaje para el próximo informativo. Es lo único que me interesa de ti.

- Bueno verás, te diré dónde estoy y así entenderás toda la historia. Estoy en la Tierra porque…

- ¿En la Tierra? – El Jefe manipuló el teclado de la consola de transmisiones para introducir el nombre que había pronunciado su subordinado. Cuando leyó los datos, su mueca de disgusto se transformó en otra, en este caso de horror-. ¿Cómo has podido ir a parar a ese inmundo peñasco lleno de salvajes?

- No sabes lo que hemos sufrido, Drinag –Baytar argumentó conciliador-. Fue un lamentable error. Pero sólo necesitamos que nos enviéis una nave de rescate con las piezas de recambio…

- ¿Piezas de recambio? ¿Pero tú quién gónadas te has creído que eres? ¿Por qué me odias así? ¿Por qué quieres arruinar mi vida? –Le preguntaba Drinag mientras su feo rostro se iba contrayendo de forma grotesca-. Me jugué el cuello por ti. Arriesgué mi puesto de trabajo, el pan de mis hijos, el dinero de la hipoteca y hasta los calzoncillos que llevo puestos por un borracho de las gónadas que me prometió que ya no bebía y que ahora, a la primera cogorza, ha estrellado una de las unidades móviles más modernas de la empresa justo en la otra punta del Universo. ¡Si no apareces en Tinoon inmediatamente, y balbuceas delante de la holocámara del retrasado mental que está contigo cuatro frases sobre Las Finales, yo mismo iré a buscarte a esa mierda de asteroide para asesinarte con mis manos! ¡Shira, mis pastillas! –Volvió a tronar el Jefe mirando hacia uno de los lados, fuera del campo de visión de la pantalla de Baytar.

- Tranquilízate, Jefe. Es imposible que vaya ahora mismo a Tinoon. El sistema de despegue y aterrizaje está inutilizado y el de transmisiones está dañado. Por eso hemos tardado tanto en contactar contigo. Necesitamos recambios para poder salir de aquí. Envía esa nave de emergencia que te pido y entonces iré a Tinoon y tendrás un reportaje de Las Finales que no se lo saltará…

- ¡Y una mierda! Si te envío una unidad móvil a ti no podré enviar otro equipo a Tinoon. Y lo que es peor, en el viaje de regreso la estrellarás.

- Eh, cabronazo, no me puedes hacer esto –Se indignó Baytar-. Yo soy tu redactor estrella. Nadie puede hacer los reportajes que yo hago…

- ¿Cabronazo? Mira, imbécil. Si el director descubre que estás en esa maloliente roca y que no puedes abandonarla porque has estrellado una unidad móvil nueva de trinca, los dos estamos en la calle. Te diré lo que vamos a hacer: Tú aguantarás un par de días más en la Tierra. Me envías cualquier cosa, te inventas una historia sobre Las Finales para dar tiempo a que otro equipo pueda llegar a Tinoon. Y que sea un reportaje que valga la pena. Mientras, pensaré si te dejo ahí tirado o te devuelvo aquí para trocearte con mi propio juego de cuchillos de cocina. ¡Ah! Por cierto, dile al idiota que está contigo que también está despedido –Y Drinag Zof cortó la comunicación.

Baytar tenía la sensación de que su cabeza giraba como una peonza y su estómago daba vueltas como el tambor de una lavadora en pleno centrifugado. ¿Dejarle allí tirado? ¿A él? ¿Y con Hertog? No, el Jefe no podía hablar en serio. Aunque la verdad es que estaba muy enfadado. ¿Y cómo diablos se iban a inventar un reportaje sobre Las Finales allí, en la Tierra, ese rincón lleno de primitivos que en su vida habían oído hablar del fútbol?

Hertog, que tras encerrar a Darder se había aseado y se había puesto un mono de vuelo limpio, llegó a la cabina de mando convencido de que sus problemas estaban solucionados.

- ¿Qué, cómo ha ido con el Jefe? –En la voz del camarógrafo había una ilusión apenas contenida.

- Fenomenal. –Fue la lacónica respuesta de Baytar. Hertog captó en seguida el significado de las palabras de su colega y, desvanecidas sus esperanzas, se fue a buscar su holocámara.

Para colmo, tenían a aquel terrícola encerrado en una de las cabinas de la nave, con la cabeza abierta y a punto de recuperar la conciencia. Baytar sintió que llevaba demasiado tiempo sin echarse una copa al coleto. Mientras desenroscaba el tapón de la petaca, se preguntó cómo iban a salir de aquel embrollo.

(Continuará…)

MIÉRCOLES

XXI

Robert Sambenito y Antoni Casal se pusieron en contacto telefónico a primera hora de la mañana tras recibir los informes de sus subordinados sobre los nuevos acontecimientos de Montjuïc. Decidieron encontrarse en la comisaría de la Guardia Urbana en el distrito de Sants-Montjuïc, al frente de la cual estaba Robert Sambenito.

Cuando Sambenito recibió en su despacho al intendente Antoni Casal, se le habían pasado las ganas de bromear de la noche anterior.

- Antonio, tenemos un problema gordo, gordo. Ya nos podemos dejar de ovnis y hostias. Esta vez el sujeto que estamos buscando llegó a agredir a uno de los jóvenes. Y tú sabes que estas cosas corren como la pólvora. Anoche, cuando se produjeron los nuevos incidentes, ya había un periodista rondando por la zona. La prensa no le ha dedicado demasiado espacio por ahora pero algunos empiezan a especular con que se trate de un caso parecido al del violador del Eixample. Y para colmo, mientras venías hacia aquí, me han notificado que han encontrado esta mañana a un empleado de Parques y Jardines maniatado y amordazado en un caseto del Jardín Botánico.

- ¿Y qué ha explicado el jardinero? –El rostro de Antoni Casal reflejaba una profunda preocupación.

- ¿No te lo imaginas? –Ironizó el intendente de la Guardia Urbana mientras removía las hojas del informe hasta encontrar lo que buscaba-. “…Antes de ser trasladado a un centro asistencial, el agredido explicó que la pasada noche, mientras se vestía para regresar a casa, notó una mano en la nuca y después perdió el sentido. Añadió que desde ese momento y hasta que sus compañeros le encontraron, a las 8.00 horas del día señalado en el encabezamiento de este informe, no recuerda nada, bla, bla, bla…” –Concluyó Sambenito-. Ahora le están visitando los médicos forenses pero supongo que sucederá como en el caso del joven de anoche: ni rastro de agresiones físicas, ni de pinchazos de aguja.

Antoni Casal suspiró profundamente mientras se restregaba el ojo con la punta del dedo. Entonces, el intendente de los Mossos d’Esquadra contestó a su amigo:

- Roberto, vamos a tener que ir con mucho cuidado en este caso o se nos irá de las manos. La gente se va a poner histérica. Lo que yo te propongo es doblar el número de agentes en aquella zona. Hay que evitar un cuarto asalto. Quien quiera pegar un clavo, que se compre un piso. ¡Ah! y deberíamos vigilar al tipo ése, el periodista… –Miró un instante las hojas de su informe y añadió- El tal Darder.

- Si hacemos eso, la mierda nos llegará hasta las orejas –Le avisó Sambenito-. Primero se nos tirarán encima el Colegio y el Sindicato de Periodistas, y a continuación todos los medios de comunicación de Barcelona pensarán que aquí hay gato encerrado y empezarán a remover el asunto –argumentó enérgicamente el guardia urbano –. Nos invadirán la montaña con unidades móviles, fotógrafos y demás alimañas para buscar violadores, extraterrestres y el toro que mató a Manolete. Y tampoco te olvides de que en el Ayuntamiento se pondrán histéricos si empezamos a espantar a los turistas.

- Roberto, ¿has repasado hoy los periódicos? –inquirió el Mosso d’Esquadra-. Ese Jaume Darder dijo que trabajaba en ‘El Correo Diario’, pero la noticia de ese periódico no va firmada por nadie que se llame Jaume Darder.

El intendente de la Guardia Urbana cogió el ejemplar de ‘El Correo Diario’ del montón de periódicos que había apilado en una silla del despacho y buscó la página donde aparecía la noticia. Efectivamente, la información sobre los incidentes en Montjuïc no estaba encabezada por la firma de Darder. Antoni Casal siguió con su argumentación.

- Ahora, piensa por un momento que el tal Darder no es periodista. O sí, es periodista pero está como un cencerro. Tampoco sería algo tan extraño. ¿Y si una de nuestras patrullas tuvo al asaltante delante de sus narices y no hizo nada para detenerle? Nos harán un montón de preguntas.

- Está bien –Concedió al fin el guardia urbano-. Investigaremos a ese tipo, pero en principio lo vamos a hacer con mucha discreción para no levantar suspicacias. También tendremos que hablar con nuestros conocidos en la Policía Nacional y en la Guardia Civil para ver en qué nos pueden ayudar.

XXII

Robert Sambenito y Antoni Casal no eran los únicos que aquella mañana querían conocer el paradero de Jaume Darder. Al director de ‘El Correo Diario’, Alfons Martorell, se le atragantó el café cuando al repasar la edición del día de su periódico vio una nueva entrega de ‘los extraños fenómenos’ de la montaña de Montjuïc y las informaciones iban firmadas con un anónimo ‘Redacción/Agencias’.

Martorell hizo que su secretaria telefoneara a Darder, pero descubrieron que no tenía teléfono móvil. Ni tan siquiera un teléfono fijo donde localizarle.

- ¿Es posible que en pleno siglo XXI un tipo que se hace llamar periodista aún no disponga de un aparato de comunicación que se inventó en el siglo XIX?

- El único número que tengo es el de su antiguo domicilio, en donde residen su ex mujer y sus hijos. Su ex dice que sólo puede localizarle cuando está en el periódico –le explicó la secretaria.

- ¡No me extraña que se quiera divorciar de semejante pelele! –Bramó Martorell- ¡Necesito que me encuentre a Darder, ya!

Telefonearon al responsable de la sección de Última Hora. Tampoco sabía nada de él desde las once de la pasada noche.

- Me comunicó que cambiaba de sección y, tras recoger sus pertenencias, se largó. ¿La noticia sobre los nuevos incidentes de Montjuïc? Nos llegó a través de un teletipo de agencia –Fue la explicación que dio el jefe de Última Hora desde el otro lado de la línea.

Martorell estaba intranquilo. Benedicte Camús estaba a punto de telefonearle para preguntarle si habían logrado algún avance. Podía darle largas hasta la tarde pero, ¿dónde estaba aquel idiota? Necesitaba que Darder se pusiera manos a la obra, que empezara a dejar caer por aquí y por allá el nombre de Oriol Reginàs. A partir de ahí, ya se encargaría él de ‘orientarle’. Se trataba de un ‘disco dedicado’ de Camús, así que no podían cometer el más mínimo fallo. “Y resulta que a las pocas horas de ponerle al frente del asunto, el muy zoquete desaparece sin dejar rastro”.

Martorell se preguntó quién debía ser el incapaz que en su día había contratado a Darder en su día. Entonces recordó que había sido él mismo quien le había llamado “para afrontar juntos esta nueva aventura periodística”, y se enfadó aun más.

El director de ‘El Correo Diario’ pulsó nuevamente el botón del intercomunicador y pidió a su secretaria un café mientras buscaba en el primer cajón de su mesa el frasco del Tranquimacín.

(Continuará…)

XXIII

Darder se despertó con un fuerte dolor de cabeza. Al principio creyó que se encontraba en su cama y había tenido una pesadilla, una terrible pesadilla. Pero pronto se esfumó esa idea y empezó a murmurar maldiciones mientras se llevaba una mano a su dolorida testa. Palpó con cuidado la costra de sangre seca que había formado una pasta con el pelo de la coronilla. Midió con los dedos la brecha abierta en el cuero cabelludo. El dolor se mezcló con la angustia y el terror. “¿Dónde coño estoy?”, se preguntó mientras se incorporaba para mirar a su alrededor. Se palpó buscando el paquete de tabaco y el mechero pero no los encontró. Es cierto, estaban en uno de los bolsillos interiores del tres cuartos.

Era una pequeña cabina de unos dos metros y medio de largo y apenas dos de ancho, blanca de arriba abajo y muy iluminada. La camilla en la que había estado tumbado se encontraba pegada a una de las paredes, no tenía patas y su tacto era plástico. La pared de la que brotaba la cama estaba repleta de armarios y cajones casi hasta el techo. En un extremo de la estancia había a un saliente que parecía una mesita. No tenía nada encima a excepción de una esfera instalada en uno de sus extremos. Frente a la mesa y brotando de la pared opuesta a la de la cama había una pequeña hoja, también blanca, que cumplía las funciones de taburete.

A la izquierda de Darder se dibujaba el contorno de la puerta, que parecía estar sellada con el resto del lienzo. A uno de los lados de la misma había tres botones. Darder interpretó que debían de servir para pulsar el código que permitía abrirla pues no pudo ver pomo, maneta o tirador alguno.

Saltó de la camilla -“Sí que está alta. Deben de ser alemanes o rusos, estos bigardos”, pensó mientras se encaraba con la puerta. Tocó el primer botón y se quedó a oscuras. Maldiciendo, lo pulsó una vez más y las luces se volvieron a encender. Al segundo intento consiguió que la puerta, corredera, se abriera con un suave zumbido. Se encontró con un estrecho pasillo, igualmente muy iluminado, muy blanco y fabricado con el mismo material parecido al plástico.

A lo largo del pasillo se distribuían varias puertas. Darder optó por caminar hacia la situada a su derecha, apoyándose en las paredes cuando se tambaleaba a causa del mareo que aún le producía la herida de la cabeza, hasta que llegó al final.

Otra puerta y tres botones más. Esta vez acertó a la primera y al desplazarse la hoja se encontró con un espacio que se asemejaba a la cabina de mando de un avión, pero un poco más amplia. Y allí estaban sus dos secuestradores, sentados de espaldas a él en dos sillones giratorios de diseño muy futurista. “Hay que reconocer que en otras cosas no, pero para esto del espionaje los rusos sigue teniendo la mano rota, concedió para sus adentros. “¿Cómo habrán podido montar un centro así en Barcelona sin que nadie se haya percatado?”, se preguntó. “¡Menudo notición si salgo vivo de aquí!”.

Darder se quedó sin preguntas ni respuestas cuando sus secuestradores se giraron hacia él. Se encontró con dos seres de apariencia humana, altos, espigados, con una tez algo azulada y de ojos igualmente azules, vestidos con unas ropas de un diseño desconocido para él, parecidos a los monos de vuelo de los pilotos de combate de las fuerzas aéreas. Las manos, prácticamente lo único que asomaba por encima de sus trajes, eran también de un tono azulado y con los dedos alargados. Parecían lampiños aunque tenían pelo en la cabeza. Alrededor del cuello portaban sendos colgantes y, ceñidos a la cintura, unos cinturones con muchos compartimentos.

- ¡Dios, vosotros no sois chinos! ¡Ni siquiera rusos! –exclamó cada vez más asustado-. ¿Donde está el jardinero? ¿Y el empelotado? ¿No seréis de un programa de ‘Cámara Oculta’? –en su voz había un atisbo de esperanza.

Baytar y Hertog pulsaron un botón de su cinturón y ante los ojos de Darder se transformaron en el jardinero y el joven que le había agredido. Este último se había enfundado el chaquetón del pobre periodista.

- ¡Eh, tú! ¡Ésa es mi parka! Pero, ¿qué estoy diciendo? Si estos capullos no deben de entender lo que estoy diciendo.

- Tranquilo, terrícola, mi compañero te devolverá inmediatamente tu chaqueta. Hertog… –dijo Baytar, girándose hacia el camarógrafo. Éste, de mala gana, empezó a desprenderse del tres cuartos- Y sí, sí que te entendemos. Este dispositivo –explicó llevándose la mano hasta el colgante- nos permite traducir las ideas que emitimos o recibimos de otros seres a cualquier idioma del Universo conocido por nuestra civilización.

- ¡No, no, si es igual, quédese la parka, quédesela de momento! –Se apresuró a replicar Darder cuando Hertog se le acercó con la chaqueta en la mano, de nuevo desnudo.

- Tranquilo, volveremos a nuestra apariencia habitual –Baytar y Hertog se llevaron nuevamente la mano a la cintura y recuperaron su fisonomía, de tez azulada-. Ya ve que disponemos de unos cuantos dispositivos tecnológicos que nos facilitan las cosas.

- ¡Joder! Pero, entonces, era verdad; digo lo del lechuguino aquél y su novia. Son alienígenas, extraterrestres…

- ¡Alienígena lo serás tú, mono peludo! –Hertog Bulq se disgustó e hizo un ademán de protesta hacia Darder. El terrícola ya se veía recibiendo otro trancazo en la coronilla pero por suerte para él, la cosa no fue a más.

- ¡Hertog! En efecto, somos lo que usted denomina ‘alienígenas’. Mi nombre es Baytar Dix y el de mi compañero es Hertog Bulq. Procedemos del planeta Jaspion, situado en una galaxia próxima a la suya y que pertenece a la Federación de Mundos Inteligentes. Un error al introducir las coordenadas en el ordenador de vuelo de la unidad móvil nos desvió de nuestra ruta y nos ha traído hasta aquí. Intentamos regresar a nuestra civilización, pero para ello necesitamos algunos componentes con los que reparar nuestro transporte.

- ¡Dios mío! ¡Esto…! ¡Esto es la leche! –dijo Darder, emocionado-. ¿Federación de Mundos Inteligentes? Y entonces, la Tierra…

- Es uno de los que conocemos como Mundos Primitivos –Le aclaró Hertog-. Planetas que acogen a seres de especies similares a las nuestras pero que aún no han llegado a un desarrollo cultural ni tecnológico suficientes como para permitir que sepan de la existencia de la Federación, ni que pertenezcan a ella.

- ¿Cómo que no? –Se ofendió Darder. El Hombre ha llegado a la Luna, está preparando una nueva Estación Orbital Permanente después de haber tenido durante años la estación MIR; envió la Voyager, ha lanzado sondas a Marte… Por cierto, ¿hay vida en Marte?

- ¿Cómo va a haber vida en Marte? –Se sulfuró Hertog. Su expresión era de incredulidad-. Ésta es la prueba evidente de que aún no están preparados para entrar en la FMI. ¡No se puede imaginar los problemas que produce en las rutas de comunicación interplanetarias toda esa chatarra cósmica que lanzan continuamente para que se estrelle contra el peñasco que ustedes denominan Marte!

- Por eso nuestros científicos les observan y estudian de manera discreta desde hace ya mucho tiempo, pero sin manifestarse abiertamente ante ustedes –Continuó Baytar con sus argumentos-. Para su estándar temporal, que utilizaremos a partir de ahora para comunicarnos con usted, serían varios siglos. Y lo que dice Hertog es cierto, a ver si limpian de porquería la entrada a su atmósfera. Uno de esos cascajos que tienen orbitando nos arruinó el aterrizaje automático y mire cómo nos encontramos ahora.

- Bueno, eso y la cogorza que llevabas tú encima –Terció Hertog en su propio idioma para castigar a Baytar.

Darder seguía a lo suyo. No podía comprender que hubiera una civilización de seres humanos, o humanoides, más desarrollada que la de la Tierra y que hubiera evitado establecer algún tipo de contacto durante siglos. De hecho, aún no había descartado definitivamente que se trataran de los pesados del ‘Cámara Oculta’.

- Pero nosotros hemos enviado mensajes al exterior, la Tierra quiere contactar con otras formas de vida… –balbuceó el periodista de ‘El Correo Diario’ que aún no se acababa de creer lo que estaba viviendo.

- Sí, pero con las guerras intestinas que mantienen periódicamente, sus problemas con el medio ambiente, el hambre y la miseria que aún arrastra gran parte de su población… ¿Cómo quieren que les proporcionemos la tecnología suficiente para salir de aquí? ¿Para que lleven su porquería y su costumbre de pelearse con el vecino y sus líos a los planetas civilizados del Universo? –Le lanzó Hertog.

- ¡Ay mi madre, esto es como un sueño! ¡Si pudiera dar esta noticia al periódico, aportando pruebas de su existencia! ¡Esto es de Pulitzer! ¡En dos días sería Redactor Jefe de Deportes! ¡Qué digo, sería el director del periódico! ¡Tienen que concederme una entrevista! –Darder empezó a palparse los bolsillos de su recuperada parka, de manera instintiva, a la búsqueda de su micrograbadora. También localizó el paquete de tabaco, pero no se atrevió a fumar.

- ¿Cómo ha dicho? ¿Trabaja usted en un periódico? –Le interrogó con cautela un sorprendido Baytar.

- Por supuesto –dijo Darder, estirándose la pechera de la camisa e intentando adquirir un aire digno. Intentó mesarse los cabellos pero al pasar la mano por encima de la herida de la coronilla vio las estrellas.- Cuando se repuso, se presentó-. Soy Jaume Darder, redactor de ‘El Correo Diario’, trabajo en la sección de… Bueno, en realidad soy periodista deportivo, pero ahora estoy destinado a…

- ¡Por todos los asteroides, otro listillo como tú! –Aulló Hertog con sorna a la vez que miraba a su compañero.

(Continuará…)

XXIV

Cáceres siguió una mañana más la rutina diaria aunque con peor humor que de costumbre. Engulló el desayuno que le había preparado la criada filipina, silenciosa como era habitual en ella pero alerta como siempre, pensó el futbolista. Después, se subió al Jaguar y se trasladó hasta el Camp Nou. En lugar de poner un CD de música, esta vez conectó la radio. Las informaciones deportivas eran prácticamente monotemáticas y versaban sobre los preparativos del Barça-Real Madrid. Sus declaraciones del día anterior, hablando sobre su futuro en el club azulgrana, aparecían como un aliciente más en vísperas de un duelo futbolístico tan importante. En fin, se consoló, al menos no había ninguna novedad más al respecto. Y eso, dada su situación, ya era mucho.

Bajó la rampa del aparcamiento, estacionó el deportivo y subió las escaleras que llevaban a las entrañas del estadio. Llegó a los vestuarios del primer equipo aún absorto en sus pensamientos sobre lo que le podía deparar el futuro. Saludó mecánicamente a sus compañeros y se plantó frente a su taquilla para cambiarse de ropa. Apenas había comenzado a ponerse las prendas de entrenamiento cuando oyó tronar la voz del entrenador Otto Kranzbühler con su terrible acento suizo-alemán.

- ¡Cáceres, venga a mi despacho!

El veterano futbolista acabó de calzarse las botas y se dirigió hasta el despacho del entrenador. Golpeó en la puerta con los nudillos y entró en la estancia. El técnico le esperaba al otro lado de la mesa y le pidió que se sentara en una de las sillas que quedaban libres.

- Cáceres, quería hablarle de lo que se ha publicado estos días sobre su futuro – Tras una pausa, Kranzbühler prosiguió: Le agradezco que haya sido tan prudente. Ya sabe que estos comentarios nunca son buenos para el equipo y más cuando hay un partido tan importante de por medio…

- Llevo muchos años en el negocio como para no saber cómo funciona. Por eso me pregunto quién puede haber sido tan irresponsable como para filtrar toda esa mierda –contestó el futbolista, mirando fijamente al entrenador. Éste alineó una pequeña pila de informes con el borde de la mesa. El capitán azulgrana consideró que el mister intentaba esquivar su mirada.

- Ya sabe cómo son estas cosas. Esos cabrones de la prensa tienen unos intereses y el club otros y por eso… -Cáceres sabía que cuando se ponía nervioso, a Kranzbühler se le acentuaba el deje alemán.

- ¿Cuál es mi situación en el equipo? –Le preguntó a bocajarro.

- Ahora no es el momento de hablar sobre este asunto. Usted sabe que aquí siempre se le ha valorado…

- Sí, yo sí que lo sé. Usted tal vez no, porque sólo lleva un año en esta casa y yo, toda la vida. Pero fuera del vestuario y sobre todo dentro, hay mucha gente que tiene muy en cuenta mis opiniones.

- Eso lo comprobaremos en su momento –El entrenador se incomodó por la respuesta de Cáceres-. Pero no tiene que olvidar que a todo el mundo nos llega nuestra hora.

- Eso espero. ¿Va a contar conmigo para el partido del sábado? –Siguió apretándole el veterano extremo.

- Martí está jugando muy bien y usted sigue con sus problemas en la rodilla izquierda.

- Martí es un crío. No aguantará la presión de un partido así.

- Usted también era un crío cuando debutó en el Barça y ha aguantado la presión hasta hoy –Le cortó rápidamente Kranzbühler-. Entrénese fuerte, y esté a punto por si el equipo le necesita en cualquier momento y…

- Entiendo –Apostilló Cáceres con un gesto de disgusto. Sin esperar más se levantó de la silla para marcharse.

- Una cosa más, Cáceres -El jugador se quedó frente a la puerta, de espaldas al entrenador-. Sólo espero que siga valorando qué es lo mejor para el club y que siga siendo prudente cuando hable con la prensa. Lo último que necesitamos es que los problemas individuales afecten al grupo. Y tampoco le conviene a usted, si quiere que encontremos una buena solución al final de la temporada.

Cáceres abrió la puerta y salió de la habitación sin decir nada más. “Menudo cabrón estás tú hecho”, pensó mientras caminaba por el corredor, camino del campo de entrenamiento.

(Continuará…)

XXV

Baytar Dix y Hertog Bulq volvieron a encerrar a Jaume Darder y esta vez, pese a las protestas del terrícola, se aseguraron de que bloqueaban la puerta para poder descansar un rato y comer algo tranquilos. Después, ya repuestos de las últimas emociones, se sentaron en la cabina de mando para decidir qué hacer con el nuevo inquilino de la nave y, lo más importante, qué reportaje podían a enviar a Jaspion desde aquella punta del Universo. Debía ser una información que tuviera algo que ver con Las Finales que se disputaban entre Los Bucaneros de Tinoon y Los Patriotas de Jaspion.

Tras darle muchas vueltas durante un buen rato, Hertog cayó en la cuenta de que, gracias a la ‘excursión’ de la noche anterior, ahora volvían a estar comunicados con Jaspion, y por tanto, también con Tinoon. El camarógrafo propuso como solución contactar con alguno de los periodistas enviados a Tinoon por las otros medios de comunicación. Podían pedirle cuatro datos y un par de imágenes y, con todo aquello, grabar una crónica de urgencia desde dentro de la misma unidad móvil. Así podrían enviarle al Jefe el reportaje que les había pedido.

- El Jefe necesita alguna cosa para salir del paso. Por culpa tuya, está tan pillado por las gónadas como nosotros, -argumentó Hertog-. Si le envías un primer reportaje, podrá justificar nuestro viaje ante el director de informativos. A lo mejor entonces se apiada de nosotros y decide sacarnos de este agujero.

No fue fácil que Baytar aceptara el plan, pero aún más costó establecer conexión con Tinoon. Después, encontrar un periodista dispuesto a hacerle un favor a Baytar Dix fue casi imposible. Al final, un viejo compañero de correrías aceptó ayudarles.

- Me tragaré lo del retraso por problemas técnicos en memoria de las juergas compartidas -Le dijo con tono sardónico. Y no tardes mucho en solucionar tus problemas técnicos. Los rumores sobre tu futuro no son muy halagüeños.

Hertog hizo una faena de aliño con las cuatro tomas que, con mucha dificultad, pudieron recibir sobre las sesiones de entrenamiento de Los Bucaneros y Los Patriotas, y Baytar escribió un texto con las informaciones que le había suministrado su compañero de correrías. Por fin pudieron transmitir el reportaje a la central de la MNN, una vez más con una lentitud desesperante a causa de los interminables problemas técnicos.

Esta vez Baytar no intentó comunicarse con El Jefe para anunciarle que enviaban la primera crónica. Cuando comprobaron que la transmisión se había completado correctamente, habló con otro compañero de la sección para que éste avisara a Drinag Zof.

- Mejor que el Jefe vea lo que hemos enviado y se tranquilice –Le dijo a Hertog-. Más adelante, cuando compruebe que hemos solucionado la primera parte del problema, volveremos a hablar con él.

Llegó el momento de afrontar el otro asunto: El terrícola. ¿Qué podían hacer con él sin violar el Protocolo de nuevo? Hertog apostó por un lavado de cerebro que le borrara los recuerdos de los últimos acontecimientos. Baytar le replicó:

- El lavado de cerebro le limpiaría los últimos acontecimientos y sus primeros recuerdos de infancia. Lo dejarás como un vegetal –resumió-. Además, mi olfato periodístico me ha puesto en alerta. Ese tipejo es periodista deportivo. ¿Habrá una buena historia que contar, ahí? ¿Qué clase de deportes practicaban en la Tierra? Nunca nadie antes en la Federación de Mundos Inteligentes ha hecho un reportaje así -Avisó a su colega.

Hertog aceptó a regañadientes que sería bueno hablar con el humano, así que se dirigieron hacia la cabina en la que le habían vuelto a encerrar.

Al abrir la puerta, se encontraron con que Darder se acababa de incorporar en la camilla, alertado por los pasos. Baytar le preguntó:

- ¿Cómo se encuentra, señor…? –El extraterrestre no recordaba el nombre del terrícola.

- Darder. Jaume Darder. ¿Que cómo estoy? Me duele todo el cuerpo, tengo hambre, estoy secuestrado por unos tíos de color azul que dicen ser alienígenas, que por la pinta podrían serlo y que no sé qué intenciones tienen hacia mi persona. Hasta el momento uno de ellos se ha paseado en pelotas por la ciudad y me ha abierto la cabeza con una llave del sistema de riego. Tengo la historia más increíble que se pueda contar en un periódico y no puedo escribirla porque estoy aquí, encerrado. Cuando no pase a recoger a los críos por la escuela, mi mujer decidirá firmar los papeles del divorcio y enviarme definitivamente a la mierda. Por su parte, el director de mi periódico ya debe de haber firmando mi carta de despido. Y de todas maneras, si al final pudiera llegar hasta la redacción del periódico, a lo mejor no me dejarían escribir ni una línea de todo esto y me despedirían igualmente alegando que estoy como una chota –Darder tomó resuello-. Y es que eso es lo peor de todo. No sé si todo lo que me han dicho, si todo lo que ven mis ojos es verdad o si en realidad me he vuelto loco y ahora me encuentro en el Hospital Psiquiátrico de Sant Boi. Díganme; además de abrirme la cabeza como un melón ¿me han metido algo dentro? ¿Me han drogado, o algo por el estilo?

- Me parece que usted no necesita demasiadas drogas… –Le replicó Hertog mientras abría uno de los armarios situados frente a la camilla y extrayendo lo que a Darder le pareció que era un botiquín-. En cuanto a su cabeza, vamos a ver qué podemos hacer para aliviarle el dolor.

- Antes nos dijo que es periodista deportivo pero que ahora se dedicaba a otra cosa. ¿Cómo es eso?- Le interrogó Baytar.

- Los tiparracos que mandan en ‘El Correo Diario’ me apartaron de la sección de Deportes hace un tiempo y me arrinconaron en la de Última Hora. Precisamente ayer, a raíz de los incidentes que se produjeron en la montaña de Montjuïc, me propusieron una tarea especial que acepté con la esperanza de volver a la sección de Deportes.

- ¡Vaya, estas cosas siempre son muy parecidas en todos lados, sea el planeta que sea! –Bramó Hertog mirando a Baytar-. ¡Toma buena nota, listillo!

- ¿Ustedes son periodistas? –Les cuestionó Darder, poniendo unos ojos como platos.

- Yo soy periodista. Periodista deportivo de la MNN del planeta Jaspion –Precisó Baytar-. Él es… Bueno, es un camarógrafo de la emisora.

- Eh, mucho cuidado, yo soy un reportero gráfico, y me parece que incluso tengo más estudios que tú, listillo –Se enfadó Hertog.

Baytar hizo como si no hubiera oído la ofendida contestación de su compañero y le explicó a Darder, telegráficamente, cómo habían ido a parar a aquel rincón de la Tierra.

- …Y ahora estamos aquí, en la otra punta del Universo, a tres días de que comiencen las Finales de Fútbol entre Los Bucaneros y Los Patriotas…

- ¿Ha dicho de fútbol? –Saltó Darder.

- …Una especialidad deportiva que se disputa en todos los planetas de la Federación –Se arrancó Hertog-. Once deportistas contra once rivales intentan llevar un objeto esférico a una zona de marca del rival. Pueden valerse de cualquier parte del cuerpo excepto de las manos y de los brazos. Una tontería si quiere, pero es una tontería que ha hecho millonarios a cientos de jovenzuelos y que da de comer a miles de personas en toda la Federación… Incluidos nosotros hasta ayer –Le lanzó otra puya a Baytar.

- ¡Pero, pero si el fútbol! ¡Es el deporte rey en la Tierra! ¡Aquí en Barcelona tenemos al Barça, el mejor club del mundo! ¡Esto no puede ser verdad! –Dudó Darder-. Vosotros sois del programa ‘Cámara Oculta’ y me habéis cogido de pardillo. Venga, confesad ya…

- Oiga, yo nunca me prestaría a trabajar en un bodrio semejante. Soy uno de los reporteros estrella de la MNN –Se ofendió Baytar.- ¿Y cómo dice que se llama este deporte aquí, en la Tierra?

- ¡Fútbol! ¡También se llama fútbol! Bueno hay unos pocos ignorantes que lo llaman ‘soccer’. Pero vamos, el nombre en todos los idiomas de la tierra es fútbol con pequeñas variaciones idiomáticas según las diferentes lenguas…

Baytar y Hertog se miraron con cara de asombro mientras al primero se le iluminaba la mirada.

- Sabía que aquí podía haber algo bueno –Recordó Baytar-. Bueno, creo que tendremos que retocar la planilla de trabajo.

- Tú, tú estás loco –Rezongó Hertog-. Bastantes problemas tenemos ya. Lo que hemos de hacer es convencer al Jefe para que nos envíe a alguien con los repuestos y nos ayude a regresar a casa.

- Ni hablar. Vamos a aprovechar que estamos aquí para enviar a nuestros espectadores algo diferente, como quería Drinag Zof. ‘El fútbol, un deporte universal… ¡Incluso en los Mundos Primitivos! ¡Esto va a ser la bomba! –Se imaginó Baytar.

- ¡Oigan, si ustedes me liberan, yo les puedo ayudar! –Se ofreció un Darder cada vez más eufórico, contagiado por la emoción de sus captores, pero sobre todo por el efecto del potente sedante que le había administrado Hertog para la herida de la cabeza-. Además, esta semana se juega en Barcelona el clásico de los clásicos: el Barça-Real Madrid. ¡Ya verán! No hay nada igual. Yo me conozco el tema al dedillo. He estado más de quince años haciendo información sobre este tema.

Los jaspianos le miraron con rostro dubitativo.

- Hay un problema, señor Darder: Nadie en la Tierra, nadie, debe saber por ahora todo esto que ahora usted sabe en torno a nosotros y la Federación de Mundos Inteligentes.

- ¡Pues yo tengo otros dos problemas que también van a ser los suyos! -Contraatacó Darder, irritado-. Esta tarde tengo que ir a trabajar a mi periódico y mañana tengo que recoger a mis hijos al salir de la escuela. Si no puedo hacer estas dos cosas, no les pienso ayudar. Y sin mí, no podrán orientarse en Barcelona. Y si quieren llevar a cabo la cobertura del Barça-Real Madrid, necesitarán la ayuda de un periodista deportivo. En fin. Ya me pueden atomizar. Además –añadió, manteniendo el tono amenazador- pronto empezarán a buscarme.

- ¿Está usted seguro de que existe alguien que quiera encontrarle? –Bromeó Hertog.

- Les aseguro que, como mínimo, mi esposa. Cuando le llegan las facturas a principio de mes, nunca se olvida de mí –contestó muy digno el periodista de ‘El Correo Diario’-. Y si no aparezco el jueves para recoger a los críos, será ella quien les buscará, les encontrará y les colgará por el paquete.

- Está bien –Concedió Baytar mientras Hertog suspiraba resignado-. Ya se nota que es periodista deportivo, ya. ¿Tiene algún vehículo de transporte para que podamos desplazarnos por la ciudad de la forma más discreta posible?

- Sí, cerca de donde nos conocimos ayer –dijo el humano con un punto sorna y otro de resentimiento-. Pero ustedes no pueden ir con estas pintas.

- Eso déjelo de nuestra cuenta. Sólo necesitamos que Hertog acepte ponerse algo de ropa –Cerró la conversación un sarcástico Baytar.

(Continuará…)

XXVI

Darder, con la cabeza aparatosamente vendada; Baytar vestido de jardinero; y Hertog, aún desnudo, salieron de la nave a la búsqueda del automóvil del periodista. El artefacto interplanetario mantenía su apariencia de camión de recogida de basuras y por supuesto nadie se había acercado a preocuparse por él desde los últimos acontecimientos.

Para evitar el retén de vigilancia que la Guardia Urbana y los Mossos d’Esquadra habían establecido al comienzo del camino de acceso al pinar, el trío se escabulló furtivamente en dirección hacia el Castillo. Tras rodear la fortaleza por el camino del mar, ya en el aparcamiento de la explanada principal situada frente a la mole de piedra, Baytar aprovechó una vez más su uniforme de empleado municipal para hacerse con un vehículo de Parques y Jardines que los operarios habían dejado estacionado para disfrutar de la hora del almuerzo. “Estoy hasta las gónadas de caminar”, argumentó el redactor de la MNN. Mientras tanto, Hertog se encaramó a un autocar, en ese momento sin pasaje y con las puertas abiertas.

El chofer también había abierto las compuertas de los compartimientos para el equipaje, ahora vacíos, y se había tumbado a dormir una reparadora siesta sobre el piso del inmenso maletero. Al cabo de un par de minutos de revolver entre los asientos, el camarógrafo jaspiano encontró varias prendas que ponerse.

Ya motorizados y vestidos, con Baytar al volante y Darder como copiloto, se acercaron hasta las proximidades del Anillo Olímpico en donde aún seguía estacionado el coche del periodista terrícola.

- No parece un último modelo, ¿eh? -Comentó Hertog al ver el automóvil y le preguntó al otro jaspiano-. ¿No es mejor que sigamos con este otro vehículo?

- ¿Qué quieren? –Se enfadó el terrícola-. Estoy separado y he de mantener dos casas. Además, hasta ahora se han conformado con las camionetas de los jardineros, ¿no? Pueden seguir en una de ellas si lo prefieren, pero no olviden que se trata de un vehículo robado. ¡Ah! Y sepan que este vehículo, el Volkswagen Golf GTI de primera generación, es hoy en día, casi veinte años después de su salida al mercado, una joya. Eh, un momento… –El periodista descubrió un papel amarillo en el parabrisas de su coche-: Serán cabrones, ¡me han multado!

- Está bien, basta de tonterías y llévenos a su casa –Le cortó Baytar.

Esta vez fue Darder quien se situó al volante pues se negó a que tocaran los mandos de su coche. Arrancó y condujo cuesta abajo a través de la montaña hasta llegar a la plaza de España tras descender por avenida del Estadi, avenida Marqués de Comillas, avenida Rius i Taulet y girar a la izquierda para embocar avenida María Cristina.

Después, el vehículo se zambulló en la riada de coches que atestaban las calles de la ciudad. Barcelona era un hervidero a esas horas, poco después del medio día, y no resultaba nada fácil transitar por ella a pesar de la ordenada cuadrícula del distrito del Eixample.

Durante el trayecto, los periodistas de la MNN iban contemplando la ciudad. A Baytar le llamó la atención el gran número de obras y zanjas que se encontraron a su paso.

- Su número es casi tan elevado como la cantidad de bares por kilómetro cuadrado -observó Darder para deleite de su homólogo jaspiano.

En cambio, a Hertog le sorprendieron las motos que zigzagueaban alrededor de los coches transportando mensajeros, repartidores de pizzas y ejecutivos de medio pelo.

Después de la sorpresa inicial, los jaspianos se sumaron con gusto a las múltiples discusiones que Darder mantuvo durante el trayecto con taxistas, camioneros y repartidores. Los tres insultaron al unísono a los ciclistas que aprovechaban calzada o acera según su conveniencia. Al rebasar a una pareja de urbanos que estaban multando a un joven piloto por no llevar puesto el casco, un sentimiento de hermandad universal contra todo tipo de autoridad, justa e injusta, se apoderó de los tres ocupantes del vetusto vehículo.

Fue entonces cuando decidieron pasar al tuteo.

- ¡Menudo caos! –Se quejó Baytar.

- Pues hoy el tráfico es bastante fluido. Si estuviera lloviendo tardaríamos el triple.

Ante los ojos de Baytar y Hertog transcurría el centro de la ciudad de Barcelona. Al llegar al paseo de Gràcia, Darder giró a la izquierda en dirección a la montaña del Tibidabo y tomó el carril lateral del bulevar para buscar la calle València.

Durante el trayecto, como dos turistas más, Baytar y Hertog se descubrían edificios que eran auténticas obras de arte y un instante después, otros rodeados por unas estructuras metálicas que apenas escondían las fachadas grises aún por rehabilitar. En algunos de los semáforos del centro, los inmigrantes árabes y sudamericanos, la mayor parte de ellos subcontratados laborales, pasaban casi a la carrera camino de sus pluriempleos. Los subsaharianos plegaban y desplegaban sus tenderetes repletos de productos baratos importados por la próspera e incipiente comunidad china.

Los grupos de turistas ingleses, japoneses, franceses y daneses se cruzaban con las cuadrillas de inmigrantes rumanos que se lanzaban sobre los coches para intentar vender gacetillas o para limpiar los cristales a cambio de la voluntad. Sus afanes no iban dirigidos al viejo Golf de Darder.

- Tu carraca es tan histórica que ni se la miran los limpia cristales -Bromeó Hertog para picar al terrícola.

En realidad, la mejor vacuna era el aspecto del trío que ocupaba el Golf: Darder portaba un poco aseado vendaje con aire de turbante y en su cara oscurecía una barba de tres días; Baytar seguía pertrechado con el peto de jardinero; y Hertog se había ataviado con lo que había recolectado en el autocar de turistas: una camiseta del Celtic de Glasgow escocés, un pantalón corto, unas sandalias playeras y un gorro mexicano.

Ya en la calle València siguieron avanzando unos minutos hasta llegar frente al edificio de Darder.

- Bueno, es aquí. Ahora tenemos que encontrar dónde aparcar –Anunció el periodista de ‘El Correo Diario’ con tono de resignación.

- ¿Cómo? –Los jaspianos parecían no entender lo que les estaba diciendo y Hertog incluso consultó su traductor.

- Pues igual que vosotros aterrizáis en la Tierra, yo he de encontrar ahora un lugar en el que dejar mi vehículo para…

- Sí, sí, eso ya lo he comprendido, no me tomes por idiota. Pero, ¿No dispones de un espacio propio para dejar tu vehículo? –Inquirió un incrédulo Baytar.

- ¡Buff! Tú no sabes lo difícil que está lo del aparcamiento en Barcelona. Si dejas el coche en un chaflán, la grúa se lo lleva porque son espacios reservados para las camionetas de carga y descarga. Una plaza de aparcamiento, aquí en el centro, te cuesta un riñón. Si aparcas en la calle fuera de tu zona de residencia te cobran el cuádruple… Un poco de paciencia, ¿Vale?

- Por todos los asteroides, los periodistas terrícolas debéis estar peor pagados incluso que en Jaspion –Reflexionó Baytar.

- ¡Si yo os contara! Y más ahora, que los de derechas se han vuelto de centro y los fascistas, demócratas… Nunca tienen suficiente.

- ¿Derechas, fascistas? Esos vocablos no aparecen en mi traductor simultáneo –Baytar trajinaba el colgante del cuello, que, según dedujo Darder, debía de ser el dispositivo que les permitía llevar a cabo aquella prodigiosa y casi automática traducción simultánea.

- Vamos a ver. ¿En Jaspion habéis oído hablar de las dos Guerras del Golfo? La segunda arrancó cuando, hace un tiempo, un trío de iluminados que se reunió en Las Azores, unas islas…

- Bueno ya nos lo contarás –Le cortó Baytar. Ahora, concéntrate en localizar un sitio en el que dejar este trasto.

(Continuará…)

XXVII

Transcurrida una hora, consiguieron estacionar el coche a seis manzanas del domicilio de Darder, justo en el límite donde la tarjeta de ‘Residente’ dejaba de tener validez. Para conseguirlo, tuvieron que desplazar a empujones un contenedor de basura ante el disgusto de Hertog y Baytar, pues fueron los encargados de hacerlo.

- ¡Menos gruñir que un sitio como éste en Barcelona es un chollo y hoy ya me han puesto una multa! -Les graznó el terrícola que, con el aparatoso vendaje de la cabeza, no pasaba precisamente desapercibido entre los transeúntes. Tampoco Baytar y Hertog que con sus disfraces de empleado de Parques y Jardines y de turista escocés, respectivamente, completaban el abigarrado trío camino del apartamento de Darder.

Al cabo de quince minutos llegaron al portalón que cerraba la finca, un edificio de unos ciento veinte años, aún por restaurar, cuya fachada era tan gris como el plomizo cielo de Barcelona. A pesar de la suciedad y su aspecto gastado, todavía se intuían tras el hollín las bonitas filigranas y los esgrafiados que en su momento, muchas décadas atrás, la habían adornado.

Una vez dentro, como el ascensor estaba fuera de servicio, subieron a pie. Mientras Darder se empeñaba en que sus acompañantes admiraran los artísticos estucados de los techos y paredes, así como el magnífico trabajo de los forjadores que habían fabricado la barandilla, los jaspianos se lamentaban, entre bufidos y resoplidos, del grado de atraso de aquel mundo primitivo.

- ¡Eh! Parad el carro. En Barcelona hay casas tecnológicamente mucho más avanzadas, pero no tienen el encanto de ésta –Objetó un ofendido Darder mientras introducía la llave en la cerradura de la puerta de su apartamento. -Y además, cuestan un huevo.

- ¿Un qué? –preguntó Hertog.

- Esto… Es una expresión coloquial que usamos aquí, algo soez –Se ruborizó Darder-. Una manera figurada de denominar a los testículos… Disculpadme.

- ¡Ah! Las gónadas. Ya te entiendo. ¡No te disculpes, colega! En Jaspion decimos ‘estar hasta las gónadas’ –aclaró el camarógrafo.

Ya dentro del apartamento, y tras dejar atrás el pequeño recibidor y el largo pasillo de altísimo y estucado techo, llegaron hasta el salón comedor. Era una estancia rectangular, amplia, con dos grandes ventanales de estructura muy vertical que daban a la calle y por los que entraba la claridad del plomizo día, y con un menguado y abigarrado mobiliario.

- Tampoco es que tengas un gusto exquisito para la decoración, ¿Eh? –Volvió Hertog a la carga.

- Como ya os he explicado, desde la separación aún no he tenido tiempo de… –Se excusaba un azorado Darder cuando le cortó el propio Hertog.

- ¿De qué separación hablas? –El camarógrafo de la MNN estaba decidido a no dar un respiro al terrícola.

- Mi mujer. Vamos, mi pareja, mi compañera, ¿entendéis? Me dejó hace casi un año. Se llevó a los niños… –Empezó a contar Darder con cara triste.

- Vaya, como te pasó a ti, ¿Eh, Baytar? –Y después volvió con Darder-: ¿Tú también le das al frasco? Por cierto, Baytar, cuando se te acaben las reservas ¿cómo te lo vas a montar? –El redactor de la MNN miró a Hertog con cara de pocos amigos.

- No, no. Yo no soy muy bebedor –Aclaró Darder, ajeno a las indirectas que estaban cruzándose sus dos visitantes-. Alguna cerveza de vez en cuando, algo de vino cuando hay una buena comida de por medio… Como mucho, un whisky si se tercia.

- Bueno, pues trae algo de eso, para probar –Le apremió Baytar mientras miraba con aire desafiante a Hertog. Después se volvió a girar hacia Darder-. ¿Y cuánto tiempo llevas ‘separado’?

- Pues eso, un año, más o menos –contestó el periodista mientras salía por una de las puertas en dirección a la cocina.

Los extraterrestres comenzaron a curiosear por el salón con un aspecto a medio camino entre un almacén y un despacho. Cerca de los ventanales había una mesa de oficina con un ordenador y un par de cajoneras con ruedas. Frente a la mesa, sobre otra mesilla más baja y con ruedas, había un televisor. Una de las paredes estaba prácticamente vacía, adornada por un equipo de alta fidelidad cuyos altavoces estaban colocados sobre dos taburetes como los de las barras de los bares.

Un poco más allá había un sofá de dos plazas. Enfrente, una gran estantería de madera que iba de punta a punta, muy sencilla, sin florituras, repleta de discos, libros y películas. Al fondo, en el lienzo situado enfrente de los ventanales, una mesa redonda, no muy grande, rodeada por tres sillas, todas diferentes entre sí, y un taburete bajo. Sobre la mesa estaban los restos de lo que debía haber sido la última comida de Darder el día anterior. Dos envases vacíos de cerveza, una lata de conserva igualmente vacía, una bolsa de plástico con algunas rebanadas de pan y un plato con desperdicios florecidos y varias colillas aplastadas que los extraterrestres no acabaron de identificar.

Baytar comenzó a repasar el contenido de la estantería. Los libros se apiñaban sin un orden predeterminado. Leyó nombres de autores. Tom Sharpe, Arturo Pérez Reverte, Vázquez Montalbán, Mendoza, Cervantes, Johan Cruyff, Pío Baroja, Julio Verne, Francisco Ibáñez, Stendhal, Quevedo… Otro libro se titulaba ‘Biografía del Estado Moderno’, firmado por alguien llamado Crossman. Al lado, un ejemplar en cuyo lomo rezaba ‘Windows 3.1’. “¿Se tratará de un autor de la Federación?”, se preguntó sorprendido el periodista de la MNN al leer este nombre.

Algo más allá vio un libraco en el que se adivinaba el título ‘Así es Catalunya’ junto a dos más sobre los que ponía ‘La Transición Española’ y ‘Periodismo Científico’. Y así hasta que el periodista de Jaspion se hartó de curiosear por ese lado y siguió con otro de los estantes. Encontró una hilera de ejemplares con nombres que le evocaron los legendarios viajes interestelares de la antigüedad, firmados por un tal Isaac Asimov; otros volúmenes, de encuadernación más basta y con colores más estridentes, lucían en el lomo el unificador título de ‘Star Wars’. Más allá había un tremendo ladrillo bautizado con el nombre de ‘Historia del FC Barcelona’ junto a otro, no menos consistente, sobre el que rezaba ‘Historia de la RFEF’ y a continuación, ‘Manual de fútbol, con prólogo de Bryan Robson’ y ‘Patología Muscular y Tendinosa del Futbolista’, de un tal R. Cugat i Bertomeu.

Mientras tanto, Hertog se había dedicado a las baldas inferiores. Se encontró con lo que le pareció una prehistórica y obsoleta -y por eso fascinante- colección de cintas de video y de discos de diferentes soportes tecnológicos. Allí se combinaban películas de diferentes géneros con lo que debían de ser, por los nombres y las decoraciones de las portadas, documentales de contenido deportivo. Sus títulos no llevaban al engaño. ‘Barça-Sampdoria: La final de Wembley ‘92’; ‘El Barça-Kaiserslautern’; ‘Brasil Pentacampeona’; ‘Todos los goles de Romário’; o ‘Los 5-0 al Madrid’. A continuación de esta sección, un largo anaquel con estuches que contenían grabaciones musicales de audio y vídeo: Springsteen, U2, Paul McCartney, R.E.M., Nirvana, Elvis Presley, Willy de Ville, The Ramones, Creedence, Clash, Ottis Redding, Van Morrison…

Los periodistas jaspianos estaban enfrascados en su repaso cuando oyeron por detrás la voz de Darder.

- ¡Oh! Ya veo que estáis revisando mi colección de discos compactos y de vinilo. ¿Os gusta la música? Yo soy un fanático del Rock, en especial del Rock and roll, pero supongo que en vuestro planeta todo eso ha de ser muy diferente…

- Supongo que sí. No me suena ninguno de los nombres que he visto, pero en Jaspion y en toda la Federación la gente es muy aficionada a distintos estilos musicales. Yo soy más bien aficionado a la música clásica –Explicó Baytar mientras Hertog, por vez primera, coincidía en algo con su paisano.

- Bueno, aquí también tenemos música clásica, por allá arriba tengo algunos compactos. Pero si lo que queréis es oír buena música terrícola, tenéis que escuchar esto.

Darder se dirigió hasta la estantería, cogió el ‘Born to Run’ de Bruce Springsteen y lo puso en el equipo de alta fidelidad. Las suaves notas de ‘Thunder Road’ empezaron a sonar a través de los altavoces.

- ¡Pero si este género es conocido en Jaspion como música clásica! –Diagnosticaron al unísono ambos extraterrestres.

- Sí, en cierta forma se podría decir que Bruce Springsteen es un clásico –Aseveró Darder con orgullo de fan-. Bueno, ¿qué os parece esto? –Y pulsó el botón para seleccionar ‘She’s the One’ en el disco compacto.

- ¡Definitivamente, esto es música clásica! -Concluyó Baytar con cara de satisfacción mientras por los altavoces tronaba la contundente batería de Max Weinberg. Y al mismo tiempo que se hacía con una de las cervezas que les estaba ofreciendo el terrícola, añadió-: ¡Bien! Veamos ahora si vuestras bebidas también están a la altura de las expectativas creadas.

Tras un buen trago, emitió un chasquido de satisfacción con la lengua y sentenció:

- Me parece que si sigues dándome tantas buenas sorpresas, a mi regreso a Jaspion voy a solicitar el ingreso inmediato de la Tierra en la Federación de Mundos Inteligentes. Por cierto, he visto que tienes mucha información sobre vuestro fútbol –El periodista alienígena sostenía uno de los libros de la estantería entre sus manos-. ¿Nos puedes enseñar alguna imagen?

- Por supuesto –Solícito, Darder sostuvo entre los labios el Marlboro y se abalanzó sobre uno de los estantes y escogió uno de aquellos viejos vídeos, el titulado ‘Barça-Sampdoria: La final de Wembley ‘92’. Hertog, al que le habían llamado la atención las decoradas portadas de los libros sobre viajes interestelares había comenzado a hojear alguno de ellos.

Darder introdujo la cinta casete en el aparato reproductor situado bajo el televisor y avanzó las imágenes hasta un punto determinado. Aparecieron unos futbolistas con un uniforme escandalosamente naranja. Estaban situados junto a un balón que Baytar consideró casi idéntico a los que se utilizarían en las Finales de la Federación. Enfrente de ese grupo se alineaban varios rivales con un uniforme de colores menos estridentes, blanco y azul, que defendían su portería. Por lo que dedujo, ésta quizás tenía unas dimensiones algo menores que las de las zonas de meta que se usaban en su planeta.

Tras unos rápidos movimientos de los tres futbolistas uniformados de naranja, el tipo más fondón, grandote y rubicundo de ellos lanzó un zambombazo que asustó a los defensores que formaban la barrera humana, sorprendió al portero en su inútil estirada y marcó un golazo.

- ¡Por todos los astros! ¿Dónde se puede fichar a ese tío? –Preguntó Hertog, que también se había quedado enganchado con la escena-. ¡Lo quiero, pero ya, para Los Patriotas!

- Ya está retirado -Informó Darder con aire nostálgico-. Señores, éste es el gol con el que el Barça conquistó su primera Copa de Europa, ahora denominada Liga de Campeones, la Champions, de la que ya hemos ganado una. Ya no queda nada de aquel equipo, ni siquiera del estadio en donde se jugó la final. En cuanto a Ronald Koeman, ya se retiró hace años. A ver cuándo nos sale otro como él –suspiró el periodista de ‘El Correo Diario’.

- Es igual. Me imagino que no querría mudarse tan lejos. Además, en la Federación ocuparía plaza de extranjero –Se consoló Hertog. Los otros dos se lo miraron de hito en hito.

(Continuará…)


XXVIII

El miércoles se torció de manera definitiva para el director de ‘El Correo Diario’ Alfons Martorell cuando le pasaron una llamada de un agente de los Mossos d’Esquadra de la comisaría del distrito de Sants-Montjuïc. Llamaba por encargo de su superior, el intendente Antoni Casal, para confirmar si en ‘El Correo Diario’ trabajaba un periodista llamado Jaume Darder.

El agente explicó al director de ‘El Correo Diario’ que, según el informe policial referido a los incidentes acaecidos en la montaña de Montjuïc durante la noche anterior, alguien que se acreditó como redactor de su periódico y con el nombre de Jaume Darder se encontraba en la zona cuando tuvieron lugar los hechos. Según había relatado a la patrulla de vigilancia que le identificó, Darder estaba llevando a cabo una investigación relacionada con los citados sucesos. Por eso querían contactar con él de forma rutinaria pero no habían podido localizarle hasta el momento.

Martorell intentaba analizar las repercusiones de las informaciones que le estaba comunicando el agente al mismo tiempo que le contestaba.

- Pues la verdad es que lo que usted me explica aumenta mi preocupación, agente. Sí, Darder es uno de nuestros redactores y, efectivamente, estaba elaborando un reportaje sobre los sucesos de Montjuïc que yo mismo le encargué. Pero no se ha puesto en contacto con el diario desde ayer por la noche, horas antes del momento en el que, según me explica usted, se topó con la patrulla. Tampoco llamó para dar cuenta de la noticia. La información que publicamos hoy no la elaboró él, sino que se escribió desde la Redacción a partir de los despachos de agencias. Es más –hizo una breve pausa para tomar resuello-. Le confieso que, hasta su llamada, estaba realmente disgustado con Darder por lo que interpretaba que por su parte era una falta de profesionalidad. Aún estoy esperando las novedades que pueda aportarnos Darder para saber cómo debemos enfocar la información sobre este asunto para la edición de hoy. Ahora me deja usted algo inquieto por su paradero.

- Seguro que no se trata de nada importante –le tranquilizó el mosso d’esquadra-. ¿Podrá decirle que se ponga en contacto con nuestra comisaría del distrito de Sants-Montjuïc tan pronto como hable con él? Que pregunte por mí o por mi jefe, Antoni Casal.

- No se preocupe, agente, en cuanto hable con Darder le diré que les telefonee.

Cuando colgó el auricular, Martorell se quedó pensativo. “¿Dónde diablos se habrá metido Darder? ¿Le habrá sucedido algo grave?” –Se preguntó. Aquel botarate se podía haber topado con un criminal, o simplemente haber tropezado con la raíz de un árbol para despeñarse desde el Castillo montaña abajo. Aunque Montjuïc estaba totalmente urbanizada, Darder era capaz de encontrar un desnivel de seis metros para caerse por él y partirse el pescuezo.

Todo aquel asunto, tan sencillo en un principio, se estaba empezando a complicar de una manera inopinada. Sólo pretendían presionar a Rodolf Reginàs pero ahora resultaba que era la policía la que estaba investigando al redactor del periódico que había puesto sobre la pista del hijo del magnate. Necesitaba saber qué novedades tenía para publicar, qué avances había hecho Darder hacia la ‘conexión Reginàs’, antes de que le telefoneara el propietario del ‘El Correo Diario’. “En fin, convocaré la primera reunión y por la tarde decidiré en función de los nuevos acontecimientos. Espero que Camús no telefonee antes”, deseó Martorell mientras abría una vez más el cajón donde guardaba el Tranquimacín. El director engulló otra píldora regada con el cuarto café de la mañana.

(Continuará…)

XXIX

Darder y sus visitantes se pasaron un buen rato bebiendo cerveza, viendo reportajes de fútbol y repasando la discoteca y la biblioteca del terrícola. Tanto él como los jaspianos estaban asombrados y encantados al mismo tiempo por las enormes similitudes que existían entre la Federación y la Tierra en cuestión de gustos y costumbres. Baytar se maravilló porque las reglas del fútbol terrícola y el que se practicaba en la FIM eran increíblemente parecidas. Conforme descubría nuevos detalles, estaba más seguro de que salvaría el pescuezo con unas exclusivas que iban a revolucionar la Federación y, a la vez, relanzarían su carrera.

Hertog, más preocupado por otros asuntos, había empezado a devorar los libros de las sagas galácticas y de ciencia ficción. De tanto en cuanto se reía solo y murmuraba para sí algunas palabras en su idioma que para Darder resultaban ininteligibles. Mientras comían alguna cosa, Darder les planteó su situación.

- Yo tengo que ir esta tarde al periódico aunque sólo sea un rato. De lo contrario, provocaré suspicacias. Incluso puedo quedarme sin trabajo. Tampoco olvidéis que me han encargado que investigue el follón que habéis provocado en Montjuïc. No verán normal que no acuda a mi trabajo.

- Y tú comprenderás –Objetó de inmediato Baytar- que en nuestra situación no te podemos dejar ir tan campante. Eres periodista y estuviste anoche en aquella montaña. Lo primero que harías al llegar a tu Redacción, como nos dijiste esta mañana, sería contar todo lo que te ha sucedido. Lo más normal es que no te creyeran, pero con la pinta que llevas y el golpe en la cabeza….

- Algo que siempre os podré agradecer a ti y a tu primario compinche. –Por un instante, Hertog apartó la vista del libro que curioseaba en aquel instante y miró a Darder con aire compungido.

- … Sí, tienes razón y lo sentimos, pero no podemos correr riesgos. Aún tendremos que estar unos días aquí antes de que podamos regresar a Jaspion, y nos resultará muy difícil mantenernos ocultos si las fuerzas de seguridad nos descubren. Pero antes podemos colaborar y te ofrezco un trato.

- ¿Y qué trato es ése en el que no pierdo mi trabajo? –Le espetó Darder, escamado.

- Bien. Yo soy periodista, y puedo emular el aspecto de cualquier terrícola, incluido el de Jaume Darder. Me haré pasar por ti y seré yo quien vaya a tu periódico. Así te cubriré y, de paso, podré documentarme para mis reportajes.

- ¡Eso es imposible! –Protestó Darder que le propinó una profunda calada al cigarrillo-. No sabes cómo moverte por la ciudad, no tienes ni idea de dónde está la sede de ‘El Correo Diario’; tampoco sabrías cómo conectar mi ordenador, no conoces a nadie en la Redacción… ¡Ni siquiera sabrás dónde está mi mesa! Veo que la cerveza terrestre es demasiado fuerte para vosotros.

- Bueno, bueno, no lo pintes todo tan negro; hablamos entre colegas –Intentó apaciguarle Hertog-. Es bien sabido que el secreto de los periodistas no es que tengáis conocimientos sobre una materia, si no que parezca que los tenéis. Seguro que ese principio también se aplica aquí, en la Tierra.

- Sí, pero… –El periodista terrícola buscaba nuevos argumentos.

- Pues ya está. ¿Como decís aquí…? –Hertog consultó un momento el traductor- Eso es, Baytar lo tendrá todo bajo control en un ‘pis pas’. Y no te preocupes, que a estas horas aún no está borracho del todo. Ya verás cuando se entrompe de verdad, ya…

- No discutamos más –Concluyó Baytar-. Me explicas un poco cómo funciona el ‘Correo’ ése, me transportáis hasta la Redacción y después regresáis a tu casa –Y señaló a Darder-. A la hora que acordaremos, me venís a recoger y puedes estar tranquilo: yo ocuparé tu lugar y nadie se dará cuenta.

- ¿Y qué pasa con mi mujer y los niños? –Opuso una última resistencia Darder.

- También nos encargaremos de eso. Cada cosa, en su momento.

- ¡Lo que nos vamos a reír después, cuando nos acordemos de todo esto! -dijo Hertog mientras Baytar apoyaba una mano en la nuca de Darder.

Un rato después, una vez recuperada la consciencia con la ayuda de los jaspianos, Darder condujo su vehículo hasta la redacción de ‘El Correo Diario’. Era evidente que no podía hacer otra cosa que acatar lo que le dijeran aquellas dos criaturas para salir con vida de aquel mal trago. Si todo iba bien y cumplían su palabra, al final tendría una buena historia que contar… si aún conservaba su empleo y alguien creía lo que iba a explicar. Por lo menos, se consoló, les gustaba el fútbol e incluso la música Rock. Y el más zopenco se había enganchado a los libros de ‘La Guerra de las Galaxias’. Qué paradoja.

Tras una media hora de recorrido entre los atascos del centro de la ciudad llegaron al edificio próximo al mercado de Sant Antoni en cuyas primeras plantas estaba situada la Redacción. Darder detuvo el coche unos metros antes de llegar a la entrada de ‘El Correo Diario’ e intentó persuadir por enésima vez a Baytar de que su plan era una locura. Éste ya se había mimetizado y tenía su mismo aspecto.

- ¡Joder! ¡Un marciano con mi careto! ¡No puede salir bien! –El terrícola se lamentó una vez más al ver Baytar a través del espejo retrovisor. Se llevó la mano a la coronilla y se palpó la herida-. Esto no es real. Y si lo es, seguro que acabaré estirando la pata.

- Venga Darder, no te hagas el estrecho. Fíjate, me he transformado sin reproducir tu herida de la cabeza. Incluso te he quitado unos pocos años, así que mi aspecto es bastante más atractivo que el tuyo. Además, yo no inhalo esa mierda apestosa- Y señaló el cigarro de su colega terrestre- Tú, relájate. Ahora os volvéis para casa y regresáis a la hora convenida.

- Oye, yo fumo porque me sale de las pelotas. Y no te olvides de que tu misión es hacerte pasar por mí –Avisó el terrícola-. Ten cuidado con Freddy Juarros.

Sin dar tiempo a más discusiones, Baytar bajó del vehículo y se dirigió hacia la entrada del periódico, custodiada por un guardia de seguridad. Darder, que aún murmuraba maldiciones entre dientes, arrancó el coche mientras Hertog, con su gorro de mexicano y su camiseta del Celtic, no dejaba de reír.

- Ahora que estás cogorza, tu disfraz de hooligan escocés es perfecto –Ladró Darder antes de acelerar.

(Continuará…)

XXX

El capitán del FC Barcelona, Daniel Cáceres, pilotaba su Jaguar de regreso a casa desanimado y muy disgustado. Siempre había tenido presente que algún día llegaría su final. Año tras año había visto el declive de otras vacas sagradas. Estrellas fulgurantes, jóvenes atletas triunfadores a los que de repente, su organismo les decía ‘no puedo más’. Al principio resultaba algo imperceptible para la afición y la prensa; pero no para sus compañeros y sus entrenadores. Ellos sí que se dieron cuenta de porqué ya no llegaba a un balón. Mantenía su elevada situación jerárquica en el vestuario por los galones que le otorgaba la veteranía y por su mala leche innata, poderosos argumentos ambos en el mundillo del fútbol. Pero se estaba acercando aquel momento en el que ni tan siquiera esas armas le permitían mantener su influyente posición.

Al principio, sólo fueron unas molestias en la rodilla por sobrecarga que le aparecían tras los partidos. Cuando al cabo de unas temporadas se hizo examinar a fondo la rodilla izquierda, el diagnóstico del especialista fue concluyente. Tenía ulcerada la meseta tibial, desgastada por el esfuerzo y la ausencia del menisco extirpado años atrás. Cáceres tenía en ese momento treinta años. “Mira, doctor, hablando en plata. Me quedan tres años de contrato con el Barça y con un poco de suerte, antes de ese último día firmaré otro contrato para jubilarme un poco más tarde”.

Ahora, a punto de cumplir los 33, se acababa su contrato y, posiblemente, su carrera deportiva. No había llegado el último atraco y tampoco quería arrastrarse un par de años más fuera del Barcelona, en una Liga de tercera categoría. Aquel cabrón alemán de Kranzbühler le había jodido bien. Porque aunque en su pasaporte pusiera que era suizo, seguro que el abuelo de Kranzbühler había sido un prusiano cabrón.

Al llegar a casa, la criada filipina le dio un mensaje manuscrito de Mónica.

- ¿Qué pone la nota? –Le preguntó el capitán del Barça mientras desdoblaba el papel. La criada se encogió de hombros para indicar que no sabía nada y, como casi siempre, no despegó los labios.

- Ya. Tú eres pianista y ésta no es tu orquesta ¿eh? –Insistió el futbolista- ¡Seguro que ya la has leído!- Y agitó el trozo de cuartilla ante el rostro de la criada.

La filipina, acostumbrada a sus arrebatos, volvió a encogerse de hombros con aire de indiferencia, se dio media vuelta y regresó de la cocina. “He quedado con Patricia, no vendré a comer. Te quiero. Mónica” -Leyó Cáceres-. “Mejor”, pensó mientras caminaba también hasta la cocina, abría la nevera y cogía una cerveza bien fría. “Para discutir otra vez…”.

Mónica se enfadaba con él cuando le explicaba todos sus tormentos. “¿De qué te quejas? Haces lo que te gusta, en el equipo que soñabas, todos te admiran, has ganado títulos y dinero para no trabajar el resto de tu vida…Incluso le puedes pedir al presidente Puga que te busque un hueco como entrenador”.

“¡Y una mierda!”, casi gritó en voz alta el futbolista al recordar la eterna cantinela de su novia. Cómo explicarle, a ella y a todos los demás que una estrella del Barça como él no se arrastraba para pedir limosnas de ese tipo.

La llamada de su representante, Fran Trujillo, no le ayudó a animarse.

- Sólo un momento, campeón, porque ahora estoy muy liado. Luego te pego un telefonazo, pero tú no te hundas que lo tengo todo controlado. ¡Adiós!

Cáceres se pasó la tarde sumergido en sus problemas, tirado en una de las tumbonas de la terraza de su casa, un magnífico mirador con piscina situado la falda de las colinas situadas en los lindes de Barcelona con Esplugues de Llobregat. Vio la caída de la tarde acompañado por unas cuantas cervezas al principio, y por una botella de lo primero que pilló después en el mueble-bar, hasta que sonó el timbre de llamada del teléfono móvil. Era un periodista de una emisora de radio.

No se trataba de algo nuevo para él. Desde su época de juvenil había concedido cientos de entrevistas. Con lo que no contaba el delantero del Barça es que estaría tan borracho en el momento de recibir su primera llamada como estrella en declive. Cáceres soltó lo que en el argot periodístico se cataloga como ‘una rajada’ monumental contra el entrenador del equipo, contra los directivos de la entidad y contra todo lo que el afortunado periodista le puso a tiro.

Cuando el futbolista colgó el teléfono fue a buscar a la filipina para decirle que fuera a comprar más bebidas, pero ésta le miró con cara de disgusto y le soltó:

- Tarde fiesta, me dijo señora. Señor compra sus cervezas para emborracharse. Por favor, firmar aquí.

La mujer le plantó ante sus narices cinco postales en las que aparecía su fotografía de medio cuerpo vestido con el uniforme del Barça. Cogió el rotulador de tinta indeleble que le ofrecía la criada y garabateó una mosca en cada cartulina. En una de ellas escribió: “Que te follen, pequeño cabroncete. Te lo desea, Dani Cáceres”; en otra: “No me gustan los chinos. Y Kung-fu sí ha muerto”. Y así hasta rellenar todas las fotos.

La criada leyó las dedicatorias, le miró y de sus ojos salieron unos breves destellos.

- Yo filipina, no china. Kung-fu, americano; Bruce Lee, chino. Bruce Lee no muerto. ¡Hala, Madrid!

Después, sin preocuparse por la reacción de su jefe ni añadir una palabra más, la criada guardó las postales autografiadas y dándose la vuelta con mucha dignidad le dejó plantado en la cocina.

Decididamente, la última conversación con Kranzbühler había dejado a Cáceres hecho una plasta. Para ser absolutamente sincero, lo que le había cabreado de verdad era la confirmación de que no jugaría el Barça-Madrid, el que habría sido su último clásico.

No tenían entrenamiento hasta la tarde del jueves y necesitaba seguir bebiendo, así que se dio una ducha, se cambió de ropa y se marchó de casa antes de que Mónica regresara. Seguro que la filipina le contaría todo lo sucedido, pero en aquellos momentos le importaba un pimiento.

(Continuará…)

XXXI

De regreso a su apartamento, Darder hizo un alto en el camino para comprar comida, bebida y algunas cosas de aseo. Aparcó el coche como pudo en una esquina y pidió a Hertog que le esperara dentro -“Sin meterte en ningún lío”, le avisó-. Al salir de la tienda descubrió que tenía el recibo de otra multa en el parabrisas del coche.

- ¿Pero no has visto cómo me multaba el guardia urbano? –Preguntó incrédulo a su nuevo compinche.

- Sí, pero tú me dijiste que no queríamos más líos, ¿no? Me limité a saludarle y a dejarle hacer –Mientras le contestaba, Hertog miraba a través de la ventanilla del lado derecho de manera despreocupada.

Darder arrancó el vehículo y evocó los árboles genealógicos del alcalde, los de sus regidores y los de todos los miembros de la oposición mientras se reincorporaba al tráfico. Tras desahogarse, condujo pacientemente hasta su domicilio. Después de dar vueltas por la zona durante tres cuartos de hora, decidió dejar el Golf en un parking público hasta que tuvieran que ir a buscar a Baytar. Por fin pudieron subir al piso.

El camarógrafo jaspiano se dedicó a visionar películas con el botón de avance rápido presionado. Tras pasarse entre pecho y espalda ‘Encuentros en la Tercera Fase’ y ‘ET’, iba a coger un estuche titulado ‘Blade Runner’ cuando reparó en que el terrícola había estado todo aquel tiempo machacando el teclado de su ordenador.

- ¿Qué haces? –Le preguntó sin demasiado entusiasmo.

- Trabajar –Contestó lacónicamente el terrícola.

- ‘Encuentros en la tercera fase en Montjuïc (Borrador)’- Leyó Hertog en el título del fichero-. ¡Anda! ¡Estás más loco de lo que me pensaba!-. Y miró al cariacontecido Darder, que empezaba a maldecir entre dientes a su indiscreto invitado.

- ¡Oye, cabestro, tú no tienes nada que mirar en mi ordenador! –Le advirtió el periodista barcelonés utilizando un tono de amenaza.

- “La que es conocida como la Muntanya Màgica de Barcelona”, arrancó a leer el alienígena, “acoge más secretos de los que cualquiera de los millones de turistas que visitan la ciudad podría suponer. Conexiones con el mundo exterior que se escapan incluso a los mismos barceloneses…”. ¿Pero qué tonterías son éstas, Darder? ¿El señor escribe sus memorias galácticas? ¡Todos los periodistas sois iguales! ¡Venderíais a vuestra madre por una noticia! –Al mismo tiempo hacía correr el cursor a través del texto redactado por el terrícola-. ¡No puedes escribir una línea sobre nosotros!

- ¿Qué no puedo escribir nada de vosotros? ¡Eso lo veremos, marciano de los cojones!

Darder apretó el interruptor del monitor y lo apagó antes de que el ordenador se desconectara definitivamente.

(Continuará…)

XXXII

Unas horas antes, y tras despedirse de Darder y Hertog, Baytar había bajado del viejo Golf y había caminado hacia la entrada de ‘El Correo Diario’. Una vez traspasado el umbral, había dado las buenas tardes y cuando ya se dirigía hacia las escaleras, reparó en que el vigilante de la puerta le estaba hablando.

- Oye Jaume, me parece que te acaban de robar el coche –Le avisó con aire preocupado-. He visto pasar ahora mismo un Golf blanco igual que el tuyo con dos tíos dentro; parecían dos guiris. ¿Quieres que llame a la policía?

- Eh… ¡No, no, tranquilo! Era mi ex mujer con el novio, que me lo ha pedido prestado. Ya sabes, para llevar a los niños al médico. Cosas de la sociedad moderna.

- Jo, macho, pues al menos podría dejar al maromo en casa para venir a cogerte el coche. ¿Qué provocación, no? Y vestido así… ¿Entonces, es guiri?

- ¿El maromo? ¿Qué es el maromo? Ah, Hertog… Sí, sí. No creas, es un buen tipo. Un poco excéntrico, ya sabes, pero buen tipo –añadió Baytar, que ya subía los primeros escalones y no encontraba la manera de cortar la conversación.

El guardia jurado puso cara de pensar “Menudo gilipollas estás tú hecho”, pero al fin dejó correr el asunto.

Mientras caminaba como un autómata por las instalaciones de ‘El Correo Diario’, dejando atrás pasillos y puertas, Baytar repasaba mentalmente las instrucciones que le había dado el auténtico Darder. “Primero, subir las escaleras hasta la primera planta. Después, recorrer el pasillo. El archivo fotográfico queda a mi derecha, las salas de visitas, a la izquierda”, se decía a sí mismo.

El largo pasillo desembocó en una gran sala mal iluminada y en la que se respiraba un aire denso, rancio y caliente, un tufillo de estancia poco ventilada. Cerca del techo se adivinaba una ligera nube formada por el humo del tabaco y el calor que emanaban los ordenadores. Las islas de mesas se repartían cerca de los extremos, casi pegadas a los despachos y dependencias auxiliares que rodeaban la Redacción. La sección de Última Hora quedaba bastante aislada, situada a uno de los costados del pasillo por el que había llegado Baytar.

La componían seis mesas encaradas unas con otras, con los monitores de los ordenadores y las bandejas de los archivadores apiñados hacia el centro del inmenso tablero que formaban todas juntas. Al fondo de la Redacción, en la esquina izquierda, una de las islas de mesas estaba rodeada por pósteres que adornaban las paredes del ángulo con motivos deportivos. Un enorme televisor, situado sobre una plataforma dominaba la zona. “Ésa debe de ser la sección de Deportes”, pensó Baytar.

Saludó con un rápido movimiento de cabeza a los compañeros que reconocían en él a su colega Jaume Darder, y dedicó su mejor repertorio de sonrisas a las compañeras que reaccionaban con sorpresa. La mayoría de ellos le felicitaban por el cambio de sección.

Baytar probó suerte se sentó en una de las mesas de la isla de Última Hora y comenzó a manipular el ordenador. Al poco se le acercó un tipo:

- ¿Qué Darder, te gusta mi mesa? Por cierto, gracias por nada. Anoche ya podíamos estar esperando tu llamada.

- Mierda, ya me equivoqué –Se disculpó Baytar levantándose de un brinco y situándose en la mesa de al lado. Esta vez no tuvo dudas pues sobre el tablero había un gran cenicero metálico y cuadrado de color negro.

Afortunadamente, el ordenador de Darder era un modelo similar al que tenía en su propio domicilio. Por tanto, para el jaspiano no fue un problema conectarlo y empezar a trabajar.

Baytar estaba enfrascado en estas primeras operaciones cuando notó que le golpeaban en la coronilla con el canto de varios archivadores.

- ¿Me dejas un cigarro que luego te lo devuelvo? –Era una voz de hombre estridente, un tanto desagradable. El jaspiano giró la silla y dio un repaso de abajo arriba a su interlocutor. Se encontró con un terrícola de una edad similar a la de Darder. El tipejo llevaba zapatos con alzas camufladas, injertos capilares en la coronilla y lentillas para cambiar el color del iris de los ojos. “Éste debe de ser Freddy Juarros”, dedujo. En seguida recordó las numerosas advertencias que Darder le había hecho.

- No fumo –dijo el falso Darder. Volvió a girarse hacia la pantalla del ordenador y siguió manipulando el teclado para abrir el programa informático con el que trabajaban en ‘El Correo Diario’.

- Pues sólo te faltaba eso, porque tampoco bebes ni chingas… Va, en serio, dame un pitillo, que luego bajo a comprar y te traigo un paquete entero.

- No me queda tabaco.

- Joder, tío, qué mal debes de estar, entonces –Volvió a la carga Juarros, que se sentó al lado de Baytar-Darder en una silla que estaba vacía en esos momentos-. Te tengo dicho que no te la machaques tanto por las noches.

- Me encuentro perfectamente, no me he machacado nada –puntualizó Baytar, que no pilló la ironía-. Tengo mucho trabajo. ¿Querías alguna cosa más, aparte del tabaco?

- Nada hombre, sólo darte la enhorabuena por el cambio de sección. Por cierto, Martorell te está buscando desde esta mañana. Lo tienes algo cabreado. Si empiezas así, no conseguirás volver a Deportes.

- Ah, ¿sí? Bueno, ya me llamará cuando tenga algo que decirme. ¿No te parece?-Contestó el extraterrestre ajeno a la nueva indirecta que le lanzaba Freddy Juarros-. Ahora, si no te importa, tengo que consultar unos archivos.

Libre por fin del moscón, Baytar repasó por encima algunos de los artículos que había escrito su colega terrícola y después se conectó a Internet como le había enseñado Darder unas horas antes. Consultó las informaciones publicadas sobre su accidentado aterrizaje Montjuïc. A continuación, accedió a la aplicación que conectaba con las agencias y buscó todas las noticias de deportes, primero, y sobre el fútbol y el clásico Barça-Real Madrid, después. “¡Aquí está todo!”, se dijo ilusionado. Entonces, sonó el teléfono de su mesa.

- ¿Sí? –Su tono de voz era de ligero disgusto a causa de la inoportuna interrupción.

- Jaume, soy Sonia.

- ¿Quién? –La voz de Baytar sonó todavía más impertinente.

- ¿Cómo que quién? –Ahora fue la mujer la que mostró un profundo malestar desde el otro lado de la línea telefónica.

- ¡Oh! sí, claro, Sonia, mi esposa. Perdona, perdona –Baytar-Darder recuperó un tono de voz plano.

- Muy gracioso, pero no estoy para historias. En todo caso, soy tu ‘ex’. No olvides que estamos en trámites de divorcio.

Entonces Baytar recordó que hablaba en nombre de Jaume Darder y suavizó un tanto su actitud.

- Bueno… como se dice…. Cari, las cosas no tienen…

- ¿Cari? Oye, Jaume, ¿Tú te encuentras bien?

- Eh… Sí, sí. Es que me has pillado en un momento de mucho trabajo y… –Baytar había visto en la pantalla una noticia especialmente relevante para él y en realidad no atendía a las palabras de su interlocutora.

- ¿Te acuerdas de que mañana has de recoger a tus hijos? –insistió ella.

- ¿Mañana? ¡Vaya! Sí, sí. ¡Eso es, mañana!

- Ya estamos como siempre. Mucho ‘cari’, mucha historia, y ni siquiera te acuerdas de tus hijos. Nunca cambiarás.

- Oye tía, deja de graznar como una grulla –Baytar había vuelto a perder la paciencia y lanzó semejante latigazo dialéctico.

- ¿Cómo? –Sonia se quedó petrificada por la respuesta del que creía que era su marido.

- Que dejes de graznar como una grulla. ¿Se llama así el animal, no? –Repitió con tranquilidad Baytar-. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, RAE, “es un ave zancuda, que llega a doce o trece decímetros de altura y tiene pico cónico y pronunciado…”.

- ¿Pero, cómo te atreves? –Sonia, estupefacta, no encontraba en esta ocasión las palabras adecuadas para un contraataque a la altura de las circunstancias.

- Mira chata, escucha atentamente porque tengo poco tiempo para ti. Estoy muy ocupado estos días, así que mañana me traerás los críos a casa al salir del colegio. Y no te retrases.

El jaspiano colgó el auricular con estruendo. El redactor que ocupaba la mesa de al lado, en la que Baytar se había sentado en un principio por error, le observaba con cara de sorpresa.

- Ondia, Jaume, no quiero ser indiscreto pero, ¿hablabas con tu mujer?

- Efectivamente.

- Vaya, pues los tienes bien puestos tío, contestarle así a tu ex en pleno proceso de divorcio…

- Separación, separación –Matizó Baytar parafraseando a Darder-. Bueno ya sabes ¿cómo decís aquí?… Sí, eso es: donde hay confianza, da asco.

- Desde luego, desde luego –Admitió el otro periodista mientras asentía con la cabeza para reforzar su respaldo a las palabras de quien creía que era Jaume Darder. Después se concentró otra vez en la pantalla de su ordenador y se olvidó del asunto.

Quien no pudo volver a sus asuntos fue el jaspiano, pues entonces oyó que un tipo le gritaba desde una de las esquinas de la Redacción. “Ése debe ser el tal Martorell”, pensó. El alienígena se dirigió hacia la puerta de entrada del despacho que el director había dejado abierta.

- Hombre, Darder, me alegra comprobar que aún trabajas para este periódico… Al menos hasta que yo te despida. Veo que no tenías ninguna prisa por venir a saludarme. Pasa y cierra la puerta –Le ordenó.

El jefe de Darder sacó un comprimido de un envase, lo engulló tras tomar un sorbo de líquido de un vaso que tenía sobre la mesa y después volvió a guardar el frasco en uno de los cajones del escritorio. Martorell siguió cacareando.

- Darder, en las últimas horas me has hecho dudar sobre mi decisión de sacarte del cubo de la basura y darte una última oportunidad. Yo quería que volvieras a ser un periodista de verdad. ¿Tú conoces el significado de la palabra agradecimiento? –Su tono de voz se había ido elevando cada vez más.

- Tengo una historia por contar que cuando la lea, se va a poner a cuatro patas para pedirme perdón –Fue la fría respuesta de Baytar-Darder.

- ¿Cómo? –Martorell no daba crédito a las palabras que acababa de escuchar y, menos aún, al tono con el que se le había dirigido quien él creía que era Jaume Darder. ¿Y si aquel mequetrefe no era tan imbécil como él pensaba?

- Ayer estuve en la montaña –Y tras una pausa dramática, añadió el redactor-: Lo tengo todo.

- Espero que sea así –El tono de Martorell resultó un poco más suave ahora-. Los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana te andan buscando. También tus ex compañeros de Última Hora, a los que no les pasaste ni una línea sobre el último incidente de Montjuïc. Quiero que sepas que la creación de esta nueva sección es un proyecto impulsado personalmente por Benedicte Camús. Se lo está mirando todo con lupa y recuerda que en este tipo de situaciones, no hay medias tintas: de los progresos que logremos día a día dependerá que cuentes con más ayuda o que acabes de patitas en la calle.

Baytar tuvo claras dos cosas: La primera, que debía ser un milagro que aquel periódico llegara cada día a los lectores con semejante inútil al frente. La segunda, que era el momento de apretar las tuercas a aquel chalado si quería que su plan saliera bien.

Adelantó el tronco hacia la mesa de Martorell, apoyó los brazos en el tablero y miró fijamente al director de ‘El Correo Diario’. Alargó la pausa para dar mayor dramatismo a su intervención y continuó:

- Lo tengo todo… ¿Cómo decís eso aquí?… Con pelos y señales. De pe a pa. De cabo a rabo. Todo.

- ¿Todo ‘qué’? ¿Tienes documentos probatorios? –Inquirió Martorell con aire escéptico. Aquel zoquete se estaba creyendo demasiado su papel y el director de ‘El Correo Diario’ no estaba muy seguro de que eso fuera del todo bueno para sus planes.

- Todo lo que ha sucedido en los últimos días en aquella montaña… en Montjuïc. Pero necesito unos días. Si me da lo que necesito, a partir del próximo lunes tendrá algo suculento que contar a sus lectores durante, al menos, una semana.

- ¿Y qué hay de Oriol Reginàs? –Se precipitó a preguntar Martorell, cada vez más nervioso.

La pregunta descolocó por un momento a Baytar que no se esperaba que aparecieran nombres concretos y desconocidos para él. Pero el jaspiano, con más mili que el palo de la bandera, y que al final de la calle era un periodista intuitivo y rápido de reflejos pese al alcohol que corría por sus venas –o quizás gracias a él-, reaccionó al instante.

- Ese tipo es la clave del asunto. Pero no puedo decirle más por ahora –Le telegrafió al aparentemente extasiado director.

En realidad, Martorell no necesitaba más por el momento. Ya tenía una respuesta para Benedicte Camús. Mejor dicho: tenía la única respuesta que quería escuchar el magnate de la prensa catalana. Ahora ya podía recibir con total tranquilidad la llamada que había estado esperando con temor desde primera hora de la mañana.

El director de ‘El Correo Diario’ agarró el tirador del primer cajón de su mesa y tras abrirlo cogió el frasco del Tranquimacín. Aquello había que celebrarlo. Mientras extraía con suma parsimonia una nueva píldora, preguntó a su “nuevo periodista estrella” -según calificó al complacido Baytar/Darder- qué necesitaba “para acabar esta magnífica labor de investigación”.

- Primero, no podemos publicar nada de lo que sé hasta el próximo lunes. Segundo, me ha de quitar de encima a la policía, al menos hasta ese día. Tercero, necesito medios económicos y tecnológicos para moverme con mayor facilidad. Cuarto, he de tener total libertad de horarios sin ningún obstáculo. Quinto, debo asistir junto a otros dos colegas al partido entre el Barça y el Real Madrid que se jugará el sábado.

- Esto último qué es, ¿un caprichito, eh? –Martorell, con una sonrisa en los labios, señaló con el índice a su subordinado. Ya te dije que en su momento valoraremos tu regreso a la sección de Deportes si eso es lo que quieres, pero vamos, no me cuesta nada pedir unas entradas…

- ¡No! Entradas, no. Necesito tres acreditaciones de prensa, una de ellas para un cámara. Forma parte de la investigación.

- No me digas que el Barça también está pringado en todo esto… Me estás dando miedo, Darder. Ya sabes que aquí, el Barça, La Caixa y el RACC son sagrados. ¿Estás seguro de que te conformarás con volver a la sección de Deportes? –El rostro de Alfons Martorell, con una sonrisa de lobo en la boca, contradecía sus temerosas palabras-. Bien, no se hable más. Ahora mismo te tramito todo lo que has pedido. Un móvil, que por cierto ya es hora de que tengas uno, un ordenador portátil y las credenciales de prensa.

(Continuará…)

XXXIII

Según habían acordado, Darder y Hertog partieron hacia el periódico. Llegaron a las inmediaciones de ‘El Correo Diario’ bastante antes de la hora que habían fijado, así que se apostaron para esperar a su compinche. Estacionaron el coche en el lugar convenido, un poco retirado respecto a la puerta del edificio del periódico para evitar complicaciones en forma de encuentros no deseados.

Cinco minutos después de la hora acordada, el falso Darder atravesó las puertas del periódico y, tras despedirse efusivamente del guardia de seguridad, se dirigió hasta el viejo Golf.

- ¿Qué, Baytar, cómo te ha ido? ¿Qué tal los periodistas terrícolas? –El intrigado Hertog le recibió como si saliera de la escuela en su primer día de clase.

- Bueno, son más o menos como los de Jaspion, aunque con una tecnología más atrasada… Las máquinas de refresco tampoco sirven bebidas alcohólicas, pero hay alguna que otra hembra de buen ver por la Redacción.

- Cuenta, cuenta –le animó Hertog.

- La tal Eva Rodríguez, una compañera de la sección de Barcelona, está… ¿Cómo decís…? Bastante buena para ser terrícola, pero es algo estúpida y no tiene sentido del humor.

Darder, que hasta entonces se había contenido, le advirtió alarmado:

- Espero que habrás sido discreto y no me habrás metido en ningún lío.

- Tranquilo, tranquilo -le contestó Baytar esquivando la mirada inquisitiva que le envió el terrícola a través del espejo retrovisor-. Arranca o tendrás que recurrir a la historia del hermano gemelo.

El auténtico Darder engranó la primera en el cambio de marchas y condujo el coche nuevamente de regreso a su domicilio. En cuestión de un par de minutos pasó de la suspicacia al enfado más absoluto conforme Baytar iba desgranando su historia. Para empezar, y tras consultar por unos segundos su traductor, el periodista de la MNN calificó de ‘capullo’ a Freddy Juarros; nada que objetar. También se quejó del lamentable estado de las instalaciones. Absolutamente cierto.

Pero cuando dijo que había “charlado con el loco de tu director” al terrícola se le erizaron los pelos de la nuca pues tuvo la certeza de que alguna cosa estaba fuera de su control. Antes de que pudiera reaccionar, su doble le anunció que también había hablado con su mujer. Además hizo un comentario sobre ella en su propio idioma que, lógicamente, él no pudo entender y que provocó la risa de Hertog. Darder estalló.

- ¡Basta! ¡No chamulles más en tu puñetero idioma mutante y dime qué has hecho porque como me quede sin trabajo, me importa un carajo todo lo extraterrestres que seáis, os capo! ¡Las gónadas o lo que tengáis!

- Tranquilo, Jaume, tranquilo -Le apaciguó Baytar utilizando su nombre de pila-. Venga, llévanos a algún sitio a tomar un copazo y allí te lo explico todo.

- Sí, hombre, Darder, vamos a pegarnos un copazo –apoyó Hertog-. En tu casa sólo tienes aquel mejunje…

- Cerveza. A mí me gusta, y como te hace mear, no te emborrachas –Se defendió el terrícola-. Bueno, tú que te has bebido una caja, no sé si no te emborrachaste.

- Si está muy bien –Le dio la razón Baytar-. ¿Pero a dónde has dicho que vamos a ir a tomar una copa?

- Si os llevo, ¿me contarás todo lo que ha sucedido? –Puso como condición el terrícola.

- Sí, hombre, sí. Te anuncio que he conseguido tres acreditaciones para el partido del sábado, dinero, un ordenador portátil y otro comunicador de estos que usáis –Sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta un móvil de última generación y se lo enseñó al periodista terrícola-. Por cierto, he quedado con tu costilla para que mañana traiga ella a tus hijos a casa cuando salgan de la escuela. ¿Te gusta eso de ‘costilla’ Hertog? Por lo visto viene de una tradición religiosa…

- …Me parece que yo también necesito una copa –Concluyó Darder. Giró a la izquierda por la primera calle que pudo para buscar un lugar donde ahogar en alcohol su desesperación-. Nadie me creerá nunca. Secuestrado por dos mutantes alcohólicos y chiflados, con los que me fui de copas aunque me abrieron la cabeza como un melón y usurparon mi identidad.

- Oye, pase lo de alcohólicos, sobre todo por éste –Hertog señaló hacia el asiento trasero en el que Baytar trajinaba el teclado del ordenador portátil-. Pero no me ha gustado nada lo de mutantes. Y conste que no soy racista.

(Continuará…)

XXXIV

Darder se dirigió por la ronda General Mitre hacia la zona alta de la ciudad con la esperanza de que aún existirían los bares por los que había deambulado de joven junto a sus amigos de juventud. “Bebiendo y persiguiendo a las chavalas, por este orden, aunque casi nunca pasábamos de las botellas por nuestra poco gancho con las chicas”, confesó.

Había poco tráfico y no tardaron mucho en llegar al destino escogido pero, como siempre, no había sitio para aparcar. El terrícola decidió estacionar el coche en la acera confiando en que, a esas horas de la noche, la Guardia Urbana era un poco más permisiva.

Cuando el trío de periodistas se plantó frente al Humedad Relativa, el guardia de seguridad que habitualmente vigilaba la puerta, Ernesto Moñino, se encontraba dentro del local hablando con una de las camareras de la barra. Los miércoles por la noche sólo acudían al local los parroquianos muy fieles y algún que otro cliente esporádico sin ganas de follón. Así que, por regla general, eran días tranquilos. Pero cuando vio acercarse a la puerta a dos tipos exactamente iguales, uno de ellos con la cabeza vendada, acompañados por un tercero con pinta de hooligan escocés, su sexto sentido le dijo que con ese trío llegaban los problemas. Además, se dijo, ninguno de ellos tenía el aspecto adecuado para tomarse unas copas en el Humedad Relativa.

- Disculpen, pero estamos a punto de cerrar –el guardia de seguridad había llegado al quicio de la puerta justo a tiempo para bloquearles el acceso al local.

Fue Hertog el primero en reaccionar.

- Oh, sólo hemos venido a tomar un copazo. He venido a Barcelona de visita y estos amigos, hermanos gemelos ellos, quieren que conozca algún local de moda, ya sabe.

Al matón le sorprendió que el escocés no tuviera acento extranjero, y eso le mosqueó aún más.

- ¿Y ese vendaje? Veo que ya la habéis liado por ahí… –Diagnosticó con tono profesional.

- No, no, ha sido un pequeño incidente mientras visitábamos la Sagrada Familia. Ya sabe, tantos años en obras… –argumentó el auténtico Darder, por fin al quite, tocándose el vendaje. En realidad estamos de despedida de soltero. Aquí, el amigo –Señaló a Hertog- es, además de un bromista, un gran aficionado al fútbol, y por eso hemos hecho que se disfrace de aficionado del Celtic de Glasgow, para reírnos un rato. Pero no se preocupe, sólo somos tres.

El portero claudicó al fin.

- Está bien, podéis entrar. Sólo una copa y a la calle sin armar follón. ¿De acuerdo?

- Por supuesto, por supuesto… –Hertog le dio unas palmadas en la espalda y el estrafalario grupo de periodistas logró acercarse, con aire triunfal, hasta una de las barras bajo la atenta mirada de los parroquianos y los camareros.

- ¿Qué se bebe aquí? –preguntó Baytar.

- Bueno, en la Tierra las bebidas alcohólicas se pueden dividir, básicamente, en las que son producto de la fermentación, como la cerveza o el vino, y las que provienen de la destilación, como el whisky, el orujo, el anís, la ginebra, el vodka…

- Tú sólo dime cuáles son más fuertes, las fermentadas o las destiladas –preguntó Hertog.

- Indudablemente, la mayoría de las destiladas… –prosiguió Darder manteniendo su tono pedagógico.

- No se hable más. Pídeme una destilada –le cortó Baytar.

- Para mí, también –Se sumó el camarógrafo, que ya se contoneaba al ritmo de la música.

- Bien, dos ‘destiladas’ pero, ¿Cuál de ellas? –preguntó el terrícola.

- Eso es igual. Las pienso probar todas… Vosotros usáis aquí el orden alfabético para clasificar todo, ¿no? Pues empieza por la letra ‘a’ –propuso el periodista jaspiano.

- Pero en un bar de moda no creo que tengan anís, por ejemplo -A Darder volvía a dolerle mucho el golpe de la cabeza.

- Pues entonces empieza la lista por el final. ¿No tenéis una bebida que se llama whisky? Pídeme un buen pelotazo de eso, como decís aquí.

- ¡Para mí, también! – Remachó enérgicamente Hertog.

Darder pidió las bebidas, para él una cerveza, mientras en los altavoces del local sonaba la canción ‘Pop Song 89’ de R.E.M. “¿Qué whisky quieren?”, les preguntó la camarera.

“Tú misma, guapa”, contestó Baytar-Darder que al mismo tiempo intentaba componer una sonrisa melosa. Esbelta, de figura escultural, ataviada con un ceñido conjunto que resaltaba sus sinuosas curvas y con el pelo teñido con reflejos rubios, la camarera se giró rápidamente a servir las bebidas sin hacer mucho caso al piropo que le acababa de lanzar el jaspiano.

- Bien, una copa y nos largamos para casa ¿entendido? Yo ya he tenido bastante por hoy -Exigió el auténtico Darder.

- Venga, hombre, relájate. Si este local es muy agradable, muy fino. Vaya con el terrícola, qué aburrido es… –Le reprendió Hertog en tono amistoso.

- Mira, no estoy para coñas. Además, sólo llevo dinero encima para pagar esta ronda.

- Falso. Tenemos un buen fajo de billetes por cuenta del prestigioso ‘El Correo Diario’ –Sugirió Baytar con una mirada pícara.

- ¡Ni hablar, ese dinero te lo han dado para gastos a justificar! –Darder estaba indignado.

- ¿El señor tiene mala conciencia? Eso no es problema. Tú déjame a mí y veréis cómo lo soluciono –terció Hertog.

- ¿Pero qué leches vas a hacer ahora…? –El periodista barcelonés se temía, una vez más, lo peor.

Hertog salió del local. A través del ojo de buey de la puerta, Darder pudo ver cómo el extraterrestre disfrazado de novio-hooligan entablaba conversación con el vigilante de seguridad. Poco después, ambos desaparecían de su campo de visión.

- ¿Dios mío, qué va a hacer ese loco? –Le preguntó a Baytar, quien en aquellos instantes apuraba su vaso.

- Hertog sabe cómo afrontar estas situaciones. Si ha dicho que lo soluciona, es que lo soluciona. Pídeme ahora un trago con la letra ‘V’. Creo que hay algo que se llama vodka, ¿verdad?

Al cabo de cinco minutos, el rostro del vigilante reapareció a través del ojo de buey de la puerta de entrada. Tras echar un breve vistazo, el guardia de seguridad la abrió y se dirigió directamente hacia los ‘gemelos’ con una gran sonrisa en los labios y una mirada con un punto maligno.

- Joder, Baytar, ya podemos salir de aquí. Ahí viene el gorila, y sin Hertog. –Se dirigió al matón y, después a la camarera-. No se preocupe amigo, ya nos vamos. ¿Cuánto te debo, guapa?

- No, no tengan prisa amigos – contestó el gorila Moñino. La camarera se quedó petrificada con el billete de cincuenta euros que le acababa de dar Darder aún en la mano. El vigilante se lo arrebató en un rápido gesto para devolvérselo al periodista, quien tampoco entendía nada-. Su amigo ha tenido que marcharse, los nervios de la boda, ya saben, pero me ha dicho que no se preocupen y que lo carguen todo a su cuenta.

El guardia de seguridad se giró de nuevo hacia la chica y le preguntó:

- ¿Y tú cómo has dicho que te llamas, rica?

- Incluso para los impresentables como tú, mi nombre es Mara –La joven dio a entender que no estaba de humor como para que aquel idiota, que la conocía muy, pero que muy bien, le viniera a esas alturas de la noche con bromitas.

- ¡Vale, Mara, pues los señores tienen barra libre! ¡Sírveles otra ronda igual y a mí me pones lo mismo que al que no lleva turbante!

Darder no acabó de entender qué estaba sucediendo hasta que el vigilante le guiñó un ojo, le dio una fuerte palmada en la espalda y Baytar comenzó a reír con ganas.

Hertog, metido ahora en la piel del vigilante, les dijo:

- No está mal la chaqueta del pollo éste, ¿eh? –Y miró la etiqueta que estaba cosida al bolsillo interior-: ‘Armani’ ¿Son unos grandes almacenes?

- ¡Hertog, tú me vas a hundir! ¿Qué has hecho con ese pobre diablo? Cuando encuentren el fiambre me van a empurar…

- No, qué va –Le tranquilizó Hertog-. No he hecho nada con él. Ya sabes, está bien escondido, despertará cuando nos convenga, no recordará nada, y mientras tanto beberemos unas copas gratis a su salud.

- Bien. ¿Dónde has escondido el cuerpo? –Insistió una vez más el terrícola. El tono de su voz era apremiante.

- Está enroscado en el maletero de tu coche. El sombrero lo tuve que dejar fuera porque la verdad es que en ese vehículo no hay demasiado sitio para el equipaje. ¿Cómo te lo montabas para meter ahí las cosas de toda la familia?

El terrícola aferró una nueva botella de cerveza como si fuera una bombona de oxígeno y casi la apuró de un trago. Los dos jaspianos, interpretaron que con aquel gesto Darder les daba su aprobación, se sintieron solidarios y se metieron entre pecho y espalda un nuevo lingotazo de vodka sin respirar. Hertog, en su papel del gorila Ernesto Moñino, ya había levantado el brazo para pedir otra ronda a la guapa camarera de la barra. Ésta no daba crédito a lo que estaba viendo.

- ¿Y tú qué haces ahora con estos tíos y encima bebiendo en horas de trabajo? –Le dijo la chica.

- Luego, cuando estemos a solas, te lo explico si quieres –respondió Hertog poniendo su sonrisa más luminosa y guiñándole un ojo.

(Continuará…)

XXXV

Los efectos relajantes de la bebida habían tranquilizado un tanto los ánimos de Jaume Darder. El periodista de ‘El Correo Diario’ estaba a punto de encender su enésimo cigarrillo cuando se abrió la puerta del local y, de manera instintiva, desvió la mirada hacia allí. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que el individuo que entraba no era otro que Dani Cáceres, el delantero y capitán del Barça. Y por su manera de caminar hacia la barra, parecía que no era el primer bar que visitaba aquella noche.

- ¡Joder! ¿Qué hace aquí a estas horas ese fulano?

- ¿De quién estás hablando? –Se desgañitaron por encima de la música los extraterrestres mientras se giraban para ver al recién llegado.

- Dani Cáceres, el capitán del Barça. Y con una cogorza más que respetable, por lo que puedo apreciar.

- ¡Uno de los tuyos, Baytar! ¡La cofradía del frasco es universal! –Sentenció Hertog mientras alzaba su vaso.

El periodista de la MNN prefirió hacer caso omiso al comentario de su colega.

- ¿Dani Cáceres? Todos hablaban de él en la redacción del periódico –Recordó Baytar volviendo al asunto del futbolista-. ¿Y éste ha de jugar el partido del sábado?

- Bueno, no creo que juegue. Por lo que he leído, el entrenador está alineando a Martí, un chaval joven. Y además, aquí lo tienes, soplando el frasco.

- ¿Soplando el frasco? –Baytar hizo una pausa para consultar el diccionario y cuando encontró el sentido figurado de la frase exclamó-: ¡Ah, ‘soplando el frasco’! ¿Y que tiene de malo, ‘soplar el frasco’? Jaume, preséntame a Cáceres. Tengo una idea que…

- ¡No me jodáis, tú y tus malditas ideas! –Darder, agarró su tercera botella de cerveza como si estuviera apretando el cuello de su interlocutor.

Antes de que pudiera reaccionar, Hertog, en su nueva condición de vigilante del local, ya se había acercado hasta el tambaleante Cáceres, que era observado por los parroquianos con una mezcla de pitorreo y sorpresa. El falso Ernesto Moñino le ofreció la barra del bar como punto de apoyo desde el que evitar que el mundo se moviera. Una vez en tierra firme, el futbolista no ocultó una expresión de disgusto al descubrir al periodista.

- ¡Pero qué mierda de ciudad! No puede uno tomarse una puta copa sin encontrarse con un cabrón de estos. ¿Qué coño haces tú aquí, Darder? ¿Me has estado siguiendo? ¿Y este tipo del turbante quién es, tu hermano gemelo o es que voy demasiado borracho?

- Darder soy yo, el del ‘turbante’. Y tú sabes que nunca me he dedicado a seguir a los futbolistas. Este es mi hermano, que me visita estos días, y le he sacado a tomar unas copas. Ya ves, hemos acabado en uno de mis bares de juventud. Pensaba que ya estaría cerrado, pero aquí sigue.

- Así que en realidad eres dos, como los hermanos De Boer. Bueno, la verdad es que me importa un huevo lo que estés haciendo aquí -Le cortó el futbolista, que se giró hacia el gorila-Hertog-. ¿Qué hay de esa copa que me ibas a dar?

- Sí, claro. Mara, otra ronda ¿Tú que quieres, Dani? –Hertog le hizo un gesto cómplice al futbolista.

- Lo que sea. Lo mismo que tú, colega –contestó Cáceres-. A estas horas…

- Ahora nos toca un copazo de ron de caña, ¿verdad, Darder? –Fue Baytar, que a esas alturas de la noche ya iba entrando en calor, quien le puso al día-. Por cierto, ya hemos leído los problemas que estás teniendo para renovar tu contrato. Menuda… ¿cómo decís aquí? Menuda putada que te están haciendo…..

- Unos hijos de puta, sí señor –Ladró el futbolista-. Brindo por un hijo de puta llamado Otto Kranzbühler –Y se metió al coleto un largo trago de ron de caña.

Darder y Baytar entablaron conversación con Cáceres mientras Hertog se centraba en Mara. La camarera, que creía que estaba hablando con Ernesto Moñino, volvió a preguntarle muy enfadada cómo se le había ocurrido dejar entrar a aquellos tipos tan raros.

- ¡Pero si no son tan raros! Lo que pasa es que son periodistas deportivos, ya sabes. Y además, fíjate qué amistades tienen. Ese último que acaba de llegar es uno de los jugadores del Barça. El capitán, nada menos. Venga, después te lo presento para que le pidas un autógrafo. Como decís aquí, es un tío muy majo.

Hertog no las tenía todas consigo pues era evidente que la chica estaba muy enfadada con el tal Moñino, pero pareció que se tranquilizaba un poco y Hertog decidió que era el momento de apretar el acelerador.

- ¿Cómo se te ocurrió esa tontería de que no sabes mi nombre? –Le espetó Mara. La camarera le soltó un cachete, medio en broma medio en serio, y se desplazó a la otra punta de la barra para atender a un parroquiano. Hertog se fue detrás de ella.

- Bueno, mujer, no te ofendas. Era una manera de romper el hielo con los clientes…

- ¿Romper el hielo con los clientes? ¿Y yo, qué? Además, tú no tiene que romper el hielo con ningún cliente, sólo tienes que vigilar que nadie se desmadre. ¿Todavía te extrañas de que te haya cortado contigo?

- No, cielo, no –“así que es eso”, pensó Hertog para sí. Y después continuó-: Sabes que muchas veces me comporto como un idiota, pero no sabía cómo pedirte disculpas… Si quieres, tenemos toda la noche para que me perdones –Y le cogió la mano y se la besó. Mara la retiró rápidamente e hizo ver que se la limpiaba, pero su media sonrisa la delataba.

El camarógrafo de la MNN se dio cuenta de que Jaume Darder estaba siguiendo la escena al mismo tiempo que movía la cabeza, con aire de incredulidad.

- ¿Todo va bien, Jaume? –Le preguntó Hertog.

- Sí. Bueno, sólo me falta un poco de Springsteen. Ya sabes. –El periodista de ‘El Correo Diario’ levantó, a modo de brindis, la mano con la que sostenía un nuevo botellín de cerveza y el enésimo cigarrillo.

- ¡Eso te lo solucionamos nosotros! ¿Verdad Mara? –El alienígena volvió a agarrar por la mano a la chica y tiró de ella- ¡Vamos a hablar con el que se encarga de la música en este antro!

Darder se aferró a su cerveza mientras observaba cómo Baytar parloteaba sin cesar con Daniel Cáceres. La guitarra de Bruce Springsteen y la batería de Max Weinberg comenzaron a sonar en el local mientras desgranaban las notas de ‘The Ties That Bind’.

(Continuará…)

JUEVES

XXXVI

A Jaume Darder le despertó la claridad que entraba por la ventana de la habitación. La persiana estaba subida a media altura y dejaba entrar la luz del día que parecía concentrarse sobre la frente y las órbitas de los ojos del periodista de ‘El Correo Diario’, aún cerrados. Poco a poco, mientras salía del sopor del sueño, el periodista consiguió controlar la sensación de que su cerebro giraba sin parar dentro de su cráneo. Dentro de la boca notaba la lengua hinchada y con un tacto como el del corcho. Peor incluso, como el de un estropajo. Tumbado en la cama intentó ordenar los flashes que se agolpaban en su mente sin orden ni sentido.

Recordaba que había estado en un bar acompañado por aquellos dos fenómenos. Sí, en el Humedad Relativa. ¡Aún seguía abierto, después de tantos años! También rememoró la imagen de Hertog haciéndose pasar por el guardia de seguridad del local, ligando con una de las camareras y pidiendo una ronda tras otra de bebidas. En sus oídos zumbaban los ecos de Chuck Berry, Eddie Cochran, Roy Orbison, Los Rebeldes, Buddy Holly, Stray Cats, Loquillo y los Trogloditas, Los Ramones, REM, U2 y sobre todo de Bruce Springsteen, sonando canción tras canción. Después le vino el recuerdo vago de Hertog, en su papel de vigilante, desalojando al resto de los parroquianos al grito de: “¡Venga, que es muy tarde y se nos hecha la Navidad encima!”. ¿O quizás esa frase la había pronunciado el propio Darder?

Seguía la catarata de flashes inconexos. Hertog, ya con las puertas del local cerradas, desapareciendo con la camarera llamada Mara. “Nos encargaremos de la música”, había dicho él. A Baytar, mimetizado con la misma apariencia que él, hablando con Cáceres copazo tras copazo… ¡Mierda! ¡Cáceres! ¿Qué coño había pasado con Cáceres? Ahora no se acordaba exactamente de lo que había explicado el delantero del Barça. Darder hizo un esfuerzo de memoria… El futbolista había reconocido que tenía la rodilla hecha puré, también que tenía problemas para renovar el contrato, que no iba a jugar el clásico contra el Real Madrid…

Darder sí que había retenido perfectamente una imagen: Baytar dándole al veterano capitán una palmada en la espalda y diciendo aquella inquietante sentencia: “Tranquilo, Dani, que yo me encargo de todo”. ¿Qué habría querido decir? Aquellos puñeteros extraterrestres eran peligrosísimos cuando se decidían a ayudarte. Él podía dar fe de ello. Y luego, como propina, estaba la maldita resaca. Hacía tantos años que no pillaba una cogorza tan monumental.

Darder se revolvió en la cama e hizo acopio de fuerzas para incorporarse. Finalmente, consiguió salir de debajo de las sábanas y miró el reloj. ¡Las dos de la tarde! Sonia y los niños llegarían en unas tres horas.

Caminó hasta el comedor y al abrir la puerta se encontró una nueva sorpresa.

- ¡Dios! –Acertó a gritar cuando vio al guardia de seguridad y a la camarera del Humedad Relativa tumbados en su sofá. La chica se cubría con el gorro mexicano de Hertog como único atuendo-. Pero, ¿quién te crees que eres? –Volvió a aullar Darder-. ¡Ésta es mi casa! ¿Acaso te di permiso para que trajeras a esta tiparraca?

- ¡Por todo los astros, Darder! ¡No berrees de esa manera! –Le amonestó Hertog, al parecer encantado en su papel de matón de bar-. Cualquiera diría que nunca has visto dos seres desnudos. ¿Estás bien, guapa? –se dirigió a la chica, que azorada, se dedicaba a buscar su ropa por la estancia.

- ¿Tiparraca? –Mara casi tartamudeaba del disgusto-. ¡Tú sí que eres un cerdo! Ernesto y yo hemos sido novios durante muchos años y ayer nos reconciliamos tras meses de peleas. ¿Qué tienes tú que decir? Anoche, cuando te inflabas a cerveza gratis en mi bar, no te quejabas de nada.

- ¿Ernesto? ¿Reconciliación? ¡Pero si ni siquiera sabes de dónde ha salido este capullo! Y tú –Darder volvió a dirigirse al jaspiano-, ¿dónde se ha metido tu compinche?

- ¿Baytar? Está en la ducha. Dice que tiene que ir al entrenamiento del Barça para acabar de ligar unos reportajes y…

- ¿Al entrenamiento del Barça? ¡Baytar! ¡Baytar! –Darder salió disparado hacia la puerta del cuarto de baño.

- ¡Qué carácter más diferente al de su hermano, para ser gemelos! –sentenció Mara, malhumorada-. ¡Es un borde, el tío!

- Es que a éste no lo crió la misma madre -Contestó Hertog mientras rodeaba con sus brazos a la chica con actitud protectora-. Tú no te asustes. Es un buen tipo, pero con un pronto muy malo.

No estaba para bromas cuando Baytar, por fin, se decidió a abrir la puerta del baño. El alienígena tenía en esos momentos su azulada apariencia real y se había enfundado con el albornoz del terrícola. A Darder le bastó aquel detalle para volver a estallar.

- ¿Has oído hablar de ‘La Guerra de los Mundos’? –le gritó amenazador mientras cerraba la puerta tras de sí. Y después, con tono desesperado, añadió-: ¿Por qué me estáis haciendo esto? ¿No sería más fácil desintegrarme o abducirme y secarme el cerebro?

- Darder, está comprobado que beber te sienta fatal. No deberías ver tantas películas del espacio, y menos aún a partir de ahora que ya sabes qué hay allá arriba. Venga, ¿por qué no te das una ducha?

- ¿Qué es eso de que te vas al entrenamiento del Barça, Baytar?

El extraterrestre siguió acicalándose de manera parsimoniosa mientras le iba dando explicaciones.

- Te recuerdo que nosotros también somos periodistas deportivos y para salvar nuestras pelotas necesitamos unos buenos reportajes. Y se da la casualidad de que yo tengo entre manos los mejores que se puedan grabar en esta porquería de planeta. Cáceres me lo explicó todo ayer. Ya sabes, periodismo de investigación –Y levantó el brazo haciendo el signo de empinar el codo-. Así que nosotros vamos a ayudar al capitán del Barça y él nos va a ayudar a nosotros, aunque el muy zoquete aún se haya enterado. Pero se va a enterar. ¡Vaya que sí!

- Pero, pero… Vosotros no podéis entrar allí, no sabéis cómo funcionan las cosas en el Camp Nou… ¡Aquello es un búnker!

- Bueno, bueno, menos búnker, para eso estás tú. Recuerda que tu director me gestionó ayer tres credenciales para poder trabajar esta semana en las instalaciones del FC Barcelona. Tú nos llevarás al estadio y nos guiarás para que no metamos la pata.

- ¿Yo? Ni hablar. -Y, señalándose el pecho con el dedo índice, prosiguió-: Yo tengo fiesta hoy, es casi mediodía y mi mujer traerá a los críos a primera hora de la tarde. Además, no he vuelto por el Camp Nou desde que me echaron de la sección de Deportes. No puedo ir allí. ¿Cómo justificaría mi presencia?

- Fácil. El Barça-Madrid es el mayor espectáculo futbolístico del mundo, según me explicaste. Por tanto, vienen periodistas de todas las partes del planeta. Pues bien, nosotros somos periodistas e iremos a cubrir la información. Somos unos amigos tuyos que hemos venido para llevar a cabo la cobertura del clásico y tú nos ayudarás. Además, le di a entender a tu jefe que podía haber alguna conexión entre el Barça y los sucesos de la montaña, así que tienes coartada.

- ¡Joder…!

- El Barça se entrenará esta tarde a partir de las seis –prosiguió Baytar haciendo caso omiso de los lamentos de su colega-. Me lo dijo el amigo Cáceres. Por cierto, menudo saque tiene el gran capitán, parece un pozo sin fondo. ¿De verdad que es futbolista? Si juega como bebe, debe ser algo impresionante. Casi me tumba. Anda, dúchate.

Baytar se mimetizó con la misma apariencia que Darder y tras darle una palmada en el hombro, salió del baño. Se dirigió al comedor y allí se encontró con Mara y Hertog.

- Hombre, los tortolitos. Bien, Hert… esto, Ernesto, ¿no crees que ahora deberías despedirte de Mara? Tenemos algunas cosas que hacer esta tarde antes de que entréis a trabajar.

- ¡Oh! Claro, claro. Bueno Mara, cariño, luego nos veremos en el bar, ¿de acuerdo? -propuso un melifluo Hertog. Intentó darle un beso en los labios pero ella retiró el rostro como si estuvieran a punto de contagiarle la peste.

- ¿Me estás mandando para casa sola y sin ofrecerme un maldito café o una simple ducha? –La muchacha tenía el rostro encendido por el enfado-. Veo que sigues siendo el mismo cerdo machista y falócrata de siempre, insensible y cabrón. ¡Te vas a pasar otros dos meses sin tocarme un pelo! -Y le soltó un bofetón en la mejilla derecha.- No sé cómo pude ser tan tonta anoche, con lo bien que te conozco.

Antes de que pudieran reaccionar los jaspianos, Mara abandonó la casa con un sonoro portazo.

- Son todas iguales, sea el planeta que sea -Diagnosticó Hertog mientras aún se acariciaba la dolorida mejilla.

- Ya sabes que cada cosa tiene su precio. -Le advirtió Baytar con una sonrisa de satisfacción en los labios.

- Claro, por eso tú prefieres arreglar estas cosas pagando directamente, ¿Verdad?

Baytar hizo ver que no había recibido el dardo que le había lanzado su compañero y se acercó hasta el ordenador de Darder.

-¿Qué es aquello que me querías enseñar sobre el artículo de nuestro anfitrión?

- ¡Uff! Este terrícola está más sonado que tú. Mira lo que está escribiendo. Y eso que se lo hemos advertido… -Hertog conectó el ordenador y llegó hasta la carpeta donde Darder guardaba ‘Encuentros en la tercera fase en Montjuïc (Borrador)’.- “La que es conocida como la Muntanya Màgica de Barcelona acoge más secretos de los que cualquiera de los millones de turistas que visitan la ciudad podría suponer. Conexiones con el mundo exterior que se escapan incluso a los mismos barceloneses se han producido en los últimos tiempos sin que las autoridades, hasta el momento, hayan sabido detectarlas. ¿Cuánto tiempo hace que…?”.

Baytar empezó a leer las páginas mientras murmuraba entre dientes: “Vaya con el tontainas del terrícola”.

(Continuará…)

XXXVII

A Cáceres no le sentó nada bien que Mónica enviara a la filipina a abrir la ventana del cuarto. Mónica tenía estas cosas cuando se enfadaba con él. Aprovechaba el mutismo y la frialdad de la criada como arma arrojadiza. Todo el cariño que sentía hacia Mónica la sirvienta filipina – ¿Cómo diablos le había dicho que se llamaba aquella china?- se transformaba en odio hacia él, pensaba el futbolista.

La filipina se limitó a cumplir a rajatabla las órdenes de su señora como si fuera una autómata. Entró en el cuarto sin llamar y haciendo ruido, abrió el ventanal de par en par y gritó: “Señora dise señor levantar ahora. Señora dise señor un serdo”. El golpe de luz que entró por el vano de la ventana fue tan intenso que Cáceres rodó sobre la cama y entonces notó en su estómago los efectos de la borrachera. De repente recordó que sin dar más explicaciones se había largado de copas y había regresado a casa a las tantas de la noche y caminando a cuatro patas.

Iba a poner en su sitio a la criada cuando, al girarse de nuevo sobre el colchón, descubrió que Mónica estaba en la puerta. Decidió no quejarse y se limitó a abrir el otro ojo para mirar la hora en el reloj de la mesilla. “¡Las tres!”. Seguro que no eran las tres de la madrugada. Ni por la cara que ponía su novia, ni por la luz natural que entraba en la estancia. “A ver en qué estado llego al entrenamiento”, pensó. Después de su última charla, por calificar de alguna manera el encuentro con Kranzbühler, si trascendía su juerga nocturna sería una auténtica bomba. Y sin duda, su sentencia de muerte en el Barça.

- Tienes que levantarte. –El tono de voz de Mónica era seco pero la joven no emitió ningún reproche.

Cáceres consiguió incorporarse y se sentó en el borde de la cama. Tras mirar un instante a su novia, inició una especie de disculpa.

- Esto… Bueno, me encontré con un viejo amigo. Salí a tomar unas copas con él y ya sabes lo que pasa. Oye, ¿No se puede largar de aquí esa china de los cojones mientras hablamos tú y yo? –La criada, tras lanzarle una mirada feroz, abandonó por fin la habitación.

- ¡Eres un borde! Para empezar es filipina, se llama Rosie y es una empleada doméstica ejemplar. Cosa que no se puede decir de ti como novio ni como deportista. ¿Qué talla de sostén usaba esta vez el ‘amigo’? Te esperé despierta hasta las tantas. Después me entró el sueño y me fui a dormir. Pero eso a ti te importa un bledo. Como todo. ¿No es la semana del partido contra el Madrid? ¿Cómo se te ocurre salir de juerga?

- Y tú que sabrás de eso -Contestó Cáceres sin muchas ganas.

- ¿Por qué dicen en todas las televisiones que no seguirás en el Barça la temporada que viene?

- Nada, no hagas caso. Mi representante hablará con el club la próxima semana…

- Dani, si tenemos algún problema, me lo puedes contar.

- ¡No pasa nada! Voy a darme una ducha y luego me iré al entrenamiento.

- ¿Quieres que te prepare algo de comer?

- No, no, espera un poco –Replicó Cáceres. Sentía como si le hubieran sustituido el estómago por una caldera hirviendo.

Al salir de la habitación camino del baño se cruzó con la criada filipina que le traía el teléfono inalámbrico. La mujer se lo entregó sin dirigirle la palabra y, con aire indignado, se dio media vuelta y se fue.

- ¿Sí? ¡Hombre presidente, buenos días! ¿Cómo están esos ánimos? –Preguntó Cáceres intentando dar a su voz un tono jovial y alegre. Corrió hasta el baño y se encerró para que Mónica no pudiera oír la conversación.

- ¿Buenos días? ¡Malas tardes! –Le contestó Carles Puga-. ¿Dónde quedó todo aquello del amor al club, de su honor de capitán y todas esas mandangas? A las primeras de cambio se ha puesto delante de un micrófono y me ha tirado a la gente encima.

- Tampoco fue así presidente. Me preguntaron cómo me sentía por todo lo que me está pasando y…

- ¡Habíamos acordado que este asunto lo hablaríamos al acabar la temporada! Estoy muy decepcionado con usted, Dani. Puede que cambie mi opinión sobre su futuro.

Tras un silencio de unos pocos segundos, pero muy incómodo, Puga prosiguió-: En fin, ya hablaré la próxima semana con su representante. Pero insisto, no quiero una palabra más sobre todo esto hasta que acabe la Liga. Y no me vuelva a joder en vísperas de un partido contra el Madrid, que bastante revuelto está el patio ya.

El pitido entrecortado hizo reaccionar a Cáceres después de que Puga colgara el teléfono sin despedirse de él. Antes de que pudiera meterse en la ducha, sonó otra vez el aparato. Era su representante, Fran Trujillo.

- ¿Dani? Soy Trujillo. ¿En qué estás pensando, chaval? ¿Tú con quién vas? ¿Con ellos o contra nosotros? ¿No habíamos quedado que te mantendrías callado? Me ha llamado Puga y está como una furia. ¡Ahora nos tienen pillados por los huevos! Se la voy a tener que chupar bien chupada para conseguir que no te ponga en la calle a final de temporada. Sin su apoyo, ¿quién va a pedir que te quedes en el club, a tu edad?

- Mira Fran, sé que la cagué, pero ahora ya está hecho. No es un buen día para mí, así que ya hablaremos. Y puedes estar tranquilo. No volveré a meter la pata.

Cáceres colgó sin más y, por fin, se puso bajo el chorro de la ducha. Notó cómo el agua se deslizaba por su nuca y tuvo la sensación de que sus miserias se aliviaban un poco.

(Continuará…)

XXXVIII

En su piso del Eixample, Darder salió de la ducha algo más calmado, pero decidido a actuar de inmediato. Mientras dejaba que el agua cayera sobre su cuerpo, en especial sobre su dolorida coronilla en la que iban menguando los efectos del golpe que le había propinado Hertog, le había dado vueltas a los increíbles sucesos de los últimos días.

Todo había llegado demasiado lejos. Le habían suplantado y secuestrado. Por culpa de aquellos mutantes le perseguían la Guardia Urbana, los Mossos d’Esquadra y casi prefería no saber cuántos cuerpos policiales más que le tomaban por la reencarnación del violador del Eixample. No estaba dispuesto a que su mujer y sus hijos corrieran peligro alguno en manos de un par de cabestros interestelares. A saber qué harían al final con todos los que supieran de su existencia cuando consiguieran solucionar sus problemas para largarse a su planeta, donde quiera que éste se encontrara.

Por tanto, mientras estaba bajo la ducha, el periodista de ‘El Correo Diario’ decidió que hablaría con aquellos dos extraños seres y les pediría que le dejaran en paz, porque él era un terrícola absolutamente inofensivo. Sí, eso es. Les diría que, por favor, regresaran a su nave o a su escondrijo secreto y siguieran con sus perversas actividades y dejaran a su familia al margen. Si hacía falta, que le drogaran o le borraran la memoria. Así no deberían temer que les delatara a las autoridades. Renunciaba a los reportajes, a la gloria periodística, al Pulitzer y a la plaza de Redactor Jefe de la sección de Deportes.

Alfons Martorell le había dado una nueva oportunidad en el periódico y aún podía aprovecharla si en los días que le quedaban hasta el lunes conseguía una conexión con Oriol Reginàs. El director había descubierto sus cartas durante la conversación que había mantenido con Baytar cuando éste le suplantó: Todo aquello sólo tenía un objetivo, presionar a Reginàs padre, el empresario que intentaba controlar ‘El Correo Diario’. ¿Eso es lo que querían? Pues eso les daría Darder, y punto y final.

Tomó el pasillo hacia el comedor absolutamente seguro de sus convicciones, pero al llegar a la sala se le volvió a encender el ánimo.

- ¿Se puede saber qué coño estáis haciendo con mi ordenador? –Una venilla se le dibujó en la sien izquierda.

Baytar y Hertog le miraron un instante, y en la expresión de sus caras había una mezcla de vergüenza, ironía y compasión.

- ¿Esto que estoy leyendo –Fue Baytar el que le contestó- es un artículo sobre nuestra presencia en la Tierra?

- ¿Los Protocolos y todas esas mierdas por las que dices que os regís en esos supuestos Mundos Inteligentes no incluyen el respeto a la intimidad de los demás seres vivos? –Bramó Darder mientras se dirigía hacia el ordenador con gesto amenazador. Baytar tartamudeó una excusa mientras Hertog le salió al paso para frenarle.

- Vamos, Darder, vamos. No te hagas el ofendido, Baytar ya te había dicho que por tu bien no intentaras publicar nada sobre nosotros.

- ¿Por mi bien? ¡Por mi bien! –El periodista de ‘El Correo Diario’ se movía por la estancia como un león enjaulado-. ¡Me estáis volviendo loco, ya no sé qué es realidad ni lo que es mentira! Me partís la cabeza, me secuestráis, os quedáis con mi casa, me suplantáis en el trabajo, ante mi mujer, en el bar, ante un futbolista del Barça, utilizáis mi casa de picadero y ahora, para seguir ayudándome, os pitorreáis de mis cosas entrando en mi ordenador personal y leyendo mis notas aunque ya te dije –señaló a Hertog-, especie de retrasado mental galáctico, que no metieras tus pezuñas en él. ¿Por qué no me matáis directamente? ¡Olvidaos del puto Protocolo y hacer como en ‘V’! ¡Matadme o dejadme en paz!

Darder le soltó un manotazo a Hertog para desembarazarse de él y se fue hasta su cuarto para vestirse. Baytar, superado el efecto de la bronca que acababa de recibir, reaccionó y se fue detrás de él.

- ¡Tranquilo Jaume! Esto sólo es cuestión de días. Siento que te pongas así. Sabemos que hemos violado todos los Protocolos y que estamos en un buen lío. Sólo intentamos salvar el cuello de la mejor manera posible. Pronto te librarás de nosotros y te aseguro que tu vida no corre peligro. Pero en estos momentos te necesitamos.

- Sí, para violar mi intimidad y reíros a mi costa durante un buen rato, ¿eh? ¿Qué más puedo hacer por los señores?

- Tienes que ser nuestro guía durante los entrenamientos del Barça y el partido del sábado.

- ¡Ya te dije que eso es imposible! Estoy desligado de todo lo que se refiere al deporte y más aún al Barça.

- Porque tú quieres. ¿Sabes? El otro día averigüé cosas sobre ti en la Redacción…

- ¿Cómo te atreves…?

- ¡Escúchame! ¿Cómo se te ocurre escribir un artículo sobre extraterrestres? ¿Quieres quedarte en la calle? ¿Cómo le vas a pagar la pensión a tu mujer? No hace falta ser de Jaspion ni del planeta Tierra para saber que si apareces en tu periódico con un reportaje como ése sin ninguna prueba te quedarás sin trabajo. Y dime, ¿por qué gónadas no sigues en la sección de Deportes?

Darder se quedó callado y desvió la mirada. Hertog se había acercado hasta la habitación y escuchaba apoyado en el marco de la puerta.

- Ese asunto no os interesa.

- ¿Por qué no? –Insistió Hertog-. Somos colegas. Somos periodistas deportivos, gónadas. O cojones, o como digáis aquí.

La ocurrencia del camarógrafo jaspiano hizo sonreír a Darder. Cogió el paquete de tabaco que había sobre la mesilla de noche, sacó un cigarrillo, lo encendió y aspiró una profunda calada. Después expiró lentamente el humo y, por fin, les preguntó:

- ¿Vosotros en qué categoría os incluiríais? ¿Sois de los que habitualmente dicen ‘¡Qué suerte!’ o de los que suspiran ‘¡Menos mal!’?

- ¿Cómo? –Preguntó Baytar sin entender ni una palabra. Hertog también parecía haber perdido el hilo y consultaba su traductor simultáneo.

- Aquí en la Tierra, como supongo que debe suceder en todo el Universo, hay tipos a los que todo le suele ir bien. Son esos que dicen: “¡Qué suerte, me tocó la lotería!”; “¡Qué potra, me metí en el gabinete de prensa del Barça, o de una consejería, o de un ministerio!”. Cosas así. En cambio, hay otros capullos que se pasan la vida diciendo: “Me han enviado una multa con recargo porque no me la notificaron. ¡Menos mal que hicimos un rincón, porque estamos a final de mes y son 500 euros! ¡Adiós la escapada del fin de semana!”. Bueno, pues yo soy de los capullos que entran en esta última categoría, la de los del “menos mal”.

Darder empezó a explicarles, entre furiosas caladas al pitillo, cómo había empezado su caída en barrena.

Disfrutó de sus primeros años de profesión. Conoció a sus ídolos, vivió sus éxitos y sus fracasos. “Casi me sentía un monje-guerrero, devoción y profesión”, bromeó. Después vendría su matrimonio con Sonia, los niños… Todo iba perfecto hasta que sucedió ‘aquello’.

En realidad, aclaró el terrícola, empezó por una tontería. Le podía haber pasado a cualquiera, pero le pasó a él. Eran esas bromas que, a veces, se hacen en las redacciones. Debió de darse cuenta de las consecuencias que aquel asunto podía llegar a tener, pero no lo hizo.

- Esa vez no hubo ‘menos mal’. Cosas que pasan-. Darder aplastó la colilla al mismo tiempo que se encogía de hombros. Cogió otro cigarrillo y, tras encenderlo, continuó. -La cosa fue así: Acababa de estallar un nuevo conflicto en el Golfo Pérsico. Uno más. Mientras las secciones de Internacional y Política trabajaban frenéticamente, a los chicos de Deportes, aburridos, nos dio por diseñar una portada de coña. En ella aparecía una chica de almanaque, una modelo un poco veterana y despelotada, con sus grandes domingas –tuvo que hacer un paréntesis aclaratorio para explicar el significado de ‘domingas’- al aire tras haberse arrancado, imaginariamente, los botones de la camisa. El titular no era otro que ‘Estalló la Guarra’. Una broma muy tonta, cierto. Incluso de mal gusto, pero ya se sabe. Estas cosas se hacen a veces.

El periodista de ‘El Correo Diario’ Hizo otra pausa para buscar el acatamiento de sus compinches, y prosiguió con el relato.

- Para acabar de completar la portada, redactamos unas cuantas noticias más que apoyaran la principal, imprimimos varias copias, hicimos unas risas… El único detalle que se me escapó es que la portada ful la habíamos montado en mi ordenador. Sí, ya sé que tenía que haber eliminado de mi cacharro aquel documento. Era bien fácil arrastrarlo hasta la Papelera y después suprimirlo. Pero queríamos hacer algunas copias más, seguir con la broma. Después, volvimos al trabajo porque nos pillaba la hora del cierre y nos estaban achuchando. Acabamos la jornada, nos olvidamos de aquella tontería, nos fuimos a casa…

- ¿Y eso es tan grave como para que te apartaran de la sección? ¿Por qué a ti y no a cualquier otro? –Preguntó Hertog.

- Los acontecimientos se precipitaron al cabo de unas horas como una avalancha –explicó Darder-. Nunca pude demostrar que no fue culpa mía. Alguien manipuló en mi ordenador después de que yo me marchara de la Redacción. Claro, era mi palabra contra la del resto, pues nadie dio un paso adelante para admitir que había tocado mi pantalla sin mi consentimiento. Nadie sabe, al margen del auténtico culpable, cómo una copia de aquella portada falsa fue transmitida al centro de impresión, en el lugar de la portada auténtica enviada por los directores desde Edición.

- Eso sí que es lo que se llama una puñalada por la espalda –concedió un cariacontecido Baytar. Darder siguió con su relato.

- Cuando, a eso de las dos de la mañana, el jefe de la rotativa tuvo que parar máquinas, mi futuro profesional había quedado sentenciado. El error se corrigió a tiempo y ‘El Correo Diario’ llegó a los quioscos con una portada en condiciones, aunque muy tarde para un día en el que se había programado una tirada especial, ya os podéis imaginar. Pero eso no evitó que se empezara a buscar de manera inmediata a los culpables. El asunto se calificó como una negligencia muy grave y algunos directivos llegaron a hablar incluso de un intento de sabotaje. Allí estaban los cientos de metros de bobina de papel desperdiciados como prueba del delito.

- Y todo el mundo se acojonó y se puso histérico –Aventuró Hertog. Darder asintió con la cabeza y retomó el hilo de la historia.

- A partir de ahí, todo fue muy rápido. Primero, el cónclave de los directores y subdirectores. Por supuesto, ninguno de los integrantes de la cúpula del diario asumió cuota alguna de responsabilidad en aquel desastre. La mierda, como toda la materia, sigue la ley de la gravedad. Es decir, le cae a los que están abajo.

- Y cuanto más abajo estás, más cantidad y con más fuerza te cae -apostilló esta vez Baytar Dix.

Llegaron los interrogatorios a los responsables de las secciones y después, a los integrantes de Deportes. Después, algunos días de incertidumbre…

- Parte de los directivos querían despedirme de manera fulminante. Otros se apiadaron de mí y propusieron una suspensión de empleo y sueldo de un mes y arrinconarme pues mi culpabilidad no se podía demostrar bien a las claras. Al fin, un mal día dictaron sentencia: me destinaron a Última Hora. Malos horarios, alejado de los temas del día y, por supuesto, siempre controlado por el resto de los integrantes de la sección. “Otra falta grave y no tendrá ni que preguntar, Darder”, me advirtieron, convencidos de que acabaría pidiendo el finiquito y me largaría.

Darder confesó a sus colegas jaspianos que resistió resignado en su nuevo puesto, pegado el culo a la silla, pues cada principio de mes tenía innumerables facturas a las que hacer frente. A partir de entonces comenzó a sentir aquella sensación de caída en picado, que no se había quitado de encima en los dos últimos años y que se había llevado por delante todo lo bueno de su vida. Su mujer, junto a los tres niños, le abandonó harta de los malos horarios y de que hubiera cambiado su pasión por el deporte por una obsesión enfermiza por el Barça, los libros de ciencia ficción y el rock.

- Pensé: “Menos mal no me quedé sin trabajo”. Como siempre, buscando algo bueno entre un montón de estiércol. Así, hasta que tropecé con vosotros el pasado martes. Me habían ofrecido una nueva oportunidad en el periódico y pensaba que eso iba a cambiar mi vida. Soñaba con que me rehabilitaría como periodista y como persona, pero está visto que no puede ser –concluyó Darder.

Se produjo entonces un silencio incómodo. Baytar y Hertog se miraron un momento, sin saber qué decir. Después, volvieron sus miradas hacia el periodista terrícola, a fin de cuentas, un colega de profesión a quien alguna piltrafa humana había vendido como si se tratara de un perro abandonado, vaya usted a saber porqué, y le había dejado al borde del precipicio, solo con su desdicha, sus bocadillos de atún y sus cervezas.

Hertog fue el primero en reaccionar:

- ¿Y cómo no pusisteis una chata de veinte años en vez de una pedorra con las tetas caídas?

- ¡Hertog! –Le espetó Baytar. Darder, que tras acabar su narración buscaba una camisa limpia en el armario, no reaccionó.

- Sólo quería romper el mal rollo. Menudo… -rebuscó e su diccionario- ¡Menudo hijoputa el que te hizo eso! ¿Y aún está allí?

- Ya os dije que me imagino que el culpable de todo es Juarros. No ha habido demasiados cambios en la Redacción en los últimos dos años excepto su ascenso –rememoró Darder con una sonrisa irónica.

- Escúchame, Jaume –Reaccionó Baytar-. Tienes que luchar por superar toda esa mierda como nosotros estamos intentando quitarnos de encima la nuestra. Y te vamos a ayudar y tú nos ayudarás a salir de nuestro montón de mierda. Somos colegas, sabemos lo que es esta puta profesión, aquí y en cualquier punto del Universo. Vamos a salir de ésta. Todos.

- ¿Y cómo lo vamos a conseguir? –El rostro de Darder tenía una expresión de profundo cansancio.

Baytar hizo una pausa y después, tras dar una palmada, habló con el punto de autoridad del que se siente líder de un grupo.

- Éste es el plan para hoy. Darder y yo nos vamos al entrenamiento del Barça, grabamos un montón de imágenes y entrevistas y después nos dirigimos hasta la nave para que yo envíe la información y hable con el Jefe Drinag. Esto último será la peor parte del asunto.

- ¿Y Sonia y los niños? –Le recordó Darder.

- Eso será cosa de Hertog. Él tomará tu apariencia y se quedará aquí para entretener a tu mujer y a los críos.

- ¡Sí hombre! ¡Y cuando nos vean a los tres con el mismo careto les decimos que somos Las Trillizas de los dibujos animados y que nos hemos sometido a una operación de cambio de sexo! ¿Pero tú estás absolutamente chiflado, o qué te pasa? –Darder había recuperado el pulso, pensó Baytar satisfecho.

- No, hombre, no. Tú y yo nos iremos antes de que lleguen ellos. Yo ya buscaré otra apariencia. ¡Será por humanos, aquí! –Aclaró el periodista jaspiano.

- ¿Mi mujer y mis hijos en las garras de este mutante? ¡Collons! –exclamó Darder, mesándose los cabellos.

- ¿Qué es eso de ‘collons’? –preguntó Hertog.

- Pues como ‘cojones’, pero en catalán. ¡Vaya mierda de traductor que tenéis! ¿Os lo suministra el PP?

- No te preocupes, compañero, confía en mí –Le animó Hertog, divertido con la idea de que, por unas horas, iba a ser padre y marido-. Por cierto, os recuerdo que antes de nada, tendríais que deshaceros del tipo de ayer. Ya sabéis, el novio de Mara. Sigue en el maletero del coche y, por mis cálculos, debe de estar a punto de despertarse.

(Continuará…)

XXXIX

A esa misma hora, los intendentes Antoni Casal y Robert Sambenito mantenían una nueva reunión en las dependencias que la Guardia Urbana tenía en el distrito de Sants-Montjuïc.

Desde la noche del martes no se habían producido más incidentes, así que la primera conclusión a la que llegaron es que el dispositivo de seguridad empezaba a dar sus frutos. No estaban tan satisfechos con el ritmo de las investigaciones pues no se habían registrado progresos sustanciales. Las víctimas de los dos ataques no habían aportado nuevos datos o pistas respecto a sus primeros testimonios. En el caso de Reginàs y su amiguita, los superiores de Casal y Sambenito les habían dejado bastante claro que no podían seguir hurgando a no ser que el muchacho estuviera metido en algo realmente grave. Y esta vez, el único delito de Oriol Reginàs era conducir el coche de su padre sin carné; algo menor en comparación con el asunto que estaban manejando.

En cuanto al chico que había sufrido el segundo asalto y el jardinero municipal, no tenía más recuerdo de los incidentes que un ligero dolor de cabeza.

- Resumiendo, podríamos decir que tenemos dos noticias, una buena y otra mala. La buena es que nuestro malhechor no ha vuelto a actuar desde hace unas treinta y seis horas. La mala, malísima, es que sigue suelto y no sabemos por dónde empezar a buscarle –recapituló el intendente Casal dirigiéndose a su homólogo de la Guardia Urbana-.

- Bueno, hay una vía que todavía no hemos explotado a fondo, la de aquel periodista, Jaume Darder –recordó el intendente Sambenito.

- Ya te he dicho que no me parece una pista demasiado buena. Pero sí, es extraño que no haya cumplido con la rutina de hablar con nosotros y responder cuatro preguntas –admitió el Mosso d’Esquadra-. Uno de mis agentes ha hablado un par de veces con el director de su periódico, pero el tal Alfons Martorell le da largas. Que no nos preocupemos, que en cuanto hable con él le avisará para que se ponga en contacto con nosotros… Todo buenas palabras, pero a la hora de la verdad aún estamos esperando. Un informador nos ha revelado que Darder estuvo ayer en las oficinas del periódico y se reunió con Martorell. Por tanto, ya sabe que le buscamos pero pasa de nosotros como de una cagada de paloma. Para colmo, a última hora de la noche, telefoneé personalmente a Martorell para insistirle y me volvió a dar carrete. Está encubriendo a su perdiguero por algún motivo.

Sambenito reflexionó unos instantes sobre lo que le acababa de explicar.

- Vamos a ver, Antonio. Pensemos con la cabeza. Darder y Martorell, Martorell y Darder. ¿Qué son? Son periodistas, y sabemos cómo funcionan esos tiparracos. Ya has visto el informe preliminar. Ese Darder está limpio como una patena. No tiene antecedentes de ningún tipo y lo único que tiene pendiente es una tramitación de divorcio y varias multas por mal aparcamiento. No, no creo que estemos hablando del culpable de los hechos. El director y el periódico no encubrirían a conciencia a un presunto delincuente. Se juegan muchísimo como medio de comunicación –hizo una pausa y después prosiguió-. Sin embargo, el susodicho Darder, presente en la escena de los ataques del segundo día, no apareció por el periódico pese a haber cubierto personalmente el incidente. Ni siquiera se molestó en redactar la noticia. Al día siguiente, se entrevista con su superior pero no publica una línea de su puño y letra. ¿Por qué? –preguntó el Guardia Urbano de manera retórica.

- ¿Por qué? –Siguió con la dramatización el intendente de los Mossos d’Esquadra como si se tratara del doctor Watson.

- Pues porque esa comadreja descubrió algo que nosotros no sabemos. Seguro que está preparando algún reportaje que nos estallará en las narices cualquier día de estos. Nos van a dejar en ridículo, Antonio. En definitiva, creo que el tal Darder nos oculta información que no nos quiere suministrar, por lo menos, hasta que pueda publicar su artículo. Quieren que nos enteremos por los periódicos y para entonces, tú y yo estaremos con el culo al aire.

- ¡Joder! -Se limitó a añadir Antoni Casal abandonando cualquier atisbo de flema británica.

- Antonio, tienes que presionar al gilipollas de Martorell porque es nuestro enlace con el otro baranda. Vuelve a llamarle por teléfono y le aprietas las tuercas. Hemos de hablar con ese periodista y sacarle lo que sabe antes de que nos la clave por detrás.

- Roberto, tú sabes que no va a ser nada fácil. No tenemos pruebas de lo que te imaginas que está sucediendo. Eso sin tener en cuenta que hasta ahora no ha cometido delito alguno. Y siguen estando el Colegio y el Sindicato de Periodistas…

- No te preocupes –insistió Sambenito, muy seguro de si mismo-. Tú convócales a tu despacho y que se personen en él cuanto antes, o el periodista o su jefe, que las dependencias de la Policía siempre impresionan más que las de la Guardia Urbana…

- …Hombre –Concedió Casal intentando ocultar un punto de orgullo-, tú sabes que ya no es lo mismo que en los viejos tiempos. Aquellas comisarías viejas y grises de la Policía Nacional o los cuartelillos de la Guardia Civil sí que impresionaban, pero todos estos despachos tan nuevos y pulidos…

- Nada, historias. Lo que impresiona es la persona, no el lugar. Allí, entre los dos, ya sabremos cómo peinar a esos pollos. Y si realmente es un duro, siempre habrá algún cromo que intercambiar. –Sambenito dirigió un guiño cómplice a su colega.

(Continuará…)

XL

“Al final, el asunto de Rodolf Reginàs y el pijoteras de su hijo me va a costar la salud”, pensó Alfons Martorell mientras engullía el quinto comprimido de la jornada. Y eso que aún era primera hora de la tarde. Pero la conversación con aquel policía le había dejado mal cuerpo. Nunca hubiera creído que encubrir a Jaume Darder durante una semana iba a resultar tan complicado. ¿Qué coño sabía aquel zoquete para que se convirtiera en el centro de la investigación de los Mossos d’Esquadra? ¿Y a qué venía aquella milonga de pedir credenciales para el Camp Nou? ¿Le había tomado por un idiota? ¿De qué iba a existir un ligamen entre el Barça y todo aquel lío? ¿No sería Jaume el auténtico culpable de todo lo sucedido en Montjuïc y estaba utilizando al periódico para tener una coartada que le diera tiempo para escapar? “No, no, no”, se dijo a sí mismo. “El efecto de las pastillas ya no es el mismo que al principio. Tendré que subir la dosis”.

No. Jaume Darder no era un delincuente, un violador o cualquier barbaridad por el estilo. Sí, se trataba de un individuo que podría catalogarse como un tanto asocial, sobre todo desde que le habían cambiado de sección. Una reacción que se podía considerar, hasta cierto punto, natural. Pero Darder no se atrevería a agredir a nadie. “Un tipo que aguanta todas las putadas que le hemos hecho aquí sin rechistar es incapaz de aplastar una mosca”, murmuró para sí.

¿Y si las llamadas de la policía tenían su origen en de Rodolf Reginàs? A lo mejor el magnate había descubierto que andaban tras su pista… Tampoco parecía muy lógico. Darder, aun siendo un botarate, parecía estar actuando de una manera muy prudente. De hecho, estaba evitando a la policía y había pedido aplazar la publicación de sus informaciones hasta el lunes, quizás para proteger a algún informador.

Martorell decidió que lo mejor era adelantar su llamada a Camús, explicarle la situación y que fuera el máximo accionista del diario quien tomara las decisiones sobre lo que se tenía que hacer. “¿No quería estar al corriente de todas las novedades? ¿No decía que era un asunto tan importante para el futuro del diario?” –Martorell se daba ánimos mentalmente antes de descolgar el teléfono.

El director de ‘El Correo Diario’ marcó el número de Benedicte Camús. Tras un breve saludo, le puso rápidamente al corriente de las últimas incidencias y, sobre todo, del ultimátum de los Mossos d’Esquadra para que Darder acudiera a comisaría.

- Nos han amenazado con filtrar al resto de medios de comunicación que uno de nuestros periodistas podría estar relacionado con el caso. Incluso me llegó a asegurar que si Darder no accede a hablar con ellos, que ya les va bien citar en su despacho a un Director de periódico. ¿Se imagina qué palo sería éste para la imagen de ‘El Correo’? –le interrogó angustiado buscando su apoyo.

- Bueno, Alfons, no tiene porqué ponerse nervioso. ¿Qué quieren, hablar con su periodista? Pues les envía a su periodista y asunto arreglado.

- Ya, pero Darder me pidió expresamente que le mantuviera a la policía alejada, al menos hasta el lunes. Dice que es algo imprescindible para que pueda completar sus investigaciones

- Bueno, pues hable con Darder, explíquele la situación y dígale que no se preocupe por sus investigaciones, que le acompañarán un par de abogados del gabinete jurídico del periódico por si los Mossos d’Esquadra se ponen demasiado pesados. Hemos de ganar tiempo para cerrar este asunto de la mejor manera posible para nuestros intereses… Que son los del periódico, por supuesto. ¿Estamos de acuerdo, Martorell?

- Sí, por supuesto –El tono de voz del director de ‘El Correo Diario’ denotaba resignación-. Llamaré a Darder y le explicaré la situación. Espero que atienda a razones.

- Seguro que sí –Predijo Camús-. Y no olvide, Alfons, lo mucho que nos jugamos. El futuro del periódico está en sus manos, he depositado toda mi confianza en usted.

Tras despedirse del propietario del periódico, Martorell palpó la cajonera de su mesa con una mano hasta dar con el tirador del primer cajón y buscó el frasco de las pastillas mientras que con la otra presionaba el intercomunicador y le pedía a su secretaria otro café.

(Continuará…)

XLI

Los sentimientos que experimentó aquella tarde Jaume Darder en sus regreso a las instalaciones del FC Barcelona como periodistas fueron una mezcla de alegría y de fastidio; de satisfacción por la agradable sensación de revivir los buenos viejos tiempos; y de incomodidad por reencontrarse con gente a la que había perdido de vista dos años atrás y que no le habían telefoneado ni una sola vez para saber cómo se encontraba, si necesitaba ayuda, o simplemente para darle los buenos días. “¿Y si nos pide que le ayudemos a conseguir otro trabajo?”, pensó la mayoría. La del periodismo deportivo se había convertido en una profesión marcadamente competitiva en la que muchos, al vivir a la sombra de los famosos, habían adoptado sus peores tics y en la que imperaban las amistades políticas –por no catalogarlas de peligrosas-. Por tanto, cualquier traspié de cualquiera lo aprovechaba el resto para subir un escalón. Y la mayor parte de las veces, los que utilizaban la cabeza del caído para hacer pie firme no eran otros que las personas de confianza del descabezado.

Darder condujo su coche a través de las, como siempre, congestionadas calles de Barcelona hacia las instalaciones del Camp Nou. La temperatura era fresca, y muchos de los motoristas que de tanto en cuanto pasaban junto a su desvencijado Golf, a pesar de que aún era otoño, ya iban pertrechados con abrigos, guantes y gruesas botas.

En el asiento del copiloto, Baytar estaba ocupado en escribir datos en una grafía que él no podía descifrar, a buen seguro planificando la jornada de trabajo. El periodista de la MNN de Jaspion, dando otra muestra de su facilidad para mimetizarse, le había pedido que al salir de su domicilio le guiara hasta algún lugar en el que hubiera muchos turistas. Darder había dirigido el coche hasta los alrededores de la cercana Sagrada Familia, en donde varios autocares descargaban una nueva oleada de ordenados y disciplinados visitantes japoneses. Baytar actuó rápidamente y cuando regresó al coche de Darder, ya tenía el aspecto de un auténtico nipón.

Después, se habían vuelto a zambullir en las riadas de coches que atestaban las calles y tras casi media hora de acelerones y frenazos, ya se encontraban cerca de las instalaciones del Barça. Circularon durante unos minutos por el carril lateral de la Diagonal en dirección sur, y giraron a la izquierda para cruzar esta gran vía y descender a continuación por la avenida Joan XXIII dejando a la derecha los edificios de ladrillo rojo de la Facultad de Farmacia. El sol empezaba a ponerse y eso hacía que la silueta del Camp Nou, que en aquellos momentos se recortaba sobre el cielo al fondo de la rambla, pareciera más impresionante.

El vehículo siguió circulando por la vía que discurre entre la tapia del cementerio de Les Corts y las instalaciones del club. Al llegar a la siguiente curva, en vez de girar hacia la izquierda para atravesar la barrera de acceso al Camp Nou, Darder condujo el vehículos unos metros más adelante y torció a la derecha para ir a dar a un solar que separaba las instalaciones de la Universitat de Barcelona y el cementerio.

- Cuando yo era un crío, esta explanada la llamábamos ‘La Condomina’, pero no en honor del campo del Real Murcia, sino por la cantidad de condones que había siempre tirados por aquí. Y veo que sigue haciendo honor a su sobrenombre –Jaume miraba por la ventanilla lateral izquierda para confirmar su observación.

- ¿Condones? –Dudó el extraterrestre-. ¡Ah, ya entiendo! ¡Condomina! –añadió tras consultar su traductor, aunque seguía sin entender la gracia del chiste.

Ya cerca de la tapia del camposanto, en la parte más retirada respecto a la calle, Darder detuvo el vehículo, apagó el motor y tras comprobar que nadie merodeaba por la zona salieron rápidamente y se dirigieron a la parte trasera del viejo Golf. Tras abrir el portón, apareció el auténtico Ernesto, aún inconsciente. Le sacaron del vehículo y le enfundaron el disfraz de aficionado del Celtic de Glasgow que Hertog había dejado tirado en el fondo del maletero.

- Joder, cómo pesa este chimpancé –Resopló Darder mientras le enfundaba la camiseta del Celtic. Baytar se peleaba con el pantalón playero-. El cabrito de tu amigo podría haber vestido ayer a este verraco.

- ¡Eh, un momento! ¿Quién ha dicho que Hertog Bulq es mi amigo? Es un empleado de la cadena MNN, nuestro lugar común de trabajo. Punto y final. –Y tras mirar hacia todos lados otra vez, añadió-. Y tú podrías haber buscado un lugar más discreto para deshacernos de éste. Es casi imposible que no nos descubran.

- Éste es el sitio perfecto. Va vestido de turista escocés durmiendo la mona al lado de un campo de fútbol. Si se despierta solo, sabrá orientarse; si lo recoge la Guardia Urbana, para cuando pueda explicarse, ya no estaremos aquí.

La discusión no fue a más, pues el vigilante de seguridad mostró síntomas de que se estaba despertando. Volvieron a subirse rápidamente al coche y arrancaron. Al llegar de nuevo al límite de la avenida Joan XXIII, Darder puso el intermitente izquierdo y, tras comprobar que no venía otro vehículo en ninguno de los dos sentidos, giró hasta situarse frente a la barrera de entrada del Camp Nou y dobló a la derecha. A pesar del tiempo transcurrido, el guardia de seguridad le reconoció.

- Vaya, cuánto tiempo sin pasarte por aquí. ¿Es que te has hecho del Madrid? Ja, ja, ja.

- Sí, más o menos. Éste –aprovechó la buena sintonía, indicando al Baytar camuflado en su versión nipona- es un compañero de una televisión japonesa. Está acreditado estos días para el partido, ya sabes. ¿Necesitas que te enseñemos las credenciales?

- No, hombre, me fío, me fío. ¿Así que pluriempleo? Venga, pasa. Hoy entrenan dentro del estadio.

Darder condujo su vehículo a través de la explanada situada frente a la tribuna del Camp Nou y que estaba atestado de coches aparcados y de turistas que iban y venían. No pudo evitar que un cosquilleo de excitación le recorriera el espinazo.

- He de reconocer que el estadio no está nada mal –Concedió Baytar, observando todo con mucha atención y dándole un tono profesional a su valoración.

- Es el mejor estadio del mundo –Sentenció Darder, sin dejar lugar a más opiniones. Quiero decir, de este mundo –matizó después.

Tras unas breves maniobras, Darder estacionó el viejo Golf y tras recoger el material, se dirigieron a la puerta de acceso al campo de fútbol. Baytar iba cargado con una holocámara a la que Hertog le había añadido algunos componentes para que simulara el material audiovisual utilizado en la Tierra y así no despertar sospechas.

- Ondia, Darder, ¿cómo tú por aquí? –Fue lo primero que oyó el periodista al bajar los últimos peldaños de la escalera que conducía a la zona de vestuarios. Varias caras conocidas le miraban con una mezcla de asombro e incomodidad. Algo más retirados, un par de sus antiguos compañeros de la sección de Deportes de ‘El Correo Diario’, uno de ellos Freddy Juarros, cuchichearon entre sí. Era evidente que se preguntaban qué demonios hacía allí aquel impresentable. Otros perdigueros más jóvenes, casi recién llegados a la profesión, les observaron con una estudiada mezcla de simulada indiferencia y contenida curiosidad. Su mensaje era: “Sé quien eres aunque no lo parezca”.

- Ya veis –Darder estrechó las manos de algunos de los presentes-. Mi amigo es un reportero japonés que ha venido a cubrir la información del Barça-Madrid y como no conoce bien la ciudad yo le hago de guía.

- Hola, qué tal –Baytar empezó a repartir abrazos-. Impresionante el estadio. Y no digamos algunas de las mulatas que estaban en la verja de fuera…

- Collons, sí que hablas bien el castellano. Casi no tienes nada de acento –se sorprendió uno de los periodistas del corro. Juarros y su colega de ‘El Correo Diario’ seguían la escena algo escamados.

- Sí, bueno… Ya sabes cómo son estos japoneses. Les dio por el flamenco y ya lo bailan mejor que Antonio Canales. Éste la tomó con aprender castellano y cualquier día rescribe el Quijote. En fin, luego nos vemos.

- ¿Oye, qué te ha pasado en la cabeza? –Intervino al fin Freddy Juarros, señalando el ahora discreto apósito que Darder llevaba puesto y que Baytar había obviado la tarde que se hizo pasar por él en la Redacción.

- ¡Oh! Nada. Lo típico. El japonés quería conocer la Sagrada Familia, le acompañé y como esa obra no se acaba nunca, tropecé y me golpeé… –“Siempre recurro a la misma excusa”, pensó para sí Darder.

La cara de Juarros expresaba incredulidad. La explicación le había parecido una mala tomadura de pelo. Ya se acercaba al grupito con ganas de sonsacar a Darder cuando éste reaccionó, cogió por el brazo a Baytar y lo arrastró hacia la sala de prensa tras dedicar un rápido ‘hasta luego’ a los presentes.

- ¿Qué te pasa, tío? No me extraña que nadie quiera saber nada de ti. ¿Cómo decís eso? Sí, no me extraña que te tomen por un borde. –Se quejó Baytar mientras se desembarazaba de su compañero.

- Habíamos convenido que eras un japonés del Japón y por tanto no puedes hablar como un tío de Valladolid. Y resulta que, no sólo hablas hasta por los codos, sino que ya has preguntado por las putas y los travelos que están junto a la verja del estadio.

- ¿Travelos? ¿Qué es eso? –Baytar Dix no encontraba la respuesta en su traductor.

- Pues travestís, tíos vestidos de tías –aclaró su compinche.

- O sea, gente que se mimetiza, como hacemos nosotros para seguir el Protocolo.

- Más o menos se podría definir así, aunque su ‘Protocolo’ es muy distinto. Darder trató de reprimir una sonrisa sardónica.

- ¿Oye, entonces eso no eran hembras? –Darder no podía creerse que el jaspiano siguiera sin pillar el sarcasmo.

- Menos que más; había de todo. Tú, por si acaso, no te arrimes a las verjas y preocúpate de lo que realmente nos interesa. Ahora, cállate y limítate a hacer lo que yo te diga.

(Continuará…)

XLII

Hertog se había hecho rápidamente con el mando de la situación. Una tarde de fiesta, era una tarde de fiesta. En Jaspion, en la Tierra y en cualquier punto del Universo explorado. Y si los otros dos se iban a encargar del trabajo en el exterior, él estaba dispuesto a bordar su papel de padre… y de marido.

Tras asumir la apariencia física de Darder, se había apoltronado en el sillón del comedor, bien avituallado de cervezas, queso, latas de atún y pan y se había atiborrado mientras repasaba algunos de los vídeos de fútbol que había en las estanterías. Aquel tal Romário, bajito y regordete, era realmente un mago, sí señor. Impresionante el gol que le había endosado al Madrid. El defensa, Alkorta según explicaba el locutor de la grabación, debió de colgar las botas después de semejante humillación, reflexionó. Claro, que aún mejor Maradona. Igual de pequeño y panzón, con una pierna zurda que parecía un guante, pero también con una mano de oro.

Al cabo de un rato, se encerró en el baño y se acicaló con esmero. Una buena ducha y un buen afeitado. Tras olisquear los frascos que encontró en el baño, dio con uno que le gustó y se perfumó a conciencia. A continuación, una incursión hasta el armario de su anfitrión para buscar algo de ropa que fuera apropiada para la ocasión, aunque lo que encontró no le pareció nada del otro mundo.

En esas cuitas andaba cuando comenzó a zumbar el avisador del portero electrónico. “¡La mujer de Darder!”, se dijo. Corrió hasta la puerta de entrada y descolgó el auricular del interfono.

- ¿Sí? –Preguntó el jaspiano con voz melosa.

- Abre la puerta –Fue la seca respuesta de una voz de mujer, aparentemente malhumorada.

Unos minutos después, Hertog abrió la puerta y se encontró con una cuarentona (“de buen ver para ser terrícola”, pensó) rodeada por dos niños de unos trece y cinco años y una niña de una edad intermedia entre la de los dos críos. “Nueve”, diagnosticó el extraterrestre.

- ¡Hola, papá! Mamá dice que eres un cabrón por no haber venido a buscarnos -soltó el crío más pequeño. Entonces, el otro le dio un empujón y le ordenó: “Tú, calla”. El rostro de la mujer cambió por un instante el rictus serio por una sonrisa maliciosa, pero enseguida recuperó el gesto circunspecto.

- ¿Estás muy ocupado o podrás estar por tus hijos unas horas? –Sonia empujó hacia dentro a los pequeños sin llegar a superar ella el quicio de la puerta.

- ¡Oh! Claro, claro. Pero entra, por favor. ¿Cómo estás, Sonia? –Hertog intentó darle un beso en la mejilla. Ella evitó su rostro con un gesto rápido e hizo un mohín de rechazo.

- ¿Has estado bebiendo? -preguntó la mujer mientras le olisqueaba-. Sí que te has perfumado. ¿Vas a un bautizo?

Hertog pensó que aquella mujer no le estaba dando un segundo de tregua.

- No, no. Me he arreglado por si salíamos a dar una vueltecita. Bueno, con los niños. Ya sabes.

- Sí, ya sé –Replicó ella haciendo caso omiso a su propuesta-. En fin, pasaré a recoger a los niños sobre las diez…

- No, por favor, no te vayas, quédate –Hertog-Darder ensayó su mirada más tierna-. ¿Quieres tomar algo?

Sonia le dio un repaso visual de arriba abajo. Los niños ya habían entrado y correteaban por el piso.

- Oye, ¿Te encuentras bien? Si estás enfermo me llevo a los pequeños y ya los verás la próxima semana, no te preocupes.

- ¡Pero por supuesto que estoy bien! Ahora que vosotros estáis aquí, estoy muy bien. Pero quítate el abrigo. Y vosotros –Gritó girándose hacia el otro lado del pasillo en donde estaban las criaturas- ¿Qué queréis merendar? O, mejor aún, bajad a la tienda y compraos alguna chuchería. Lo que queráis; tomad el dinero.

- ¡Jaume! ¿Cómo van a bajar solos a la calle? –Sonia no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

- Si no pasa nada, mujer, ya conocen el perímetro, quiero decir la zona –Y añadió mientras ponía una mano sobre la cabeza del más mayor-: Además, éste ya es casi tan alto como yo, lo que tendría que estar haciendo es perseguir por ahí alguna chavala de su edad. ¡Anda, compraos un bocadillo de atún o lo que queráis y os dais una vuelta que ahora tengo que hablar con vuestra madre! En un rato volvéis que saldremos a pasear todos juntos.

Hertog ya estaba cerrando la puerta tras las espaldas de los tres niños. Después se giró hacia Sonia y mientras la miraba con voz melosa, le dijo:

- Hay que ver qué guapa estás hoy.

- Jaume, ¿seguro que te encuentras bien? –Insistió ella, cada vez más confundida. –El otro día, cuando te llamé por última vez, ya te noté muy raro. Que si cariño, que si estoy muy guapa… Hace mucho tiempo que no me hablabas así. Los cambios bruscos de carácter en una persona pueden ser un indicio de que se encuentra al borde de un estado depresivo…

- ¡Ah! ¿Sí? ¿Y estás preocupada por mí? Porque yo estoy muy preocupado por ti. Por ti y por nuestros hijos, claro.

Hertog-Darder acercó una mano al rostro de la mujer y le acarició la mejilla. Ella estaba tan sorprendida que antes de que pudiera reaccionar, su supuesto marido le plantó un beso en los labios.

- Bueno, Jaume, yo me tengo que ir –Sonia se había ruborizado-. Esto podría ser un error muy grave…

- Nuestro error es no estar juntos y luchar por recuperar lo que tuvimos hasta no hace mucho tiempo.

- ¿Tú crees? –Se limitó a contestar Sonia, quien ahora le miraba con ojos escrutadores. Hertog-Darder la volvió a besar.

Superado el shock, y tras el rechazo inicial, la mujer cerró los ojos y se dejó llevar cuando vio que el rostro de su supuesto marido se volvía a acercar al suyo. En la planta baja del edificio, los dos hijos mayores discutían sobre a qué tienda iban a ir a comprar la merienda.

(Continuará…)

XLIII

En la otra punta de la ciudad, lejos del domicilio de Jaume Darder, Baytar Dix estaba disfrutando de lo lindo con todo lo que estaba viendo aquella tarde. No hacía más que grabar y grabar imágenes de la sesión de entrenamiento, hablando en voz alta sin cesar. Estaba convencido de que tenía los mimbres para elaborar unas informaciones muy especiales, diferentes a todo lo que se había visto hasta entonces en Jaspion y en la Federación. Aquello iba a impactar en su planeta; iba a ser la bomba. Por fortuna para Darder, el jaspiano mascullaba en su propia lengua por lo que todos los que se encontraban próximos al extraterrestre pensaron que estaba lanzando vivas, mueras u otros juramentos en japonés.

Por el contrario, y dentro de las circunstancias, Darder intentaba pasar desapercibido, aunque sin dejar de vigilar en ningún momento al jaspiano de la MNN. Éste se sentía a sus anchas una vez transfigurado en un supuesto periodista nipón. De vez en cuando, el terrícola pedía a su camarada que se comportara con más discreción. Pero Baytar parecía enloquecido por la emoción y se limitaba a replicar: “¡Increíble, es lo mismo que allí! ¡Es lo mismo que allí!”. Algún camarógrafo de las cadenas de televisión locales se había acercado hasta él para interesarse por el moderno artilugio que portaba. Con no muy buenos modos y pocas palabras, Baytar se había limitado a explicar que se trataba de un producto aún en fase de desarrollo que le habían dejado probar por unos días y del que no podía dar más detalles. A esas alturas de la tarde, el resto de los periodistas habían tomado al forastero por un tipo aún más extraño que su guía y se habían centrado en su trabajo. Entonces, cuando ya había transcurrido prácticamente una hora de la sesión de entrenamiento, se produjo el altercado entre Martí y Schaaf.

La joven promesa azulgrana controló el balón cerca de la banda derecha del ataque de su equipo, su espacio natural, amagó un regate hacia dentro y se fue de su defensor por fuera, pegado a la línea de cal, corriendo a la velocidad del rayo. Cuando el juvenil se preparaba para armar el centro sobre el área rival, apareció de repente el alemán Schaaf, lanzado como una locomotora y con los dos pies por delante. El fornido defensa germano derribó al jovenzuelo quien emitió un grito de queja y cayó al suelo como si fuera un muñeco de goma.

Los fisioterapeutas y el médico del equipo reaccionaron rápidamente y acudieron hasta el lugar donde se había producido la dura entrada. Alrededor se formó rápidamente un corrillo de jugadores que se interesaban por el estado de su compañero. Desde el límite del campo de entrenamiento, las cámaras de televisión y de fotografía, los teléfonos móviles, los bolígrafos y las libretas echaban humo. Casi había más escándalo fuera que dentro del terreno de juego.

Mientras el juvenil, aún tirado sobre la hierba, se agarraba el tobillo izquierdo el entrenador hizo un aparte con Schaaf. Hablaron en alemán y pareció que Kranzbühler le llamaba la atención por haberle dado aquella salvaje patada al chaval. Al mismo tiempo, el futbolista gesticulaba, supuestamente, para apoyar los argumentos de su inocencia. El capitán Daniel Cáceres estaba un poco retirado del escenario principal y asentía a los comentarios que le hacía otro de los integrantes de la plantilla.

Tras una rápida inspección del doctor, se decidió trasladar a Martí hasta los vestuarios, ayudado por dos de los fisioterapeutas, para explorarle más a fondo la articulación. Pero los gestos de dolor del juvenil y la cara del médico lo decían todo.

- ¿Qué doctor, está jodido el asunto? –Los periodistas, ansiosos de novedades, preguntaban al médico mientras se llevaban a Martí del terreno de entrenamiento.

- Vamos a ver, vamos a ver –Se limitó a contestar el galeno, aunque al mismo tiempo movía de forma instintiva la cabeza en señal de asentimiento.

Darder corrió hasta Baytar, que seguía grabando mientras lanzaba a los cuatro vientos frases incomprensibles para el resto de los presentes. Al fin, el terrícola consiguió separar a su compañero de la nube de fotógrafos, operadores de cámara y redactores, pero no logró que se sosegara. Cuando el jaspiano recuperó el control y fue capaz de abandonar su idioma, se llevó al indignado terrícola hasta un lugar un poco más reservado y le reveló el motivo de tanta excitación.

- Lo tengo todo. ¡Todo! Ese gorila ha ido a propósito a por la pierna del crío –Baytar Dix gesticulaba y señalaba a unos y otros con un dedo acusador y después indicaba al visor de su holocámara.

- Venga hombre, pero qué estás diciendo. Eso pasará en tu pueblo, pero no aquí. Esto es el Barça chato, no el Riera Blanca.

- Que te digo que sí. Lo he grabado todo. ¡Ojalá hubiéramos tenido aquí al cretino de Hertog! Las imágenes aún serían mejores. Pero lo que te decía. Un minuto antes de la lesión, Cáceres y ese animal de pelo rubio se han cruzado en el campo –Volvió a señalar con el dedo a Schaaf y Darder le agarró el brazo para que lo bajara-. Nuestro amigo le ha dicho al otro, cito textual: “Joder con el niño de los cojones. El sábado voy a chupar banquillo por su culpa”. Y el otro le ha contestado: “Tranquilo, ya me encargo yo”. Y sin más, a la primera que le ha visto con el balón, le ha metido el hachazo.

Baytar puso en marcha la holocámara y dejó ver las imágenes al desconfiado terrícola.

- ¡Collons! ¡Sí que es verdad, sí! ¡Esto es una bomba! –Concedió finalmente Darder.

- ¡Sí, pero para la cadena MNN de Jaspion, machote! ¡Las exclusivas no se comparten ni con un padre! ¿Cómo te lo diría en tu idioma? ¡Eso es!: ¡Hermanos, pero no primos!

Freddy Juarros les observaba desde lejos. Su cara volvía a reflejar una profunda desconfianza. Tanta euforia por parte de Darder y su colega japonés no podía significar nada bueno para él.

(Continuará…)

XLIV

Walter Schaaf alcanzó a Daniel Cáceres en el aparcamiento subterráneo del Camp Nou, a punto de que el capitán entrara en su automóvil. Le gritó desde la puerta de entrada que comunicaba el recinto con el antepalco del estadio y tras pedirle que le esperara, se acercó hasta él casi a la carrera.

El rubicundo alemán aún tenía más pinta de estibador de los muelles de Hamburgo vestido de paisano y mientras le veía venir hacia él avanzando con un ligero trote cochinero, el futbolista catalán se consideró muy afortunado por no tener que enfrentarse a su amigo en un terreno de juego. “En un terreno de juego y en cualquier otro lugar”, se dijo. Schaaf lucía en su rostro una inmensa sonrisa que mostraba una dentadura tan blanca como las fichas de un domino.

- Bueno, ya está solucionado lo del sábado, ¿eh? Ahora sí que vas a jugar contra el Madrid. ¿Qué se quema? –Schaaf propinó a su compañero un puñetazo amistoso en el brazo, o al menos eso creía él que acababa de hacer.

- A ti se te para el tarro, ¿verdad? –Cáceres se frotaba la extremidad a la altura en donde había impactado el puño del otro. Moderó el tono de voz y prosiguió-: ¿Estás loco o qué? ¡Le podías haber roto la pierna! ¡Solo es un chaval!

El rostro de Schaaf se había encendido y ahora le miraba sorprendido, como si de repente se le hubiera olvidado todo el castellano que había aprendido y no entendiera una sola de las palabras que acababa de emitir Cáceres.

- Oye, un momento. Tú me dijiste que el niño te estaba jodiendo, ¿no? Que querías jugar contra el Madrid, ¿nein? Eres un amigo y por un amigo, lo que sea. Además, todo está controlado. Sólo tiene un esguince. Si hubiera querido romperle el tobillo, ya estaría en el quirófano. Porque tú no querías que le rompiera el tobillo, ¿verdad?

Cáceres guardó silencio durante un segundo que pareció un minuto. Después se llevó la mano derecha a la cara y se la restregó por todo el rostro, de arriba abajo.

- Walter. Te dije que Martí me estaba jodiendo. No que le jodieras una pierna. ¿Pero en qué piensas? ¿Los guiris pensáis, en Alemania?

El alemán estaba muy ofendido y al mismo tiempo preocupado porque, si ya era grave lo que había hecho, para colmo Cáceres se estaba sacudiendo las pulgas de encima.

- Nein, nein, nein –Schaaf percutió el dedo índice de la mano derecha sobre el pecho de Cáceres que tuvo dificultades para mantener el equilibrio sin dar un paso atrás-. Yo soy alemán, pero no tonto. Tú dijiste lo que dijiste. Yo te he ayudado. No me vengas con historias. Aquí somos tan culpables el uno como el otro. Como me dejes con el culo al aire, yo lo pío todo.

Algunos compañeros del equipo entraron en el aparcamiento y les saludaron desde lejos mientras se dirigían a sus coches, así que volvieron a bajar el tono de voz. Tras pensar unos instantes, Cáceres reaccionó.

- Bien. Vamos a ver. La situación es ésta. Tú te has cargado a Martí…

- Porque tú me lo pediste –Cortó su discurso de manera abrupta el alemán.

- ¿Qué yo….? Bueno, es igual. Tú lesionaste a Martí. Por suerte no es grave, y tampoco se puede hacer nada ya. Por lo tanto, esto no va a salir de aquí. ¿Entendido?

- Muy bien.

Cáceres se dio media vuelta y empezó a abrir la puerta de su coche. Entonces se dio cuenta de que el entrenador Kranzbühler estaba plantado en la puerta de acceso al aparcamiento, observándolos. “¿Cuánto tiempo llevará ahí?”, se preguntó. Le saludó con un gesto y se introdujo en el deportivo. Schaaf se dirigió hasta el sitio en donde había estacionado su coche. El capitán del Barça arrancó el motor y abandonó las instalaciones del Camp Nou sin pararse para atender a los caza autógrafos.

Mientras tanto, en otra parte de las entrañas del Camp Nou, Freddy Juarros hizo dos llamadas telefónicas. La primera a su director, Alfons Martorell, para ponerle al día de las novedades del entrenamiento del Barça. Sí, podían hacer la tapa de sección con la lesión de Martí y anunciar que Cáceres iba a ser titular contra el Real Madrid. Después del follón de aquellos días con el veterano capitán, la historia tenía su gancho. Por cierto, se había encontrado con una desagradable sorpresa. Jaume Darder había estado por el entrenamiento y luciendo unas credenciales del periódico. ¿Qué significaba eso? Juarros le recordó a Martorell que una de sus condiciones para hacerse cargo de la sección de Deportes había sido que aquel inútil quedara totalmente desligado de la misma. El director intentó calmarle.

- No te preocupes Freddy. Darder está preparando un reportaje para otra sección, nada que ver con Deportes. Su pase es provisional, para el partido del sábado. En realidad creo que el pobre diablo me lo ha pedido para poder asistir al Barça-Madrid por la jeta.

- ¿Y entonces por qué le acompañaba un chino con una cámara? -Insistió el perdiguero.

- Y yo que sé. Será la tapadera que se ha buscado para justificar los pases de prensa. Anda, ven pronto a la Redacción que esto es un periódico, no una revista –Martorell zanjó la discusión.

Las suspicacias de Juarros no quedaron totalmente mitigadas, sino todo lo contrario. El capullo de Darder había estado en el entrenamiento con un reportero de televisión. Allí había gato encerrado y él lo iba a sacar de la jaula.

Esta vez telefoneó a su viejo compañero del bachillerato, ahora en los Mossos d’Esquadra. El que precisamente le había llamado un día antes preguntándole por Darder. “Siempre va bien tener un amigo en la Policía”, pensó Juarros mientras marcaba su número. Tras un breve saludo, el redactor jefe de Deportes de ‘El Correo Diario’ explicó a su antiguo compañero de pupitre que había visto a aquel periodista al que intentaban localizar.

(Continuará…)

XLV

Una hora más tarde, después de escuchar y grabar las declaraciones de los jugadores y de los médicos del Barça en la rueda de prensa, Baytar y Darder se subieron al coche y se trasladaron hasta la montaña de Montjuïc. De camino a la avenida Diagonal, el jaspiano puso especial dedicación a la tarea de distinguir entre ‘los’ y ‘las’ profesionales de la calle que adornaban todo el paseo Joan XXIII casi hasta la esquina de la Diagonal en la que se erigía el hotel Princesa Sofía Intercontinental.

- Te voy a buscar un empleo como sexador de pollos –Le espetó el terrícola tras pedirle por enésima vez que se callara.

Después tomaron el carril lateral de la Diagonal que llevaba al centro de la ciudad y al llegar a la calle Numancia giraron a la derecha y bajaron hasta la plaza España por la calle Tarragona. Ya en el paseo María Cristina, iniciaron el ascenso a la montaña de Montjuïc.

Cuando dejaron atrás el Estadio Olímpico, el terrícola aparcó el viejo Golf a una distancia prudencial de la zona en donde se hallaba estacionada la nave de los jaspianos. Después cargaron el equipo a hombros y caminaron campo a través hasta llegar a la arboleda en donde tres días antes se había producido el imprevisto aterrizaje. La zona había recobrado su actividad normal, así que procuraron moverse con sigilo para no provocar una nueva estampida de las numerosas parejas que retozaban en el interior de los vehículos.

- Por lo que veo, tenéis un serio problema de carestía de vivienda –Bromeó en voz baja el jaspiano.

- Bueno, Barcelona es una ciudad con una alta densidad de población y el precio del metro cuadrado está carísimo –Siguió la guasa el terrícola.

Por fin pudieron llegar a las proximidades de la nave que conservaba su apariencia de inmenso camión de recogida de basuras. Darder pensó que si alguien se hubiera parado a observarlo con detenimiento se habría extrañado de su enorme tamaño. Tenía el volumen de un trailer de dos cuerpos.

Cuando llegaron a la altura del inmenso vehículo, el periodista de ‘El Correo Diario’ tuvo que reprimir una carcajada. Efectivamente, estaban en Barcelona. El camión no había pasado totalmente desapercibido para las autoridades. En el vidrio delantero encontraron un papel amarillo y otro blanco, sujetos por una de las escobillas del limpia parabrisas.

- ¿Qué significa esto? –Susurró Baytar al oído de su compinche para no llamar la atención.

- Esto, mi querido amigo del avanzado planeta Jaspion –aclaró Darder pomposamente tras repasar los documentos que le mostró-, es una putada. El papel blanco es una notificación del informe que la Guardia Urbana ha remitido al departamento de BCNeta! para que se retire el camión. El amarillo es una sanción municipal que os puede costar, como mínimo, noventa pavos. Es una multa, vamos. ¡Bienvenido a BCN, planeta Tierra!

- Pero si la nave tiene la apariencia de un vehículo oficial. ¿Cómo pueden ponerle una multa a un vehículo oficial?

- Pues estos son los buenos. ¡No quieras saber cómo iban las cosas en los tiempos del ‘tío Paco’!

Ya dentro de la nave, procedieron a elaborar las informaciones que tenían que transmitir para el informativo de la cadena MNN. Durante el montaje de las imágenes, Darder pudo confirmar que la escena de la lesión de Martí se había producido tal y como se la había contado Baytar, pero renunció a aprovecharlo para su periódico.

- Tendría que dar demasiadas explicaciones sobre cómo he conseguido la información. Además, que se joda Juarros -Fue su sentencia final.

- Así me gusta Jaume, con un par –Le animó Baytar-. Pero a mí esto me va a ir de gónadas. Por cierto, si no te importa, me quitaré un rato este disfraz. Hace muchas horas que no me puedo mirar a un espejo y sentirme bien.

Casi por vez primera desde que se había topado con los extraterrestres, Darder tuvo constancia de que las diferencias físicas con los jaspiano, y suponía que con los demás habitantes de esa Federación, eran muy pocas. Menos peludos que los humanos. Su piel, al menos en aquel caso, tenía un tono algo azulado. Sus rasgos faciales eran bastante similares a los de un terrícola. Sí que eran bastante altos, tanto Baytar como Hertog. En cuanto a sus ropas, siempre que les había visto con su apariencia original vestían un mono de vuelo y un cinturón con un montón de compartimentos en los que supuso que debían llevar el traductor y otros artilugios de su avanzada tecnología. “Tantos años imaginándonos cómo serían los extraterrestres y resulta que son prácticamente igual que nosotros”, se dijo a sí mismo. Siguió observando el trabajo de su colega.

Una vez que ordenó sus notas y grabó las voces en off que acompañaban las imágenes del entrenamiento, Baytar decidió que había llegado el momento de hablar con el Jefe. Esta vez no tuvo inconveniente en contactar directamente con Shira, la secretaria de Drinag, y pedirle que le pusiera con su superior. Estaba convencido de que había reconducido la situación.

La secretaria de la MNN, siempre con facturas pendientes para Baytar, le lanzó una puya.

- ¿Es algo urgente? El señor Drinag estaba hablando hace un momento con los enviados especiales a Tinoon. Ya sabes, los que os han tenido que sustituir.

- Tú dile que le llama su periodista favorito. Verás que rápido deja todo lo que tenga entre manos para atenderme.

“Tranquilo, esto es normal”, le dijo a Darder al mismo tiempo que le guiñaba un ojo. El terrícola no se había enterado de nada pues la conversación se había desarrollado en el idioma de los extraterrestres, pero le dijo que sí para que le dejara tranquilo.

Si el equipo de emergencia ya había llegado a Tinoon, ya debería de enviar informaciones y reportajes con regularidad. Por tanto, Drinag había conseguido parar el golpe ante sus superiores y seguro que estaría más dispuesto a escuchar lo que él tenía que contarle. Al fin, apareció la imagen de El Jefe en la pantalla del comunicador. Ciertamente, el Jefe estaba más calmado.

- Hombre, la estrella galáctica de la cadena MNN se ha decidido a interrumpir sus exóticas vacaciones pagadas para contactar con este humilde periodista. ¿Qué tal se vive en la Tierra? ¿Y qué tal se bebe? ¿Ya tenemos preparado un nuevo refrito informativo? Te informo de que ya no los necesito porque, después de llevarme una buena bronca del jefe de producción, conseguí que nos adjudicaran otra unidad móvil y he podido enviar a dos periodistas normales a Tinoon. Ya sabes, de esos que son capaces de llegar al planeta de destino y enviar una crónica en condiciones sin coger una cogorza y estrellar su nave.

- Un momento, un momento. Ya sé que tienes gente en Tinoon y me alegro. Nunca me ha gustado complicarte la vida y lamento mucho lo que ha ocurrido. Pero espera a saber qué es lo que te tengo preparado y verás que este viaje a la Tierra no va a ser en balde, al fin y al cabo –Baytar habló con convicción-. Al contrario. ¿Querías reportajes diferentes para la cobertura de Las Finales? Yo te voy a vender los mejores reportajes que nunca hayas soñado. Los más especiales. Los únicos realmente distintos en toda la Federación.

Baytar explicó a Drinag todo lo que había descubierto sobre el fútbol en la Tierra, su increíble similitud con el juego practicado en la Federación de Mundos Inteligentes y la enorme repercusión que tenía también este deporte en aquel mundo primitivo. Y como propina, dentro de toda la desgracia del error y el posterior accidente, habían tenido la suerte de estrellarse en medio de una ciudad que vivía con pasión aquel deporte.

- Tienen dos clubes de fútbol de primera línea y uno de ellos es de los mejores del planeta. Pero eso no es lo mejor de todo. Escucha esto: ese club, el FC Barcelona o Barça, se enfrenta al Real Madrid CF, su gran rival. Es lo que aquí llaman un clásico, al estilo del Patriotas-Bucaneros de Las Finales de la FMI. Y andan todos como locos con el partido. Pero además, nosotros tenemos el toque espectacular, diferente: es un mundo primitivo y con reacciones primitivas. Hoy, una de las estrellas del equipo ha lesionado a una joven promesa para que su amigo juegue. ¡Y lo tenemos todo grabado! Ahí tienes tu “historia diferente”, una trama increíble de celos entre estrellas del fútbol en vísperas de Las Finales de la FMI- se explayó el periodista de la MNN.

Mientras le escuchaba, el Jefe Drinag había visionado las imágenes que le había transmitido su subordinado y parecía más satisfecho.

- Bien. Y esto, ¿qué juego da? ¿Qué más puedo esperar de ti durante los próximos días hasta que arranquen Las Finales?

- La más completa información sobre el partido más exótico de todas las galaxias preinteligentes: el Barça-Real Madrid –anunció Baytar y después prosiguió-: fútbol de los Mundos Primitivos en vivo y en directo y con el colaborador más experto en este fútbol, el terrícola Jaume Darder.

- ¿Habéis contactado con un terrícola? –El Jefe se alarmó y puso una cara que reflejaba su repentina preocupación- Está comprobado que trabajar un borracho no da más que problemas. ¿Y el jodido Protocolo? ¿Has oído hablar de él, maldito beodo?

- Tranquilo, es alguien de confianza. Se trata de uno de los nuestros. Un periodista deportivo, ya sabes. Mañana te enviaremos la previa del partido. Y al día siguiente, prepárate: un reportaje documental sobre el Barça-Madrid… ¡Desde dentro! Un operador de holocámara y un redactor de la MNN se meterán en la piel de dos futbolistas terrícolas y le contarán a nuestros espectadores sus sensaciones para que comprueben que el fútbol es realmente un deporte universal, incluso en los Mundos Primitivos. Y además, aderezado con esta negra trama de la lesión…

- Joder, Baytar, ¿qué mierda me estás contando ahora? –Le cortó el Jefe-. ¿Cómo gónadas te vas a meter en un partido oficial y sin ser descubierto? Nos van a encerrar a todos por saltarnos las leyes de la Federación. Eso si a vosotros no os disecan antes en esa cloaca sideral.

- ¿Mierda? ¡Pero si es fantástico! ¡Los primitivos también juegan al fútbol, y no lo hacen nada mal! Algunas reglas son un poco diferentes, pero en esencia es el mismo juego que en nuestra Federación. Para infiltrarnos utilizaremos nuestros equipos de camuflaje y adaptaremos varias mini holocámaras para grabarlo todo. Después, de vuelta a la nave, durante el viaje de regreso, podemos editarlo y transmitir como si se tratara de un falso directo como uno de los programas previos al segundo partido de Las Finales. Por cierto, Jefe. ¿Qué hay de la nave de rescate con las piezas de repuesto?

- ¿Rescate? ¿Piezas? ¿Acaso crees que alguien quiere rescataros a ti y al cretino de tu compañero? Tú envíame mañana otro de esos maravillosos reportajes y ya hablaremos más delante de lo demás.

El Jefe cortó bruscamente la comunicación. Baytar tenía la frente perlada de sudor pero sonreía. Se volvió hacia Darder, que había seguido la escena sin entender una sola palabra, y le dijo:

- Venga, vamos a recoger el equipo que necesitamos para mañana y nos vamos a tu casa… ¿Cómo decís aquí…? -Consultó el traductor- ¡Eso es! Nos vamos para tu casa cagando leches. Aún tenemos muchas cosas que preparar esta noche.

(Continuará…)

XLVI

De regreso a casa, el estado de excitación de Baytar contrastaba con la preocupación de Darder. El terrícola estaba muy asustado ante el panorama que veía ante sí: nada menos que secuestrar a varios futbolistas de los dos clubes más importantes del país. Para colmo, había dejado a su familia a solas con uno de aquellos mutantes toda la tarde, y seguía sin aparecer por la Redacción de ‘El Correo Diario’. ¡Ah! Y no había que olvidar otro pequeño detalle: la policía. Después de quedarse sin familia y sin trabajo, iba a terminar, como poco, en la cárcel.

Baytar no estaba para quejas y no prestó atención a los lamentos de Darder. En la radio del coche oyeron la noticia que confirmaba la gravedad de la lesión del joven Martí. Estaba totalmente descartado que pudiera jugar el partido del sábado. En aquellas circunstancias, el veterano capitán Daniel Cáceres se perfilaba como titular, aventuraba el periodista radiofónico.

- No sabe nada, tu amigo –bromeó el jaspiano mientras apagaba la radio-. Incita a aquel animal a lesionar al chaval y él, con las manos limpias. Pero tranquilo, que… -Buscó en su traductor- … ¡Le vamos a peinar con la raya en medio!

Darder no estaba con humor para replicarle. Tras dar un montón de vueltas, al cabo de casi una hora consiguieron aparcar el viejo Golf. El terrícola hizo caminar con paso acelerado a su colega para llegar cuanto antes hasta su edificio. Después, subió por la escalera tomando los escalones de dos en dos y al llegar frente a la puerta del piso abrió con presteza. Una vez dentro, corrió hasta el comedor. Allí sólo encontró a Hertog, que seguía mimetizado como si fuera su fotocopia. Al cabo de unos segundos llegó Baytar, con la lengua fuera, despotricando contra el terrícola por no haber cogido el ascensor.

- ¿Vinieron Sonia y los niños? -Inquirió Darder con tono ansioso. Le fastidió ver al jaspiano convertido en su clon y, para colmo, vestido con algunas de sus prendas favoritas.

Hertog estaba sentado plácidamente en el sofá, mirando la televisión, y le contestó de manera distraída.

- Oh, sí, sí que vinieron, sí. Los cuatro. Todo ha ido perfecto. Los críos son una pasada. El mayor ya es todo un macho –Dudó un momento y corrigió-: Bueno, todo un hombre, quiero decir. Y tu mujer, estuvimos hablando un rato y me pareció muy agradable. Ya te digo, todo perfecto.

- ¿Perfecto? ¡Imposible! Sonia me odia. Es imposible que haya pasado del recibidor a no ser que la metieras a rastras. ¿Y de qué habéis estado hablando para que todo fuera ‘perfecto’? –Le interrogó Darder, suspicaz.

- Mira Jaume, yo creo que podéis tener una segunda oportunidad si lo intentáis. Ella te quiere todavía y… –Disertó Hertog en tono reflexivo.

- ¿Pero qué coño has estado haciendo con mi mujer? –El terrícola comenzó a oler a cuerno quemado y se lanzó hacia el camarógrafo mientras éste se encaramaba sobre el sofá en actitud defensiva-. ¡Me suda un huevo que seas mutante o marciano! ¡Yo te meto dos hostias como le hayas puesto la mano encima a Sonia, degenerado!

- ¡Tranquilo, gónadas, tranquilo, que no le he hecho nada! Si ella se pensaba que eras tú… Quiero decir que sólo te estoy hablando por lo que he podido intuir…

- Bueno, bueno… –Terció Baytar, quien se situó entre los dos para así frenar al alterado terrícola-. Ahora no tenemos tiempo para peleas. Jaume, tranquilízate. Si Hertog dice que no ha pasado nada y que tu familia está bien, es que está bien. Tendrás que fiarte de él -Añadió sin mucha convicción-. Además, si te quieres librar pronto de nosotros, sólo te queda una opción: ayudarnos. Sabes que si las cosas salen como esperamos, dentro de dos días nosotros estaremos de regreso a Jaspion, tú tendrás el reportaje que tanto ansías escribir y podrás dedicarte a recuperar a tu mujer…

- ¡Pero es que ese mutante hijoputa se la ha tirado! –El terrícola aulló con una mezcla de ira y tristeza.

- Dijiste que casi es tu ex mujer…–Se defendió Hertog. Y al ver que Darder se volvía a lanzar contra él, rectificó de inmediato-. ¡Además, ya te he dicho que no pasó nada serio!

Baytar frenó una vez más, a duras penas, al cornúpeta.

- Hertog, no sé exactamente qué es un hijoputa en este planeta, pero me lo imagino y estoy de acuerdo con Darder en que tú eres uno de ellos –Al mismo tiempo, lanzó una mirada de profundo disgusto hacia su paisano-. Pero insisto en que ahora no tenemos más remedio que dejar este asunto de lado y ponernos manos a la obra.

En aquel momento comenzó a sonar el teléfono móvil que Martorell había entregado a Baytar. Éste lo sacó del bolsillo y se lo entregó a Darder.

- Conéctalo de manera que todos podamos oír la conversación a través del altavoz y contesta.

Darder hizo lo que le había pedido Baytar. Al otro lado de la línea escuchó la voz Alfons Martorell que parecía muy alterado. Esto tampoco le sorprendió al terrícola. Martorell siempre estaba alterado. Tanto café y tantas pastillas acabarían poniéndole cualquier día en órbita para siempre. “A ver si llego para poder verlo”, pensó.

- ¿Jaume? Ya veo que si no te llamo yo, tú no tienes el detalle de acodarte de mí –Le recriminó-. ¿Qué has estado haciendo desde que hablamos por última vez?

El periodista terrícola le explicó a su director que había proseguido con sus indagaciones, intentando verificar las pistas que había acumulado en los primeros días y que el transcurso de sus pesquisas le había llevado esa tarde hasta el Camp Nou. Darder era consciente de que no tenía más remedio que contárselo, pues varios compañeros del periódico le habían visto y a buen seguro que el reptil de Freddy Juarros le habría dado el parte a Martorell.

- Respecto a nuestra última conversación, por el momento sólo puedo añadir que he avanzado mucho y que el lunes tendrá todos los datos sobre su mesa para que empecemos a publicar la serie. Creo que por lo menos vamos a tener para tres o cuatro entregas. Eso sin contar con las reacciones que se van a producir, claro, porque el asunto se las trae –Baytar, aún caracterizado de japonés y sentado frente a Darder, le guiñó un ojo y le hizo un gesto cómplice de aprobación, pero el terrícola no se lo devolvió. No estaba de humor para conspirar.

- Bien, todo esto está muy bien –Contestó Martorell-. Ya me ha dicho Juarros que estuviste por el campo del Barça con un amigo japonés. Y quiero que sepas que no hace falta que me cuentes más películas sobre ‘la conexión azulgrana’. A todo el mundo le gusta ver un Barça-Madrid y si no afecta a tu trabajo, lo que hagas en tu tiempo libre me la trae floja. Pero sí que hay una cosa que tienes que hacer si quieres que esto siga adelante.

- ¿Cuál es el problema? –En la voz de Jaume Darder había un punto de inquietud.

- Ya sabes que tengo a la Policía tocándome lo que no suena desde que empezó todo el embrollo. Me han llamado varias veces preguntando cómo pueden localizarte. Soy el único que tiene el número de este teléfono y no se lo he pasado por el momento –Le advirtió Martorell-, pero ya no puedo hacer más. No entienden porqué no puedes hablar con ellos y someterte a sus preguntas “rutinarias”, según su versión. Y lo peor de todo: ¡Me han amenazado con filtrar a otros medios que ‘El Correo Diario’ puede estar implicado en los sucesos de Montjuïc! Y eso no es nada. Dicen que si tú no vas, ¡Tendrán que convocarme a mí!

- Ya lo comprendo todo –Contestó secamente Darder.

- Mira, Jaume –Martorell prosiguió en un tono más conciliador-. Lo he hablado todo con el señor Camús, que sabes que nos está arropando en todo este tema, y me ha dicho que no tienes que preocuparte. Que vayas a ver a ese intendente Antoni Casal, de los Mossos d’Esquadra, que le des largas y así podrás pasar el trámite para llegar al lunes. Además, pondremos a tu disposición a un abogado del periódico para que te acompañe por si se ponen muy pesados.

Se produjo un silencio de un par de segundos. Darder miró a Baytar que parecía estar analizando la situación a toda prisa para encontrar una respuesta. Por fin, el jaspiano activó un botón del cinturón que llevaba puesto, alargó la mano y cogió el teléfono móvil. Su voz sonó como la de Darder.

- De acuerdo. Puede decirle a su policía que mañana estaré en su oficina… Pongamos a las nueve de la mañana. Pero iré acompañado de dos abogados de mi confianza ¿entendido? Mañana por la tarde le telefonearé para informarle de cómo ha ido la entrevista ¿De acuerdo?

Jaume Darder no se podía creer lo que le había oído decir a su sosia, pero a Alfons Martorell la respuesta le había sonado a música celestial. Aquello significaba para el director que se quitaba de encima a los policías y sus sospechas. El paquete volvía a estar en las manos de su propietario. Y menudo paquete.

- Llamaré ahora mismo a ese intendente y le avisaré de que estarás en la Comisaría de la calle Pontils mañana a primera hora –anunció muy satisfecho el director de ‘El Correo Diario’-. ¡Ah! Y también telefonearé al señor Camús para explicarle que todo está solucionado. Quiero que sepas que estás haciendo un magnífico trabajo, Jaume. Confiamos plenamente en ti. Espero tu llamada. ¡Ah! y ‘Visca el Barça!’ –Se despidió antes de colgar.

Tras unos instantes, Darder consiguió reaccionar y se encaró con Baytar. Estaba indignado porque le habían vuelto a suplantar ante sus mismas narices y sin su consentimiento para tomar decisiones de enorme trascendencia. Aquél borracho mutante le acababa de decir a Martorell que él, Jaume Darder, acudiría a la comisaría ¡y con dos abogados, nada menos! El terrícola tenía el rostro congestionado a causa de su enésimo ataque de ira en los últimos días.

- Esto es una auténtica pesadilla. Por lo menos, cuando E.T. cogía el teléfono, sólo decía “Mi caaassa”. ¿De dónde coño voy a sacar yo dos abogados a estas horas?

- De ninguna parte. Iremos los tres a esa comisaría –Hertog, tras la trifulca, seguía muy callado y a la expectativa, sin ánimos para replicar a ninguno de los otros dos-. Él y yo nos haremos pasar por tus abogados.

- ¡Oh, bien! Ya estoy más tranquilo –Teatralizó Darder con tono irónico- Voy a estar muy bien protegido por un lunático borracho y un degenerado traidor que, no sólo desconocen las leyes que rigen en Barcelona. ¡Ni tan siquiera son abogados! Iría menos vendido con dos estira levitas del turno de oficio.

- No te preocupes, hombre, si es una entrevista rutinaria –Baytar utilizó una vez más su tono conciliador y optimista-. Además, Hertog cursó hasta segundo curso de Derecho en Jaspion, ahí donde le ves.

- Llegué a tercero, y fue en la Facultad de Bellas Artes –Le corrigió el camarógrafo, que no quería provocar nuevos equívocos.

- ¡Mejor aún! Darder estará en manos de todo un diplomado. No te van a someter a un interrogatorio con tortura; simplemente hemos de contestar cuatro preguntas y quitarnos de encima a esos tipos por unos días.

- Claro, hombre –Se enfadó el terrícola-. ¡Todo es muy fácil! Primero, os tiráis a mi mujer. Luego, engañamos a la Policía; después, secuestramos a dos futbolistas, montamos un pollo en el Camp Nou, porque ya me lo veo venir, y entonces os largáis tan campantes a vuestro planeta en vuestra chatarra volante. ¿Y quién es el primo que se queda aquí tirado, para que le ensarten como a un pollo asado? ¡Pues el gilipollas de Darder! ¡Muchas gracias!

- ¿Pero quién nos va a coger? Te olvidas de que, como periodistas acreditados, tenemos acceso libre al estadio. Y nosotros, recuerda, nos podemos transformar en cualquier humano. Sólo tenemos que sacar de la circulación a un par de futbolistas durante unas horas. Nosotros les sustituimos, grabamos el programa, después los soltamos y nos vamos.

- Así de fácil –dijo Darder.

- Así de fácil –Repitió Baytar-. Mañana vamos a primera hora a hablar con la Policía y le contamos un cuento. El que quieras. Después no vamos al Camp Nou para ver el último entrenamiento, a grabar las ruedas de prensa y a trincar a Cáceres. Le revelaremos que compartimos con él su pequeño secreto y así le iremos preparando para que todo resulte más fácil el sábado. En cuanto a los del Real Madrid… Sabiendo quienes son sus estrellas y dónde se hospedan, ya encontraré la fórmula para llegar hasta el que nos interese.

Darder suspiró, miró con cara de malas pulgas a Hertog y, tras un breve silencio, se volvió nuevamente hacia Baytar:

- Quizás haya una manera de poder acercarnos a los jugadores del Madrid. Juarros es muy amigo de una de sus figuras, un italiano que han fichado esta temporada. Seguro que irá a visitarle al hotel para hacerle un poco la pelota. Es lo que lleva haciendo temporada tras temporada desde que le conozco.

- ¿Pero Juarros es del Real Madrid siendo de Barcelona? –Se atrevió a inquirir Hertog con incredulidad.

- Juarros es únicamente de Juarros, lo cual quiere decir que siempre se coloca bajo el sol que más calienta. Por eso ahora se las da de barcelonista. Pero si Juarros fue alguna vez de algún equipo, ese equipo fue y es el Real Madrid.

- ¡Qué fuerte, colega! ¡Vaya tipo, ese Juarros! –Aseveró Hertog en tono conciliador.

- ¡Tú, cállate! –Le obligó Baytar, y después se giró hacia Darder- Bien. Nuestro plan empieza a cuadrar.

(Continuará…)

VIERNES

XLVII

El intendente Antoni Casal confiaba en que, de una vez por todas, podrían sonsacarle a Jaume Darder toda la información que les estaba ocultando desde el martes. A diferencia de su colega de la Guardia Urbana, Robert Sambenito, Casal mantenía serias dudas respecto al periodista. Se habían producido demasiadas coincidencias en torno a aquel sujeto como para que no estuviera implicado, más allá de su simple labor periodística, en los acontecimientos de Montjuïc.

El desarrollo de los acontecimientos no respondía al patrón habitual de los casos de acosadores o violadores que Casal había conocido a lo largo de su trayectoria profesional. Por supuesto, se negaba a creer en historias de marcianos u otras patochadas similares. Pero tampoco era bueno minimizar la dimensión de aquel embrollo. Desde este punto de vista, tenía que admitir que el olfato de Sambenito les estaba guiando por el camino correcto. Algo ocultaban aquellas ratas de ‘El Correo Diario’ para poner tantas trabas a lo que, en un principio, era un encuentro rutinario con la policía.

El desasosiego del intendente de los Mossos d’Esquadra se había aplacado tras su llamada telefónica al director de ‘El Correo Diario’, a última hora de la noche anterior. Casal le arrancó el compromiso de que conminaría a Darder a presentarse en la comisaría. Ahora, tras recibir de buena mañana un último informe sobre el caso, todavía le parecía más urgente interrogar al perdiguero de Martorell.

En el nuevo parte le informaban de la aparición de dos nuevas víctimas con idénticos síntomas que las que habían sido encontradas en la montaña de Montjuïc: un desvanecimiento repentino antes de que pudieran ver al agresor, ningún signo evidente de violencia y total incapacidad para recordar el mínimo detalle que pudiera servir como pista. Se trataba de un turista japonés, que había aparecido en los alrededores de la Sagrada Familia, y de un barcelonés hallado en las inmediaciones del estadio del FC Barcelona.

El intendente de los Mossos d’Esquadra telefoneó a su homólogo Robert Sambenito para ponerle al corriente.

- …Tenemos un testimonio que puede valer su peso en oro: la novia de Ernesto Moñino, el individuo que encontraron junto al cementerio de Les Corts. La chica asegura que pasó la noche con él en casa de un amigo, pero él no recuerda nada de todo eso… –informó Casal a Sambenito-.

- …Vaya, el viejo truco del “si te he visto no me acuerdo” –ironizó Robert Sambenito.

- …Sí, pero con un pequeño gran detalle: la chica explicó que el propietario del piso en el que pasaron la noche es Jaume Darder. Por lo visto, nuestro amigo fue a tomar unas copas al bar en donde trabajan ambos, un garito en la zona de la plaza Lesseps conocido como Humedad Relativa; Moñino es el portero encargado de la seguridad del local y ella, una de las camareras.

- Qué historia más tierna –Sambenito seguía con sus chanzas, pero Casal hizo caso omiso a las ironías de su viejo amigo.

- Darder llegó acompañado al Humedad Relativa por su hermano gemelo y por otro tipo que, por su aspecto, parecía uno de esos británicos que vienen para los partidos de fútbol.

- ¿Un hooligan? Vaya, vaya. ¿Causaron destrozos en el local? –El guardia urbano vio un filón que explotar contra Darder.

- No. El británico sólo se tomó un golpe y se largó- Sambenito puso cara de incredulidad-. Pero agárrate: A los gemelos se sumó después nada menos que el capitán del Barça, Dani Cáceres. Eso, según el testimonio de la mujer, porque Moñino dice no acordarse de nada. El caso es que cuando cerraron el local, a eso de las tres de la madrugada, bajaron la persiana y estuvieron dentro bebiendo y escuchando música hasta las seis de la mañana. Después, se fueron a casa de Darder.

- ¿Todos? –Inquirió Sambenito.

- No. El futbolista se marchó solo. Les dijo que se tenía que ir a casa porque al día siguiente tenía entrenamiento…

- ¡Valiente deportista!

- … A la mañana siguiente, o mejor dicho al cabo de unas horas, la chica se peleó con Moñino y se fue sola para su casa. Ya por la tarde, Moñino apareció junto a la tapia del cementerio de Les Corts vestido con la ropa del hooligan y, como te dije, no recuerda nada. Ni de los tres tipos ni de la juerga con la chica. Nada.

- Me estás hablado de tres tipos y además el guardia de seguridad y el futbolista. Eso hacen cinco, pero de buena mañana faltaba uno…

- Esto es lo mejor: la chica ha explicado que el hooligan salió del local con Ernesto Moñino al poco de llegar y, como te dije antes, ya no regresó. El segurata afirma que no sabe qué pasó con aquel tipo. Pero al día siguiente apareció junto al cementerio con la ropa que llevaba el hooligan la noche anterior. Y del guiri, ni rastro.

- Vaya, vaya –masculló Sambenito al otro lado de la línea telefónica mientras tomaba algunas notas-. Me parece que Darder nos va a tener que explicar muchas cosas, y no sólo sobre lo que pasó en Montjuïc.

- ¿Verdad? Yo tengo esa misma sospecha casi desde hace tiempo –Le apoyó Casal- Y después está lo del turista japonés, ya has visto.

- Ya, ya, y en otro punto turístico de Barcelona… No entiendo qué está pasando –confesó Sambenito-, pero es evidente que este merdé es mucho más serio que el simple caso de un asaltador de parejas. ¿A qué hora has dicho que estará ese tipejo en tu despacho?

- A las nueve, en una media hora –Precisó el Mosso d’esquadra-. Ah, y no te pierdas esto: al parecer vendrá acompañado por un abogado.

- Lagarto, lagarto. Abogados y periodistas, menuda combinación. Bien, voy para allá. Nos vemos en unos veinte minutos y acabamos de armar la estrategia para exprimir bien a este pollo.

Mientras los agentes del orden intercambiaban información y elaboraban su estrategia, Jaume Darder y sus colegas jaspianos ya circulaban por las atascadas calles de Barcelona. Ellos también ultimaban su plan para afrontar la entrevista con los policías. Pero antes tuvieron que llevar a cabo la preceptiva parada para encontrar dos nuevas víctimas que cedieran su apariencia a los extraterrestres una apariencia apropiada.

Esta vez, Darder decidió que un buen sitio para llevar a cabo la captación de voluntarios sería, por su céntrica ubicación, uno de los aparcamientos subterráneos situados bajo el paseo de Gràcia. El redactor de ‘El Correo Diario’ seleccionó el que estaba más próximo al edificio de la Bolsa de Barcelona.

- Si pretendéis pasar por dos abogados de un bufete de categoría deberéis de tener un aspecto más o menos decente. Buscaremos a dos tipos con trajes caros y elegantes y unos portafolios de piel, al menos -reflexionó el terrícola.

Condujo su vehículo la tercera planta del recinto subterráneo. Una vez allí, esperaron dentro del viejo Golf hasta que vieron entrar un Mercedes clase E de color oscuro.

- Esos dos con pinta de ejecutivos agresivos nos pueden servir -avisó Darder.

El Mercedes avanzó unos metros más y, al localizar una plaza libre, el que iba al volante inició las maniobras para estacionar el vehículo. Los dos hombres abandonaron su coche y pasaron frente al de Darder charlando sobre sus cosas, totalmente ajenos a lo que estaba a punto de sucederles y sin percatarse de que tres individuos les observaban desde el interior de aquella antigualla.

Cuando habían rebasado el vetusto Golf, los jaspianos salieron del mismo a toda prisa y se situaron detrás de ellos. Antes de que los ejecutivos pudieran percatarse de lo que les estaba sucediendo, los alienígenas les pusieron una mano en la nuca y cayeron al suelo desvanecidos. Entonces Baytar y Hertog buscaron en sus bolsillos las llaves del coche, los arrastraron hasta su interior y, tras quitarles la ropa, los dejaron tumbados en el asiento trasero. Después regresaron junto a su camarada. Baytar y Hertog iban discutiendo.

- ¿Qué os pasa ahora? –Se enfadó el terrícola.

- Este cabestro, que quería que nos lleváramos el otro coche.

- Hombre, es mucho más nuevo y amplio y pienso que pega más con nuestro nuevo aspecto –argumentó Hertog para justificarse.

- Vaya, resulta que al señor le parecen poca cosa mi coche y la ropa que le dejo. ¡En cambio mi mujer no te pareció poca cosa! ¿Verdad? ¿O tampoco fue bastante para ti?

- Bueno no empieces ahora tú –Intentó poner paz Baytar, y después se volvió nuevamente hacia Hertog-. No tiene sentido robar un coche si ya tenemos el nuestro, y menos llevando a esos dos en el maletero. Sería meternos en la boca del lobo. Lo que tenemos que hacer ahora es tranquilizarnos, pensar muy bien qué es lo que vamos a decir allí y librarnos cuanto antes de los polizontes para poder trabajar tranquilos.

- Sí hombre, sí –Interrumpió el terrícola-. Muy tranquilos. Vosotros vais dejando gente inconsciente tirada por toda Barcelona y suplantándolos para tiraros a sus novias y a sus mujeres, pero no pasa nada. Ya se quedará aquí el gilipuertas de Darder para cumplir la condena. Me meterán tantos años de cárcel que si estoy a punto de morir me pondrán respiración asistida para mantenerme en coma y que los pueda cumplir todos. Los vuestros y los míos.

- No dramatices, Jaume. Como decís aquí, “lo tengo todo controlado”. Venga, saca esta lata con ruedas del aparcamiento mientras nosotros averiguamos quienes son estos dos lechuguinos a los que estamos suplantando.

- ¡Anda, pero si el mío es un abogado de los de verdad! –exclamó Hertog mientras revisaba la cartera de su víctima.

(Continuará…)

XLVIII

Cáceres se despertó con no muy buen cuerpo. La lesión de Martí y la conversación posterior con Schaaf no le habían dejado dormir demasiado bien. De acuerdo, él quería jugar el partido contra el Real Madrid, pero no a cualquier precio. No al precio de que le rompieran un tobillo a un pobre chaval. ¿O sí?

Tenía que ser sincero consigo mismo. En realidad, a Cáceres no le importaba que Martí estuviera lesionado. Sobre todo si al final era poca cosa, como habían diagnosticado los médicos. Lo que no le hacía ninguna gracia era estar implicado en un asunto turbio. Para ser más exactos, no le gustaba que alguien pudiera pensar que él estaba implicado en el caso. Porque tenía la conciencia tranquila. Sí que se había quejado a Schaaf poco antes de que el alemán reventara a Martí; pero no con la intención de que le endiñara una coz semejante. ¿O sí?

Tal y como se habían producido los acontecimientos, ahora eso era lo de menos. Lo de más era que todo se quedara entre Schaaf y él. Había cometido un montón de estupideces durante los dos últimos días, pero ninguna de ellas llegaba a la categoría de irreparable. Si el cabrón de Kranzbühler le incluía en el equipo titular y le salía un buen partido contra el Real Madrid, habría solucionado muchos de los problemas que le agobiaban. A lo mejor, incluso la renovación de su contrato.

Si estos problemas eran motivos suficientes como para no dormir, para colmo de males estaba Mónica que la noche anterior le había vuelto a pedir explicaciones. Él le había dado largas y su novia había cogido un nuevo berrinche. Normal, concedió Cáceres, aunque eso no le daba derecho a lanzarle otra vez a la filipina. Desde ese altercado ella sólo se había comunicado con él lo imprescindible y siempre a través de aquella bruja amarilla.

Tenía que acudir al entrenamiento matinal, así que Dani Cáceres se dio una ducha, se acicaló y fue hasta la cocina. Allí se encontraban Mónica, sentada a la mesa desayunando, y su secuaz, trajinando con los cacharros culinarios.

- Buenos días –Cáceres le dio un beso en los labios a Mónica. Ésta, impasible, siguió comiendo y se dirigió a la criada filipina.

- Rosie, dile al señor si le tenemos que preparar la bolsa para la concentración de esta tarde o si esta semana le tocará ver el partido por televisión.

La criada filipina se acercó a Cáceres y con toda la brusquedad que le fue posible le puso delante un plato con tostadas. Cuando iba a empezar con su: “Señora dise si señor…”, el futbolista le hizo una advertencia para que se mantuviera en silencio.

- Ya sabes que sí que necesito la bolsa para la concentración. Siempre voy convocado a todos los partidos y, además, suelo jugarlos casi todos. Y mañana voy a ser titular, ya lo verás.

- Dile al señor –Mónica volvió a utilizar la misma fórmula- que con amigos como Schaaf, que se cargan a sus competidores, ya podrá.

El comentario le sentó a Cáceres como un tiro en su maltrecha rodilla. Golpeó la mesa con el vaso que tenía en las manos y el zumo de naranja se derramó por todas partes. Esta vez, la filipina no se vio con ánimos para empezar su cantinela y se limitó a buscar un trapo con el que limpiar el líquido que manchaba la mesa y el suelo-. ¿Qué coño quieres decir con eso?

Mónica, sólo quería picarle en el orgullo, pero no se podía imaginar el alcance que tendrían sus palabras, estaba sorprendida con la reacción de su novio. Tras unos instantes, las lágrimas asomaron a sus ojos.

- Dani, eres un auténtico cerdo. Eres un paranoico –Después salió de la cocina. La filipina, que tenía en la mano una sartén que acababa de retirar del fuego, miraba a Cáceres con cara de malas pulgas. Su expresión era feroz.

- ¿Y a ti qué te pasa, eh? –El futbolista se encaró con la criada y ésta se volvió a girar para seguir con sus cosas.

Cáceres corrió tras la chica para pedirle excusas, pero se había atrincherado en el baño y se negó a abrir, así que al final desistió en su empeño y le dijo a través de la puerta:

- Después del entrenamiento vendré a comer y a recoger la bolsa. Te quiero y lo siento mucho, tú lo sabes. Adiós.

Bajó hasta el porche de la casa y se subió en el deportivo que había dejado estacionado allí la noche anterior. El Jaguar arrancó con su estruendo habitual y Cáceres se dirigió hasta las instalaciones del Barça.

Una vez en la zona de vestuarios, entró en la sala de fisioterapia para interesarse por el estado de Martí que se encontraba estirado en una camilla sometiéndose al tratamiento de recuperación de su maltrecho tobillo.

- Tranquilo, chaval, que en dos semanas estarás de puta madre y me mandarás otra vez al banquillo, -El capitán quería animarle.

La sonrisa de Martí era triste. Se quedaba fuera de su primer Barça-Real Madrid y eso significaba mucho para él, le explicó el juvenil. “Como para cualquiera”, se dijo Cáceres mientras se dirigía hacia su taquilla. “Ya tendrás muchas oportunidades. Para mí, a lo mejor es la última”.

Al llegar a la sala de las taquillas saludó a Schaaf, quien le devolvió el protocolario buenos días, aunque la cara del teutón revelaba que tampoco eran buenos para él. Como cada mañana después de tantos años, Cáceres empezó a cambiarse de ropa para el entrenamiento, escuchando los comentarios de los compañeros. Las conversaciones giraban en torno a las novedades del Real Madrid. Que si tenían a tal o a cual jugador algo lesionado. Que si jugaría fulano o mengano… No entró en ninguna de ellas. No estaba para polémicas ni para bromas.

Entonces apareció la cabeza del entrenador por una de las puertas de.

- Cáceres, cuando esté cambiado quiero que se acerque hasta mi despacho antes de empezar el entrenamiento.

Se produjo un breve silencio en la sala y al cabo de un momento los futbolistas siguieron con sus charlas. Schaaf se acercó hasta el delantero catalán. Cáceres se limitó a hacerle un gesto que indicaba “tranquilo” y se dirigió hacia el despacho de Otto Kranzbühler.

Cáceres golpeó un par de veces la puerta y entró sin esperar a que el entrenador le diera autorización para hacerlo. Kranzbühler tampoco le invitó a sentarse en una de las tres sillas que estaban libres y el capitán del Barça permaneció en pie, con los brazos en jarras y el peso del cuerpo descargado sobre la rodilla sana.

Kranzbühler estaba girado hacia el gran televisor que tenía instalado en uno de los laterales del despacho. En aquel momento se veían en la pantalla del aparato imágenes de un partido reciente del Real Madrid. Sobre su regazo, el técnico mantenía una gran libreta en la que había tomado diferentes notas. Al cabo de un minuto, apagó el vídeo y se giró hacia el futbolista.

- Estaba repasando algunas jugadas del Real Madrid para comentarlas en la charla de mañana. He tenido que cambiar un poco mis planes. Por la lesión de Martí, ya se imagina.

- Lo siento mucho –Cáceres empleó un tono neutro-. Espero que esto no nos afecte demasiado y podamos hacer un buen partido. Ya sabe que para los barcelonistas como yo es muy importante ganar el clásico contra el Madrid.

- ¿Cómo tiene su rodilla?

- Bien, bien, hace días que no tengo molestias.

- Ya -Otto Kranzbühler parecía muy disgustado, pero contenía su ira.

- Martí iba a ser titular. Era su primer clásico. Pero ahora tiene para un par de semanas de baja, así que no podrá entrar en el equipo, como yo tenía planeado -argumentó el entrenador-. He estado buscando alternativas, pero desgraciadamente en la plantilla no tengo más recambio que usted.

- Una verdadera desgracia, supongo –Cáceres no se inmutó.

- Usted lo ha dicho. Si por mi fuera, usted y Schaaf no volverían a jugar un solo minuto en lo que queda de esta temporada. No tengo forma de demostrarlo, pero estoy seguro de que ustedes se cargaron al chaval a propósito.

Kranzbühler se quedó mirando fijamente a Cáceres esperando cómo reaccionaba el futbolista ante una acusación tan grave de falta de ética profesional. Pero Dani no demostró sorpresa ni disgusto. No movió un músculo de su rostro hasta que empezó a aseverar, con un tono que denotaba que se trataba de una advertencia:

- Eso que ha soltado usted es muy fuerte. Si no lo puede demostrar podría considerarse un intento de desacreditar al capitán del Barça y a una de las estrellas del equipo. ¿Tal vez por algún tema personal? ¿Tiene algo contra mí, señor Kranzbühler?

El entrenador sonrió y tras mirar un instante su cuaderno de notas, continuó hablando.

- Mire, Cáceres. Usted nunca me ha gustado. Al principio todavía podía correr y aportaba algo al equipo, pero ahora está cojo y encima se cree que manda más que nadie en el vestuario…

- Así que es eso. El señor Kranzbühler, el entrenador de hierro, no quiere que nadie le quite poder en el vestuario aunque se trate de un buen futbolista.

- Eso de buen futbolista es cuestión de opiniones –contestó Kranzbühler.

Cáceres volvió a encajar el golpe sin inmutarse e inquirió al entrenador:

- ¿Y hasta dónde está dispuesto a llegar contra Schaaf y contra mí?

- No tenemos nada más que hablar. He querido ir de frente con usted para que sepa a qué atenerse. Si puedo, el de mañana será su último partido como jugador del Barça, así que procure disfrutarlo.

- ¡Ah! ¿Sí? ¡Pues yo le digo que a ver si tiene cojones de echarme del equipo si mañana juego un buen partido! –Y se dirigió hacia la puerta.

- Espero poder demostrárselo en breve –adelantó Kranzbühler-. Ahora salga de aquí y vaya hasta el campo de La Masía, si su cojera se lo permite. Tenemos que preparar un partido contra el Real Madrid.

Cáceres fue de los últimos en llegar al campo de entrenamiento. La mayoría de los jugadores esperaba al cuerpo técnico y a los compañeros rezagados peloteando entre ellos. La sesión preparatoria se celebraba a puerta cerrada, pues se trataba de la jornada previa a un partido, así que los periodistas no podían seguir sus evoluciones como era habitual.

En cuanto le vio llegar al campo de entrenamiento, Schaaf fue al encuentro de Cáceres para preguntarle por su conversación con Kranzbühler.

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó el alemán visiblemente preocupado.

- Que soy su ídolo –bromeó el futbolista catalán para tranquilizar a su compañero-. Se huele algo, pero si no piamos ninguno de los dos, la cosa se quedará ahí. Tú puedes estar tranquilo, contigo no tiene nada. Va a por mí.

- ¡Joder! –ladró Schaaf. Su exabrupto sonó más a alivio que a disgusto-. ¿Y qué piensas hacer?

- Nada –Cáceres sonrió-. Mañana seré titular. Si me sale un buen partido, habré jodido a ese cabronazo paisano tuyo –Y se fue corriendo a buscar un balón.

- ¡Eh, que no es paisano mío! ¡Ese hijoputa es suizo! –masculló Schaaf. El teutón se había quedado mucho más tranquilo y ahora podía centrarse en lo único importante de verdad, el partido contra el Real Madrid.
- Bien, por lo menos hemos confirmado una cosa: Darder es el sospechoso número uno a vigilar –Casal buscaba el lado positivo de la entrevista-. ¿Y los dos tipos que han venido con él?

- Dos payasos disfrazados de pingüino -Sambenito continuaba enfurecido.

(Continuará…)

XLIX

Darder, Baytar y Hertog llegaron a las inmediaciones del centro policial de los Mossos d’Esquadra de la calle Pontils al cabo de tres cuartos de hora. La comisaría del distrito de Sants-Montjuïc se encontraba en el límite sur de la ciudad de Barcelona, en un barrio cercano a la Zona Franca y pegado al pueblo más grande de España, l’Hospitalet de Llobregat. Circular hasta allí a través de la calle Aragón, la avenida Roma, la calle Tarragona y la Gran Vía no fue tarea sencilla. Tampoco lo fue aparcar. En esta ocasión, para evitar problemas y retrasos, decidieron dejar el coche en un parking y acercarse después caminando hasta las dependencias policiales.

Una vez allí, preguntaron al agente que atendía el mostrador de recepción por el despacho del intendente Casal. Un mosso les identificó y tomó registro de su llegada. A continuación les hizo pasar a una sala de espera. Apenas se habían sentado cuando apareció por una de las puertas de la sala un hombre de mediana edad embutido en su uniforme azul oscuro. Rápidamente se identificó como Antoni Casal y, tras unas breves salutaciones, les hizo pasar a su despacho.

Al llegar al interior, el trío descubrió la presencia de otro uniformado, éste de la Guardia Urbana, y que se identificó como el intendente Robert Sambenito. El urbano no se levantó para saludarles y tras un leve movimiento de cabeza, siguió hojeando el dossier que tenía entre las manos.

- Le agradezco que al fin haya encontrado un momento para atender a nuestras llamadas –Abrió el fuego Casal dirigiéndose a Darder-. Por lo que hemos comprobado, ha estado muy ocupado en los últimos días.

- ¡Protesto! –Saltó Hertog, muy metido en su papel de abogado. Darder, que aún no había podido abrir la boca más que para decir “buenos días”, hizo un gesto de desesperación.

- ¡Cállate! –Gritó Baytar, quien después suavizó el tono al comprobar la perplejidad de los policías-. Discúlpenle, es un pasante y ya se sabe lo que sucede con los jóvenes en prácticas –Y después, le habló otra vez a Hertog pero con un tono algo más suave-. Tranquilo, hombre, que aquí no hay nada que protestar, esto no es un juzgado. Simplemente hemos venido a entrevistarnos con estos señores para averiguar cómo puede ayudarles nuestro cliente.

- Durante estos días estoy recopilando información para iniciar una serie de reportajes que publicaré la próxima semana. Ése es el motivo por el que estoy poco tiempo en la Redacción y les ha resultado tan difícil localizarme –explicó Darder-.

Sambenito, que seguía repasando las páginas del fichero que tenía entre manos, intervino por primera vez.

- Ha venido muy acompañado. ¿Es que le preocupaba alguna cosa, señor Darder?

- No me gusta el tono que ha empleado. ¡Llamaré a nuestros abogados! –Volvió a saltar Hertog.

- ¡Pero pedazo de idiota, nosotros somos los abogados! –Tuvo que recordarle Baytar-. Estás ofreciendo una imagen penosa de nuestro despacho y de nuestro cliente.

- Supongo que nos dará el nombre de su bufete de abogados –solicitó Casal al periodista terrícola-. Es para no tener la desgracia de equivocarme y pedir asesoramiento jurídico a estos señores.

- ¿Me permitís un momento? –Metió baza Darder con un tono de voz muy suave-. Siento esta escenita. El periódico me aconsejó venir acompañado por sus letrados, pero ya veo que en realidad me endosaron dos iletrados. Dicho esto, estoy a su disposición para lo que necesiten.

- Señor Darder –Casal retomó la iniciativa- sepa que su actitud de los últimos días nos ha preocupado mucho. Ya conoce los extraños acontecimientos que tuvieron lugar en la montaña de Montjuïc a principios de esta semana. Usted se encontraba en el lugar de los hechos o muy próximo a ese lugar, como dejó constancia una patrulla de la Guardia Urbana en su informe. Nos gustaría que nos contara que es lo que vio en la noche del martes.

- Bueno –El periodista hizo una pequeña pausa, como si estuviera haciendo memoria-. Tras encontrarme con los urbanos seguí caminando en dirección al castillo de Montjuïc. Entonces se produjo la estampida de coches que ustedes ya conocen. Decidí acercarme hasta allí y me encontré con que la Guardia Urbana y los Mossos d’Esquadra habían acordonado la zona. Después fueron llegando más compañeros de la prensa y allí esperamos a que sus agentes nos dieran nuevos datos… Ya saben, lo típico.

- No, lo típico exactamente, no –le corrigió Sambenito-. Ninguna de las personas que estuvieron en el lugar de los hechos, miembros de las fuerzas de seguridad o periodistas, recuerdan haberle visto por allí tras el asalto a la pareja de jóvenes.

- Supongo que no estarían pendientes de nuestro cliente, sino de las víctimas –intervino Baytar-. Por cierto, ¿cómo se encuentran?

- Físicamente, muy bien –Casal abrió un fichero similar al que tenía Sambenito en las manos-. Lástima que el muchacho no se acuerde de nada. Tampoco el empleado de Parques y Jardines que apareció en un barracón del Nuevo Jardín Botánico. En cuanto a la novia del joven y la pareja que fue asaltada el lunes, pocos más datos pudieron aportar. Les pareció ver a un individuo desnudo, pero debido a la oscuridad y a lo rápido que se sucedieron los hechos les fue imposible precisar más. ¿Cuál es su opinión, señor Darder?

- Hombre, me resulta difícil aportar algo más pues no cuento con su experiencia en este tipo de investigaciones. Me imagino que se trata de un pobre diablo solitario, del típico degenerado, un desviado sexual que se dedica a espiar a las parejas para compensar sus ansias y frustraciones sexuales…

- ¡Protesto! –Saltó Hertog, mirando esta vez a Darder. Los policías no se podían creer lo que estaban viviendo.

- ¿Le importaría decir a este payaso que se vuelva a la facultad de derecho y que no salga de allí hasta que por lo menos apruebe el primer curso? –Sambenito, visiblemente enfadado se, dirigía a Baytar. Casal, más contenido que su colega, siguió adelante con las preguntas a Darder.

- ¿Dónde está su hermano? –Cambió de tercio.

- ¿Mi hermano? –Darder se quedó en fuera de juego por unos instantes.

- Sí hombre, su hermano gemelo –Precisó Robert Sambenito, con pocas ganas de requiebros-. Fueron vistos en un bar de copas, el Humedad Relativa, hace un par de noches. Una de sus camareras, Mara Solé, nos ha puesto al día. Usted llegó esa noche en compañía de su hermano gemelo y de un tercer tipo con un aspecto muy extraño.

- Ah sí, mi hermano… -Reaccionó por fin el periodista-. Bueno, pertenece a Médicos Sin Fronteras y ayer se marchó de regreso a Guinea Bissau. Fuimos a tomar unas copas para despedirle. El otro era un buen amigo que se retiró pronto a descansar. Entraba a trabajar pronto a la mañana siguiente.

- Ya. ¿Está al corriente de que el guardia de seguridad de ese local, Ernesto Moñino, apareció ayer junto al Camp Nou con síntomas de haber sufrido un desvanecimiento? –Esta vez era Casal el que probaba fortuna desde el otro flanco-. Su declaración fue muy parecida a las que hicieron las víctimas de Montjuïc. Notó una sensación extraña en la nuca y a partir de ahí tampoco recordaba nada más. Desde más o menos las doce de la noche hasta primera hora de la tarde del día siguiente.

- Sí que es bien extraño todo esto, ¿eh? –Admitió Baytar-. ¿Y qué relación tiene eso con nuestro cliente, aparte de que fuera a tomar unas copas a ese local?

- Pues resulta que la susodicha camarera del Humedad Relativa asegura que pasó la noche en casa del señor Darder en compañía del citado Moñino, que al parecer era su novio…

- ¡Por eso le resultó tan fácil ligársela! –Darder no pudo reprimirse y se giró hacia Hertog.

- Apreciaciones jurídicas al margen, la verdad es que ese Moñino es un auténtico cerdo. Reconozco que no se puede tratar así a las mujeres, hay que tener un poco más de tacto –Señaló Hertog a modo de disculpa.

- ¿Y usted cómo puede emitir un juicio sobre ese hombre, si no le conoce? –Sambenito seguía sin entender la actitud de aquel tipejo. O era un genio de la estrategia de la dispersión, o un absoluto cretino. El guardia se inclinaba por el cretinismo en grado sumo.

El intendente Casal pensó que no era capaz de precisar cuál era el más necio de aquel trío de mamarrachos que tenía delante. Sambenito estaba perdiendo el oremus por momentos, así que decidió seguir preguntando sin detenerse a analizar este nuevo comentario fuera de lugar.

- …La chica añade que estuvo con ustedes una persona más, un futbolista del FC Barcelona.

- Todo tiene una explicación –Darder intentó convencer a los agentes-. En mis tiempos fui periodista deportivo. Es cierto que cuando ya llevábamos un rato en el Humedad Relativa apareció un jugador del Barça, Dani Cáceres. Es de los pocos que todavía conozco en la actual plantilla, así que se unió al grupo y estuvimos tomando unas copas todos juntos. Ya saben el gancho que tienen los futbolistas del Barça, así que los empleados del local se acercaron para conocerle y saludarle y todos hicimos buenas migas. Cuando llegó la hora de cerrar, Cáceres se fue para casa, pero la chica y el guardia de seguridad vinieron a tomar la última ronda a mi casa. Era tan tarde y estaban tan borrachos que se quedaron a dormir. Por la mañana mantuvieron una discusión de pareja y ella se marchó. Él se fue al rato pese a que aún seguía bastante bebido. Por eso no debe de acordarse de nada.

Los policías se quedaron en silencio mientras tomaban algunas notas de lo que acababa de explicar Darder. Después, Sambenito volvió a la carga.

- Ernesto Moñino apareció ayer inconsciente en los aledaños del Camp Nou. Usted llegó a las instalaciones del Barça más o menos a esa hora. ¿Qué cosas, verdad?

Ninguno de los tres visitantes acertó a inventarse en ese momento una respuesta convincente. Casal le dio otra vuelta a la tuerca antes de que el trío reaccionara.

- Por cierto, usted llegó a las instalaciones del club acompañado de un periodista japonés. Según explicó a otros periodistas, colabora profesionalmente con él, ¿verdad?

- Sí, es un colega nipón que me ha pedido que le asesore durante su estancia en Barcelona. Ha venido para cubrir la información relativa al partido de mañana.

- ¿Es éste su colega? –Casal le mostró una foto del turista japonés al que Baytar había suplantado el jueves.

- Pues sí, sí que es él.

- Vaya, vaya –exclamó el intendente Sambenito-. Es curioso, porque en nuestro informe consta que se trata de Iburo Kewaka, un turista japonés que fue atacado cuando iba a visitar la Sagrada Familia junto a un grupo de compatriotas. No es periodista, sino ejecutivo de una multinacional.

- Bueno, es posible que mi cliente se haya confundido. Ya se sabe que los orientales tienen todos unos rasgos muy similares y… -apostilló Baytar. A Sambenito no le hizo ninguna gracia el comentario y prosiguió:

- El señor Kewaka apareció en calzoncillos en los lavabos de un establecimiento próximo a la Sagrada Familia. Al parecer, al bajar del autocar que les había llevado hasta allí, se separó un instante del grupo para acercarse a un bar a comprar agua. En su denuncia afirma que notó como si alguien le apoyara una mano en la nuca. Perdió el conocimiento y ya no recuerda nada más. Como en los casos anteriores. Hay que ver qué obsesión por despelotar a la gente. ¿Cuántas coincidencias, verdad?

El trío volvió a quedarse en silencio. Hertog empezó a garabatear en la libreta que tenía apoyada sobre la cartera para aparentar que estaba tomando notas.

- ¿En qué hotel se hospeda su amigo japonés? –Prosiguió el intendente Casal.

- Pues ahora mismo no estoy seguro. Quizás en el Arts, o en el Juan Carlos I, ¿el Ritz?… No lo sé a ciencia cierta.

- Si nos facilita el nombre de su amigo nosotros podríamos localizarle en un pis pas. A no ser que tenga algún inconveniente… -sugirió Sambenito.

- ¿Inconveniente? ¡Ni mucho menos! Sí, se llama… Kajiro Shifuma. Eso es, Shifuma con hache intercalada. De todas maneras, si quieren hablar con él supongo que lo podrán localizar más tarde, en el entrenamiento del Barça. ¡Por cierto! Espero no llegar tarde –Darder miró su reloj de pulsera para enfatizar su queja-. Crean que estoy encantado de poder colaborar con las fuerzas de seguridad, pero por ahora no entiendo cómo les puedo ayudar –Se aventuró a añadir.

- Es que no nos lo está poniendo fácil, señor Darder. ¿No le parece que hay demasiadas coincidencias en todos los casos? Y en ellos un factor común es usted. Sin embargo, no ha publicado una sola línea en su periódico en todos estos días.

- ¡Protes…! -Hertog no acabó su queja, pues los otros cuatro le miraron con muy mala cara.

- ¿Me están acusando de algo?

- ¿Es ésa la sensación que usted tiene? Ni mucho menos –dijo Casal-. Simplemente queríamos hablar con usted para ver en qué medida nos podía ayudar en nuestras investigaciones… antes de que nosotros podamos descubrir alguna cosa que le pueda resultar comprometida para usted.

- Pues ya ven lo poco que puedo aportar a la investigación.

Baytar, que llevaba unos minutos en silencio, como si tuviera la mente en otros asuntos, pareció volver en sí y decidió intervenir.

- ¿Nos pueden dejar un momento a solas con nuestro cliente?

- Un par de minutos –Sambenito lanzó una mirada cómplice a Casal. Su rostro reflejaba satisfacción.

En cuanto se quedaron a solas, Baytar saltó sobre el dossier que había dejado el intendente de los Mossos d’Esquadra sobre su mesa y se hizo con el montón de folios y documentos que había dentro. Después, sacó del maletín una pequeña holocámara y empezó a sacar copias de los papeles.

- Pero, ¿se puede saber qué estás haciendo? –El rostro de Darder reflejaba un profundo espanto.

- Te estoy salvando el pellejo, chaval –El alienígena trajinaba a toda prisa los papeles. Y dirigiéndose a Hertog añadió-. Y tú, haz algo de provecho y acércate a la puerta para vigilar.

Cuando acabó de hacer copias de todos los documentos los volvió a poner dentro de la carpeta. Finalmente, colocó el dossier en el lugar de la mesa en donde Casal lo había depositado antes de abandonar la estancia y se volvió a sentar en su silla.

- Hala, ahora vamos a saber todo lo que ellos saben sin que ellos sepan lo que nosotros sabemos. –Y tan tranquilo, le indicó a Hertog-: Ya puedes decir a esos dos que entren.

Los policías regresaron a la habitación. La expresión de sus rostros delataba que estaban seguros de tener pillado a Darder y que ahora empezaría la parte realmente provechosa de la conversación. No se podían esperar lo que sucedió entonces.

- ¿Ya han hablado todo lo que tenían que hablar? ¿Podemos empezar a dialogar en serio? –Abrió la conversación Casal en un tono aparentemente amistoso.

- Pues me temo que no –Tomó el mando Baytar, que hizo un gesto a sus compañeros para que se levantaran y consultó el reloj que llevaba en la muñeca-. Lo cierto es que nuestro tiempo se ha acabado y si no tienen nada más que preguntar a nuestro cliente, nos vamos. El señor Darder tiene una dura jornada laboral por delante. A no ser que se trate de un interrogatorio en toda regla porque tienen alguna acusación contra él, cosa que dudo. En ese caso, si quieren algo más de nosotros, deberán de tramitar una citación judicial que atenderemos encantados. Buenos días.

- ¿Pero qué tomadura de pelo es ésta? ¡No se alejen demasiado! ¡Yo mismo en persona voy a tramitar esa citación! -gritó Sambenito. Pero el trío ya había abandonado la estancia dejando la puerta abierta de par en par.

- ¡Me gusta ser abogado! –Sentenció Hertog.

Mientras Darder y sus compañeros salían a toda pastilla de la comisaría, Antoni Casal intentaba calmar a Robert Sambenito que lanzaba maldiciones contra el periodista, el Periodismo, los abogados y el Derecho Romano, el Constitucional y el Canónico.
- Bien, por lo menos hemos confirmado una cosa: Darder es el sospechoso número uno a vigilar –Casal buscaba el lado positivo de la entrevista-. ¿Y los dos tipos que han venido con él?
- Dos payasos disfrazados de pingüino –Sambenito continuaba enfurecido.

(Continuará…)

L

Los periodistas abandonaron la comisaría de los Mossos d’Esquadra a toda prisa. A sus espaldas resonaban las amenazas de Sambenito de que serían la sombra de Darder noche y día. El terrícola recriminaba a los jaspianos su comportamiento, especialmente a Hertog, pero Baytar ya tenía sus pensamientos puestos en el entrenamiento del FC Barcelona y le apremiaba para llegar lo más rápido posible hasta el coche y dirigirse al Camp Nou.

Una vez en el interior del vehículo, Darder tomó rumbo hacia el estadio del Barça. Cuando ya se encontraban a medio camino, Baytar le hizo detener el viejo Golf.

- Tenemos un problema -Reflexionó el extraterrestre-. No podemos ir con estas pintas, no son las de un periodista deportivo. La policía anda tras tu pista y además, en cualquier momento encontrarán a los dos tipos que estamos suplantando, así que tenemos que cambiar de careto otra vez.

- Sí, hombre, vamos a sumar un par de víctimas a la cuenta, que ya la pagaré yo –gruñó Darder.

- Piensa con la cabeza. Si Hertog y yo nos hacemos pasar por periodistas extranjeros no tendremos que ‘dormir’ a nadie que conozcas dentro de la profesión y podremos actuar con mayor libertad sin levantar sospechas. Como pasó en el entrenamiento de ayer, vamos.

- ¡Sí, yo quiero probar un disfraz como el que llevaba Baytar!- Hertog apoyó a su paisano.

Al final decidieron alterar el itinerario para buscar dos víctimas apropiadas. Darder propuso desviarse por la Ronda del Litoral hasta la plaza Colón porque en la zona del Port Vell encontrarían un gran número de turistas asiáticos a los que suplantar. Hacia allí se dirigieron y cuando estaban muy cerca del edificio de Drassanes, a la altura de la Aduana del puerto, Darder detuvo el vehículo en doble fila.

- Bueno, ya hemos llegado. ¿Ahora qué hacemos? Porque yo no puedo aparcar aquí el coche y estoy harto de pagar multas.

- ¿Qué es ese edificio de ahí enfrente? –Baytar señaló las vetustas naves de piedra de aire medieval situadas a su derecha-. Parece una vieja fortaleza.

- Son las antiguas Atarazanas Reales, las Drassanes, que limitaban con el lado sur de la antigua Muralla que rodeaba la ciudad. Aquí se construyeron los barcos de la marina de guerra de la Corona de Aragón y de las flotas del Mediterráneo en las guerras del imperio. Ahora es el Museo Marítimo de la ciudad.

- Museo… Entonces ahí dentro tiene que haber muchos turistas, eso es seguro. Espéranos aquí unos minutos que enseguida estamos de regreso. ¡Venga Hertog, sal del coche! –Ordenó Baytar Dix.

Los alienígenas, aún caracterizados de yuppies, atravesaron la calle hasta llegar a la puerta de entrada del Museo Marítimo. Su aspecto no era precisamente el de un par de turistas, pero por supuesto eso no fue un problema para comprar sus dos entradas y acceder al recinto repleto de maquetas de antiguas naves, mascarones de proa y reliquias marinas. Las inmensas naves góticas, de altos techos soportados por largas columnas, tenían una tenue iluminación. Ese detalle le gustó a los jaspianos pues les permitiría moverse por las salas con una mayor discreción.

- No veo por aquí demasiadas víctimas –Hertog se empezó a impacientar al cabo de unos minutos.

- Tranquilo, es cuestión de pasearse por el recinto y esperar a que nos crucemos con un grupo de turistas adecuado –planificó su compañero. Tras mirar un momento en torno suyo, decidió: -Vayamos hasta esa zona donde está la maqueta grande.

La maqueta grande era, según pudieron leer en los carteles informativos, la reproducción a escala real de la galera de don Juan de Austria, quien capitaneó a las naves cristianas frente a las turcas en la batalla de Lepanto.

- Seguro que todos los que visitan este museo pasan por aquí a contemplarla –Pronosticó Baytar.

Los extraterrestres se acercaron hasta la réplica de la galera y nadaron como tiburones al acecho entre los visitantes que admiraban la galera, pero la presencia de tanta gente al final les resultó más un problema que una ventaja.

Baytar decidió cambiar los planes.

- Nos estamos retrasando demasiado –Consultó el reloj-. Vayamos a la zona de los lavabos y estemos al acecho. Quizás allí sea más fácil dar con lo que nos interesa.

Nada más situarse en la zona de los urinarios públicos apareció una pareja de turistas japoneses que, tras hablar brevemente entre ellos, se metieron en sus respectivos aseos. Los extraterrestres se lanzaron una mirada de inteligencia y acto seguido entraron en los lavabos detrás de ellos.

En el momento en el que Baytar y Hertog abandonaban del Museo Marítimo, Darder discutía con un Guardia Urbano. Los jaspianos apresuraron el paso, pero al llegar hasta el coche el agente ya se alejaba tras entregar al periodista un papel amarillo que éste rasgaba enfurecido. Darder no les reconoció al principio. Para el terrícola eran otros dos insoportables turistas desorientados.

- Sólo me faltaban ahora dos putos guiris preguntando por Las Ramblas… –Y gesticulando en dirección al puerto y luego hacia la izquierda, les chilló-: ¡Plaza Colón, recto y a la izquierda, ‘left’, y cuando se encuentren con el mar y el tío con el dedo estirado, up, para arriba! ¡Las Ramblas! ¡Y ahora, déjenme en paz! ¿Dónde leches están esos dos cabestros? –El terrícola acabó hablando para sí mismo.

Ya se giraba para entrar en el coche cuando la mujer japonesa se dirigió a él en un perfecto castellano:

- ¿Y tú qué discutías con un guardia urbano? –Hertog tampoco se paró a pensar que Darder no sabía todavía con quién estaba discutiendo.

- ¿Y usted y yo cuando hemos comido sushi en el mismo plato para que se dirija a mí…? –Cuando ya se iba a enzarzar en otra discusión, cayó en la cuenta. -Un momento: ¿Eres Baytar?

- No, soy Hertog. Él es Baytar.

A Darder se le escapó una carcajada que no le sentó demasiado bien al otro.

- Esto es lo que yo llamo un rápido cambio de sexo. O mejor dicho: Baytar, esto es un travestido –Y volviéndose otra vez a Hertog, le espetó-: ¿Era por esto que tenías tantas ganas de transformarte en japonés? Conociendo tu fogosidad habrá que llevar cuidado, ahora que te has vuelto una señorita tan fina.

- ¡Oye! ¿Qué pasa? ¡Es un disfraz como otro! ¿No? –Reaccionó ofendido Hertog-. Necesitábamos dos japoneses y ya tenemos dos japoneses. Además, a ti por lo que veo tampoco te ha ido tan bien.

- ¿Y qué habéis hecho con vuestras víctimas? –Cambió de tercio el periodista terrícola.

- Los hemos dejado durmiendo plácidamente en los lavabos del Museo, así que deberíamos largarnos cuanto antes porque descubrirán muy rápido sus cuerpos. Además, tenemos que tirar todas estas ropas de los abogados en algún sitio -Resumió Baytar.

- Pues yo, con tanto esperar parado en doble fila, me he tenido que pelear con un guardia que me ha puesto otra receta. Ya que se os da tan bien el crimen organizado, a ver si atracáis un banco. Al menos tendré dinero para pagar el montón de multas que me están cayendo por vuestra culpa.

- Bueno, basta de tonterías. Marchémonos de una vez.

(Continuará…)

LI

Los tres periodistas llegaron a las instalaciones deportivas del FC Barcelona con el tiempo justo para asistir a las ruedas de prensa del entrenador y de los jugadores de la primera plantilla. Como sucedía siempre en las vísperas de los grandes duelos futbolísticos, la expectación era enorme y la densidad de periodistas por metro cuadrado era aún más alta de lo habitual. Periodistas catalanes, madrileños, del resto de España y de todo el mundo se apiñaban en la sala de prensa para escuchar las impresiones de última hora de los protagonistas.

Unos protagonistas que, en su mayor parte, a esas alturas de la semana sólo tenían ganas de que llegara la hora del partido. Por este motivo, en sus declaraciones recurrían a los tópicos más viejos del fútbol para evitar ofender a un rival supuestamente susceptible, o para demostrar una cortesía y un respeto que en realidad no sentían. Todos vivían y disputaban aquel partido con una intensidad especial, al tratarse de una de las cimas a las que sueña llegar un futbolista.

Pero ante todo, eran profesionales de elite, muchos de ellos llegados de los cuatro puntos cardinales del orbe balompédico. Para la mayoría pesaba más el prestigio personal que suponía ser uno de esos elegidos que el sentimiento tribal que experimentaban una y otra afición cada vez que Barça y Madrid se ponían cara a cara.

Al poco de llegar al Camp Nou se enteraron de que, efectivamente, Martí estaba descartado para disputar el partido a causa de la patada que le había propinado Schaaf el día anterior. Por lo que se había filtrado sobre el entrenamiento a puerta cerrada, Cáceres iba a volver al equipo titular azulgrana pese a todo el follón que se había formado sobre su futuro.

El juvenil Martí, como el gran ausente por su lesión; el alemán Schaaf, como el culpable del suceso en una jugada supuestamente fortuita; y Cáceres, el beneficiario aparentemente inocente de la situación creada, habían sido solicitados por los representantes de los medios de comunicación para que dieran su versión en rueda de prensa. Pero el servicio de prensa del club, siempre presto a la hora de cumplir con su tarea de dificultar la labor de los periodistas y diluir la información que no interesaba que saliera del club, anunció que los tres declinaban aparecer en rueda de prensa; el pretexto, no alimentar falsas polémicas.

El gabinete de prensa sabía muy bien a quién tenía que recurrir en aquellas situaciones de emergencia. Cuando el resto de las estrellas escurrían el bulto o había que evitar que alguien hablara más de la cuenta, siempre podían ofrecer a Darko Yeltov como eficaz cortina de humo. De discurso populachero, deslenguado y al mismo tiempo un gran futbolista, siempre estaba dispuesto a lanzar una puya al Real Madrid pues sabía que la afición se pirraba por estas cosas. Yeltov se ganaba el aprecio de los aficionados y al mismo tiempo hacía que la cuota de pantalla para otros temas realmente vidriosos –lesiones mal diagnosticadas, renovaciones de contrato peliagudas y choques de egos dentro del vestuario- quedaran de puertas adentro.

Bravucón o simpático, según el día, siempre pendenciero de boca y a veces también de facto, Darko Yeltov pensaba justo lo contrario que la mayoría de sus compañeros: los ambientes calientes de los grandes partidos hacían al futbolista mejor jugador. Un par de provocaciones en el momento adecuado le ayudaban a conseguir la puesta a punto mental y a alterar la del rival. Por tanto, Yeltov salió ante los periodistas dispuesto a desplegar su mejor repertorio.

- Darko, una pena lo que le ha sucedido al pobre Martí ¿no?

- Pues claro, pero en el vestuario somos una piña y todos vamos a jugar pensando en él. Si le marco un gol al Madrid, se lo pienso dedicar.

- Martí se lesionó en un entrenamiento por culpa de una dura entrada de un compañero. Desde Madrid lo han interpretado como un signo de que en el Barça hay muchos nervios para el partido de mañana.

- ¿Nervios? –Yeltov, un profesional, entró encantado sin problemas al primer trapo que le pusieron delante de los ojos los periodistas. -Yo creo que es el Madrid el que nos tiene miedo, porque lleva muchos años sin ganar en el Camp Nou. Antes de hablar de los demás hay que pensar en cómo tiene uno el paquete.

- El entrenador merengue, Martín Fernández, asegura que están más motivados que nunca y que está convencido de que van a romper esa mala racha en campo del Barça –Insistió otro informador.

- Motivados salimos todos al campo. Si no te motiva este partido, mejor que te quedes en casa y te dediques a otra cosa. Pero lo que decide los partidos es la calidad de los jugadores y esa calidad se demuestra decidiendo en partidos así. En los últimos quince años nosotros hemos demostrado nuestra calidad venciéndoles. Eso es lo que hay que hacer. A ver si ellos son capaces de demostrar su calidad.

- En el Real llevan semanas quejándose de los árbitros.

- En un clásico pueden pasar muchas cosas, hay mucha tensión. Yo sólo espero que el árbitro no se deje influir por lo que se ha dicho durante estos días desde el Madrid. Porque si nos ponemos a repasar la historia entre el Madrid y los árbitros, tendrían que callarse.

- ¿Te da morbo jugar contra el Real Madrid?

- Un profesional tiene que jugar todos los partidos con la misma intensidad pero sabemos que para los aficionados es un partido especial; es Catalunya contra Madrid y eso hace que salgas a dejarte la piel. Vamos a ir a por todas.

Y así siguió la rueda de prensa de Yeltov, en la que el futbolista desgranó todas y cada una de las frases que un aficionado del Barça podía esperar de uno de sus más afamados gladiadores. Darder y sus compinches jaspianos estuvieron atentos, grabaron la conferencia de prensa aunque no intervinieron.

Por fin se retiró el futbolista y los periodistas se quedaron esperando a la comparecencia del entrenador del equipo, Otto Kranzbühler. Fue entonces cuando Freddy Juarros, que hasta el momento había estado merodeando a su alrededor pero sin acercarse hasta ellos, se decidió a entablar conversación con el trío.

- Vaya Darder, veo que esta mañana te has traído nuevos refuerzos del Lejano Oriente -comentó mientras saludaba a Hertog, mimetizado en su papel de camarógrafa de una televisión japonesa.

- Sí. Te presento a…

- Yokito Lawata, de la cadena MNN –Se le adelantó Hertog, con una voz que acabó de modular sobre la marcha para que tuviera un timbre más femenino-.

- Un placer –Fue la respuesta de Juarros, al que por la forzada mueca de su rostro se le notaba que no experimentaba tal placer-. Veo que también habla muy buen nuestro idioma, como su compañero… ¿Por cierto Darder, has cambiado el chino?

- No, hombre, ¿no me reconoce? –Al mismo tiempo, Baytar adelantó la mano para estrechar la del viscoso periodista de ‘El Correo Diario’-. Ya me avisó el amigo Darder que para ustedes, todos los orientales somos iguales: limones chinos.

Juarros se quedó desarmado con aquella respuesta. No esperaba que el japonés le soltara a bocajarro justo lo que estaba pasando por su cabeza. Se puso colorado y su recurso fue cambiar rápidamente de tema.

- ¿Y en qué hotel se hospedan? Lo digo por si necesitan que les recomiende algunos sitios para que vayan a comer algo o a tomar unas copas.

- Oh, no se preocupe, su compañero Darder es un guía fantástico –Hertog se sentía a gusto en su papel de Yokito Lawata-. Ya nos ha puesto al día de la gastronomía y de los otros placeres de Barcelona.

En ese momento hizo su aparición Otto Kranzbühler para iniciar la rueda de prensa. Juarros se quedó con las ganas de averiguar a qué placeres se refería la japonesa; y Darder y los jaspianos respiraron tranquilos al poder finiquitar la conversación.

- Bueno, ya hablaremos después de la rueda de prensa del mister –se despidió Freddy Juarros.

- Sí, hasta luego, -concedió Jaume Darder al que casi se le escapó un resoplido de alivio.

Y empezó la conferencia de prensa de Kranzbühler. El entrenador del Barça nunca había sido una persona demasiado agradable. Con la especie humana en general y menos todavía con los periodistas. La mala marcha del equipo y los problemas de última hora para confeccionar el once inicial no le habían convertido en una persona más sociable en aquellos días. Por tanto, solo fue capaz de mantener una cierta compostura mientras las preguntas de los informadores se limitaron a los típicos tópicos.

Durante las ruedas de prensa, la cara del suizo reflejaba algo así como: “Esa pregunta es una tontería, digna de la mente de un ser limitado como tú, pero mientras no me fastidies con otras cosas me rebajaré a darte una respuesta”.

Kranzbühler empezó a calentarse cuando alguien le cuestionó si una derrota en casa frente al eterno rival podía suponer su adiós al banquillo del Barça. A duras penas contuvo un exabrupto. El liviano dique de su paciencia se derrumbó cuando Baytar, en su papel de periodista japonés, aprovechó su turno para interrogarle sobre la lesión de Martí y la titularidad de Cáceres.

- Ya ha dicho que la ausencia de Martí es un grave handicap. Esto le obligará a contar con Cáceres pese al claro enfrentamiento que mantienen. –El perfecto castellano de Baytar sorprendió a los que aún no le habían oído hablar e incomodó todavía más a Kranzbühler que pese a sus esfuerzos tenía muchos problemas con el idioma.

- A esa absurda pregunta le voy a dar dos respuestas. Uno: nunca digo mi alineación antes de los partidos. Dos: ¿Quién le ha dicho que hay diferencias entre mi capitán y yo?

El jefe de prensa ya había dado el siguiente turno de pregunta para evitar que el enfrentamiento fuera más, pero Baytar, en su papel de Kajiro Shifuma, periodista del canal MNN japonés, volvió a la carga.

- Y yo le replicaré dos cosas. Primera: nunca revelo mis fuentes de información. Segunda: no le he pedido que me diga la alineación, le he preguntado si piensa poner en el equipo a Cáceres pese a que esta semana le ha criticado directamente y le ha hecho responsable del mal juego del equipo.

- ¡Ya te he dicho que no pienso dar mi alineación! –Kranzbühler estaba rojo como un pimiento morrón-. ¡Yo nunca digo mi alineación, tú deberías de saber esto! ¡Y pide tu turno de preguntas, ya llevas dos seguidas!

- Sólo una cosa más. ¿Qué opinión tiene sobre la forma en que se produjo la lesión de Martí? ¿No le pareció un incidente un poco extraño?

- ¿Pero de dónde ha salido este tío? –se oyó murmurar a Kranzbühler a través de la megafonía. Furioso, miraba al jefe de prensa que estaba sentado a su lado y se había quedado lívido. Los murmullos en la sala eran cada vez más intensos hasta que el entrenador del Barça volvió a tomar la palabra-. No tengo nada más que explicar. Buenos días –Y abandonó la sala de prensa.

Darder no daba crédito a lo sucedido. Aquel mutante lunático había liado un escándalo de dimensiones considerables con tres preguntas como tres barrenos de dinamita. Pero no tuvo tiempo de recriminarle nada pues Baytar, que sólo pensaba en sus reportajes, ya corría hacia la puerta de la sala de prensa seguido muy de cerca por Hertog que acarreaba la holocámara. Su único interés era saber si se había grabado bien toda la conversación.

- ¿Pero en qué leches estabas pensando? –gritó Darder mientras les observaba media sala de prensa.

- ¡Tú déjame hacer a mí! Ahora, llévame hasta un sitio en el que podamos trincar a tu amigo Cáceres.

Al salir de la estancia se cruzaron con Juarros.

- No veas con tu amigo el japonés. Es una mina…

(Continuará…)

LII

Darder y sus dos colegas jaspianos corrieron desde la zona de prensa hasta el antepalco del Camp Nou y se plantaron en la puerta que daba acceso al aparcamiento subterráneo. Mientras esperaban a que apareciera Cáceres, desfilaron por delante de ellos varios integrantes de la plantilla. Algunos de los futbolistas respondían al saludo del periodista terrícola por simple cortesía, pero ya se notaba que no sabían de quién se trataba. Fue el caso de Schaaf. Otros ni siquiera le devolvieron el saludo y directamente evitaron su mirada, como Darko Yeltov. Los menos, entre ellos algún integrante del cuerpo técnico de la plantilla, se detuvieron unos segundos para interesarse por cómo estaba y a qué se dedicaba.

En uno de los intervalos en los que se quedaron solos, Hertog no pudo reprimirse más.

- Veo que eres un tipo muy popular en el Camp Nou, Darder. No te conoce ni el portero, quiero decir el portero de la puerta. Por cierto, estás en una zona de no fumadores.

- Mira, nena –Darder estaba muy ofendido. Dio una profunda calada a su cigarrillo en tono desafiante y prosiguió:- O mejor dicho, nenaza…

- ¿Oye, qué es eso de nenaza? –Suspicaz, el jaspiano consultó el traductor y se enfadó-. ¡Pregúntale a quien yo me sé si soy una nenaza!

- ¡Será hijoputa! ¡Yo esta vez le meto de verdad! -Darder se encabritó ante la indirecta alusión a su esposa.

- ¡Por todos los mundos! Dejad de discutir antes de que nos expulsen y lo echéis todo a rodar –Baytar, como siempre, volvió a poner paz-. Si queréis armar ‘La Guerra de las Galaxias’ esperar a que acabemos el trabajo. Hay que ser profesionales.

En aquel momento apareció Dani Cáceres por una de las puertas laterales. Al ver percatarse de la presencia de Darder lanzó un respingo. Su primera idea fue saludarle sin pararse y seguir hasta el coche. Después, el futbolista se imaginó que si estaba allí plantado era porque quería algo de él. Ya le había llegado el eco del escándalo que se había montado en la sala de prensa entre Kranzbühler y un japonés. Y con Darder, que había sido testigo de su última noche de juerga, había dos periodistas japoneses. Por tanto, decidió pararse para ver por dónde le salía el periodista.

- Hombre Darder, veo que te has apresurado a dejarte caer por aquí. ¿Dónde has dejado a tu hermano gemelo?

- ¿Hermano Gemelo? Ah sí el médico… Se ha tenido que ir a África. Guinea Bissau. Ya sabes, estos cooperantes son así. Hoy pillan una cogorza en Barcelona y mañana ayudan en Yaundé o en Nairobi. Polivalentes, que decís los futbolistas.

- Ya –A Cáceres no le había hecho ninguna gracia la alusión a la borrachera. Después, añadió en un tono suspicaz-. ¿Y quiénes son tus amigos?

- Son dos colegas japoneses, Kajiro Shifuma y Yokito Lawata, de la cadena MNN. Puedes hablar sin problemas porque son gente de absoluta confianza, te lo aseguro.

- Hombre, si me lo garantizas tú me quedo más tranquilo –El tono de Cáceres era burlón-. Bueno, me tengo que ir. Nos vemos, ¿vale?

Baytar se dio cuenta de que el futbolista se escabullía y decidió pasar a la acción.

- Supongo que está muy triste por los últimos acontecimientos. Ya sabe a qué me refiero, a la lesión de Martí. Claro, que el lado positivo es que gracias a ese contratiempo usted jugará mañana.

- ¿Qué cojones estás insinuando? -Disparó el futbolista, de repente bastante enojado. Después se giró hacia Darder- Oye, ¿con quién coño se cree que está hablando el chino éste?

Pero Baytar había tomado la iniciativa y estaba dispuesto a cazar de una vez por todas a Cáceres.

- Mira, campeón. Tenemos varias cosas en nuestro poder que te pueden hundir… ¿Cómo decís aquí? –Se giró hacia Darder mientras consultaba el traductor-. ¡Eso es! Te podemos hundir en dos Telediarios. Por tanto, empieza por moderar tu tono de voz. ¿O es que no has ido al colegio?

Tras un breve silencio para dramatizar su respuesta Baytar, en su papel de Kajiro Shifuma, continuó:

- Y por desgracia para ti, cuando he dicho que tenemos “varias cosas” no estoy hablando de la borrachera que pillaste a medias con el amigo –E indicó a Darder con la cabeza.

- Oye, a mí no me vengáis con amenazas –Cáceres estaba ahora muy enojado y casi hablaba a voz en grito- Veremos si podéis volver a entrar por aquí después de que hable con los del departamento de prensa. Que por cierto, ya están bastante contentos con vosotros por la que habéis liado antes con el mister. Ahora, dejadme en paz. Mañana tengo un partido contra el Madrid.

- ¿Estás seguro? ¿Por qué no le echas un vistazo a las imágenes que te va a enseñar la señorita Lawata? Tenemos grabada la conversación que mantuviste con tu amigo, el rubio con pinta de levantador de pesas, justo antes de que pusiera en órbita a Martí.

Cáceres iba a contestar, pero se quedó petrificado al oír las últimas palabras que había pronunciado aquel maldito japonés. Lawata-Hertog le ofreció un pequeño auricular y le indicó con un gesto que mirara a través del visor de la ultramoderna holocámara.

Al principio, Cáceres se vio junto a Schaaf en el campo de entrenamiento de La Masía. Después, el plano se cerró sobre ellos y se pudo oír a sí mismo, con total nitidez, cómo maldecía a Martí. Y lo más terrible: escuchó al alemán pronunciar el fatídico “tranquilo, ya me encargo yo”. Las imágenes posteriores ya las conocía. El mastodonte germano corría hacia Martí y le propinaba una patada terrible. El jovenzuelo caía al suelo como si fuera un fardo. Para ser más exactos, como si se tratara de un pelele de paja.

Hertog cortó la reproducción y la pantalla se quedó en negro.

- Todo lo demás ya lo conoces muy bien ¿verdad, campeón? -Hertog miró al boquiabierto futbolista.

- Nuestro sistema de reproducción es compatible con todos los de la Tierra… –añadió Baytar que rectificó rápidamente- Quiero decir que si necesitas una copia para repasarlo con más detenimiento en tu casa, te la podemos hacer.

Cáceres caminó unos pasos hasta uno de los sofás que había en el antepalco y se desparramó sobre él. El abigarrado grupo de periodistas le siguió y se situó a su alrededor, esperando una respuesta. Finalmente, el jugador se dirigió a Darder.

- ¿Qué es lo que queréis de mí? –Esperaba del periodista catalán algo de complicidad, pero el que le respondió fue Baytar.

- Nada especial. No queremos perjudicar la imagen del capitán del Barça. Sabemos lo importante que es el partido de mañana y sólo deseamos lo mejor para su equipo.

- ¿Qué cojones queréis de mí? –repitió el capitán del Barça, esta vez dirigiéndose a Baytar tras comprobar que era el que llevaba el mando en las operaciones y que no recibiría ninguna ayuda de Darder.

- Sólo un pequeño favor para la MNN –Baytar adoptó un matiz neutro para restar trascendencia a su petición-. Y te doy mi palabra de que esas imágenes, con las que podríamos elaborar un magnífico reportaje, serán destruidas. Pero comprenderás que necesitamos sustituir ese maravilloso documento por otro que esté a su altura. Y esto es lo que te proponemos: Mañana, uno de nosotros irá al hotel de concentración del FC Barcelona para grabar cómo vive el equipo las horas previas del partido.

- ¡Tú estás loco! ¡Todos estáis locos! Yo no estoy autorizado para concederos una entrevista una vez que estamos concentrados. ¡Y menos aún para permitir que entréis en el hotel! Jaume, sabes muy bien que eso es un tema del departamento de Prensa y que Kranzbühler no permite estas historias.

- Vaya hombre, si ahora resulta que hasta te sabes mi nombre de pila. Lo que son las cosas –contestó Darder, implacable, y prosiguió:- Después del partido, si ganáis, que ganaréis, no tendrá la menor importancia. A lo sumo, una pequeña multa para el capitán del Barça. Además, el reportaje sólo se emitirá en Japón. No llegará hasta aquí.

- Eso es lo que tú te crees –Se lamentó Cáceres, que hacía rato que había perdido su aire de suficiencia – Tú te tiras un pedo en Tokio a las doce y a las doce y un minuto ya huele en Barcelona.

- Joder Cáceres, si ahora resulta que conoces el ‘efecto mariposa’ –Fue la respuesta de Darder, cada vez más divertido con la idea de ver a un futbolista del Barça en verdaderos apuros.

- ¿Y si un pedo tarda un minuto, cuanto tardarían en llegar nuestras imágenes? –Hertog no había acabado de entender la teoría del ‘efecto mariposa’.

Cáceres se dio cuenta de que no le quedaba otra alternativa que aceptar la propuesta de aquel trío de esperpentos si quería parar el golpe.

- ¿Puedo estar seguro de que esa grabación desaparecerá? –El futbolista se dirigió nuevamente a Baytar.

- Te daremos el master para que hagas con él lo que quieras. Y las copias serán destruidas.

- Si lo conservas, cuando te retires puedes hacerte con un buen fajo de billetes si lo presentas en el ‘Crónicas Marcianas’ –se arrancó Darder.

Cáceres prefirió hacer caso omiso a la nueva broma del periodista.

- Mañana por la mañana, antes de la comida, os espero en mi habitación. Dejaré aviso en la recepción para que os dejen entrar. ¡Cinco minutos y a la calle!

- Te aseguro que será más que suficiente -le prometió Baytar-. Dale mi nombre al conserje: Kajiro Shifuma. Seré yo quien vaya a verte. Y descansa bien campeón, que mañana tienes que estar a tope.

Sin despedirse, el futbolista se levantó y se marchó en dirección al parking.

- Bueno, esto ya está –dijo Baytar-. Ahora sólo falta trincar al jugador del Real Madrid.

(Continuará…)

LIII

Mucho después de que Darder y sus dos estrambóticos abogados hubieran abandonado la comisaría de la calle Pontils, Casal y Sambenito aún seguían dándole vueltas a los pormenores de la surrealista conversación que habían mantenido con ellos. El Mosso d’esquadra y el Guardia Urbano no habían sacado nada en claro, excepto que ahora estaban convencidos de que Jaume Darder, además de periodista y sospechoso, era un tipo extraño. No podían determinar aún cuál de las tres era la más grave, pero era evidente que tenía las tres máculas.

El enfado de los policías era mayúsculo, pues su estrategia de interrogatorio no había surtido ningún efecto. Lejos de ser un tercer grado, tenían la impresión de que se había tratado de una rueda de prensa. O le habían revelado datos al periodista o se los habían confirmado, pero ellos no habían sacado nada nuevo de Darder, más allá de la evidencia de que les ocultaba un montón de cosas y de que el asunto incluso podía ser más gordo de lo que habían pensado en un principio.

- Estamos como estábamos –reconoció con desencanto Casal mientras jugueteaba con el archivador que contenía la documentación de todo el caso y sin saber que se lo habían duplicado-. Ese cabronazo, o está loco perdido o es muy listo o las dos cosas. Pero no le hemos sacado nada.

- No, hombre Antonio, no le sobrevalores –se enfadó Sambenito-. Lo que pasa es que hoy en día, sin una ley de maleantes que pasarle por el morro o una buena ley de prensa que aplicar, no se puede trabajar en lo nuestro.

- Eso es hablar por hablar. Desgraciadamente, los viejos tiempos quedan muy lejos y nos hemos de apañar con lo que tenemos ahora.

- ¿Y qué es lo que tenemos ahora?

- Bueno, hemos de investigar a fondo a este Darder y a todo el que se le acerque para ver por dónde le podemos meter mano. Y nos queda otra vía: apretar al gilí de su director.

- Cierto –admitió Sambenito-. Para ese no hace falta ley de prensa ni mandangas. Con media vuelta de tuerca más lo tendremos comiendo en la mano.

- Una vez, escuchando una tertulia deportiva, uno de los que participaban pronunció una frase que nunca olvidaré: “Al mono, cuanto más alto sube a la palmera, más se le ven los huevos”.

- Sabio proverbio. ¿Es chino? –interpretó Sambenito.

- No creo; o quizás sí. Pero a lo que íbamos… -En ese momento sonó uno de los teléfonos de la mesa y Casal atendió la llamada. Tras un par de minutos de monosílabos, preguntas breves y asentimientos de cabeza, se despidió y colgó el auricular.

- Era uno de los agentes de la sección de información. Tenemos nuevas muy interesantes sobre el caso, y todas apuntan a Darder.

- Eso me gusta –confesó Sambenito, sacando un bolígrafo para tomar notas-. Explica, explica.

- El vigilante de un parking de paseo de Gràcia ha encontrado dos tíos en calzoncillos tumbados en el asiento trasero de un Mercedes. Al principio, el muy zoquete creyó que era otra cosa y llamó a la policía. Después, cuando los identificaron descubrieron que eran dos ejecutivos de Telefónica que habían sido asaltados. Lo último que recuerdan es que a primera hora de esta mañana acudían al edificio la Bolsa de Barcelona. Les robaron la ropa y sus pertenencias y los dejaron metidos en su coche. ¿A que no sabes cómo les redujeron?

- No me lo digas –le cortó Sambenito-: Un leve contacto en la nuca.

- ¡Línea! ¿Quieres el Bingo?

- Venga.

- Han repasado la cinta de video del circuito cerrado de televisión. ¿Te imaginas qué coche había entrado unos minutos antes en el recinto?

- No necesito más pistas. ¡El de Darder! Está claro que le tenemos que seguir día y noche hasta que le pillemos en algún renuncio. ¡Y entonces, lo empapelaremos! –Sambenito reforzó sus palabras retorciendo sus puños como si estrujara algo o a alguien entre sus manos.

- No creo que resulte demasiado difícil localizarle –prosiguió Casal-. Uno de nuestros soplones ha informado de que le han visto en el campo del Barça en compañía de dos periodistas japoneses, una mujer y un hombre…

- …¡Menuda fijación con los chinos tiene éste! Aunque al final resulte ser inocente, está claro que un tipo raro sólo puede andar con gente rara- apostilló Sambenito.

- … Pero no sé a quién podemos poner tras su pista. Ten en cuenta que Darder conoce bien a mi informador, pues es también de la profesión. Podría sospechar algo.

- Bueno, pero esta tarde llega el Real Madrid, y vendrá prensa madrileña con el equipo. Supongo que ese mamón no conocerá a toda la nómina de periodistas de la capital.

- No, claro -concedió Casal.

- Bien. Pues infiltremos a uno de nuestros hombres en la expedición del Realísimo con las credenciales necesarias. Y a la que localice a Darder, que no le pierda de vista hasta que le podamos cazar infraganti.

- Como siempre, has estado brillante, Roberto –Casal felicitó a su colega de la Guardia Urbana.

- No sólo eso, Antonio: Además, mañana os vamos a meter un 2-0.

- Ya sabes que en esos temas no admito bromas. Si vas tan sobrado, apuéstate 50 pavos y asunto arreglado.

- Bien, aceptado. Ahora hemos de ir a interrogar a esos dos capullos del paseo de Gràcia para ver qué más pistas podemos sacar. Pero primero, llama al señor Alfons Martorell y dile que a partir de este momento ya es oficial que tiene en plantilla a un sospechoso de varios delitos.

(Continuará…)

LIV

Darder y sus camaradas jaspianos habían regresado a su cuartel general, el piso del periodista terrícola en el Eixample barcelonés, para comer algo “y rellenar el depósito”, recordó Baytar, antes de seguir adelante con su plan. Ya tenían “pillado por las gónadas a Cáceres”, como no se cansaba de repetir Hertog, pero ahora les quedaba la parte más complicada e igualmente imprescindible: captar a un jugador del Real Madrid. Aquí es donde entraba en juego Darder con la estrategia que había pergeñado y que en aquellos momentos analizaban mientras daban cuenta de unos macarrones con tomate y salchicha regados con un par de botellas de vino de la Rioja.

- Mi propuesta es –resumió Darder-: Vayamos hasta el hotel del Real Madrid. Como siempre al llegar a Barcelona, su entrenador ofrecerá una rueda de prensa. Nosotros, como periodistas, podemos acceder y hablar con los jugadores. Mataremos dos pájaros de un tiro: completaremos la información para los reportajes que tenéis que enviar esta noche a la MNN y, lo más importante: decidiremos qué jugador es nuestro objetivo.

- Sí, todo eso está bien, pero el problema es cómo me las apañaré mañana para subir a la habitación de ese tipo –recordó Hertog, que en principio era el que tenía que encargarse del futbolista merengue-. Seguro que habrá un montón de policías.

- Sí, en el hotel suelen desplegar un gran dispositivo de seguridad estos días porque siempre hay alguien dispuesto a tocarle lo que no suena al Madrid –Darder sonrió con malicia y prosiguió-: Pero aquí es donde podemos aprovecharnos del madridismo de Juarros.

El periodista de ‘El Correo Diario’ hizo una pausa para encender un cigarrillo antes de seguir con sus explicaciones.

- Estoy seguro de que la babosa de Juarros irá a abrazarse con sus amigos del Madrid. Si estamos atentos, podríamos suplantarle y haciéndonos pasar por él, acceder al jugador que nos interese.

- ¡Genial, Jaume! –Baytar felicitó efusivamente a Darder-. Un gran plan. Y ya puestos, ¿a qué jugador propones que suplantemos?

- Bueno. Si en el Barça hemos escogido a Dani Cáceres como símbolo de la cantera del club, en el Real podríamos elegir alguna de sus estrellas extranjeras. Está Corrado Tienti. Es un futbolista cojonudo y que en este tipo de partidos siempre se crece. El muy cabrito es un auténtico peligro. Juega en la delantera pero tiene mucha movilidad y se mueve por todo el frente de ataque. Esto permitirá a Hertog tener una gran libertad para tomar muchas imágenes diferentes sin llamar la atención. Y además, ese espagueti es amigo de Juarros.

Hertog intentó a felicitar al periodista de ‘El Correo Diario’, pero Darder seguía encabritado con el reportero gráfico jaspiano.

- No me des las gracias; no me interesan tus gracias –su tono fue áspero.

- Oye, esto es una conversación profesional, y yo soy un profesional –contestó Hertog.

- ¡Basta ya! –Les frenó Baytar-. ¿Y dices que ese Tienti es un símbolo del madridismo?

- Bueno, más o menos –reflexionó Darder-. Es símbolo del dólar, del euro en nuestro caso. Quiero decir que es un jugador increíble que se enamora del club que más le paga. Pero bueno, eso, como casi todos. Y por el reportaje no te preocupes, que será el protagonista ideal. Está en mejor forma que Cáceres…

- Bueno, eso es lo de menos. Ya sabes que seremos Hertog y yo los que estaremos sobre el terreno de juego…

- Eso es lo que más miedo me da. Me parece que no aguantaréis más de cinco minutos antes de que los entrenadores os sustituyan. Y prefiero ni pensar en lo que os puede suceder si alguien llega a descubrir este pastel.

Entonces sonó el móvil que ‘El Correo Diario’ le había suministrado a Baytar días atrás. El terrícola conectó el teléfono y pulsó el botón del altavoz. De repente se les vino encima una catarata de palabras.

- ¿Darder? Aquí Martorell. Ya estamos otra vez como siempre ¿eh? Habíamos quedado que cuando salieras de la oficina de los Mossos d’Esquadra me llamarías para informarme. Estamos a medio día y aún no sé nada de ti.

- Hombre, Alfons, pensaba llamarle un poco después de la comida porque he tenido una mañana de mucho ajetreo. Pero vamos, no hay grandes novedades, ha sido una conversación tranquila, muy normal.

- ¿Normal? ¿Qué entiendes tú por normal? Claro, que si tú te incluyes dentro de los parámetros de la normalidad ya me lo puedo imaginar –El director del periódico estaba muy enojado-. ¿Sabes quién me ha llamado hace unos minutos? Pues nada menos que el intendente Antoni Casal.

Hubo unos instantes de silencio. Darder miró a Baytar y automáticamente le pasó el teléfono móvil haciendo un gesto como diciendo: “Tú sabrás qué le explicas”. El jaspiano tomó una vez más el mando de la situación.

- ¿Y qué le ha dicho el señor comisario? –El periodista de la MNN inquirió con un punto de prevención.

- ¡No es ningún comisario, es un intendente de los Mossos d’Esquadra! Y me ha dicho que tengo a mis órdenes a un sospechoso de varios delitos muy graves. Me ha explicado también que no has colaborado nada con ellos, y que has ido acompañado por un par de imbéciles, uno de ellos un auténtico cabestro, que se hacían llamar abogados. ¿Se puede saber a qué coño estás jugando?

Hertog le arrebató el teléfono de las manos a Baytar y contestó.

- Aquí no hay ningún cabestro. Yo cursé tres años de Bellas Artes en la Universidad de…

- ¿Y qué mierda me importa a mí que tú hayas estudiado tres años de lo que sea, Darder? Yo llegué a tercero de Psicología pero no soy psicólogo, soy director de un periódico. Y quiero seguir siéndolo. ¡Así que no me jodas más! Y deja de hacer falsetes con la voz cuando hablas conmigo, porque te voy a meter un puro que te vas a cagar. A ver cómo vas a llegar a final de mes con dos semanas de suspensión de empleo y sueldo.

A través del altavoz oyeron cómo Martorell pedía a su secretaria, a través del interfono que tenía sobre la mesa, un café doble. “Su dieta básica es café con tranquilizantes”, explicó el terrícola a los otros dos en voz baja. A continuación, forcejeó con Hertog para hacerse con el teléfono móvil, pero al final fue Baytar quien recuperó el aparato para seguir con la conversación mientras sus dos compinches se enzarzaban en un intercambio pugilístico.

- Pero vamos a ver, Alfons, ¿qué es lo que le ha puesto tan nervioso?

- ¿Que qué me ha puesto tan nervioso? ¡Me han vuelto a amenazar con llamarme a declarar! Y tú no deberías de estar tan tranquilo. Están tramitando una demanda judicial para obligarte también a declarar –Al oír estas palabras, el auténtico Darder dejó de aporrear por un momento a Hertog y se hizo con el teléfono.

- Mire Alfons, tiene que mantener la calma -dijo el periodista catalán a su jefe-. Sé muy bien qué es lo que estoy haciendo. Te dije que tengo el dossier sobre el asunto que nos interesa y es verdad. A partir del lunes podremos utilizarlo como más nos convenga. Para negociar con la policía, para presionar a Reginàs y, en última instancia, si nos obligan, para publicarlo. Los tenemos a todos cogidos por los cataplines –Los periodistas jaspianos se miraron con cara de extrañeza al no poder descifrar la expresión empleada por Darder quien hizo una pausa para tomar aire y seguir con su parrafada-. En los últimos años, exculparon varias veces a Oriol Reginàs de diferentes cargos y fue gracias a las influencias de su padre. Tengo las copias de los informes con el sello de ‘archivado’ en rojo. Son tan idiotas que acumularon esos documentos con los del último caso del pasado lunes en Montjuïc. Ahora tenemos pillado a Reginàs, pero también a la poli.

A Martorell, que ya había engullido el café y la píldora, le costó reaccionar después de escuchar aquellas revelaciones.

- Vaya, esto que me acabas de explicar cambia un poco las cosas –Y ya más tranquilo, añadió-: Tendrías que haber empezado por ahí. En este caso, vamos a frenarlo todo un par de días. Confiaré en ti. De hecho, siempre he confiado en ti. ¡Pero es que voy como una moto! Ya sabes que me juego mucho; todos nos jugamos mucho. Necesito que el lunes, sin falta, estés aquí en mi despacho con ese puñetero informe y que actuemos sin más dilación.

- Tranquilo, Alfons. El lunes estará en sus manos.

Baytar le arrebató el teléfono a su colega e interrogó al director de ‘El Correo Diario’.

- ¿Por cierto, quién del periódico va esta tarde a cubrir la llegada del Real Madrid?

- Joder, Jaume ¿Ya estás otra vez con los falsetes de voz? No serás un criminal, pero estás como una chota. Te tengo que dar el nombre de las pastillas que tomo yo. Son mano de santo… Bueno, a lo que íbamos. Pues irá Freddy Juarros. ¿Quién va a ir si no? Ya sabes que a él le gustan estas cosas. Además, tiene buenos amigos en el Real Madrid.

- Perfecto. Hasta luego, jefe, quiero decir señor director. O sea, Alfons –Concluyó Baytar.

Tras desconectar el teléfono móvil, miró primero a Hertog y después a Darder. Tras su pelea tenían un aspecto lamentable, especialmente el camarógrafo al que el terrícola le había apagado la colilla del cigarro en el cuello. El redactor de la MNN tenía claro que tenía que solucionar una situación que se le estaba escapando de las manos.

- Toma, Jaume –Ofreció al terrícola el teléfono móvil-. Deberías de hablar con tu mujer.

Darder miró un momento al suelo y después alargó la mano y cogió el aparato. Mientras marcaba el número de teléfono de Sonia, se fue alejando del comedor para ir hasta su habitación. Sentía un nudo en el estómago pues no sabía cómo enfocar la conversación. Ella pensaba que había estado con él la tarde anterior, pero en realidad no era así. Tenía muy claro qué había sucedido entre Sonia y Hertog y -“¡El colmo de los colmos para un cornúpeta!”, maldecía para sí-, ella ni tan siquiera sabía que había un tercero en discordia.

Escuchó pacientemente los tonos de aviso del teléfono hasta que, por fin, oyó la voz de Sonia al otro lado de la línea.

- ¿Sí?

- ¿Sonia? Hola, soy Jaume.

- ¡Jaume! ¿Qué tal? No esperaba tu llamada. ¿Cómo te va todo?

Darder se sorprendió en un principio por la calidez que irradiaba la voz de su mujer. Después se le aceleró el pulso al volver a sentir aquella imaginaria, pero igualmente desagradable, olor a cuerno quemado. Sin embargo, no tenía más remedio que controlarse.

- ¡Oh! bien, todo va muy bien. Llamaba para saber cómo se encuentran los niños y cómo estás tú. Bueno, ya sabes, lo normal.

- ¿Lo normal?, ¿Desde cuándo esto es lo normal? –Ahora la voz de Sonia sonó divertida-. Me estaba preparando para acompañarles al colegio. Esta tarde ya quedan libres hasta el lunes. Oye, me alegro de que te sentara tan bien nuestra conversación de la pasada tarde.

- Sí, claro. ¿Y a ti qué tal te ha sentado?

- Bien, bastante bien –rió ella-. Ese tipo de conversaciones siempre sientan bien a todo el mundo.

- Sí, sobre todo a los que las disfrutan.

- ¿Cómo?

- Nada, nada, cosas mías.

- ¿Qué has querido decir? –Insistió ella un poco picada. Darder se dio cuenta de que lo estaba estropeando todo y por eso se apresuró a corregir.

- He dicho que yo también disfruté mucho con nuestra conversación. Y, esto… ¿Estuve muy locuaz?

Ahora ella se rió de buena gana.

- Qué cosas tienes Jaume. No está bien preguntar eso a una señora.

- Bueno, pero entre nosotros es diferente. Eres mi mujer…

- Ex mujer –matizó ella

- Casi ex, pero a lo mejor lo podemos arreglar

- A lo mejor… Pero habría muchas cosas que cambiar antes.

- Así que estuve… muy locuaz. ¿Y tú?

- ¿Yo?, eso lo tendrías que decir tú, pienso. ¿O querrás que también me ponga una nota del uno al diez?

- No mujer no, era una broma. Tú estuviste de diez, como siempre.

- Como siempre. Por cierto, ¿qué haces este fin de semana?

- ¿Este fin de semana? Bueno, tengo algo de trabajo porque es el Barça-Madrid, ya sabes que siempre…

- Ya. Veo que sólo has cambiado en la cama, y tampoco creas que el cambio fue para tanto. Te iba a preguntar si querías pasar con nosotros el fin de semana, pero veo que no hay nada que hacer.

- ¡No digas eso, Sonia! No deseo otra cosa, pero tengo un tema entre manos y hasta el lunes no me libraré de él. Entonces podremos hablar y empezar de nuevo.

- Es lo mismo de siempre, Jaume –Sentenció ella. Su voz transmitía un profundo desencanto-. ¿Recuerdas lo que solías decir? Los lunes parecen diferentes, pero tras un lunes llega un miércoles, un sábado o un domingo, y entonces hay un partido. Un Barça-Madrid o un lo que sea. Es igual. Déjalo correr. Ya nos llamaremos para la visita semanal de los niños. Adiós.

- Pero Sonia, si yo estoy loco por ti… –Se atrevió a decir al final Darder, pero ella colgó el teléfono sin contestarle.

Regresó hasta el comedor en donde los dos extraterrestres preparaban su equipo y repasaban las imágenes que habían grabado durante la sesión matinal.

- ¿Cómo ha ido todo? –En la pregunta de Baytar había un punto de esperanza.

Darder miró a Hertog y respondió simplemente:

- Estupendamente. Todo ha ido de fábula.

(Continuará…)

LV

El avión en el que había viajado hasta Barcelona la expedición del Real Madrid llevaba a cabo las maniobras de aproximación sobre la zona del puerto de la capital catalana para enfilar la pista de aterrizaje del aeropuerto de El Prat. Era una tarde de otoño típicamente barcelonesa. Después de un día luminoso y no muy frío, la anaranjada bola del Sol se escondía rápidamente. En muy pocos minutos sería noche cerrada.

Tras el último giro del avión Corrado Tienti, sentado junto a una de las ventanillas del Airbus 330, podía contemplar el perfil de la ciudad desde el mar Mediterráneo. Se distinguían claramente, en primer plano, las dos torres de la Villa Olímpica. Al fondo, situada entre ambos rascacielos desde su perspectiva, se elevaba la Torre Agbar, con su aspecto de supositorio gigante para unos, de misil intercontinental para otros, y de inmenso consolador para el resto. A la izquierda de la torre del hotel Arts se adivinaba el parque de la Ciutadella y un poco más allá el Mercat del Born y toda la Ciutat Vella; y aún más arriba la alfombra cuadriculada del Eixample. Por la derecha de la ventanilla había desaparecido de su campo de visión el templo de la Sagrada Familia, siempre en obras.

Ahora volaban a muy baja altura por encima de los tinglados del puerto y a su derecha quedaba la montaña de Montjuïc. A lo lejos se elevaba el otro alto que encajona la ciudad por el este, Collserola. La llegada de la noche y una ligera bruma, producto de la humedad y de la contaminación, agrisaban los colores.

Corrado Tienti, delantero del Real Madrid, se dijo que Barcelona también era una buena ciudad para vivir. Incluso se le antojaba más parecida a su Italia norteña que Madrid. En realidad, consideró el futbolista, cualquier ciudad es una buena ciudad para vivir si cumple dos requisitos: tener un gran club de fútbol con mucho dinero que pagar y una buena plantilla para ganar títulos. Tienti, con veintisiete años y en la madurez de su carrera deportiva, era ante todo un profesional.

Un profesional en el mejor sentido de la palabra, entendía él; pero un profesional. Su fútbol y su físico habían sido su único patrimonio hasta que llegaron la fama y los contratos millonarios. Un físico que a los treinta y pocos años, con el tute que llevaba, empezaría a notar el desgaste.

Por tanto, se trataba de aprovechar aquellos buenos momentos y disfrutar de su inmensa suerte: era una estrella mundial en un negocio, el fútbol, que daba mucho dinero a todos los que estaban dentro del mismo. ¿Por qué no a él?

La camiseta podía ser rojinegra, blanquinegra, azulgrana o blanca inmaculada. Entrenar, correr, jugar, ganar títulos, disfrutar de la fama y de la gloria… En Milán, en Madrid, en Londres o en Barcelona… “¿Por qué no en Barcelona dentro de un par de años? El fútbol es así, que dice el tópico”, se dijo. “En fin, eso es mucho tiempo, mañana toca ganarles”.

En esas divagaciones mentales andaba Tienti cuando se dio cuenta de que el avión tomaba tierra en El Prat. Era su primer Barça-Real Madrid, aunque en Italia ya había vivido muchos otros clásicos y derbies. Por eso no le sorprendieron las medidas de seguridad y la expectación que provocaban la presencia del equipo; entre los aficionados del Barça y entre los del Real Madrid. Porque eso sí que le llamó la atención: había mucho madridista en Barcelona, algo sobre lo que, en realidad, ya le había puesto sobre aviso aquel periodista, Freddy Juarros. Estaría bien volver a saludar a aquel tipo tan curioso y saber qué cotilleos del ‘mercato’ podía contarle.

Una vez dentro del autocar, la expedición madridista enfiló el enlace entre el aeropuerto y el tramo final de la autovía de Castelldefels para dirigirse a Barcelona. A la altura de la plaza Cerdà, la Ciudad Condal ya había perdido para Tienti casi todo el místico encanto que la había provocado desde las alturas. “El tráfico es la misma mierda en todos sitios”, le dijo al compañero que se sentaba a su lado.

Al cabo de tres cuartos de hora, por fin llegaron al hotel de concentración, situado en el corazón de la ciudad. Otra nube de aficionados de uno y otro equipo, unos abucheándoles y otros animándoles, les esperaba formando un pasillo en el corto tramo que existía entre la puerta del vehículo y la de acceso al hotel. Mossos d’Esquadra y miembros de los medios de comunicación les esperaban al otro lado de la puerta de entrada.

Cuando por fin consiguió acceder al mostrador de la recepción del hotel, Tienti oyó que alguien llamaba su atención desde uno de los lados. Era Freddy Juarros.

- Ciao, Freddy! Comme vai? –El futbolista italiano saludó efusivamente al periodista catalán.

- Ciao, Corrado! Va bene! -contestó Juarros-. ¿Qué, preparado para el repaso que os vamos a dar?

- Vamos, Freddy, que a mí me lo puedes contar, hombre. Si eres más blanco que yo –Tienti le contestó al oído, entre risas.

- ¡Eso, seguro! –Confirmó Juarros, también riendo -. Oye Corrado, mañana por la mañana me pasaré a verte. Nos tomamos un café y hablamos más tranquilos ¿OK?

- OK, OK. Domani per la matina, amico.

Tras despedirse de Tienti, Juarros subió hasta el salón que el hotel había habilitado para la multitudinaria rueda de prensa del entrenador del Real Madrid, Martín Fernández.

En medio del gentío y del movimiento de personas y bultos, el periodista de ‘El Correo Diario’ no se había dado cuenta de que durante su conversación con la estrella italiana le habían estado observando con mucha atención. Los espías no eran otros que Jaume Darder y la pareja de enviados especiales de la MNN japonesa, que en realidad eran Baytar Dix y Hertog Bulq, enviados especiales de la MNN jaspiana. Si Juarros hubiera podido sospechar que en aquellos momentos se había convertido, junto al madridista Tienti, en el próximo objetivo de aquel abigarrado grupo, seguro que no habría estado tan tranquilo. Pero cuando estaba enzarzado en las relaciones públicas, Juarros solía dejar peligrosamente al aire otros flancos.

El trío, durante las entrevistas a los jugadores, había aprovechado para quedarse bien con la cara del candidato escogido. Hertog, simulando que tomaba planos generales de la llegada del conjunto madridista, grabó toda la conversación entre Tienti y Juarros y ahora la repasaba a través del visor de la holocámara. El jaspiano estaba indignado.

- Ese tipo es realmente una babosa. Después os pondré la conversación que ha mantenido con el futbolista y ya me diréis.

- Ya, pero lo que nos interesa es saber si han quedado para mañana –Baytar, a media voz, le metió prisa.

- Sí, tranquilo, ya lo tenemos. Mañana por la mañana ha quedado en venir a verle.

- Pues ya sabes qué es lo que tienes que hacer, Hertog.

- Aquí tendrías que haber utilizado la expresión: “Espero que no la cagues, Hertog” –Darder pinchó al camarógrafo-. ¿Tu traductor la reconoce?

Si a Juarros le podían las relaciones públicas, el punto flaco de sus espías eran sus disensiones internas. Tal vez por eso, Hertog y Darder no cayeron en la cuenta de que un tipo con demasiada pinta de periodista como para ser un periodista de verdad no se había despegado de ellos desde su llegada al hotel junto a la expedición del Real Madrid. En cambio, Baytar sí se había quedado con el detalle.

- Debe ser que el alcohol te mantiene alerta –Le espetó Darder.

- Cada uno tiene su combustible. Los tuyos son el tabaco y la mala leche –replicó el jaspiano-. Apaga el jodido pitillo que nos van a echar. Y en cualquier caso, hemos de pensar qué hacemos con ese tipo, porque tengo la impresión de que la policía nos ha puesto una escolta personalizada.

- ¿Esperabas menos, después del numerito de este cernícalo en la comisaría? –Culpó el periodista a Hertog-. Bueno, hemos de pensar cómo despistarle.

- De momento, dejaremos que nos siga -Concluyó Baytar-. Si creen que dominan la situación y que no nos hemos enterado, les llevaremos un paso de ventaja. Pero mañana hemos de encontrar la manera de deshacernos de él.

(Continuará…)

LVI

Dani Cáceres había llegado a su casa preocupado y de mal humor tras la conversación con aquellos periodistas, así que respiró aliviado cuando se encontró con una nota de Mónica en la que su novia le explicaba que había salido de compras y que no regresaría hasta la tarde. Tenía tantos frentes abiertos que daba gracias al cielo por poder mantener el alto el fuego en uno de ellos. El único inconveniente era lo que ponía al final de la nota. “Rosie te preparará algo de comer. Nos vemos mañana. Te quiero. Mónica”. Así que la china andaba merodeando por la casa. Igual aquella bruja aprovechaba para envenenarle…

El capitán del Barça estaba asustado. El asunto de la lesión de Martí se le podía escapar de las manos. Aunque por los pelos, había salvado los muebles ante Kranzbühler; y Schaaf iba a ser una tumba, por la cuenta que le traía. Pero ¿qué iba a hacer con aquellos tres tipos? El tarado de Darder tenía aquella grabación. ¿Qué querían hacer en el hotel de concentración? Si le pillaban, el club le pondría una sanción ejemplar; Kranzbühler tendría la excusa perfecta para no dejarle jugar; y si se descubría todo el pastel, aún peor: entonces estaba acabado.

Se acercó hasta la cocina y se encontró a la criada que trajinaba con las sartenes. Ella le miró de reojo y después siguió a lo suyo. “Esto es una auténtica invasión”, se dijo para sí, y ya en voz alta, le soltó a la mujer:

- ¿No serán primos tuyos, esos cabronazos de la cámara? De ti me puedo esperar cualquier putada.

- Señora dijo que preparara comida. Aquí tiene comida –La criada dejó el plato sobre la mesa con estrépito y se quitó el delantal-. Empiezo fin de semana. Me voy. ¡Hala Madrid!

- ¡No te jode, la china! Quiero que sepas que voy a hablar con tu ‘señora’ y el lunes ya puedes hacer las maletas de vuelta a Pekín, a Manila, o de donde coño vengas. ¡Y mañana le vamos a meter cinco, a esos cabrones! –Pero Rosie ya había salido de la cocina.

A Cáceres se le quitaron las pocas ganas de comer que traía y se pasó el rato viendo los noticiarios de la tele y releyendo los periódicos que había comprado. En todos ellos le daban como titular frente al Real Madrid.

A fin de cuentas, eso era lo único importante en aquellos momentos. En las noticias reprodujeron fragmentos de la rueda de prensa de Otto Kranzbühler en la que se encaraba con el periodista japonés. Desde luego, aquel Darder y sus amigos eran unos auténticos cabritos, pensó. “Por lo menos, también han jodido a Kranzbühler” -Se consoló.

Por fin, a media tarde, recogió sus cosas y se metió en el coche para dirigirse hasta el Camp Nou. Al llegar a las instalaciones del club estacionó el Jaguar en el parking y después de bajar un momento por los vestuarios, subió al autobús que llevó hasta el hotel a todos los jugadores convocados para el clásico contra el Real Madrid.

Al llegar al lugar de concentración, algunos equipos de televisión les esperaban junto a la puerta de entrada. Ya en el hall del establecimiento hotelero vio al presidente Carles Puga que estaba dando la bienvenida a jugadores y técnicos. Cuando se cruzó con él, Puga le dio la mano con muy pocas ganas.

- Vaya por Dios, Dani; compruebo con alegría que ha conseguido quedarse un día callado.

- Hola, presidente –Se limitó a contestar el capitán del equipo azulgrana.

- Me ha llamado su representante. Hemos quedado para hablar la próxima semana porque ahora no es el momento de pensar en otra cosa que no sea el partido de mañana –Relató Puga.

- Ya sabe que yo nunca he querido perjudicar al club…

- Mire, Dani, le seré muy sincero. Usted sabe que en el seno de la directiva hay gente que no está contenta con su rendimiento. Kranzbühler está muy disgustado con usted. Ya veremos qué podemos hacer. ¡Hombre, Yeltov! –Gritó Puga al ver a lo lejos al compañero de Cáceres- Bueno Dani, ya seguiremos hablando.

Puga se largó a toda pastilla para saludar a Yeltov y dejó a Cáceres plantado. El capitán azulgrana accedió a uno de los ascensores y subió hasta su habitación. Como veterano de la plantilla, tenía el privilegio de no tener que compartirla con otro compañero, así que por lo menos estaría tranquilo hasta el día siguiente, pensó.

A los pocos minutos de instalarse en la estancia, sonó el teléfono. Al descolgarlo, se encontró con la voz de Fran Trujillo.

- ¿Dani? Aquí Trujillo, ¿qué tal, cómo va eso?

- Resistiendo. El presidente me ha dicho que habló contigo.

- Pues sí, y para qué te voy a engañar. Lo tienes bastante chungo, chaval. Yo me voy a volcar en ti como siempre, eso ya lo sabes, pero por si acaso, voy a empezar a mover cosas en el exterior. Lo típico. Empezaremos por Italia, Inglaterra y después vamos bajando. Turquía y Grecia son sitios con pasta. Francia es más tranquila pero parece una Liga de solteros contra casados. Está bien el Mónaco por lo de los impuestos. En fin, a ver qué nos ofrecen. También daré un toque a un par de amigos de la prensa.

- ¿Y el Barça?

- Sí, hombre, sí. Y el Barça. Pero ya sabes lo jodido que está eso. Vamos por partes, como decía Jack el Destripador.

- ¡Qué hijoputa eres, Fran!

- Pero me quieres ¿A que sí?

- Hasta luego, Fran.

- ¡Hala Madrid!

- ¡Vete a la mierda! -Contestó Cáceres entre risas.

Decididamente, Fran Trujillo, con todos sus defectos, era el único capaz de arrancarle una carcajada cuando estaba a punto de hundirse en un montón de mierda. Un poco más animado, decidió llamar por teléfono a Mónica para poner un poco de paz en casa.

(Continuará…)

LVII

Encerrados en un despacho, un puñado de kilómetros al sur del hotel de Dani Cáceres, Antoni Casal y Robert Sambenito no podían dar crédito a lo que habían visto hacía tan solo unos minutos. Los dos hombres que habían sido encontrados en cueros en el asiento trasero de un Mercedes en el paseo de Gràcia eran físicamente idénticos a los dos esperpentos que se habían presentado como abogados en su despacho acompañando a Darder.

Tras someterles a un concienzudo interrogatorio -“Así sí que da gusto”, había comentado Sambenito a Casal durante el mismo-, lo único que habían podido sacar en claro es que aquellos dos lechuguinos nunca habían estado en la comisaría de Pontils. Uno de ellos eran abogado y economista, y el otro diplomado en empresariales y MBA. Y que era un buen momento para vender acciones de Telefónica porque se preparaba un nuevo pelotazo. También les habían obsequiado con una tarjeta de recomendación para la mejor casa de citas de la ciudad.

“Todo cosas útiles, es cierto”, había comentado Sambenito. Pero decididamente, aquellos dos tipos no aportaron nada nuevo a la investigación. No recordaban nada, excepto que aparcaron el coche y se dirigían al edificio de la Bolsa de Barcelona. A partir de ahí, el vago recuerdo de una leve presión en la nuca y a continuación, la más absoluta oscuridad. Después, los rostros de los vigilantes del parking y de los Mossos d’Esquadra picando al cristal de la ventanilla del coche, y ellos dos acurrucados en calzoncillos en el asiento de atrás.

Casal y Sambenito habían recibido además una notificación de la comisaría de los Mossos d’Esquadra del distrito de Ciutat Vella, sita en la calle Nou de la Rambla. Una pareja de turistas japoneses había aparecido en los lavabos del Museo Marítimo de Drassanes con los mismos síntomas de desvanecimiento. Y por supuesto, en ropa interior.

- Bueno, por lo menos se confirma que esa pista es la buena –dijo Sambenito-. Nosotros y otros muchos agentes hemos visto esta mañana a Darder con dos tipos idénticos a esos dos lechuguinos. Y la tarjeta que nos dejó aquel imbécil es de uno de ellos. Y ahora resulta que tienen fijación con los japoneses. Por la hora del informe, fueron él y sus amigos los que atacaron a los japos de Drassanes. La pregunta es ¿Cómo se lo montan para suplantarles?

- Estoy de acuerdo, Roberto, es un caso más que extraño. Personas que aparecen desvanecidas mientras su doble se pasea por la otra punta de la ciudad, siempre en compañía de ese mamarracho… No me gusta lo que voy a decir, pero deberíamos de empezar a valorar la posibilidad de que exista un factor sobrenatural.

- ¡Joder, Antonio! –El intendente Sambenito cortó a su colega de manera inmediata -. ¿A tu edad vas a creer en marcianitos y aparecidos? ¡Seamos científicos! ¿Qué hay del agente que tenía que localizarlos y seguirlos?

- Viajó con el Real Madrid desde el aeropuerto de Barajas para camuflarse dentro de la expedición y tenía órdenes de no perder de vista los cogotes de Darder y sus compinches en cuanto estableciera contacto visual con ellos. Los interceptó en la llegada del Real Madrid al hotel de concentración. Y por supuesto, ese mastuerzo ya no iba acompañado por sus abogados, sino por dos periodistas japoneses: un hombre y una mujer.

- ¡Qué casualidad! –Añadió con ironía Robert Sambenito.

- Pues sí. Allí no han hecho nada extraño.

- Se habrán tomado un respiro después de tantas fechorías. O estarán preparando la siguiente. ¿Les sigue vigilando?

- Sí, por supuesto. No les va a quitar el ojo de encima. Y tranquilo, ya te he dicho que es uno de los mejores especialistas que hay entre todos los cuerpos de seguridad del Estado. Cuando estaba en la Policía Nacional sirvió en el País Vasco y se especializó en tareas de infiltración.

- Bien, pues de momento que siga así, pero que no actúe. A ver hasta dónde nos lleva todo esto.

(Continuará…)

LVIII

Una vez que habían fijado sus objetivos para el día siguiente, Darder, Baytar y Hertog recogieron todo el material, se subieron al Volkswagen del terrícola y se dirigieron hacia la cima de la montaña de Montjuïc. Tras aparcar el vehículo cerca del Estadio Olímpico, volvieron a caminar campo a través hasta llegar a la nave de los jaspianos, que seguía camuflada como si se tratara de un inmenso camión de la basura. En el parabrisas recogieron una nueva multa y tras comprobar que nadie les observaba, entraron en su interior.

Lo primero que hizo Baytar fue contactar con el Jefe para comunicarle qué es lo que podía ofrecerle aquella noche. Drinag estaba especialmente amable. Era el mejor síntoma de que estaban enderezando el rumbo.

- Me cuesta decir esto, pero tengo que admitir que aunque sea de rebote, has acertado –concedió Drinag-. Tus reportajes sobre el fútbol en los Mundos Primitivos ha causado sensación entre la cúpula y, por lo que dicen los índices de audiencia, también entre el público. Incluso los periódicos se hacían eco esta mañana de tus informaciones sobre ese equipo tuyo…

- … El Barça.

- …Eso. Pues la conspiración para patear al crío aquel y que juegue el otro vejestorio ha sido la bomba. ¡Voy a tener que pagarte un plus para bebida, por todos los astros!

- Eso cuando renegociemos mi contrato y el de Hertog –Se apresuró a añadir.

- Bueno, yo he hablado de pagarte unas copas, no de subirte el sueldo. A ver ¿Qué me vendes hoy?

- Calidad, calidad. La previa del partido, incluida una bronca con el entrenador del Barça por el tema de la lesión. Y la entrevista con un periodista terrícola…

- … ¿Estás seguro que no nos vas a meter en un lío? Ya sabes que la Federación es muy estricta con el Protocolo.

- ¿Qué te ha dicho el gabinete jurídico de la cadena?

- Que antes de dar el permiso para que la emitamos tendrán que hacer un visionado.

- Bueno, pues nosotros grabamos la entrevista y ellos que la ‘visionen’. Ya te dije que Jaume Darder es de total confianza –Miró al terrícola, que no entendía nada de la conversación, y le dio una palmada en el hombro-. Y además, le tenemos pillado por las gónadas. Si no nos ayuda hasta el final, no podrá salir de ésta. Acabará despedido, divorciado y en un psiquiátrico. Aún no sé si ayudándonos se escapará del psiquiátrico…

El Jefe se rió de buena gana al oír la última parte de la disertación de Baytar.

- No, si yo ya sé que no es saludable ser amigo tuyo.

- Drinag, yo nunca te dije que fuera una buena persona. Te dije que era un buen periodista.

- Y lo eres. Bien, graba toda esa mierda que me has explicado y envíamela. Veremos qué puedo hacer con ella.

- ¿Y qué hay de nuestro viaje de regreso? -Se atrevió a inquirir Hertog, que había seguido toda la conversación en silencio hasta entonces.

- No os preocupéis. Ya he iniciado los trámites para que os envíen una nave de rescate con las piezas necesarias para reparar la vuestra. Os traeremos de regreso a Jaspion.

- ¿Cuándo será eso?

- El equipo de rescate despegará mañana por la noche. Un día después estará allí, así que andar con cuidado. La verdad, pienso que además de ir todo el día beodo estás loco. Si os descubren durante el partido, no sé qué pasará con vosotros, pero si os sale bien, habréis salvado vuestras cloacas y la mía.

- Que así sea –Aventuró Baytar.

Tras cortar la comunicación, Hertog grabó la entrevista con Darder. El periodista de ‘El Correo Diario’ explicó las principales diferencias del fútbol que se practicaba en la Tierra. Después, entraron más en detalle en lo que significaba el duelo Barça-Madrid.

- Durante muchos años, el Fútbol Club Barcelona ha representado la lucha de todo un pueblo contra la opresión que sufría por parte de un estado centralista y dictatorial. El Real Madrid, respaldado por los poderes de la dictadura franquista, se convirtió para muchos en el símbolo de ese poder opresor –Darder ya había tomado carrerilla-. Afortunadamente, esa situación de represión ya no existe, pero para muchos el Barça sigue siendo la representación de un sentimiento especial. El bien contra el mal, el Ying y el Yan. ¿Me entiendes?

- Me temo que estos razonamientos se escapan al entendimiento de muchos de nuestros espectadores –Baytar miró por un instante a la cámara en un gesto cómplice con la audiencia.

- Cómo te lo podría explicar… Tú y Hertog habéis visto estos días ‘La Guerra de las Galaxias’…

- …Para que lo entiendan nuestros espectadores –Le interrumpió Baytar-, les explicaré que se trata de una saga de películas que pertenecen a un género que en la Tierra denominan ciencia ficción. Tendría cierta equivalencia con lo que en la Federación llamamos culebrón histórico, basado en los mitos antiguos de los orígenes de nuestro sistema.

- Bien. En esas películas se hablaba de una Fuerza positiva que mueve y armoniza el Universo, desde las partículas más diminutas hasta su inabarcable conjunto, y hace que el todo mantenga un equilibrio. Y opuesto a esa Fuerza existía el Lado Oscuro, el Mal –Darder tomó resuello, se ajustó el auricular por el que escuchaba la traducción simultánea y continuó-. Un Barça-Madrid es como el choque de esos dos lados de la Fuerza. Evidentemente, cada aficionado piensa que el equipo rival representa el Lado Oscuro de la Fuerza, pero por las connotaciones de equipo resistente al antiguo régimen y otras muchas consideraciones, creo que es evidente que el Barça no representa al Lado Oscuro de la Fuerza…

- Habría que añadir, para ser justos, que nuestro invitado, Jaume Darder, es un barcelonista recalcitrante –Aclaró Baytar Dix a la -. Bien señores. Hemos analizado este apasionante y primitivo Barça-Madrid tanto desde su vertiente deportiva como desde la sociopolítica con el periodista terrícola Jaume Darder, redactor de ‘El Correo Diario’ de Barcelona. Espero que no faltarán a la cita con nuestra próxima entrega: ¿Cómo es un partido de fútbol de la Tierra desde dentro? Mañana podrán saberlo si siguen con nosotros. Gracias por su atención.

Después de esperar unos segundos, Baytar le hizo una señal a Hertog para que cortara.

- Habéis estado perfectos –Aseguró el camarógrafo-. Voy a enviarlo inmediatamente y en cuanto lo reciban nos podremos marchar a casa.

- No hombre, antes nos vamos a tomar unas copas para celebrarlo –Propuso Baytar.

- Ni hablar –Darder fue rotundo-. Tengo a toda la policía de Barcelona pendiente de mí, así que no nos vamos a ir de bares para que al final nos enchironen. Nos metemos en casa y a esperar que toda esta mierda de mañana salga bien.

- Bueno, pues entonces podemos hacer una escala en alguna tienda y compramos todo el abecedario en bebidas, anís y zurracapote incluidos –Sentenció Baytar, que estaba eufórico.

Salieron del camión-cohete con sumo cuidado para no espantar a los ocupantes de los numerosos coches que estaban en la zona. Caminando de manera sigilosa, volvieron a cruzar campo a través, internándose de nuevo en el Jardín Botánico para llegar hasta donde habían dejado el coche estacionado.

Un minuto después de que el trío abandonara la zona, una sombra igualmente sigilosa salió de detrás de unos arbustos y se acercó hasta el camión. Se trataba del cabo de los Mossos d’Esquadra Héctor Aguirre. Encuadrado en la Sección de Información, era conocido por sus compañeros como ‘El Culebra’ tanto por su habilidad para infiltrarse en las organizaciones delictivas a las que investigaba como por sus viscosas maneras. El mosso d’esquadra había seguido hasta allí a Darder y sus colegas.

Dio una vuelta alrededor del vehículo andando casi en cuclillas para no ser descubierto y se acercó a la zona de la cabina para intentar acceder a ella. La puerta no respondió y cuando probó a forzarla se llevó un calambrazo. “¡Coño, esto no lo abre ni el McGiver!”, se dijo. Entonces se arrastró hasta la parte posterior del camión y probó con el portón trasero, con los mismos resultados. Mientras sacudía la mano derecha para calmar el dolor que le había producido la nueva descarga, decidió que era mejor no perder la pista de aquellos tres verracos y dejó el camión para otra ocasión en la que estuviera mejor equipado.

‘El Culebra’ se arrastró montaña abajo en pos de su vehículo, que había dejado aparcado muy cerca del de Jaume Darder y sus compañeros.

(Continuará…)

SÁBADO

LIX

La semana había sido muy dura para los guardias urbanos Lluís Serrat y Gerardo García tras los incidentes que se habían registrado en el Mirador del Migdia desde el lunes. Los mandos policiales habían estado muy revolucionados, ordenando que se reforzara el servicio con más patrullas. En cualquier caso, el esfuerzo había dado sus frutos pues las dos últimas noches habían transcurrido con relativa placidez en la zona. Serrat y García completaban su última ronda por las calles de la montaña de Montjuïc antes de regresar a la comisaría y dar por finalizada la jornada y la semana laboral. Libraban el sábado y el domingo y no se incorporarían al servicio hasta el lunes.

Su agenda lúdica era muy similar: Llegar a casa, desayunar y tumbarse en la cama a descansar hasta primera hora de la tarde. Después, salir de compras un rato con la mujer –con las otras esposas, solía bromear siempre Serrat- y a las nueve de la noche, plantarse frente a un televisor para seguir el Barça-Madrid. Desde hacía muchos años, varios compañeros de la Guardia Urbana se reunían en un bar cuando no estaban de servicio para ver los partidos de fútbol. Sobre todo, para seguir los grandes duelos, como era el caso de este sábado. Serrat era un culé acérrimo, mientras que García se enorgullecía de su condición de merengue recalcitrante.

Aunque lo habitual era que estar toda la noche en vela les agriara el carácter, la cercanía del final del turno les ponía de buen humor y, mientras daban su último paseo semanal por la parte alta de la montaña de Montjuïc, se iban picando el uno al otro con el clásico futbolístico.

- Vamos, hombre, no me vaciles. Si lleváis un montón de años sin ganar en el Estadi, ¿cómo vais a ganar esta noche? –Preguntó Serrat a García-. Esta noche, el Madrid a palmar, como siempre.

- Los culés siempre estáis igual. Con ganar hoy al Madrid ya tenéis bastante. ¿Y después, qué? Así estamos en la clasificación: papá siempre encima de mamá.

- Ya. Pues ya sabes que las que mandan siempre en casa son las madres –recordó Serrat-. Además, vosotros mucha estrella, mucho italiano de diseño, pero cuando llegáis al Camp Nou, os entra la jindama. Esta noche os meteremos tres, por lo menos.

- Sí, hombre sí –García se dirigía a la ventanilla, como si al otro lado de la misma se encontrara un tercero en discordia del que buscara su complicidad-. Si no tendréis al niñato ése, Martí, que era el único que os estaba salvando últimamente. Estáis tan cagados que vosotros mismos os lesionáis.

- Bueno, ¿tú has apostado en la porra? -Serrat desafió a García-. Pues ya veremos quién se lleva la pasta y ya está.

- El que la pille se lleva un buen regalo porque hay unos doscientos euros –Desveló García.

- ¡Joder! –Exclamó Serrat-. Claro, que no me extraña: ha apostado toda la comisaría. Hasta el intendente Sambenito.

En estas bromas y requiebros andaban hasta que pasaron frente a la zona del Mirador del Migdia y desde la calzada divisaron a lo lejos el pinar en donde las parejas aprovechaban la oscuridad de la noche para pegarse un revolcón dentro del coche. A esas horas de la mañana no se divisaba vehículo alguno excepto aquel inmenso trailer con los colores de BCNeta! y que nadie había acudido a recoger todavía.

Serrat, que era quien conducía en esos momentos el coche patrulla, hizo un gesto de disgusto al ver por enésima vez la silueta del camión recortada frente al cielo que con la llegada del amanecer empezaba a clarear.

- Collons, tú. Ahí sigue el jodido camión de la basura. Si no lo recogieron anoche, esos ya no lo mueven de aquí, como mínimo, hasta el lunes.

- ¿Tramitamos el parte para que vinieran a recogerlo? –preguntó García.

- Por supuesto que sí –aseveró Serrat-. Cuando se llevaron a cabo las investigaciones del lunes, el cabo Rodríguez rellenó el formulario para comunicarlo por conducto reglamentario al departamento correspondiente, pero ya sabes cómo funciona la ‘burrocracia’. Para cuando los de BCNeta! reciban el aviso pueden haber pasado tres o cuatro semanas. Me parece que los del turno de día se entretienen poniéndole multas. ¡Cuando vengan a recogerlo se lo van a encontrar empapelado de arriba abajo! Van a agotar los folios haciendo pliegos de descargo para que les retiren todas esas denuncias.

García se quedó pensativo unos segundos y al final dijo:

- Oye, ¿quieres que cerremos la semana a lo grande? Vamos a ponerles nosotros una multa también y que se jodan.

Serrat se rió de buena gana y golpeó el volante en señal de asentimiento. Después dirigió el coche patrulla hasta las proximidades del camión.

A unos kilómetros de allí, en el distrito del Eixample, Darder y sus compinches empezaron su jornada; Baytar amaneció bajo los efluvios del mucho alcohol que había trasegado hasta altas horas de la madrugada. Tras el desayuno se sentaron a repasar los últimos detalles del plan y asegurarse que todo estaba previsto pues una vez abandonaran el piso no se reencontrarían hasta la noche. Sólo mantendrían breves contactos telefónicos para confirmar que se iban cumpliendo los distintos pasos hasta que, ya sobre el terreno de juego del Camp Nou, los extraterrestres se volverían a ver las caras encarnando a Cáceres y Tienti, respectivamente.

Darder se acercó un momento hasta uno de los ventanales del comedor y el vaho que produjo su respiración empañó momentáneamente el cristal. El cabo Héctor Aguirre, seguía plantado allí abajo. Apostado en la acera opuesta frente al portal de su finca, el sabueso se movía constantemente, encogido dentro de su chaquetón tres cuartos de paño azul marino y corte marinero, con un gorro de lana calado hasta las orejas. De tanto en cuanto zapateaba con fuerza para quitarse el frío del cuerpo. En las manos llevaba un cucurucho de churros con chocolate que se estaba zampando con voracidad canina.

- Ahí sigue nuestro amigo. Desde luego, no puede negar que se ha metido de lleno en su papel de periodista madrileño. Se está metiendo entre pecho y espalda un cartucho de churros.

- Bueno, en seguida nos ocuparemos de él –Pronosticó Baytar antes de recapitular: En primer lugar saldrás tú, Jaume, y te llevas tras de ti al polizonte. Recuerda que nos tienes que dar el margen suficiente para que podamos abandonar el edificio sin que él nos vea. Pongamos que con unos cinco minutos bastará, porque tampoco tendremos más tiempo: pedirá refuerzos y si no andamos listos nos pillarán. Tú, sobre todo, te has de comportar con naturalidad. Vas, compras los periódicos y regresas a casa a esperar nuestras llamadas. Y ya por la tarde, hala, al fútbol, como un aficionado más…

- Oye capullo, que yo he ejercido como periodista deportivo más años que tú –Se indignó el terrícola, pero el otro continuó su perorata, impasible:

- Acuérdate de recargar las baterías para la holocámara y de llevarte el ordenador portátil y el móvil. El teléfono que me dio Martorell será la única vía para contactar. Ten muy presente que eres nuestro único enlace. Y lo más importante, te repito, no te descuides la micro cámara para grabar desde la zona de prensa. Ahora tú, Hertog –Hizo una breve pausa-. ¿Recuerdas qué tienes que hacer?

- Por favor, hablas con un profesional –Cuando se percató por las caras de sus compañeros de que no estaban para bromas, adoptó un tono más serio-. Sí hombre, sí, relájate. Yo ahora me transformo en la chati japonesa y por la noche seré el Tienti ése, sin problemas. ¡Ah!, y que no se me pase meter en mi bolso la micro cámara para el partido. ¿Y tú qué?

- Yo ya sé muy bien qué es lo que tengo que hacer –Baytar se puso solemne y en lugar de repasar su parte del plan les soltó una arenga. -Nos lo jugamos todo a una carta. Hoy, o nos cubrimos de gloria o nos cubrimos de mierda hasta las orejas…”. Siguió desbarrando mientras sus compañeros ultimaban los preparativos sin atender a su digresión preñada de tópicos bélicos. A esas alturas, Darder -ni qué decir Hertog que lo conocía de mucho antes- estaba más que acostumbrado a los delirios etílicos del periodista de la MNN.

Cuando por fin se le acabó la cuerda, se despidieron y Darder abandonó el piso mientras los jaspianos se apostaban en las ventanas del comedor para observar. Al cabo de un par de minutos, tuvieron la certeza de que su amigo había llegado a la calle: el mosso d’esquadra corrió a esconderse en un portal. Después vieron como el periodista cruzaba la calle y se alejaba en dirección hacia la Sagrada Familia. El sabueso arrancó a caminar tras sus pasos.

- Ahora estamos en sus manos- dijo Baytar mientras observaban cómo se alejaban los dos terrícolas.

- Es un buen tipo –Le defendió Hertog-. Me lo dijo su mujer. Bueno, quiero decir que ella, que pensaba que yo era él, me dijo que era un ser maravilloso y que no entendía qué me había pasado…

- …Vale, vale, vale. Deja correr el asunto y, por todos los asteroides, ni se te ocurra explicarle a Darder estas cosas. Nos vamos. Por lo que más quieras Hertog, esta vez no la cagues.

- Tú procura no empinar el codo más de la cuenta y entonces seguro que todo irá bien –Contestó como despedida el camarógrafo, muy ofendido.

(Continuará…)

LX

Antoni Casal y Robert Sambenito volvían a estar reunidos en comisaría. Para ellos no habría día de descanso aquella semana. Al quebradero de cabeza que ya suponía la celebración del Barça-Real Madrid, se sumaban las andanzas de Jaume Darder. Buena parte de los efectivos de su distrito participaban en el dispositivo de seguridad para el gran clásico; pero además, su sospechoso era un periodista deportivo y en los últimos días se había movido insistentemente por el Camp Nou y sus alrededores. Convenía tener vigilado muy de cerca a aquel sujeto por si al final decidía actuar durante la disputa del partido.

En cierta manera, no les importaba trabajar el día que se jugaba el Barça-Real Madrid. Era la manera de asegurarse que a las nueve de la noche, y si no sucedía una auténtica catástrofe en Barcelona, podrían estar frente a un televisor cuando empezara el partido.

- ¿Qué, habéis hecho porra en vuestra comisaría? –Le preguntó Sambenito a Casal.

- Por supuesto. Un 0-2 la mar de hermoso que he puesto, por no poner 0-3 –anunció muy ufano el mosso d’esquadra.

- ¡Mira que sois chulos, los merengues! –contestó el guardia urbano-. Lo que no entiendo es que no te echen de los Mossos d’Esquadra. Un intendente de la policía autonómica catalana, catalán de pura cepa, blanco hasta las cachas. ¡Debes de ser la deshonra del cuerpo!

- Nadie es perfecto, y ya lo tienen más que asumido. Además, si en los Mossos no nos piden el carné del partido, menos aún van a pedir el carné del club de fútbol.

- Eh, eh, eh, que en la Guardia Urbana tampoco se piden carnés de nada.

- Los culés sois unos fundamentalistas. Ser merengue es mi estigma y lo saben hasta los novatos de la comisaría ¡Y a tragar, que para eso fue un catalán, Joan Padrós, quien fundó el Madrid!

- Y Santiago Bernabéu, un manchego como mi abuelo, fue quien lo hizo grande, y yo soy del Barça como buen catalán. Además, sois unos renegados. Porque ahora estás presumiendo de que Padrós creó el Real Madrid, pero no hace mucho os inventasteis no sé qué historia para negarlo.

- Bueno va, no te envuelvas en la senyera que a vosotros os fundó un suizo, Joan Gamper. Y vayamos con lo que interesa –Cortó la discusión Casal.

- Eso es. ¿Qué novedades tenemos desde ayer?

- Nuestro agente me ha informado de que anoche siguió a Darder y sus nuevos amigos japoneses trío desde el hotel de concentración del Real Madrid hasta Montjuïc. Aparcaron en los alrededores del estadio y se dirigieron a la zona del Mirador del Migdia pero no molestaron a las parejas que había por allí. Se metieron en un camión de la basura que lleva allí abandonado toda la semana. Al cabo de una hora salieron y se largaron, sin más. Pararon a comprar un cargamento de bebidas y se fueron al piso de Darder.

- Vaya, vaya. Así que estuvieron en Montjuïc pero no atacaron a nadie. ¿Curioso, verdad? ¿Y qué hay del camión?

- Bien, se trata de un vehículo tamaño tráiler con los emblemas de BCNeta! El agente intentó forzar las cerraduras, pero no hubo manera…

- …Vaya con James Bond ¿Y éste es el mejor que tenemos? ¡Que no nos toque el peor!

- …Al parecer, las cerraduras estaban protegidas con un sofisticado sistema electrónico y, lógicamente, no llevaba el equipo necesario para estos casos.

- Lógicamente, debe de ser del Madrid –Se pitorreó Sambenito. ¿Cómo va a estar protegido con un sofisticado sistema de seguridad un camión de la basura?

- ¡Lógicamente…! –Casal estuvo a punto de contestarle, pero al final decidió seguir con su discurso y dejarse de circunloquios-. En fin, a lo que íbamos. Tras desistir en su intento de entrar en el vehículo, les siguió de vuelta a casa. A la hora de transmitir el informe, las diez de la mañana, la única actividad que se había registrado era que Darder había salido para comprar la prensa y el pan y después había regresado.

- ¿Y los otros?

- ¿Los otros?

- Sí, hombre, los japoneses.

- Bueno, por lo que reporta en su informe, no deben de haber salido del piso todavía.

- ¿Y él cómo lo sabe? ¿Había más agentes de guardia con él?

- No, pero en seguida pidió refuerzos.

- Pero, insisto. Hasta que no llegaron los refuerzos, ¿cómo sabéis que los otros, los japos, no aprovecharon para salir del edificio mientras tu agente seguía a Darder?

Casal se quedó mudo por un instante y al final dijo:

- Creo que enviaré alguna dotación más de apoyo.

- No estaría de más. Y dile a tu ‘superagente’ que se vaya a descansar un rato, que esta noche va a tener trabajo -Y al final, para picar a Casal, concluyó-: Ya decía yo que éste pájaro tiene que ser del Real Madrid.

(Continuará…)

LXI

Después de salir de casa, Baytar caminó a buen ritmo en el sentido contrario al que habían tomado Darder y su perseguidor. Al cabo de unos minutos encontró, por fin, un taxi libre de pasaje. Tras subirse, le indicó al chofer que se dirigiera hasta el hotel de concentración del Barça, que estaba situado cerca de la entrada sur de la ciudad, muy próximo al Camp Nou.

Durante el trayecto, Baytar disfrutó de un recorrido sin tráfico por el centro de la ciudad. El taxista, en cuanto vio al jaspiano haciéndole gestos para que se detuviera, tuvo la certeza de que iba a empezar bien el día. Baytar tenía el aspecto de un japonés, pieza codiciada en Barcelona –y en cualquier ciudad turística del mundo- por su alto poder adquisitivo y su exquisita educación a la hora de encajar facturas desorbitadas. Con millones de kilómetros acumulados en sus riñones, el taxista optó por la avenida Diagonal, cuyos semáforos no están sincronizados entre sí y alargan la duración de la carrera y su precio sin necesidad de buscar desvíos excesivamente descarados.

La excursión por la Diagonal permitió al jaspiano recrearse contemplando algunos de los señoriales e imponentes edificios de finales del siglo XIX y principios del XX que adornaban el bulevar. El periodista de la MNN, sabedor de que en unos minutos estaba a punto de jugarse el todo por el todo en aquel loco viaje, tampoco tenía prisa por llegar a su cita. Por unos segundos lamentó no ser en realidad uno de esos madrugadores turistas japoneses que, plano en mano, ya recorrían aquella acogedora ciudad.

Pero Baytar regresó inmediatamente a la realidad, pues no se podía permitir el menor fallo. Ciertamente, el jugador del Barça había reaccionado a su chantaje como habían calculado. Pero habían pasado muchas horas desde entonces. ¿Y si durante la noche se lo había pensado mejor y había decidido avisar a la policía? En todo caso, ya no podían dar marcha atrás pues Hertog también estaba de camino al hotel del Real Madrid.

Al llegar a la altura de la plaza de Pius XII el taxista desvió su coche al lateral de la Diagonal y después cruzó la avenida hasta entrar en Joan XXIII; bajó la rambla y cuando llegó a la altura del campo de entrenamiento de La Masia giró y volvió a subir por el otro lado para llegar hasta la entrada principal del hotel.

El taxista decidió que el taxímetro ya marcaba lo suficiente. Baytar pagó la cuenta y salió del vehículo en dirección a una de las entradas del establecimiento. Traspasó una de las puertas giratorias que estaba custodiada por un portero que, pese a la librea y el sombrero de copa, no podía ocultar que en su currículo constaban sus servicios como mozo de cuerda y portero de discoteca.

El periodista de la MNN atravesó el hall hasta la recepción del hotel. Se encontró con un hombre de mediana edad, no muy alto, bastante delgado y con una cabeza pequeña, redonda y brillante atravesada por unos pocos mechones de pelo distribuidos de manera estratégica para camuflar, en la medida de lo posible, una calva imposible de disimular. El hombrecillo estaba situado tras el mostrador junto a un pequeño atrio en el que tenía el libro de registro. Al ver que se trataba de un turista japonés, el recepcionista optó por sus modales más melifluos.

- Buenos días. ¿En qué puedo servirle? –La sonrisa del hombrecillo atravesaba su rostro y recordaba a las que se recortan en las calabazas para el día de Halloween.

- Buenos días. Soy Kajiro Shifuma, periodista de la MNN japonesa. Tengo una cita con el señor Dani Cáceres.

- ¿Cáceres? –Inquirió el portero, sorprendido por el magnífico castellano del recién llegado y contrariado al comprobar que se trataba de un representante de los medios de comunicación-. ¿Se refiere al futbolista del Fútbol Club Barcelona?

- Así es –ratificó Baytar. Aunque por dentro estaba como un flan, a la vista de su interlocutor parecía absolutamente tranquilo-. El capitán del Barça Dani Cáceres.

- Me temo que el señor Cáceres no le podrá atender en estos momentos. Los jugadores del Barça no reciben visitas en los días en los que han de disputar un partido, y menos aún visitas de periodistas –El recepcionista fue más seco y abandonó sus maneras excesivamente corteses.

- Pues yo me temo que usted está metiendo la pata, caballero –Baytar había empezado a imaginarse todo el árbol genealógico de aquel remilgado tipejo-. El señor Cáceres me citó ayer mismo para esta hora, así que ya le puede decir que está aquí Kajiro Shifuma si no quiere tener un serio problema.

El rostro del portero reflejaba la contrariedad que le provocaba el tono autoritario de Baytar. Pero aquel japonés se había expresado con tanta seguridad que optó por ahorrarse una discusión y marcó el número de teléfono de la habitación de Cáceres. Después se giró levemente, lo suficiente para darle la espalda a Baytar pero sin perderle de vista. Tras una breve conversación, colgó el auricular, suspiró como para tomar fuerzas y al final se volvió a dirigir a Baytar. El hombrecillo claudicó y, volviendo a sus versallescas maneras del principio, le dijo:

- El señor Cáceres dice que le espera en su habitación, señor Shifuma. Es la habitación número 335, en la tercera planta. Allí enfrente están los ascensores…

Sin una palabra de despedida o un gesto de agradecimiento, Baytar se dirigió hasta los ascensores. Se cruzó con un botones acarreando bultos y con la tripulación de un avión, con sus dos pilotos al frente y las cuatro azafatas detrás. Cuando se abrieron las puertas del ascensor apareció un grupo de japoneses que debían rondar los setenta años. Uno a uno, le saludaron con una tímida reverencia que él devolvió en cada uno de los casos. Al final pudo subir al elevador y al llegar a la tercera planta para buscar la puerta 335.

En el pasillo saludó a un grupo de jóvenes. Dedujo que eran integrantes del equipo pues iban ataviados con un chándal con los colores del club y llevaban puestos unos pequeños auriculares en las orejas. Caminaban juntos y todos ellos hablaban en voz alta pero ni se miraban. Estaban hablando por el teléfono móvil a través del sistema manos libres.

Baytar llegó ante la puerta de la habitación de Cáceres y picó con los nudillos. Casi al momento ésta se abrió y apareció el futbolista. Iba ataviado con un polo de manga corta azul marino que portaba en el pecho el escudo del Barça y el logotipo del patrocinador, similar al que llevaban los tres jóvenes con los que se acababa de encontrar; un pantalón de chándal y unas zapatillas deportivas, todo de la misma marca.

El veterano delantero tenía el pelo mojado, por lo que Baytar dedujo que hacía poco tiempo que había salido de la ducha, y estaba sin afeitar.

- Buenos días, campeón. ¿Has podido descansar bien esta noche? ¡El descanso es vital para un atleta! –Baytar intentó rebajar la tensión.

- Pasa –Se limitó a contestar el futbolista mientras se hacía a un lado para dejarle espacio.

Cuando el supuesto periodista japonés ya estaba dentro, Cáceres miró a un lado y otro del pasillo para comprobar que nadie se había percatado de la escena. Después cerró la puerta y entonces le lanzó la caballería.

- ¿Cómo coño quieres que descanse? Estoy siendo extorsionado por un grupo de lunáticos japoneses que me pueden meter en un lío impresionante. ¡Como para dormir a pierna suelta!

- Tu calificativo de lunáticos no es del todo exacto, por no hablar de eso de japoneses, pero no vamos a entrar en este tipo de detalles porque no nos llevaría a ninguna parte.

- Bueno, yo ya he cumplido mi parte del trato. Ya estás en el hotel de concentración del Barça. Me haces dos preguntas, me das esa grabación y te largas de aquí. En media hora tenemos que salir a pasear y después hemos de ir a comer. Así que si quieres grabar una entrevista, hazlo ya; saca la cámara, la grabadora o lo que necesites o espabila.

- Tú no te preocupes por mí, campeón. Yo ya tengo todo lo que necesito. En cuanto a ti, no tengas tanta prisa. Te voy a explicar cómo van a ir las cosas. Vas a dormir una larga siesta. Cuando despiertes no te acordarás prácticamente de nada, pero te aseguro que nos vas a perder de vista a todos. A todos excepto a Darder, pero él es inofensivo. Ahora, relájate, campeón…

Baytar se acercó hacia el futbolista que no acababa de entender muy bien qué estaba sucediendo. Cuando vio que el japonés extendía sus brazos hacia él se espantó e intentó defenderse. Después optó por ir hasta la puerta para pedir ayuda, pero ésa fue su perdición pues antes de que pudiera llegar a abrirla el jaspiano ya le había puesto una mano en la nuca. Los ojos de Cáceres se quedaron un instante en blanco y después se cerraron como si le hubieran inyectado un potente sedante.

Baytar se apresuró a sujetar el cuerpo laxo del delantero del Barça antes de que se desplomara. Lo dejó tendido sobre la moqueta, le desvistió y después se desvistió él. Se puso la camiseta, el pantalón y las zapatillas deportivas del futbolista y abrió el armario empotrado situado que había en una de las paredes del cuarto. Tras esconder dentro la ropa que había utilizado para llegar hasta el hotel, arrastró el cuerpo del futbolista y lo colocó encima de unas mantas que estaban dobladas en el suelo del armario. Después cerró las puertas del ropero y se acercó hasta la cama, que estaba deshecha, se sentó en el borde y miró a su alrededor.

Al cabo de unos segundos localizó el minibar, se abalanzó sobre él y se hizo con los tres botellines que estaban más a mano. Miró las etiquetas, comprobó que dos de ellos contenían bebidas alcohólicas y tiró a la papelera el refresco. Destapó el que contenía whisky y lo trasegó de un trago. Después abrió el botellín de coñac y ya más relajado, sacó un papel de la bolsa que había portado consigo, cogió el auricular del teléfono y probó por dos veces a marcar el número del móvil de Darder. Tras la tercera intentona escuchó al otro lado de la línea la voz grabada de una operadora quien le recordó que para las llamadas al exterior tenía que marcar primero el número cero.

Por fin consiguió marcar el número del teléfono portátil de Darder. Tras escuchar un par de tonos, el periodista de ‘El Correo Diario’ descolgó al otro lado.

- ¿Darder? Soy Baytar. ¡Rápido! ¡Huye, me han trincado! –le engañó-. ¡No puedo seguir hablando! ¡Destruye todas las pruebas!

- ¡No me jodas! ¿Y ahora dónde me meto? ¿Y cómo aviso a Hertog? ¡Tengo la calle plagada de policías y…! -La risa floja de Baytar interrumpió su incoherente discurso-. ¿Me estás tomando el pelo, verdad? ¡Mutante de los cojones!

- Tranquilo, chato, que sólo es un poco de humor para rebajar la tensión. Ha sido… ¿Cómo se dice? ¡Coser y cantar! Este Cáceres es un pardillo como conspirador, así que ya estoy dentro. Del hotel y de su piel, quiero decir.

Llamaron a la puerta del cuarto de Dani Cáceres. Tras pedir a Darder que no colgara, Baytar dejó el auricular y, ya en su nuevo papel, se acercó a la entrada. Al otro lado se encontró con la enorme y rubicunda figura de Walter Schaaf.

- Hombre, Walli, ¿cómo va eso?

- ¿Walli? ¿Pero tú de qué vas, tío? ¿Qué mariconada es ésa? –Le soltó el alemán-. Tenemos que ir al paseo. ¿Ya no te acuerdas o qué? Nos quedan tres minutos.

- Esto… Sí, sí. Baja al hall que yo iré en seguida –le contestó Cáceres.

- ¡Como no te des prisa te va a caer otra multa! ¡Tú verás! –Se despidió el jugador alemán.

- ¡No te preocupes, paga Cáceres! –Le gritó con sorna.

- ¡Pues claro que paga Cáceres! ¿O también querrás que ahora me tenga que hacer cargo de tus multas? –El teutón cerró la puerta tras de sí con estrépito.

Cuando desapareció Schaaf, Baytar corrió hasta el teléfono. Darder esperaba al otro lado de la línea y seguía muy nervioso.

- ¿Qué, qué ha pasado? –Inquirió el periodista terrícola. En su voz se notaba un punto de ansiedad.

- Nada, que un alemán muy cachas me han invitado a pasear. Ya sabes, hombre, la plantilla sale ahora a estirar las piernas y tengo que irme. Apunta el número de teléfono y la habitación –El alienígena le dictó los datos al terrícola-. En cuanto tengas la confirmación de que Hertog está en su puesto, me tienes que llamar para pasarme los números de su hotel y su habitación. Si no me encuentras, insiste. Y no os olvidéis de que estos números sólo tenemos que usarlos en el caso de que el plan se tuerza. Si no es así, sólo hemos de contactar una vez más y siempre a través de este móvil.

- Ya, ya lo sé. Y tú ten cuidado, que te estás creyendo mucho tu papel. No prives mucho que cuando estás borracho se te va la perola. Si nos trincan, estamos aviados.

- Te dejo que me he de colocar la micro cámara –Se despidió Baytar, encantado en su papel de futbolista y capitán del Fútbol Club Barcelona.

(Continuará…)

LXII

Hertog, a esas alturas ya muy cómodo dentro de su apariencia de periodista japonesa, bajó hasta el hotel de concentración del Real Madrid dando un paseo. Había salido del piso de Jaume Darder con mucho tiempo de margen y como tenía que esperar en las inmediaciones del hotel del equipo merengue la llegada de Freddy Juarros, decidió aprovechar la oportunidad para recorrer el centro de la ciudad y conocerla un poco más. A diferencia de Baytar o del terrícola, Hertog Bulq estaba muy tranquilo.

Ayudado por el plano del centro de Barcelona que Darder le había suministrado, el jaspiano fue caminando hasta desembocar en el paseo de Gràcia. Allí descubrió que a esas horas ya había un gran número de turistas recorriendo el bulevar en ambas direcciones. Muchos fotografiaban un enorme edificio de piedra de formas sinuosas. En la entrada principal de la casa comenzaba una larga cola de turistas de todos los pelajes que esperaba pacientemente su turno de entrada. Unos hacían tiempo hablando. Otros, más jóvenes, cantando, bailando e incluso jugando con un pequeño balón de fútbol. Eran de todas las edades, razas y procedencias.

Hertog no resistió la curiosidad y detuvo a un viandante para preguntarle. A éste le extrañó que un japonés con acento de Valladolid no hubiera oído hablar de la Casa Milà.

- Esa es La Pedrera. Si no la ha visto, vale la pena que se acerque a visitarla. Vamos, se lo digo porque todos los guiris, quiero decir los extranjeros que vienen a Barcelona van locos por conocer todas las cosas de Gaudí. Que si la Sagrada Familia, que si el parque Güell… Eso sí, tendrá que hacer sus dos buenas horas de cola. Luego, yo le puedo recomendar un sitio para comer a un precio muy asequible –El paisano se sacó del bolsillo un fajo de folletos publicitarios que anunciaban un restaurante de menús que había en la zona.

- No, no tengo tiempo para todo eso, pero muchas gracias –Declinó la oferta Hertog.

Fotografió con deleite el fantástico edificio; se recreó con el tejado, cuyas chimeneas estaban rematadas con la forma de cabezas de guerreros embozadas en yelmos. A continuación siguió descendiendo por el paseo. Atravesó unos cuantos cruces más y llegó a la confluencia del paseo de Gràcia con la calle Aragó. Allí descubrió otra de las maravillas de Gaudí, la Casa Batlló y a su lado, la Casa Amatller. Hertog volvió a preguntar para averiguar de qué edificios se trataba y se enteró de que ambos edificios estaban situados en la llamada ‘manzana de la discordia’ por el gran número de joyas arquitectónicas que se encontraban en ese espacio. “Estos primitivos tienen cosas realmente increíbles”, se dijo a sí mismo. “Si algún día dejan de matarse entre sí y entran en la Federación, encontrarán un gran negocio en el turismo”.

De golpe, recordó que en aquellos momentos se estaba comportando como una turista japonesa pero que en realidad su objetivo era llegar a tiempo para encontrar a Juarros, su enlace para llegar hasta Tienti. Consultó el plano y comprobó que la siguiente travesía en dirección sur, al girar hacia la derecha, era la rambla de Catalunya, en donde estaba situado el hotel de concentración del Real Madrid; por tanto, hacia allí se dirigió. Después, empezó a bajar por el paseo central de la rambla hasta llegar a la altura del edificio que buscaba y se sentó en el banco más próximo a su entrada, a esperar la llegada del terrícola.

Cuando llevaba una media hora sentado, Hertog vio aparecer al periodista de ‘El Correo Diario’. Rápidamente se levantó y se acercó hasta él para hacerse el encontradizo.

- ¡Hola, señor Juarros! –Le gritó, imitando lo que él creía que era un tono coqueto para embaucarle con mayor facilidad-. ¿Me recuerda? Yokito Lawata, de la cadena MNN de Japón.

- Hola… -Juarros dudó unos instantes…- Ah, sí, hombre, tú eres la japonesa aquella que era amiga de Darder. ¿Qué haces por aquí? ¿No ibas con otro chino?

- ¿Chino? ¡Oh, sí, qué gracioso! ¡Sí, yo tener una cita con jugador Corrado Tienti de Real Mandril!

- ¿Real Mandril?, aquí los únicos mandriles sois vosotros rica, con esas narices chatas –Contestó muy rápido el periodista, convencido de que su interlocutora no entendía lo bastante bien el castellano para comprender su ofensivo comentario. Después, vocalizando mucho y con un tono de voz elevado, añadió:

- Yo también voy a ver a Corrado. Si quieres, podemos entrar juntos.

- Muy amable. Sí, Yokito Lawata muy honrada.

- ¿Honrada con ese nombre? –Masculló Juarros- Si todas sois iguales. Ni una, hay honrada. Lo que está claro es que Corrado ha bajado el listón en sus gustos. Porque tú guapa, guapa no eres. Vaya que no.

- ¿Cómo decir? –Hertog optó por aparentar que seguía sin comprender los circunloquios y requiebros dialécticos del periodista.

- Nada, nada. Anda, entra que vamos a avisar a Corrado.

En los alrededores del hotel había un discreto despliegue policial previendo la posible acción de algún descerebrado pero en el hall del hotel los visitantes tenían total libertad para moverse. Juarros se acercó a uno de los teléfonos internos, marcó el número de la habitación de Tienti y le anunció que estaba en la recepción “con tu amiguita”. El futbolista italiano, pensando que se trataba de una broma de su amigo, le siguió la corriente y le contestó: “Pues subid los dos”.

Cuando llegó frente a uno de los ascensores, Juarros indicó a Hertog, para él la periodista japonesa Yokito Lawata de la MNN, que entrara. Acompañó el gesto con una palmada en el trasero. “No eres una geisha, pero al menos tienes un culo firme”, oyó Hertog a sus espaldas. El jaspiano se contuvo por unos instantes hasta cerciorarse de que no subía nadie más al ascensor. El terrícola pulsó el botón que tenía grabado el número cinco y las puertas del habitáculo se cerraron. Entonces, Hertog-Lawata apretó el botón número nueve. Juarros le miró con cara de sorpresa y después se le dibujó una sonrisa en los labios.

- Vaya, veo que la palmada en el culo ha surtido efecto. ¿Es que quieres que hagamos una paradita tu y yo a solas, antes de ver a Corrado?

Hertog, seguro de tener ya a tiro al periodista, se dejó de zarandajas y recuperó su voz normal.

- A ver cómo decís esto en la Tierra… –Pensó por unos segundos. Juarros estaba sorprendido por el cambio del timbre de voz y la perfecta dicción que ahora demostraba la periodista japonesa-. Eso es. Mira capullo, puedo aguantar muchas cosas para no saltarme el jodido Protocolo, pero no soporto que un imbécil como tú me toque el culo. Y como después de esto no te vas a acordar de nada porque te voy a dejar el cerebro como los chorros del oro, chúpate ésta.

Hertog Bulq le soltó tal puñetazo a Freddy Juarros que antes de que éste cayera al suelo, una de las lentillas de colores que el terrícola llevaba puestas le saltó del ojo y acabó en la moqueta. Después, el jaspiano actuó con rapidez. Le puso la mano en la nuca y el aturdido periodista de ‘El Correo Diario’ se desvaneció definitivamente. Al llegar al último piso, comprobó que no había moros en la costa en aquellos instantes y arrastró el cuerpo inerte hasta uno de los cuartos del servicio de limpieza de habitaciones.

Una vez allí se desvistió rápidamente y se puso la ropa del inconsciente Juarros. Luego, escondió el cuerpo en un rincón y lo cubrió con un montón de sábanas sucias. A continuación salió al pasillo, volvió al ascensor y bajó hasta la quinta planta. Buscó la habitación de Tienti y al llegar vio que la puerta estaba abierta. Ya dentro se encontró con que el italiano jugaba una partida de cartas con otros futbolistas de la plantilla.

- Ciao, Freddy. ¿Qué hiciste con la bambina, con mi amiga? –Preguntó Tienti entre las risas de sus compañeros-. ¿Te la has ventilado tú, eh?

- No, no. Ella se lo pensó mejor. Dijo que tienes que estar fuerte para el partido de esta noche.

- ¡Ja, ja, ja! Ma no tenía de qué preocuparse. Para mí un rato con una ragazza es como la bencina. Pero pasa, pasa. Acabo de desplumar a estos pardillos y charlamos un rato. Coge algo de beber del minibar, ¡Estás en tu casa!

Hertog, ahora en su papel de Juarros, tuvo que esperar media hora hasta que se acabó la timba de cartas. Los jugadores del Real Madrid le preguntaban por éste y por aquel jugador del Barça, en qué estado de forma estaban Cáceres o Yeltov, o por la baja de Martí… El jaspiano capeó el temporal como pudo y por fortuna para él, cuando en alguna ocasión se descolgó con alguna contestación disparatada, se lo tomaron a guasa o simplemente diagnosticaron que su nivel era tan ínfimo como el del resto de los representantes de la prensa deportiva.

- Oye Corrado, ¿no decías que éste es merengue? Me parece que es más culé que Gamper, porque le pedimos informes y no nos está dando ni la hora.

- ¿Éste? Éste es como el anuncio, blanco nuclear. Como yo ¿Eh, Freddy?

Tienti disolvió la partida al fin y tras despedirse de sus compañeros hasta un rato después se quedaron a solas en la habitación. Prácticamente aún no había cerrado la puerta el italiano que ya había perdido la consciencia. Hertog repitió el proceso que había seguido con Juarros pero sin golpearle y se vistió con las prendas deportivas del futbolista del Real Madrid y lo escondió debajo de la cama. Después, estiró las sábanas a uno y otro lado del lecho para que nadie pudiera adivinar que Corrado Tienti, la gran estrella del Calcio llegada aquella temporada al club blanco, dormía como un bendito entre la moqueta y la cama de su habitación.

Cuando acabó con todo el proceso, Hertog llamó al teléfono móvil de Darder.

- ¡Por fin!, ¿Qué coño has estado haciendo? Pensaba que no lo ibas a conseguir.

- ¡Tú no sabes lo plasta que es este tío! Quiero decir el italiano. ¡Hasta que he conseguido que nos quedáramos a solas…! Y no digamos el tal Juarros…

- Eso es porque cuando te encontraste con Tienti ya no ibas disfrazado de tía. Ahora que lo pienso, si fueras terrícola tú serías el típico pelmazo italiano…

- ¿Cómo? –El jaspiano no entendió el mensaje oculto de lo que le estaba diciendo su compinche terrícola.

- Nada, nada, cosas de la Tierra que ahora serían muy largas de explicar. Bueno, díctame el número de teléfono del hotel y el de tu habitación y se los daré a Baytar –Y tras apuntar los datos, le avisó-: No te olvides de que tienes que sacar el cuerpo de Tienti del hotel. De lo contrario, tendremos un grave problema.

- Sí, sí, ya lo sé. Intentaré meterlo en uno de los baúles del material del equipo y haré que lo bajen al compartimiento de equipajes del autocar. No te preocupes, lo conseguiré. Hasta la noche y ¡Hala Madrid!

- ¡Tus muertos! –Contestó Darder antes de colgar.

(Continuará…)

LXIII

Darder pasó las horas del mediodía en un estado de nervios que le dejó próximo al colapso. Se tragó todos los noticiarios de las distintas cadenas de televisión. Al mismo tiempo tenía puesto uno de los pequeños auriculares de la radio portátil en la oreja derecha para escuchar todas las emisoras. Tenía un nudo en el estómago, esperando el momento en el que algún periodista anunciara que Dani Cáceres, Corrado Tienti, Freddy Juarros… ¡O los tres! Habían aparecido inconscientes tras ser atacados por unos extraños seres. Ya veía su foto insertada en ‘Chroma Key’ y en su cabeza retumbaban las voces de Lorenzo Milà y Matías Prats júnior anunciando que Jaume Darder era uno de los sospechosos de estar implicado en los tres casos y en otros tantos anteriores.

Entre informativo e informativo, se acercaba hasta los ventanales que daban a la calle y descorría un poco las cortinas para poder observar a los policías. ‘El Culebra’ se había ido unas horas antes pero en aquellos momentos podía observar a tres individuos que le habían relevado en su guardia y que estaban apostados en diferentes puntos a lo largo de la acera situada frente a su domicilio. “Mientras no les dé por subir a buscarme”, se consoló.

Comió un bocado y se dedicó a recoger el desorden de botellas vacías y restos de comida que había por todos los rincones de la casa. Repartió los desperdicios en varias bolsas según fueran vidrio, papel, plástico y metal o restos orgánicos. “Delincuente, pero ecologista, solidario y partidario de un crecimiento sostenible, como buen barcelonés”, bromeó consigo mismo para animarse.

Cuando acabó de ordenar el piso se sentó a repasar una vez más la prensa pero no conseguía concentrarse en la lectura. Entonces se acordó de Sonia y de los niños y en principio sintió una mezcla de nostalgia y rencor. Por un lado, le costaba perdonar a Sonia que ella y los niños hubieran pasado “una tarde maravillosa” con aquel mutante travestido. Pero por otra parte, y eso es lo que mantenía viva la llama de la esperanza en su interior, ellos creían que esa tarde maravillosa la habían pasado con él.

Sí, Hertog se había comportado con él como un auténtico hijo de puta traidor. Pero también, al parecer, como un padre ejemplar y un marido más que amantísimo. Y eso le dolía. Pero, analizado el caso con frialdad, y a efectos prácticos, era él, Jaume Darder, quien había hecho todo eso. “Sonia le dijo que había sido como en los viejos tiempos, y en los viejos tiempos no había otro que no fuera yo, el auténtico Jaume Darder. Por tanto, yo también les puedo dar lo que él les dio… a todos”, se animó.

Darder cogió el móvil y marcó el número de teléfono de su mujer. Tras los pitidos de rigor, saltó el contestador automático. La voz grabada de su mujer le explicó que en esos momentos no podía atenderle pero que podía dejar su mensaje. El periodista dudó unos instantes pero al final se decidió a hablar.

- Hola, Sonia, soy Jaume. Sólo llamaba para decirte que os echaba de menos. A los niños y sobre todo, a ti. Y aunque no te lo creas, cambiaría el Barça-Real Madrid por estar un minuto contigo. En realidad, lo cambiaría todo por estar contigo y los niños el resto de mis días. Lo del jueves… Bueno, no sé muy bien cómo explicártelo. Pero si tú dices que fue como en los viejos tiempos, yo haré para que vuelvan esos viejos tiempos. Oye, si todo sale bien esta noche te llamaré mañana. Pero pase lo que pase, nunca te olvides de que te quiero mucho.

Darder pulsó el botón de desconexión y se quedó un rato sentado, pensando en todo lo que se le venía encima mientras la tarde se consumía demasiado despacio para él. Adivinó a través de las cortinas que cubrían los ventanales que ya se habían encendido las farolas del alumbrado de la calle. Al cabo de un tiempo, no sabría determinar cuánto, salió de su letargo y se metió en el baño para darse una rápida ducha que le relajara. Se vistió y cogió el móvil, la diminuta cámara que le habían suministrado los extraterrestres con sus baterías de recambio, el ordenador portátil y lo metió todo en la cartera del trabajo.

Antes de abandonar el piso se acercó una vez más a los ventanales. Su escolta había regresado. El cabo Héctor Aguirre ‘El Culebra’ volvía a estar apostado frente al portal de su casa. Los otros tres sabuesos habían desaparecido de su campo de visión.

- ¡Bueno, nos vamos al fútbol! -Exclamó en voz alta, como si el mosso d’esquadra pudiera oírle.

Darder cerró el piso, llamó el ascensor y bajó hasta la puerta de salida del edificio. Al llegar a la calle estudió la acera de enfrente. No pudo ver a ‘El Culebra’ aunque estaba seguro de que no podía andar muy lejos. Tras encender un cigarrillo, el periodista caminó en dirección al lugar en el que había aparcado su vetusto Golf la noche anterior.

Notó el fresco vespertino barcelonés en el rostro y eso le levantó el ánimo. En Barcelona, noviembre tenía esas mezclas climáticas. El sol radiante de la mañana podía estar acompañado por una humedad ambiental que incrementaba la sensación de frío en las zonas de la ciudad a las que no llegaban los rayos del astro rey. Cuando caía la noche, ese frío húmedo iba a más hasta calar las ropas y los huesos.

Pero Jaume Darder, en aquellos instantes, se sentía reconfortado por ese frescor húmedo que le despertaba los sentidos y le animaba el espíritu. “Vamos, hombre”, se dijo. “No te quejes más que vas al Camp Nou para ver un Barça-Madrid. Y les vamos a meter tres”. Darder se puso a silbar entre dientes el ‘Cant del Barça’.

(Continuará…)

LXIV

Aunque todavía faltaba más de una hora para el inicio del partido y las gradas del Camp Nou estaban semidesiertas, los alrededores del coliseo azulgrana hervían por la intensa actividad que se registraba en sus calles aledañas. Montones de guardias urbanos intentaban canalizar el numeroso tráfico y entre las caravanas de coches se filtraban riadas de aficionados que acudían a pie apresuradamente para ocupar sus localidades. Los más jóvenes iban ataviados con sus camisetas, sus bufandas y sus gorros del Barça, ya fueran niñatos de diseño o chavales de barrio. Entre los más mayores, unos se habían ataviado como si acudieran a un palco del Teatre del Liceu, puro en mano; otros lucían de domingo al estilo de los viejos obreros del, en décadas pasadas, llamado ‘cinturón rojo’ de Barcelona. Muchos iban pertrechados con el bocadillo envuelto en papel de aluminio bajo el brazo y algunos, vestigios vivientes de otra época, incluso llevaban la bota de vino al hombro, como treinta años atrás.

Distribuidos estratégicamente, los vehículos de los Mossos d’Esquadra y las Unidades de Intervención de la Policía Nacional vigilaban que nadie se desmandara más de lo permitido. En general, el ambiente era festivo y excepto algunas discusiones entre conductores, la excitación que generaba la proximidad del partido llamaba a la euforia y a la alegría a las casi cien mil personas que en aquellos instantes acudían al estadio. Peregrinaban con el mismo fervor con el que un creyente acude al templo a escuchar la palabra de Dios. Como reza la letra del himno barcelonista, y en noches como aquella más que nunca, la afición azulgrana sentía como propio su club y sus colores. Acudía a la gran batalla anual contra el archienemigo, señor dánosla hoy.

“…Tant se val d’on venim, si del Sud o del Nord, ara estem d’acord, estem d’acord, una bandera ens agermana, blaugrana al vent un crit valent, tenim un nom, el sap totohm, Barça, Barça, Barça!”, se oía entonar a un grupo de jovenzuelos camino de su puerta de entrada. Tampoco faltaban los insultos ni los improperios contra el Real Madrid, aunque lo mejor del repertorio se reservaba para el momento en el que ‘el demonio blanco’ hiciera su aparición sobre la -por más que se hubiera replantado mil veces- ‘sacrosanta’ hierba del Camp Nou.

Jaume Darder, que aplastó una nueva colilla en el cenicero del salpicadero del coche, era en aquellos momentos una de aquellas miles de personas que acudían al Camp Nou, aunque formaba parte de los que tenían que soportar, con más o menos paciencia, las caravanas de automóviles que intentaban llegar a los aparcamientos aledaños al estadio. Junto a la excitación por volver a presenciar un partido como aquél en directo casi dos años después, le dominaban los nervios por otros motivos: Lo que le había sucedido en los últimos días, por los acontecimientos que se habían precipitado en aquella jornada y por todo lo que aún tenía que suceder.

Lo que resultaba una evidencia es que, sucediera lo que sucediera al final de aquella noche, tendría que dar alguna –en realidad, muchas- explicaciones a la policía. El sabueso que le vigilaba desde la noche anterior seguía sin quitarle el ojo de encima. Sin duda se trataba de un agente que conocía bien su trabajo, opinó Darder, pues se había pertrechado de una motocicleta de mediana cilindrada que le permitía seguir al periodista de ‘El Correo Diario’ a través del denso tráfico de Barcelona sin el riesgo de perderle a causa de una rápida maniobra de despiste. Maniobra de despiste que, por otra parte, era casi imposible.

Mientras el periodista se acercaba lentamente al portalón de entrada a las instalaciones del Camp Nou situado en el acceso de la travesía de Les Corts, Benedicte Camús y Alfons Martorell habían tenido muchas menos dificultades para acercarse hasta el campo de fútbol. Sencillamente habían bajado desde sus respectivas residencias en la zona alta de la ciudad y, tras cruzar con relativa rapidez la avenida Diagonal, habían llegado hasta el acceso principal de la avenida Joan XXIII y habían estacionado sus vehículos en el aparcamiento habilitado en la explanada de la Tribuna del Estadi.

Después de depositar los abrigos en el guardarropa del antepalco del coliseo azulgrana, iniciaron el clásico ritual de saludos protocolarios y charlas insulsas que se combinaban con otras más enjundiosas en las que se hablaba de la situación financiera de tal o cual empresa, de los proyectos de futuros planes inmobiliarios y otras especias de mayor calado político que alimentan a la fauna social de la zona noble del estadio del FC Barcelona.

Al cabo de unos cuantos saludos y apretones de manos, Martorell y Camús coincidieron en la barra del bar. Los dirigentes de ‘El Correo Diario’ mantuvieron una tensa conversación mientras se pertrechaban de un aperitivo que les ayudara a engullir los canapés que los camareros hacían rondar por la sala.

- ¿Qué vibraciones tiene para esta noche, Benedicte? –Martorell intentó hacerse el simpático.

- Pues de momento no muy buenas, Alfons. Nuestro amigo Rodolf Reginàs me ha estado tocando lo que no suena –Camús hizo un leve gesto con el vaso hacia el otro lado de la gran estancia y apuntó con el vidrio hacia una figura alta y gruesa que gesticulaba ampulosamente para apoyar sus argumentos-.

- ¿Cómo? –El director de ‘El Correo Diario’ optó por la prudencia. Ésa era su táctica con todos los que tenían una posición jerárquicamente superior a la suya: dejar que el otro hablara. “A los peces gordos hay que darles carrete si quieres que se traguen el anzuelo, Alfons”, le había inculcado su padre. Especialmente, si el pez era el principal accionista del periódico en el que trabajaba y, como era el caso aquella noche, se mostraba visiblemente cabreado.

Lejos de tragarse anzuelo alguno, Benedicte Camús buscaba explicaciones por parte de su subordinado.

- Pues que a ver si es verdad que el lunes me llevo una alegría de su parte, Martorell. Porque el imbécil de Reginàs ha estado especialmente insolente conmigo hace sólo unos minutos –Camús trasegó un buen trago del whisky con hielo que sostenía en la mano.

- ¿Pero qué le ha dicho? –Martorell metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón y empezó a juguetear con el frasco del Tranquimacín.

- Pues delante de un montón de gente, gente de peso en la sociedad civil catalana por supuesto, me ha palmeado el hombro como si fuera uno de sus chupatintas y me ha anunciado en la cara que dentro de muy poco vamos a ser socios porque el resto de accionistas de ‘El Correo Diario’ ya han aceptado su oferta de compra. Y el muy gilipollas va y me suelta: “¿Usted podrá resistir mi oferta o es cierto lo que se dice por ahí?” –Camús estaba encendido por la ira-. ¡Ha tenido los huevos de insinuar en público que no tengo un céntimo!

- ¿Qué tontería, no? –Le apoyó tímidamente Martorell mientras sorbía un pequeño trago de su vaso. Después, corrigiendo de inmediato, añadió-: No se preocupe, Benedicte. Hablé con nuestro hombre, con Darder. Aunque es más raro que un perro verde, ha demostrado una eficiencia que nunca esperé de él. Agárrese que ésta es buena: ¡Tiene la copia del informe policial sobre los acontecimientos de Montjuïc!

- ¿Y? –preguntó Camús, aún un poco chamuscado y por ese motivo con poca agilidad mental para procesar la nueva información que le acababa de suministrar su subalterno.

- Y todo: en el dossier aparece el nombre de Oriol Reginàs, la recomendación de cerrar el caso por esa vía de investigación si no existen pruebas de que ha cometido una falta muy grave o un delito… ¡Y lo mejor! El resumen de la ficha del historial del hijo de Rodolf Reginàs. Créame, señor Camús –Martorell se puso solemne-. Puede disfrutar tranquilo del partido de esta noche que a partir del lunes será usted el que le toque lo que no suena a su amigo Reginàs.

El rostro de Benedicte Camús se fue descongestionando. Ya más tranquilo, antes de despachar a su subordinado, decidió volver por unos instantes a asuntos más livianos.

- Pues tengo buenas vibraciones para el partido de esta noche –Sentenció el magnate de los medios de comunicación. Había retomado la primera pregunta que le había hecho Martorell como quien no quiere la cosa-. No sé por cuántos goles, pero vamos a ganar el derby.

- ¡Clásico, Benedicte, clásico! Un derby es un Barça-Espanyol o viceversa porque se refiere a duelos entre clubes de la misma ciudad…

- Joder, Alfons, ustedes los periodistas siempre están con capulladas como ésta. Ahora que nos hemos aprendido que un Barça-Madrid es un derby y que el campo del Liverpool es Anfield Road, nos lo vuelven a cambiar y resulta que los clubs son clubes, el derby es un clásico y Anfield Road es Anfield. Dígame la verdad: esto lo hacen para darse importancia, ¿no? Para mantener el momio –Y le lanzó a las costillas un codazo supuestamente amistoso para demostrarle que se trataba de una guasa-. Venga, disolvámonos que ya parecemos una de esas parejas de hecho. Volvemos a hablar al final del partido.

- ¡Visca el Barça! –Fue lo único que acertó a decir Martorell antes de quedarse a solas con su vaso, pegado a la barra del bar del antepalco del Camp Nou. Por fin pudo sacar un Tranquimacín con la que acompañar su copa de vino de Rioja. Esta vez casi se había quedado sin hilo en el carrete.

(Continuará…)

LXV

Darder había conseguido llevar su vetusto Golf hasta el campo de tierra que linda con el Camp Nou y que en los días de partido en el Estadio cumplía las funciones de improvisado aparcamiento. Estacionó el vehículo en el sitio que le indicó uno de los aparcacoches y, como era costumbre, le dio una propina. Después miró un momento hacia la mole del estadio. El resplandor de los potentes focos blancos se elevaba al cielo de Barcelona desde la corona del coliseo y en el ambiente flotaban la excitación de la gente y el olor a las parrillas que quemaban bocadillos de lomo con queso, de butifarra y de salchichas de Frankfurt.

Desde el interior del recinto llegaban los gritos del reducido grupo de miembros de Ultras Sur, la peña radical del Real Madrid, que entonaban sus tradicionales gritos contra el Barça, Barcelona y Catalunya. Sus cantinelas eran rápidamente silenciadas por los silbidos y los gritos de “¡Barça, Barça!” de los socios que poco a poco iban llenando las gradas. Desde el reducto de los Boixos Nois, la peña radical del Barça, se emitían gritos similares a los de los fascistas merengues en los que las víctimas de los insultos eran el Real Madrid, Madrid –siempre en llamas- y España. Sin duda, era el ambiente de un auténtico clásico en campo azulgrana. “Con sus energúmenos y todo”, se dijo Darder.

Subió la escalinata que desembocaba en la explanada de la Tribuna Principal y se dirigió al acceso de prensa. Enseñó su credencial y tomó directamente el ascensor que subía hasta el palomar, como llamaba él a la zona de las cabinas de prensa situadas en la parte más alta de la Tribuna. Desde esa altura se veía perfectamente todo el terreno de juego convertido en un campo de Subbuteo en el que los equipos quedaban perfectamente dibujados. Instalado en aquellos pupitres se podía comprobar al instante si un equipo estaba bien organizado, “bien trabajado” en el argot futbolístico, y si sus jugadores se movían con sincronía y eficacia con independencia de la calidad individual de los futbolistas.

Darder buscó su asiento, situado en la zona destinada a la prensa visitante y, por fortuna para él, alejado de los asientos que ocupaban los redactores barceloneses que habitualmente cubrían la información del Barça; por tanto, apartado de sus colegas de ‘El Correo Diario’. Se puso los auriculares en las orejas, conectó la radio portátil y dejó pasar el tiempo escuchando las informaciones previas al encuentro a la espera del dossier con las alineaciones confirmadas, rezando porque Dani Cáceres y Corrado Tienti estuvieran en los onces iniciales. De lo contrario, toda aquella locura no habría servido para nada. Encendió otro cigarrillo y aspiró profundamente la primera calada.

No muy lejos de él, el cabo de los Mossos d’Esquadra Héctor Aguirre se había sentado en la localidad que le habían asignado y que estaba relativamente próxima a la de Darder. Sumergido en su papel de periodista, había arrancado el ordenador portátil que llevaba como atrezzo y durante un rato aporreó el teclado. A continuación se conectó a la Internet y se paseó por la red. Al cabo de un par de minutos fue a parar a la página web de Playboy y ya no abandonó sus curvas hasta unos minutos antes del inicio del partido.

Darder no podía saber qué pasaba en aquellos momentos varias decenas de metros por debajo de él, en los vestuarios del Camp Nou en donde sus compinches se preparaban para el partido junto a los jugadores del Barça y del Real Madrid. Y quizás lo mejor para el periodista era mantenerse ajeno a los prolegómenos del duelo.

Baytar, totalmente inmerso en el papel de Dani Cáceres, se había limitado a evitar a lo largo de la jornada, en la medida de lo posible, a los compañeros, técnicos y directivos del conjunto azulgrana. Cogió un aparato de música en formato MP3 que Cáceres tenía sobre la mesita de noche de la habitación del hotel y estuvo conectado a él prácticamente todo el día.

Aunque no le gustaba demasiado la música que tenía grabada el futbolista, el aparato resultó ser una coartada perfecta. Algunos compañeros del equipo le gastaron bromas al respecto, pero Baytar, metido en su papel de capitán del Barça, había cortado la juerga alegando que estaba concentrado en el partido. Como los compañeros estaban al corriente de sus problemas para prorrogar su contrato y conocían las malas pulgas del auténtico Cáceres cuando estaba disgustado, optaron por dejarle en paz y volver a sus asuntos.

Tampoco el entrenador, Otto Kranzbühler, o el presidente, Carles Puga, tenían muchas ganas de hablar con él, así que Cáceres-Baytar pudo pasar aquellas horas sin levantar sospechas. Se limitó a tener siempre a punto la mini cámara y a grabar con discreción las situaciones que le parecieron atractivas para el reportaje.

Por ejemplo, la charla táctica previa al partido. Poco antes de partir hacia el estadio, mientras los jugadores merendaban, el entrenador les reunió en una de las salas del hotel. Visionaron unos cuantos vídeos para recordar las jugadas y los movimientos tácticos más habituales del Real Madrid. Kranzbühler dibujó en una pizarra un montón de flechas, cruces, círculos y nombres. Otra perorata de quince minutos y el suizo desveló por fin la alineación definitiva. Cuando casi al final oyó el nombre de Cáceres, Baytar respiró tranquilo. Schaaf, que estaba a su lado, le dio un codazo cómplice. El gigantón alemán también estaba en el equipo, por supuesto. Tenía que dar buena cuenta de Corrado Tienti, el jugador del Real al que le tocaba seguir aquella noche.

- El espagueti ya me jodió bastante en el último Alemania-Italia. Ese hijoputa es muy rápido pero hoy, a la que lo cace, le voy a poner mirando al Rhin –Bromeó el futbolista teutón parafraseando una típica frase que sus compañeros españoles utilizaban mucho.

- ¿Como hiciste con Martí? –Le soltó el falso Cáceres en voz baja y con una sonrisa en los labios.

El pendenciero futbolista alemán le miró con cara de muy pocos amigos.

- ¿Oye, tú de qué vas? ¿A que te meto una hostia?

- Tranquilo, gónadas, que sólo es una broma –Baytar intentó calmar a la fiera pues habían llamado la atención del suspicaz Kranzbühler-. Anda, ya verás como Tienti no da pie con bola esta noche.

- Y tú qué coño sabrás. Y no me vengas con más chorradas de gónadas y tonterías que bastante me cuesta aprender el lenguaje normal para que me salgas con mariconadas.

Después, la plantilla del Barça se subió al autocar del club y, escoltado por una dotación de los Mossos d’Esquadra, recorrió el corto trayecto hasta las instalaciones de la entidad. Una auténtica marabunta se agolpó alrededor del vehículo del equipo cuando entraron en el recinto y también tras el cordón policial que le abrió camino hasta la puerta de acceso al Camp Nou por la Tribuna Principal. Todo el mundo intentaba tocar a sus gladiadores y les pedían un autógrafo.

Ya en los vestuarios, los jugadores se dirigieron cada uno a su taquilla y empezaron a cambiarse. Baytar buscó con la mirada, entre los montones de uniformes perfectamente ordenados y doblados, la camiseta con el nombre de Cáceres. La descubrió frente a la taquilla que le correspondía, personalizada con el nombre del capitán azulgrana y que, como el resto, tenía varios pares de botas encima. Al abrirla, se encontró con una foto de Mónica.

- ¿Es guapa, eh? –Le preguntó a Darko Yeltov, cuyo armario estaba a la izquierda del suyo.

- Si quieres me la prestas, la tengo a prueba unos días y luego te lo digo –Yeltov le guiñó un ojo para rebajar el tono de la broma aunque la sonrisa de lobo lo decía todo.

- Y tú, si no tiene bigote, me prestas a tu hermana –Se limitó a replicar Baytar mientras el otro encajaba la respuesta con una carcajada.

Entonces apareció en la otra punta de la amplia estancia un hombre de mediana edad, vestido con el chándal del Barça. Le estaba llamando a él pero en ese instante Baytar no fue consciente de que ahora era Cáceres.

- Venga hombre, que si no empiezas tú los demás no estarán a tiempo –Le recriminó el hombre de la puerta.

- Espabílate que todos tenemos que pasar por la camilla –Schaaf le metió prisa mientras trasteaba en la taquilla situada a la derecha de la de Cáceres.

Baytar comprendió al fin que tenía que ir hasta la sala de fisioterapia para que le dieran el masaje previo al partido para calentar los músculos. Se encaminó hasta la puerta por donde había aparecido el hombre en chándal que no era otro que Pere, el masajista más veterano de los que se cuidaban de los integrantes de la primera plantilla profesional.

Cuando llegó a la sala de masajes, Pere ya estaba preparado.

- ¿Cómo tenemos hoy la rodilla? –El masajista ya se estaba pringando las manos con las cremas necesarias para aplicarle el tratamiento.

- Pues… ¿Cómo decís aquí? De puta madre, muy bien, no me duele nada –Baytar-Cáceres se tocaba la rodilla derecha y Pere se rió con ganas.

- Eres un capullo. Sólo faltaría que también te doliera la otra. Entonces tendrías que jugar en silla de ruedas. Venga, túmbate.

El fisioterapeuta del Barça, con las manos embarradas con mejunjes, empezó a trabajar sobre la musculatura de las piernas.

- Al final te has salido con la tuya, ¿eh? Vas a jugar otro Barça-Madrid.

- Bueno, ya sabes cómo van las cosas en el mundo del fútbol. Lo siento por el chaval.

- Ahora ya no pienses en Martí, que él tiene toda la vida por delante. Concéntrate en hacer un buen partido.

- Claro. Oye, ¿aquí tenéis algo de combustible que no sea para quemar? Es que necesito darme un lingotazo para calentar los motores por dentro, ya sabes.

Pere puso una cara de profunda decepción cuando comprendió que no se trataba de una broma y finalmente contestó al que creía que era Cáceres:

- Dani, te conozco desde hace tanto tiempo que voy a hacer como si no hubiera oído esto último que me has dicho. Ahora lárgate de mi camilla y cuando salgas al campo, corre como un cabrón hasta reventar aunque sea a la pata coja. Es lo menos que puedes hacer por todos esos desgraciados de ahí arriba que te sueltan la pasta.

Hasta las profundidades del vestuario llegaban amortiguados los gritos de la afición que, ahora sí, llenaba el Camp Nou hasta convertirlo en una caldera en estado de ebullición. Baytar, mimetizado como Cáceres, capitán del Barça, sintió vergüenza de sí mismo y salió de la estancia sin pronunciar una palabra más.

Al otro lado del pasillo, Hertog interpretaba su versión de lo que él creía que debía de ser una gran estrella de un equipo de fútbol. En su papel de Corrado Tienti había aprovechado las horas muertas en el hotel para ligarse a una de las asistentas del hotel, de cuerpo escultural y origen cubano, licenciada en Historia y Psicología y que había abandonado su tierra para abrirse un porvenir en España. Hasta el momento, le había explicado la desolada mulata, sólo le habían dado dos opciones, o abrirse de piernas en una sala de relax o fregar suelos en un hotel. Había optado por fregar suelos… hasta que se había encontrado con él.

- Ahora he terminado mi turno y si quieres tengo el resto del día para ti, mi amor –La melosa voz de Irina Josefa Varela taladró los sentidos del camarógrafo.

Hertog pidió que le subieran un almuerzo para que la muchacha comiera algo mientras él bajaba al comedor junto a la plantilla del equipo. Tras la comida, en cuanto pudo escabullirse, regresó a la habitación en donde todavía le esperaba su nueva amiga, quien le hizo mucho más plácida la espera hasta que se acercó la hora de abandonar el hotel. Entonces, le pidió a la chica que le hiciera un favor.

- Mira, quiero gastarle una broma a un compañero. Necesito que un par de botones del hotel vacíen uno de los baúles donde los utileros llevan el material del equipo y que me lo traigan a la habitación.

Dicho y hecho; a los pocos minutos Tienti-Hertog tenía uno de aquellos grandes baúles metálicos en su cuarto. Tras hacer que los botones se esperaran fuera, se despidió de la chica.

- Gracias por acompañarme durante estas horas. Las concentraciones son muy aburridas –Hertog sacó cuatro billetes de cien euros de la cartera de Tienti y se los dio a la chica.

- Yo diría que tú no te aburres demasiado en las concentraciones –Irina Josefa Varela puso una expresión pícara al mismo tiempo que rechazaba los billetes-. Te dije que he venido a abrirme camino, no abrirme de piernas por dinero.

- No te fíes de las apariencias. Esto no me pasa todos los días y sé que eres una buena chica –El supuesto futbolista le dio un beso mientras le metía el dinero en el bolso-. Quiero decir, no es fácil encontrar una chica guapa e inteligente como tú. Mira, no sé si a lo mejor esta noche me podré quedar en Barcelona. Déjame tu número y si es así, mañana te llamo y nos podemos ver un rato. Si quieres, claro.

- Pues claro, mi amor –respondió ella mientras sacaba uno de los billetes que le había entregado el jugador y le escribía en él un número de teléfono-. Llámame mañana y siempre que quieras.

Una vez que la chica abandonó la habitación, Hertog sacó al auténtico Tienti de debajo de la cama, introdujo un montón de sábanas y mantas dentro del baúl para que hicieran de colchón y después metió dentro al futbolista. Luego puso una sábana por encima para cubrir el cuerpo y cerró el baúl. Al final escribió en las etiquetas pegadas a las paredes del voluminoso bulto metálico: “Propiedad de Corrado Tienti. No Tocar”.

Avisó a los botones para que entraran en la estancia y tras darle un billete de cien euros a cada uno, les indicó que debían trasladar el baúl con mucho cuidado y depositarlo en el compartimiento de equipajes del autocar del equipo.

- Mejor escriba usted la palabra ‘Frágil’ con letras grandes –Le aconsejó el más espabilado de los dos mozos.

Una vez a buen recaudo el auténtico Tienti, Hertog bajó al hall del hotel para partir con sus compañeros hasta el Camp Nou escoltados por un buen número de coches y motocicletas de la policía. Tras atravesar el centro de la ciudad y el barrio de Les Corts, llegaron al de Sants y casi al final de la avenida Madrid el autocar giró por la calle Arizala para encarar hacia el acceso de las instalaciones del Camp Nou que daba al túnel que llevaba directamente a las entrañas del estadio.

Su llegada al recinto fue saludada por unas decenas de seguidores del Barça que les increparon, les lanzaron algunas botellas de plástico y les hicieron gestos obscenos, pero la cosa no fue a más. A pesar de que todo sucedió en unos pocos segundos, no se trató de la mejor experiencia para la expedición blanca en general ni para Hertog en especial quien consideraba que aquella guerra no iba con él. “Si llego a saber esto, le digo a Baytar que haga de madridista. Seguro que Darder me adjudicó el papel para joderme”, pensó.

Una vez que el chofer estacionó el autocar junto a una de las paredes del túnel, la plantilla del Real Madrid caminó a través del largo pasillo que circundaba el anillo del Camp Nou hasta llegar a la altura de una puerta metálica en la que se podía leer “Vestidor Visitant”.

- ¿Qué le costaría a estos polacos ponerlo también en español? Lo digo sobre todo por los guiris, que no entenderéis nada -murmuró uno de los jugadores a Hertog.

- No, si yo ya lo he entendido. Aquí es donde nos cambiamos nosotros, ¿no?

- Es que vosotros los macarroni también sois un poco así, como los catalanes –Sentenció el futbolista creyendo que hablaba con Corrado Tienti. Y a continuación hizo un gesto indefinido-. Habláis parecido y todo. Pero suerte que en Madrid sólo utilizamos el cristiano, ¿eh? Es más fácil integrarse, y tal y tal.

- Y tal –Se limitó a contestar Hertog.

El camarógrafo de la MNN aún tuvo que pasar por un último trance. Con tanto ajetreo no había caído en la cuenta de que se había puesto las bragas tanga de la cubana.

- Oye Corrado, ¿tú también te has apuntado a la moda de usar las bragas de tu mujer o es que te has vuelto metrosexual?

Hertog se arrancó la prenda entre murmuraciones y maldiciones mientras los demás se carcajeaban.

- ¿Qué pasa, vosotros nunca os habéis probado unas bragas o qué? Van de gónadas debajo del pantalón de deporte.

- Me parece que los italianos sois aún más raros que los catalanes. Con menos dobleces, pero más raros.

Por suerte para Hertog, el entrenador Martín Fernández, que se había pasado un buen rato marcando cruces y flechas en un pizarrín, llamó la atención de todos para darles las últimas indicaciones antes del partido.

- Usted, Corrado, ya sabe que tiene libertad de movimientos por la media punta, dejándose caer a una y otra banda, ofreciéndose a los compañeros para apoyarles en paredes rápidas y buscando puerta a la mínima que pueda…

Hertog asentía sin saber muy bien qué le estaba diciendo aquel tipo que no hacía más que gesticular frente al pizarrín, pero le había sonado muy bien aquello de “libertad de movimientos”. Junto a la puerta del vestuario, uno de los asistentes del árbitro empezó a comprobar los tacos de las botas de cada jugador y que ninguno llevara objetos potencialmente peligrosos como anillos o pendientes. Tras pasar el control, Hertog se volvió a poner el colgante que portaba la micro cámara y lo sujetó con unos trozos de esparadrapo para camuflarlo bajo el cuello de la camiseta. Todo estaba a punto para que saltaran al terreno de juego.

(Continuará…)

LXVI

Cuando los equipos salieron de sus respectivos vestuarios se encontraron en el túnel que los conduciría hasta el terreno de juego. Los futbolistas bajaron por unas escaleras que quedaban divididas por una reja metálica. En la pared de la izquierda había una puerta por la que se accedía a un plató de televisión. En el lienzo de la derecha, otra entrada daba a una pequeña capilla dominada por una imagen de la virgen de Montserrat. Algunos jugadores se santiguaron al pasar frente a La Moreneta; Hertog no acabó de entender de qué iba la cosa pero grabó la escena. Al llegar al final de los escalones descendieron unos metros por un pasillo y se pararon justo al borde de unas nuevas escaleras que llevaban directamente al césped del Camp Nou. Por el hueco se colaban la intensa luz y el estruendo de la megafonía que ahogaba los cánticos de los más acelerados y las conversaciones de los más tranquilos.

Para Baytar y Hertog fue todo un choque encontrarse cara a cara camuflados cada uno bajo la apariencia de otro ser. Se suponía que el individuo que tenían enfrente era su compañero de correrías de la MNN, pero tampoco podían mostrarse demasiado efusivos por si algo había fallado y el otro no había logrado su objetivo. Además, eran de equipos rivales.

Se saludaron al principio tímidamente, intentando cerciorarse de la identidad del otro sin despertar sospechas.

- Así que tú eres Dani Cáceres… ¿Pero eres el Cáceres, Cáceres, o quien yo creo que eres? –Se decidió por fin a preguntar Tienti-Hertog.

- ¿Y quién crees que soy, si no? –Cáceres-Baytar, ya convencido de que tenía enfrente a su paisano, decidió alargar un poco la intriga.

- Pues Cáceres, pero sin ser Cáceres del todo –Tienti-Hertog eligió con cuidado sus palabras.

- ¿Ahora te gustan las adivinanzas? –Baytar hizo una pequeña pausa antes de revelar al fin su identidad y decirle a media voz-: ¡Pues claro que soy yo, capullo! ¿Acaso dudabas de mí?

- Veo que ya dominas lo mejor del idioma terrícola –Contestó Hertog, algo picado-. Será mejor que no hablemos más. Por si no te acuerdas, somos rivales.

Mientras su rostro dibujaba una sonrisa de triunfo, Baytar, feliz en la piel de Cáceres, se acercó un poco más a Hertog y le dijo al oído:

- Ten cuidado con el rubio, ya sabes, el que le dio el hachazo al chaval. Le han dicho que se encargue de ti y por lo visto te tiene ganas. Tú sabrás qué le has hecho –Por la sonrisa que adornaba su rostro, era evidente que el periodista de la MNN se lo estaba pasando en grande.

- Tranquilo, no te preocupes por mí. Por cierto, sobre ti no han dicho nada en la charla –Desveló el otro con retintín-. Eso debe de ser porque el tal Cáceres es muy bueno, ¿no?

- Ya lo dirán al final del partido –Se picó Baytar.

- Ya lo oiremos –Le desafió Hertog.

El pique se quedó ahí, pues dieron la orden de que los jugadores del Real Madrid saltaran al terreno de juego. Hertog subió las escaleras y de repente se encontró con la intensa luz de los focos y un griterío endemoniado. No se podían distinguir insultos, juramentos o amenazas. Se trataba de un zumbido casi insoportable emitido por cien mil gargantas que en aquellos momentos volcaban los malos humores acumulados contra la esposa, el marido, el jefe, el ayuntamiento, el gobierno y cualquier ente de poder establecido. Pero sobre todo, contra aquellos once tipos vestidos de blanco que, incluso por encima del árbitro, simbolizaban todas las cosas que en este mundo podían hacer aflorar los peores instintos de un seguidor del Barça.

Cuando llegaron al centro del campo, los jugadores alzaron los brazos y saludaron protocolariamente. Después, corretearon por la hierba para que no se les enfriase la musculatura y para descargar la tensión previa al encuentro. Hertog intentaba acercarse a unos y otros grabando lo que pasaba sobre el verde.

Entonces atronó por la megafonía el ‘Cant del Barça’ y por espacio de unos minutos, los jugadores del Real Madrid pasaron a un segundo plano porque las cien mil gargantas entonaban con toda la pasión del mundo su himno. Baytar, que en esos momentos saltaba al terreno de juego, sintió un estremecimiento y tuvo la certeza de que valía la pena llegar a ser futbolista profesional aunque sólo fuera por vivir en primera persona aquellos minutos.

Casi llegó a entender que Cáceres, en aquel momento inconsciente en un armario del hotel de concentración, hubiera sido capaz de hacer lo que hizo para estar allí. Y sobre todo, se felicitó por las extrañas circunstancias que habían permitido que alguien como él pudiera disfrutar desde el mismo terreno de juego y vestido de corto todas esas sensaciones. El único problema era que ni él ni Hertog, por mucho que tuvieran la apariencia de Cáceres y de Tienti, estarían al nivel de aquellos atletas.

(Continuará…)

LXVII

Bastantes metros por encima del terreno de juego, Jaume Darder también había olvidado por unos minutos los miedos y problemas de la última semana y se había dejado llevar por la pasión. No se atrevió a cantar el himno, pero lo tarareó por lo bajo. La sonrisa de felicidad que reflejaba su rostro era la prueba más clara de que para el periodista de ‘El Correo Diario’ aquello era lo más cercano al séptimo cielo.

‘El Culebra’ no tenía tan buena cara. Evidentemente, el sabueso no era culé. La expresión de disgusto que reflejaba su rostro al oír los insultos contra los jugadores del Real Madrid le habría delatado si alguien le hubiera mirado en ese instante. Pero en el recinto nadie estaba pendiente de otra cosa que no fueran los veintidós futbolistas y el árbitro. Él tampoco hizo gesto alguno y se limitó a simular que tomaba unas notas en su cuaderno.

Por fin se inició el partido, y los minutos parecían escaparse del reloj. El Barça, espoleado por su afición, dominaba el juego e imponía su estilo de fútbol colectivo, de circulación rápida del balón a uno o dos toques para buscar el punto vulnerable de la defensa rival y, una vez encontrada la falla, encarar la portería contraria. Por el contrario, el Real Madrid, con un ritmo de juego más pausado, intentaba enfriar los ánimos manteniendo el balón escondido en su cueva en la medida de lo posible, con el fin de desarmar tácticamente al oponente, a la espera de que una de sus estrellas se escapara con la pelota y pudiera sorprender la portería barcelonista en un eléctrico contragolpe.

Baytar, en su papel de Dani Cáceres, se defendía como podía. Pegado al extremo derecho, iba y venía por su carril esperando recibir el balón en condiciones e intentar progresar con él en los pies, aunque el juego, por fortuna para él y para el Barça, se estaba cargando más por la banda izquierda.

Hertog, como doble de Corrado Tienti, tenía más dificultades. Para empezar porque su nivel futbolístico estaba por debajo de la calificación de aficionado. Pero también, porque estaba más pendiente de captar imágenes que de pedir el balón e intentar alguna jugada o un buen pase. A los cinco minutos, más de un compañero ya le había llamado la atención.

Cuando se llevaban disputados unos veinticinco minutos del primer tiempo, los extraterrestres se encontraron cara a cara en el área del Real Madrid antes de que se hiciera efectivo un saque de esquina.

- ¿Qué tal? –Baytar se dirigió a su compinche entre resoplidos.

- Ya ves, echando el bofe –contestó Hertog, al que casi no le salían las palabras-. Y ese anormal rubio –Alargó el brazo hacia donde se encontraba Schaaf- no me deja en paz desde que el árbitro pitó el comienzo. Antes me ha dicho que si toco un balón me va a colgar por las pelotas en la torre del Tibidabo. ¿Tú sabes dónde está eso?

- Tú, ni caso y sigue grabando. Ten en cuenta que lo más difícil ya lo tenemos hecho; en poco más de una hora estaremos fuera de aquí con el mejor reportaje que nunca hubiéramos soñado.

- Eso si no nos mata antes alguno de estos gorilas.

Tras varias ocasiones de gol en una y otra portería y muchos gritos desde la grada, llegó el final del primer tiempo y los equipos se dirigieron al túnel que llevaba a los vestuarios. Hertog, colorado y congestionado por el esfuerzo, se acercó a Baytar.

- Oye, yo no puedo más, voy a pedir el cambio. Esta tarde he estado con una tía que me ha sorbido el tuétano y no me tengo en pie.

- Sí, y yo tengo un mono que no veas. Llevo tres horas sin tomar un trago, pero me aguanto. Si no te sustituye el entrenador, tú te quedas aquí. ¿Entendido?

Hertog se marchó camino del vestuario visitante sin responder. Nada más entrar en la caseta, el entrenador madridista Martín Fernández se acercó a él.

- ¿Se puede saber qué le pasa, Tienti? Menuda mierda de partido está haciendo. Si tanto miedo le daba venir aquí, lo podía haber dicho antes. Simulamos una lesión y se acabó, pero no puede dejar tirados de esta manera a sus compañeros.

- Oiga mister, es que no me encuentro muy fino. No sé, me falta el aire…

- En cuanto empiece la segunda parte, le sustituyo. Ya hablaremos cuando volvamos a Madrid –Martín Fernández le dejó con la palabra en la boca y se giró para dar más instrucciones.

- Vaya, Corrado, parece que eso de llevar bragas tanga no te ha sentado muy bien –Le gritó uno de los compañeros desde la otra punta de la sala.

No le iban mucho mejor las cosas a Baytar en el otro vestuario. El entrenador Kranzbühler también se había encarado con él.

- Así que estaba en forma, ¿eh? Ha estado corriendo como un pollo sin cabeza y no ha rascado una bola. A ver si se espabila y aprovecha la segunda parte porque hoy ha quedado claro que este es su último Barça-Madrid. Y me cisco en sus galones y en sus influencias. Esta noche le ha visto todo el mundo y ha quedado bien retratado.

Al cabo de un cuarto de hora, los equipos volvieron a saltar al terreno de juego. Darder, conectado a su pequeña radio, escuchaba a los comentaristas radiofónicos. Remarcaban el pobre partido de Tienti. “Sin duda alguna, le ha podido la presión del ambiente del Camp Nou”, aventuraba uno. “¡Eso tiene un nombre: Gindama!”, clamaba otro sesudo comentarista al que los colores le hacían perder los papeles y la vergüenza profesional en antena. Otros analistas lamentaban la discreta actuación de Cáceres, ni mucho menos a la altura de lo que había ofrecido en los últimos compromisos el joven Martí.

Durante el interludio, el periodista saludó a alguno de los antiguos camaradas de otros medios de comunicación que se acercó a saludarle, pero procuró estar a su aire, enfrascado como estaba en su labor de grabar con la pequeña cámara que le habían dejado los jaspianos. Sabía que el policía secreto le observaba y por tanto intentaba ser lo más discreto posible. Afortunadamente, la emoción y la incertidumbre del partido ayudaban a que ‘El Culebra’ dispersara su atención en los dos frentes.

Los futbolistas habían regresado al terreno de juego y cuando todos estuvieron situados en sus demarcaciones iniciales, el árbitro hizo sonar su silbato. Los jugadores del Real Madrid pusieron el balón en movimiento y dio inicio el segundo tiempo. Tras unas cuantas jugadas de peloteo insulso en el centro del campo, el Barça empezó a carburar y tuvo una buena oportunidad para romper el empate a cero.

El nerviosismo en los banquillos se acrecentó conforme pasaban los minutos y los entrenadores mandaron a sus respectivos jugadores suplentes a practicar ejercicios de calentamiento. Entonces, llegó el primer gol del Barça. Fue tras el lanzamiento de un corner desde la izquierda de la portería que defendía el Real Madrid. En lugar de sacarlo Cáceres con la derecha, fue Yeltov quien se encargó de patear el esférico con la pierna zurda. El delantero azulgrana conectó un centro con tanto efecto de rosca que el arco fue perfecto: la pelota, conforme se acercaba al área, iba alejándose de la portería y volaba hacia el punto de penalty. La primera línea de delanteros avanzó sobre la meta madridista arrastrando a sus defensores y Schaaf, aprovechando su altura, llegó desde la media luna del área lanzado como un tren de mercancías, se elevó sobre los despistados defensores del Madrid y conectó un potente remate de cabeza que entró en la portería sin remisión. El estadio enloqueció, los jugadores del Barça corrieron hasta la esquina en donde Yeltov enardecía a los socios y formaron una piña en la que se incrustó Baytar para celebrar el 1-0.

Hertog, como siempre más metido en su papel de reportero gráfico que en el de futbolista, se mantuvo ajeno a las broncas que se metían unos a otros los jugadores del Real Madrid a la búsqueda de los responsables del grave fallo defensivo. El falso Tienti Se acercó hasta donde los jugadores del Barça festejaban su gol para poder grabar una buena secuencia de la celebración. Schaaf lo tomó como una provocación y le hizo un gesto despectivo.

Para el entrenador del Real Madrid fue la gota que colmó el vaso. Antes de que se pusiera el balón en juego, desde la banda apareció el cartelón con el número de Hertog para que fuera sustituido. El supuesto Corrado Tienti respiró aliviado y se dirigió hacia los banquillos para ser remplazado por un compañero que saltaba y correteaba junto a la banda como un caballo encabritado. Entonces fue cuando se complicaron las cosas.

Schaaf estaba eufórico pues era el autor del gol y había anulado al italiano. Cuando Hertog pasó a su lado, el alemán le soltó: “Menudo partidazo, nenaza”. Las cámaras de la televisión pudieron captar la escena de manera nítida. Sin embargo, lo único que vieron en el Camp Nou el resto de jugadores, el árbitro y los aficionados fue que Tienti se giraba y le decía algo al alemán. Hertog había contestado a la provocación con un improperio en su propio idioma jaspiano, así que Schaaf no entendió el significado de sus palabras pero dedujo, de manera acertada, que le acababa de insultar.

El mastodonte alemán se fue hacia el italiano con aire amenazador. A todo esto Baytar, que se vio venir el entuerto, corrió hasta allí para intermediar y evitar que el asunto fuera a más. Cuando intentaba tranquilizar a Schaaf, Hertog se encaró con él.

- Vamos, tío, pasa de él –Intentó serenar Baytar al alemán-. Has marcado el gol y vamos ganando…

- Déjame, que le daré una mano de hostias a esa nenaza de macarroni –Soltó Schaaf.

- ¿Yo nenaza? Pregúntaselo a tu mujer, pedazo de orangután –Fue la respuesta del camarógrafo de la MNN.

- ¡Hertog, basta o lo estropearás todo! –Chilló Baytar en su papel de mediador. Pero a los ojos de todo el mundo la imagen era que Dani Cáceres, capitán del Barça, agarraba por la pechera a Corrado Tienti, delantero del Madrid. El griterío en la grada era ensordecedor.

- ¿Basta de qué, borracho de las gónadas? –Hertog se deshizo de Baytar con un manotazo-. ¡Será basta de beber, porque si te hacen mear para el control antidoping seguro que derrites el tubo!

- Por lo menos no soy un faldero traidor, que se lleva por delante a las mujeres de los amigos –Baytar apuntaba a su colega con un dedo acusador.

- ¿O sea, que es verdad que este macarroni se ha tirado a mi mujer y tú no me habías dicho nada? ¡Con todo lo que yo he llegado a hacer por ti! ¡Serás cabrón! –Se enfadó Schaaf con el que creía que era Cáceres-.

- Un momento, gorila. Si aquí hay algún cabrón, técnicamente ese eres tú, machote –Volvió a picar Hertog a Schaaf.

Entre tanto, hacía tiempo que el árbitro y el resto de los jugadores se habían acercado y mientras unos intentaban poner paz, otros echaban más leña al fuego. En las gradas, los aficionados entonaban cánticos ofensivos contra Tienti y bramaban con toda su fuerza a favor de Schaaf, que para eso era el héroe de casa.

El colegiado, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió cortar por lo sano. Y viendo que en aquellos momentos los que seguían discutiendo eran Cáceres y Tienti, llamó su atención.

- A mí no me joden ustedes el partido –Y sacando una tarjeta roja, primero apuntó con ella a cada uno de los dos jaspianos y después la alzó al cielo con autoridad para sentenciar-: ¡Venga, los dos a la puta calle! Hala.

En la tribuna de prensa, a Darder se le escapó un “¡Mutantes de los cojones!” que nadie más había sabido decodificar en su sentido exacto. El periodista de ‘El Correo Diario’ recogió sus cosas de manera precipitada y salió disparado escaleras abajo hacia los vestuarios. Casi de manera inmediata, ‘El Culebra’ saltó de su asiento como si tuviera un muelle en el trasero y partió tras su presa.

(Continuará…)

LXVIII

Cuando Jaume Darder consiguió llegar a la zona mixta de los vestuarios en donde los futbolistas atendían a los medios de comunicación, el tumulto era más que considerable pese a que aún restaban quince minutos para el final del encuentro. Los incidentes que se habían registrado durante el clásico, con la expulsión final de Baytar y Hertog, a quienes todo el mundo tenía por Dani Cáceres y Corrado Tienti, habían hecho que los medios informativos dividieran recursos entre los dos frentes.

Una legión de cámaras de televisión, fotógrafos, redactores, miembros del servicio de seguridad y empleados del Barça esperaban impacientes la comparecencia de los dos protagonistas del altercado. Buscaban que con sus declaraciones aportaran algo más de luz sobre lo sucedido y algunos de ellos, porqué no decirlo, que añadieran también un punto más de polémica.

Para entonces, el realizador de la televisión, utilizando las grabaciones de las más de treinta cámaras desplegadas por todos los rincones del campo, ya había hecho una composición fidedigna de la historia. A través de los televisores y de la narración de los locutores radiofónicos, los aficionados que seguían el partido ya sabían que Schaaf le había dicho alguna cosa a Tienti para provocarle cuando iba a ser sustituido y que éste le había contestado. Después, las negociaciones de paz entre el capitán del Barça y el italiano habían acabado con la expulsión de ambos.

Darder, consciente de que no conseguiría acercarse hasta la primera línea donde se agolpaban las grabadoras, las cámaras, los focos y los micrófonos, confió en que sus dos compinches cumplirían con la siguiente parte del plan y abandonarían la sala por el sitio que habían acordado: las escaleras que daban acceso al antepalco y a la planta baja del estadio. Por tanto, centró sus esfuerzos en burlar la vigilancia del persistente mosso d’esquadra que interpretando su papel de periodista de pacotilla no le perdía de vista ni a sol ni a sombra.

A lo largo de aquella noche le habían entrado ganas de encararse con él en más de una ocasión. Especialmente, después del gol del Barça que ‘El Culebra’ encajó bastante mal. Pero Darder logró reprimirse porque sabía que llevaba las de perder. Todo el plan se vendría abajo si le detenían. Y lo que era todavía peor, se habría quedado sin coartada ni pruebas que justificaran su extraña actuación de los últimos días.

Entonces aparecieron Cáceres y Tienti en la zona mixta. El policía no pudo evitar la tentación de acercarse a las dos estrellas y se dedicó a escuchar sus declaraciones, convencido de que Darder, como periodista, haría lo mismo. El redactor de ‘El Correo Diario’ aprovechó la marabunta que se armó para despistar al cabo Héctor Aguirre y se escabulló de la Zona Mixta.

Mientras, el primero en tomar la palabra fue Baytar:

- Ante todo, y hablo en nombre de los dos, quiero avisar de que no vamos a responder a ninguna pregunta; sólo haremos una breve declaración conjunta en atención a todos ustedes y a los millones de aficionados que siguen a nuestros equipos.

Tras una pausa, continuó diciendo:

- Tanto Corrado como yo estamos muy arrepentidos por nuestro comportamiento. La tensión con la que se vive un partido de este nivel no justifica que deshonremos de esta manera las camisetas de los equipos a los que representamos. Sin duda, yo he pagado los nervios que he pasado a lo largo de la semana por los rumores en torno a mi futuro en el Barça, mi casa desde que era un niño. En cualquier caso, quiero concluir diciendo que tanto Tienti como yo aceptaremos la sanción que nos impongan nuestros clubes y las autoridades pertinentes, sean las que sean. ¿Quieres añadir algo, Corrado?

Hertog se sorprendió en un primer momento, pero después decidió aprovechar el ofrecimiento de Baytar.

- Bueno, yo sólo quiero decir que estoy totalmente de acuerdo con Balt… quiero decir con Cáceres. ¡Ah! Y recordarle a Irina Josefa Varela, que muy posiblemente me estará viendo, que no he perdido su número de teléfono –Mostró a las cámaras el billete de cien euros y acabó gritando un: ¡Hala, Madrid!

Baytar aprovechó el barullo de risas y nuevas preguntas que provocaron las últimas palabras de Hertog para coger por el brazo a su compañero y salir disparados en dirección a las escaleras tras saltarse el cordón que delimitaba la zona mixta.

Darder, que en cuanto habían empezado a hablar sus compinches había subido como un rayo las escaleras, les esperaba en la planta principal. Los empleados que vigilaban los tornos de entrada al Camp Nou se sorprendieron al ver que los dos futbolistas abandonaban juntos el estadio por la explanada principal del estadio.

Un chaval se atrevió a pedirles un autógrafo y una foto a la que ambos accedieron sin problemas. Un vigilante de una puerta le murmuró al oído al compañero que tenía al lado:

- Ya nada es lo que era. Ahora montan el número en el campo y después, mira: se van juntos de copas. Y nosotros engañados por toda esta chusma mercenaria.

Unos segundos después, el abigarrado trío corría en dirección al coche de Darder cuando de repente Hertog les hizo parar.

- ¡Eh, un momento! Antes de marcharnos tenemos que sacar a aquel capullo del compartimiento de equipajes del autocar.

- ¿A quién?

- Gónadas, pues al Tienti ese. ¿O cómo pensáis que lo he podido sacar del hotel? Mi dinero me costó.

- Si nos trincan por culpa de esto, te fulminaré –Le amenazó Baytar, para después dirigirse a Darder- ¿Dónde astros está ese autocar?

- ¡Seguidme! –Dijo con decisión Jaume Darder, y echó a correr en dirección a la explanada situada tras el Gol Sur del estadio.

Al cabo de unos minutos y tras saltarse varios controles de acceso –Ningún vigilante se atrevió a barrarle el paso a Cáceres y a Tienti-, llegaron al túnel casi en penumbra en donde estaban alineados los autocares de los dos equipos.

El chofer del vehículo del Real Madrid, sentado en su sillón frente al volante, seguía las incidencias del partido a través de la televisión del autocar. Al principio le sorprendió la llegada de Tienti. Después, al ver que le acompañaba Cáceres, aún se quedó más extrañado.

- ¡Señor Tienti! Cuánto lo siento. Y encima nos están apretando de lo lindo. Han estado a punto de marcar el segundo; pero ustedes han estado muy bien, haciendo las paces en público. Dos caballeros, sí señor.

- Sí, una pena. Esto… ¿Tienes abierto el compartimiento de equipajes? Es que tengo que darle unas cosas al amigo Cáceres. Ya sabes, como muestra de amistad tras hacer las paces.

- Ahora mismo se lo abro. Oiga, un cabrón el alemán ése por provocar de aquella manera a un tío que se iba al banquillo. Y usted perdone –añadió después girándose hacia Cáceres-Baytar.

- Bueno, bueno, ya está. Por cierto –Le cortó Hertog- ¿Podría ir a buscarme unas botellas de agua? Se imaginará que no tengo muchas ganas de hablar con nadie y prefiero esperar aquí a que lleguen los compañeros.

- ¡No se preocupe, ahora mismo voy! –respondió solícito el conductor del autocar.

En cuanto se alejó el chofer, entre los tres bajaron el inmenso baúl metálico y lo situaron en el espacio que quedaba libre entre la trasera del autocar del Madrid y la frontal del autobús del Barça. Tras abrir el arcón, sacaron de su interior al auténtico Tienti, aún profundamente dormido.

- Joder, Hertog, le podías haber puesto algo de ropa –Le riñó Baytar.

- ¿Qué querías que le pusiera, si yo iba vestido de turista japonesa? Tendría que darme las gracias de que le dejara los calzoncillos. No veas la cháchara que se ha montado en el vestuario cuando se han dado cuenta de que llevaba puesto un tanga.

- Eso es porque les estás cogiendo el gusto a exhibir tu lado femenino –Opinó Darder con ironía.

Por fin consiguieron depositar al futbolista en uno de los asientos del final del autocar y salieron a la carrera, camino del aparcamiento donde estaba el coche.

Sin ser conscientes de ello, aquel imprevisto cambio de planes les había servido para despistar de manera definitiva a ‘El Culebra’.

Cuando el cabo Héctor Aguirre se percató de que Darder ya no estaba en la Zona Mixta, salió disparado hacia el lugar en donde el periodista había estacionado su vehículo. Al llegar allí vio que el desvencijado Golf seguía en el mismo sitio, por lo que concluyó que su sospechoso continuaba en las entrañas del estadio, por la Zona Mixta, así que volvió sobre sus pasos de regreso al área de los vestuarios.

Para cuando el mosso d’esquadra volvía a estar en la zona mixta, Darder y sus compañeros habían llegado hasta el coche y maniobraban para abandonar el aparcamiento en dirección a Montjuïc y preparar el reportaje que tenían que enviar a la sede central de la MNN en Jaspion.

En el momento en el que el morro del Golf encaraba la salida del recinto, un tremendo clamor brotó de la olla del Camp Nou hacia el cielo de Barcelona: El Barça acababa de marcar el segundo gol. Los vigilantes de la puerta, que se abrazaban para celebrar el 2-0, no cayeron en la cuenta de que en la vieja lata con ruedas que les pasaba por delante viajaban dos tipos físicamente clavados a Corrado Tienti y Dani Cáceres. Baytar le hacía un corte de mangas a Hertog mientras Darder hacía sonar el claxon.

Cuando ya habían enfilado la travesía de Les Corts, el terrícola conectó la radio para escuchar la narración del gol. Giraron a la izquierda por la calle Comte Güell para buscar la avenida Madrid hasta la confluencia con la calle Numancia.

- Oye, no me podía imaginar que fuerais tan negados. ¿Todos jugáis así de mal en esa Federación vuestra? Porque entonces inscribo allí al Barça y cada temporada, campeones del Universo –bromeó un eufórico Darder.

- Eh, eh, eh, un momento –Baytar buscó en su traductor y añadió-. Eso es: Menos lobos, caperucita. Ya me gustaría verte a ti en un partido de Las Finales entre los Bucaneros de Tinoon y los Patriotas de Jaspion. Esto no está mal; nada mal, lo confieso, pero aquello también es impresionante. De todas formas, yo hablo por mí, porque desde luego Hertog es un tuerce botas.

Hertog iba sentado en el asiento trasero, como casi siempre, y revisaba las imágenes que había grabado para ir adelantando trabajo.

- Mira, a mí el fútbol siempre me ha importado una higa, así que no tengo ningún interés por vuestra conversación. Dejadme en paz que yo voy a empezar a montar las imágenes, si no os importa.

- “Me importa una higa” –Repitió Darder con retintín-. Veo que estás recurriendo a lo mejor de nuestro repertorio.

- Perdona, pero simplemente consulto el material que tengo cargado en el traductor y lo aplico en función del registro lingüístico de mi interlocutor –Le aclaró el jaspiano.

- Por cierto. ¿Quién es Irina Josefa Varela? –Preguntó Baytar.

- Una luchadora por la libertad de Cuba que me ha ayudado en esta peligrosa misión –Se limitó a decir el camarógrafo, que no quería comentar asuntos de faldas en presencia de Darder.

La radio anunció el final del encuentro con la victoria del Barça sobre el Real Madrid por dos goles a cero.

- ¿Qué se quema? –Gritó Baytar Dix a través de la ventanilla derecha del coche, aún mimetizado con el aspecto del capitán del Barça, Dani Cáceres.

(Continuará…)

LXIX

Cuando los jugadores del Real Madrid llegaron al autocar para desplazarse hasta el aeropuerto de El Prat se encontraron con que Corrado Tienti dormía plácidamente, estirado sobre los asientos del fondo del vehículo. Las iras de la plantilla blanca se desataron contra el astro italiano porque la mayoría de sus integrantes consideraba a Tienti el principal responsable de la derrota que acababan de sufrir.

- Vaya con el espagueti –rezongó uno de los futbolistas mientras se acercaba hasta el durmiente para zarandearlo e hizo un gesto de desagrado-. ¡Ni tan siquiera se ha duchado, el hijoputa!

Cuando por fin se espabiló, el auténtico Corrado Tienti sólo acertó a preguntar cosas absurdas para sus compañeros.

- ¿Qué pasa? ¿Ya vamos para el Camp Nou? ¿Y mi ropa?

- Tú sabrás, capullo. Hace tres horas llevabas unas bragas puestas. Y cuando llegues a Madrid le tendrás que explicar a Francesca quién es esa Irina Josefa Varela y por qué tienes su teléfono.

- ¿Irina Josefa Varela? ¿Ma qué cosa dice? –Tienti contestó en su medio italiano, medio castellano, totalmente desorientado.

- Si encima estará borracho o fumado –Dictaminó otro de sus compañeros-. No me extraña la mierda de partido que nos ha regalado.

No muy lejos de allí, en el hotel de concentración del Barça, Dani Cáceres había recuperado la consciencia y no podía dar crédito a las escenas que estaba viendo a través del televisor. El tipo que se enzarzaba en una discusión en pleno Barça-Real Madrid era igual que él; también, el que había sido expulsado e insultado por Tienti, que le acusaba de borracho y putero, según los subtítulos que acompañaban las imágenes aumentadas y ralentizadas. Y era alguien igual que él el sujeto que había comparecido ante los medios de comunicación para pedir excusas en compañía de aquel macarroni. ¡Pero él, Dani Cáceres, capitán del Barça, había estado encerrado en el armario de aquella habitación y no había pisado el Camp Nou en todo el día! ¡Y, por supuesto, no había jugado el Barça-Madrid!

El capitán del Barça se dio una ducha rápida, recogió sus pertenencias y con la mayor discreción posible bajó hasta el hall del establecimiento hotelero. Se subió a un taxi y pidió al chofer que le acercara hasta el aparcamiento subterráneo del Camp Nou. Una vez allí recogió su Jaguar y se marchó a casa.

El despertar de Freddy Juarros, que se había pasado el día en el cuarto del servicio del hotel de concentración del Real Madrid en donde le había dejado Hertog Bulq, todavía fue menos agradable. A primera hora de la tarde, cuando ya se disputaba la primera parte del partido, dos operarias del hotel habían entrado en la estancia para recoger la montaña de ropa sucia que tenían que trasladar a la lavandería. Entonces descubrieron con pavor que algo se movía bajo el revoltijo de sábanas y toallas.

Aquellas mujeres estaban curtidas en las duras condiciones de vida de los barrios más peligrosos de Quito, capital de Ecuador. Así, su primera reacción fue coger dos fregonas y, empuñando los mangos de las mismas a modo de armas, emprenderla con las costillas del desafortunado periodista de ‘El Correo Diario’. Para colmo de males, Juarros no recordaba ni su fecha de nacimiento, pues en su caso Hertog se había empleado a fondo y le había hecho un lavado de cerebro a conciencia.

Cuando las dos ecuatorianas vieron que el cuerpo que se escondía bajo las sábanas había dejado de moverse, le soltaron una docena más de bastonazos para asegurarse de que no era un truco de su presunto agresor. Después, avisaron al servicio de seguridad del hotel a través de una línea interna.

Durante los próximos meses, Freddy Juarros tendría que alternar sus visitas al traumatólogo con las consultas al psiquiatra para recuperar la plenitud física y la lucidez mental, aunque nunca llegaría a recordar qué o quién le había llevado a aquel cuarto de servicio de la última planta del céntrico hotel barcelonés.

Los acontecimientos no transcurrían de manera tan violenta para el cabo de los Mossos d’Esquadra Héctor Aguirre, aunque su estado de ánimo no podía definirse como pletórico. Una hora después de que el árbitro hubiera dado por finalizado el encuentro, en el Camp Nou sólo quedaban los periodistas de los programas radiofónicos nocturnos y los operarios técnicos que recogían los equipos de transmisiones de las diferentes emisoras de radio y televisión.

‘El Culebra’ se tuvo que hacer a la idea de que aquel jodido periodista le había dado esquinazo. Decidió telefonear a su superior, el intendente Antoni Casal, antes de dar un nuevo paso adelante. “Y encima ha perdido el Madrid. Estará de una mala leche…” -Se lamentó mientras marcaba el número de teléfono de la comisaría.

Casal escuchó pacientemente el informe que su subordinado le estaba transmitiendo desde el otro lado de la línea mientras al mismo tiempo que tomaba algunas notas. Cuando el cabo Héctor Aguirre terminó su relato, Casal le dijo en un tono seco:

- Bien. Ahora se va a recorrer toda Barcelona en la moto hasta que vuelva a encontrar a ese desgraciado de Darder. Y no vuelva a llamar hasta que me pueda decir que se encuentra a dos metros de distancia de él. Ya hablaremos sobre esta negligencia. Usted no iba al Camp Nou para ver el partido; iba a seguir a un sospechoso. Me ha decepcionado profundamente, Aguirre.

Casal cortó la llamada e inmediatamente telefoneó a Robert Sambenito, que se encontraba en su despacho de la comisaría de la Guardia Urbana del distrito de Sants-Montjuïc.

- ¿Me dijiste que éste era el mejor agente que tenías, verdad? ¿Era ‘El Culebra’ o ‘La Sargantana’? –comentó el guardia urbano tras escuchar la pifia del subordinado de Casal. Pese a la ironía, la voz del intendente Sambenito destilaba mal humor.

- Oye, no me jodas, Roberto. Ese tipo al que estamos persiguiendo es muy escurridizo y sin duda está ayudado por gente muy poderosa. Tú mismo lo has vivido en persona, así que vamos a tener que hacer algo y rápido. No sabemos dónde se encuentra y puede volver a actuar en cualquier momento con total impunidad. Nuestro único consuelo es que hoy no lo haya hecho en el estadio.

- Bueno, sobre ese punto te puedo hablar de un informe que me acaban de pasar los compañeros de la comisaría de la Guardia Urbana del distrito del Eixample. ¿Sabes quién ha sido atacado en el hotel de concentración del Real Madrid? Freddy Juarros, compañero de Jaume Darder en ‘El Correo Diario’.

- ¿Se coló en el hotel de concentración? ¡Estos tíos son capaces de cualquier cosa por una noticia! Son escoria.

- Estoy de acuerdo, pero deberías saber un detalle. Juarros tenía los mismos síntomas que todas las demás víctimas de este caso: estaba inconsciente, semidesnudo y no recuerda nada de lo que le ha sucedido. En su caso sí presenta daños físicos, pero son producto de la paliza preventiva que le endiñaron las dos mujeres de la limpieza que se lo encontraron. Se asustaron y prefirieron inmovilizarlo.

- Bien hecho, con estas alimañas nunca está de más. ¿Y alguien le vio llegar hasta o sabe a quién iba a ver en el hotel? Si sufre esos síntomas es que Darder o alguno de sus compinches estuvo también allí.

- Sólo tenemos el testimonio de uno de los recepcionistas del turno de la mañana, pero vale su peso en oro. ¿A que no sabes quién acompañaba a Juarros cuando entró en el hotel? Agárrate los machos: ¡La periodista japonesa amiga de Jaume Darder! Periodista cuyas facciones, curiosamente, son idénticas a las de la turista japonesa que fue atacada el viernes en el Museo Marítimo de Drassanes junto a su marido. Ni qué decir tiene que la acompañante de Juarros no ha vuelto a ser vista por nadie desde entonces. Pero en el mismo cuarto en el que localizaron a Juarros se encontró ropa de mujer que coincide con la que llevaba puesta la japonesa a su llegada.

Casal repasó las notas que había tomado apresuradamente durante su conversación con ‘El Culebra’ y dijo:

- Según el cabo Aguirre, Darder salió solo de su casa las dos veces, por la mañana cuando fue a comprar y por la tarde cuando se marchó al Camp Nou, y que los japoneses no han aparecido por el estadio en toda la noche. La patrulla que se quedó frente a la casa del periodista no les ha visto salir, pero tampoco se ha detectado actividad alguna en el apartamento.

- Eso es porque los japoneses son muy silenciosos –Se choteó de él Sambenito.

- Hay que encontrar a este tipo como sea –Sentenció Casal que no se encontraba con humor para más bromas.

- Efectivamente. ¿A dónde has enviado ahora a tu perdiguero?

- Le he dicho que compruebe si Darder se ha dirigido a su domicilio y que si no le encuentra allí entonces se dirija a Montjuïc. A ver si puede abrir de una vez ese jodido camión y comprobar qué esconden ahí dentro esa gentuza.

- No –Le contradijo Sambenito-. Es mejor que se espere frente a la casa de Darder. Así tendremos un punto cubierto. Ya enviaré yo alguna de mis patrullas hasta la zona del castillo de Montjuïc para que averigüen si nuestro amigo anda por allí.

(Continuará…)

LXX

Tras abandonar el Camp Nou, Jaume Darder, Baytar Dix y Hertog Bulq habían procedido con diligencia. Al llegar a las proximidades del Anillo Olímpico de Montjuïc aparcaron el vetusto Golf y después, internándose entre la vegetación que alfombraban la montaña y atravesando el nuevo Jardín Botánico, se acercaron hasta el Mirador del Migdia para llegar al pinar en donde seguía reposando la nave enmascarada como un enorme camión de recogida de basuras de ‘BCNeta!’.

En aquellos momentos, prácticamente no había ningún coche en la zona y eso llamó la atención de los extraterrestres.

- ¡Huy! No os preocupéis. Eso es porque se estaba jugando el partido. ¡Ya veréis cómo está esto dentro de un rato! Siendo sábado y después de ganar al Madrid, calculo que en una hora esto se va a poner como Les Rambles al mediodía.

El abigarrado trío se acercó con el máximo sigilo posible hasta la cabina del camión y, tras retirar la nueva multa colocada en el limpiaparabrisas, se introdujeron en su interior, se instalaron en la cabina de control y conectaron la pantalla de comunicaciones.

Al cabo de unos segundos apareció el rostro de Shira, la secretaria del Jefe Drinag. Desde que Baytar y Hertog habían recuperado el rumbo, Shira se mostraba muy seca con ellos. No se atrevía a lanzar ninguno de sus envenenados dardos consciente de que aquellos dos tipejos habían recuperado puntos en la escala del Jefe. Tendría que esperar a otra oportunidad para clavárselos, especialmente a Baytar.

Enseguida apareció la imagen de Drinag.

- ¿Qué tal, Jefe? –preguntó Baytar aún en estado de euforia.

- Regular. Hemos palmado en el primer partido de Las Finales. 3-1 para los Bucaneros de Tinoon. Vamos de culo preparando los resúmenes y las entrevistas –Drinag no podía disimular que era seguidor de los Patriotas de Jaspion-. ¿Y tú, que me vendes?

- Una exclusiva de gónadas. Ya tenemos el reportaje del Barça-Madrid con unas espectaculares e inéditas imágenes desde fuera y desde dentro del mismo terreno de juego. Ha ganado el Barça 2-0. Nos faltó por captar la imagen del segundo gol, porque ya estábamos fuera del estadio…

- …Es que nos han expulsado y… -empezó a relatar Hertog.

- ¿Cómo dices? ¿Expulsados? –El Jefe se alarmó pues le parecía un milagro que tras saltarse de forma tan escandalosa el Protocolo aquellos dos débiles mentales todavía siguieran vivos. Y sobre todo, temía las consecuencias que aquello podía implicar en su propia carrera profesional.

- Nada; no te preocupes que también tendremos las imágenes del segundo gol. Las captaremos de las emisoras terrestres. Te montaremos un reportaje resumen de cinco minutos para las noticias de hoy y otro de unos tres cuartos de hora para que sirva de previa del segundo partido de Las Finales Bucaneros-Patriotas. ¡A ver si eso nos da más suerte! Por cierto, ¿qué hay de la nave de regreso?

- Mañana partirá hacia allí con las piezas de recambio. Calculad la hora de llegada a partir de la vuestra actual y la nuestra en Jaspion…

- Aquí, en esta zona de la Tierra, son las once de la noche…

- …Pues tienen previsto aterrizar en las coordenadas que nos enviaste unas tres horas antes. Actuad rápido y salid de ese peñasco a toda leche. Ahora que habéis conseguido solucionar la cagada inicial, no volváis a meter la pata.

- Tranquilo Jefe, ya sabes que nunca te he fallado –Baytar se hizo el simpático.

- Venga va, no me hagas más la rosca y enviad esos jodidos reportajes.

Los alienígenas, ayudados por el terrícola, se pusieron manos a la obra para montar las imágenes que habían recogido a lo largo de todo el día en los hoteles de concentración, en los desplazamientos hacia el Camp Nou, en la tensa espera en los vestuarios… Tenían tomas del ambiente de las gradas y, las más preciadas, las imágenes desde dentro del terreno de juego. Rescataron el segundo gol azulgrana de las emisiones terrestres e insertaron una entrevista con Darder como especialista invitado.

Cuando acabaron de editar todo el material y les confirmaron desde los estudios centrales de la MNN que la transmisión había sido buena, abandonaron la nave para regresar a su cuartel general, la casa del periodista de ‘El Correo Diario’.

Al salir de la nave comprobaron que, como había previsto el terrícola, en los alrededores se había multiplicado el número de coches de todos los tamaños, marcas y colores. En unos se celebraba la victoria barcelonista. En otros, se buscaba consuelo a la derrota madridista. En la inmensa mayoría, simplemente se disfrutaba de un buen rato con la pareja a falta de un lugar más íntimo y, sobre todo, más cómodo.

Tras desandar el camino habitual, llegaron hasta el coche y bajaron montaña abajo por el lado de Miramar, donde se cortaba la montaña antes de precipitarse sobre el puerto. Darder quería pasar por los quioscos de Les Rambles para comprar las primeras ediciones de los periódicos.

Paró un momento el vehículo a la altura de uno de los puestos de la rambla de Canaletes y adquirió un ejemplar de cada diario. Olían a tinta fresca y a rotativa. En todas las portadas mandaba un tema: el triunfo del Barça en el clásico. Darder abrió ‘El Correo Diario’ y confirmó que la gran novedad, para él, era que la crónica del Barça-Real Madrid no iba firmada por Freddy Juarros.

La noticia de que el Redactor Jefe de Deportes había sido encontrado inconsciente tras recibir una paliza había sido acogida en la Redacción con una mezcla de sorpresa y asepsia profesional. Se enteraron durante el descanso del partido y para cuando empezó la segunda parte, el asunto se había convertido en una noticia a media columna. Ya nadie volvió a pensar en Juarros, excepción hecha del redactor que asumió la responsabilidad de escribir la crónica. Nunca antes había estado tan a favor de la llegada de los inmigrantes a España, especialmente de las honradas ecuatorianas dedicadas a las tareas de la limpieza de los hoteles del centro de Barcelona.

Darder se sonrió, tiró al suelo la colilla del cigarrillo que acababa de apurar y regresó al Golf. A continuación, cumplieron con la preceptiva parada en una tienda de las que abren las veinticuatro horas para que Baytar repusiera “combustible para mi última noche en la Tierra”, se justificó.

Al llegar a su barrio, tras encontrar un lugar en el que estacionar el coche, caminaron el trecho que les separaba hasta el portal de la casa. En los alrededores del edificio pudieron adivinar la presencia de ‘El Culebra’, apenas camuflado en el reducido espacio que quedaba libre en uno de los típicos portalones del Eixample.

Si el abigarrado trío hubiera visto el rostro del cabo Héctor Aguirre, habría comprobado la mueca de sorpresa que reflejaba. ‘El Culebra’ hubiera jurado que Darder acababa de entrar en su domicilio acompañado de Dani Cáceres, capitán del Barça, y Corrado Tienti, crack italiano del Real Madrid. Pero sabía que eso era imposible. Sin duda, el cansancio y la tensión le estaban jugando una mala pasada a sus ojos, una macabra broma.

El cabo Aguirre llamó a la central para informar a su superior de que volvía a tener bajo control al sospechoso y pidió que le relevaran hasta la mañana siguiente.

(Continuará…)

DOMINGO

LXXI

Dani Cáceres se había pasado la noche prácticamente en vela, revolviéndose en la cama y deseando que nunca amaneciera. Al llegar a casa por la noche descubrió que Mónica ya estaba dormida. Le había dejado una breve nota manuscrita en la que le preguntaba por su discusión con el jugador del Real Madrid -”¿Por qué te llamó borracho y putero? ¿Me ocultas algo?”, había escrito Mónica-. En una posdata, le pedía que autografiara las cinco fotos que Rosie había dejado sobre un mueble de la cocina. “Ya sabes que con estas pequeñas cosas su familia puede sacar algún dinero extra en Manila”, apostillaba Mónica. Decidió que ya había visto y leído suficiente, así que se metió en la cama procurando no hacer demasiado ruido.

Tras pasar su vigilia entre cortos sueños y peores despertares, se levantó al romper el día y se preparó un poco de café. Fue un alivio para Cáceres descubrir que Rosie aún no había salido de su guarida. Al fin y al cabo, no era tan trabajadora como decía Mónica. Desayunó tranquilo, satisfecho por no tener que soportar los desplantes de la filipina y a continuación pasó al cuarto de baño, se dio una buena ducha y se afeitó. Volvió al cuarto donde dormía su novia y de manera sigilosa recogió las cosas que necesitaba para el entrenamiento, bajó las escaleras hasta la puerta para coger el Jaguar y tomar el camino hasta las instalaciones del Camp Nou. Fue entonces cuando Mónica le llamó desde lo alto de la escalera.

- ¿Pensabas largarte sin decirme: “Ahí te pudras”, o: “Hola cariño, buenos días”? -La muchacha se acercó hasta él y le dio un suave beso en los labios-. Y felicidades por tu triunfo. Ya ves que yo no soy nada rencorosa.

- Gracias -se limitó a contestar Cáceres, sin muchas ganas de hablar-. Lo siento, debe de ser por culpa de la expulsión.

- ¿Por qué te dijo aquellas barbaridades ese italiano?

- En los partidos nos decimos muchas cosas, incluso peores que ésas, para provocarnos. No tienen mayor importancia ni has de buscar otro significado. Ahora me tengo que ir al entrenamiento -El capitán del Barça le devolvió el beso y echó a andar.

- Dani, no sigamos enfadados. Sé que has pasado una semana de nervios. Cuando jugáis contra el Real Madrid siempre te pones así. Yo también he estado fatal, no te creas. Pero habéis ganado. Ahora las cosas volverán a ir bien.

- Seguro que sí. Y no te preocupes, nena, que no estoy enfadado contigo.

Cáceres subió los peldaños que les separaban para volver sobre sus pasos, le dio otro beso a modo de despedida y descendió nuevamente las escaleras hasta llegar al patio en donde tenía estacionado el deportivo. Arrancó y condujo el Jaguar hasta las entrañas del Camp Nou.

El veterano futbolista notó en el rostro de los empleados y del resto de la gente la alegría por el triunfo del día anterior. Era lo mejor de una victoria sobre el Real Madrid: tapaba todos los problemas. Podías haber jugado un mal partido y no recibir reproche alguno; incluso podía jugar tu doble y que nadie se diera cuenta. Claro que, ¿cómo se iban a percatar los demás si ni siquiera él podía explicar qué le había pasado?

El ambiente entre los jugadores de la plantilla era aún más distendido de lo habitual aquella mañana. Por todos los rincones del vestuario corrían los periódicos, especialmente los deportivos, para ver qué explicaban del balsámico triunfo azulgrana y ante todo, comprobar qué puntuación le habían adjudicado a cada uno por su actuación.

- Joder, qué cabrones, sólo me han puesto un seis. Ya os dije que estos hijoputas del ‘Sport’ van a por mí. -Se oyó desde una esquina de la estancia. Y el agraviado continuó leyendo en voz alta: -Tú, Walter, no te puedes quejar; te han puesto un nueve. “Perfecto. En defensa, anuló a un Tienti que mientras estuvo sobre el terreno de juego pareció acobardado por el escenario y el rival. Además, el alemán tuvo arrestos para subir a rematar con acierto, marcando el primer gol”.

Cáceres empezó a cambiarse de ropa sin reparar demasiado en los comentarios que hacían sus compañeros aunque al final no pudo resistir la tentación y cogió uno de los periódicos para saber qué escribía sobre él. “Lejos de sus mejores días, el capitán azulgrana corrió sin sentido y no aportó nada al juego. Acabó expulsado de manera injusta al intentar poner paz en una trifulca”. Un cinco. En partidos así, era lo mismo que ponerte un cero.

Cuando estaban a punto de salir hacia el campo de entrenamiento, Cáceres sonó su teléfono móvil. Comprobó que se trataba de su representante, así que decidió atender la llamada.

- ¿Dani? ¡Soy Fran! -La estridente voz de Trujillo sonó como un tiro al otro lado de la línea. Trujillo siempre transmitía esa sensación de ir a doscientos por hora. Muchas veces le había levantado el ánimo cuando creía estar muerto; pero en otras ocasiones, como esa mañana, tal explosión de energía le resultaba irritante.

- Ya sé que eres tú. ¿Qué quieres? Estoy a punto de salir a entrenar y me va a caer una multa si no corto ya.

- Oye artista, conmigo no te pongas borde que siempre soy el que te acaba sacando las castañas del fuego. Te he llamado a casa y ya habías salido. Mónica me ha dicho que estabas jodido…

- …Estoy de puta madre.

- ¡Así se habla, chaval!- A Fran Trujillo le gustó el arranque de mala leche de su protegido-. Mira, tú no te preocupes. Yo, como está previsto, hablaré esta semana con Puga y, según lo que me diga el presi, sondearemos a ver cómo está el mercado por fuera. Si la cosa está chunga aquí y allí, pues te operas de la rodilla y a ver si entonces tienen huevos de echarte a la calle.

- Oye Fran, te lo digo en serio. Tengo que ir al campo de entrenamiento o me pondrán una multa. Ya hablaremos.

- Tú piénsatelo, chaval. Sabes que siempre te he aconsejado bien y ya nadie se acuerda de que hace unos años no pasaste por el quirófano para no perjudicar al equipo.

- Ya hablaremos mañana con tranquilidad -repitió el capitán del Barça y desconectó el móvil.

(Continuará…)

LXXII

En la Comisaría de la calle Pontils, Antoni Casal y Robert Sambenito, máximos responsables de los Mossos d’Esquadra y de la Guardia Urbana en el distrito de Sants-Montjuïc, respectivamente, evaluaban la situación del ‘caso Darder’ decididos a tomar decisiones drásticas. Las muchas horas de trabajo y los pocos progresos en sus investigaciones empezaban a minar la resistencia y la paciencia de los intendentes.

- Las patrullas nocturnas en la montaña de Montjuïc no detectaron la presencia de Darder y sus secuaces -informó Sambenito a Casal-. Envié un equipo especial para que forzara las puertas del puto camión pero su sistema antirrobo resultó invulnerable. Los muchachos acabaron con quemaduras hasta los codos intentando meter mano a todas las cerraduras, pero no hubo forma. Vamos a tener que pedir que nos envíen personal de las unidades especiales de detección y detonación.

- Yo pensaba que un cuerpo con tanta experiencia como la Guardia Urbana no tendría problemas en una misión tan sencilla como la de encontrar a un buitre de la prensa y abrir un camión de la basura -Casal estaba devolviendo las puyas que había recibido en los últimos días por la actuación del cabo Héctor Aguirre.
Sambenito optó por no entrar al trapo y buscarle las vueltas a su colega por otro flanco.

- ¿Y qué te han explicado tus agentes de elite? Ellos lo tenían bastante más fácil, sólo debían plantarse frente a la puerta de la casa de nuestro sospechoso.

- Darder regresó a su casa acompañado de dos tipos poco antes de la una de la madrugada -relató el intendente Casal tras repasar sus notas.

- ¿Eran los dos japoneses? -Sugirió Robert Sambenito.

- Ni hablar. No hay rastro de ellos. Tampoco en los hoteles en los que nos dijo Darder que podían estar alojados.

- ¿Qué más? -pidió Sambenito.

- Pues nada más, por el momento. Darder no ha salido aún de su madriguera, pero no te preocupes. Se mantiene el despliegue en la zona, así que si se atreve a asomar el hocico tendremos controlados todos sus pasos.

- Sí, como ayer en el Camp Nou -Sambenito aprovechó la coyuntura para devolverle la pelota a su colega.

- Eso no volverá a suceder -Se enfadó Casal, quien pasó al contraataque-. Tampoco han avanzado mucho tus hombres con el camión. Por cierto, ese trasto lleva allí casi una semana y tus ‘muchachos’ no repararon en él hasta que se acercó uno de mis agentes. ¡Buen trabajo!

- Bueno, dejemos estas batallas absurdas que no nos llevan a ninguna parte. Si no lo solucionamos de una vez por todas, esto nos va a estallar en las narices. Un superior ya me ha sugerido que debería ceder el caso a la Brigada Especial de la Policía Nacional. Imagínate el fracaso que eso supondría ahora que acabamos de estrenar la nueva estructura policial.

- ¿A mí me lo cuentas? -Le replicó Casal-. Hace dos días como quien dice que hemos finalizado nuestro despliegue en toda Catalunya y nos están observando con lupa. No hace falta que te explique lo que significaría para los Mossos d’Esquadra cagarla en un caso como éste.

- Bueno, pues se acabó. Hoy trincamos a Darder y a todos los que estén con él y a ver qué sacamos en claro.

- ¿Y de qué le acusamos? ¿De pasearse con unos sujetos que se parecen a otros sujetos que han aparecido inconscientes? -Casal empezó a exponer la situación-: No hay testigos que hayan visto a Darder en los lugares y a las horas en las que se produjeron los ataques. Las víctimas no presentan lesiones o agresiones físicas y al despertar tampoco pueden recordar nada ni a nadie desde el momento del desvanecimiento. Y lo más grande: Al cabo de un tiempo nos enteramos de que esas mismas víctimas habían sido vistas en la otra punta de la ciudad acompañando a Darder. ¡Al que la mayoría asegura no conocer!

- ¡Venga Antonio, no me jodas! -Se enfadó Antonio Sambenito-. Les roban la ropa, la documentación, el dinero y les suplantan. Yo que sé, por algún lado le podremos trincar… Y si no, le aplicamos la legislación antiterrorista -Concluyó el guardia urbano.

Casal recibió una llamada telefónica. Era el cabo Héctor Aguirre que se había reincorporado a su puesto de vigilancia a primera hora de la mañana. ‘El Culebra’ le comunicó que a las 10,15 horas, Darder ¡en compañía de la pareja de japoneses! había salido de su domicilio y se dirigía en su vehículo hacia la salida de Barcelona por la Diagonal. No, no podía precisar quienes eran los dos orientales, más allá de que se trataba de una mujer y un hombre. ‘El Culebra’ estaba casi seguro de que eran los mismos que acompañaban a Darder el viernes, pero no podía poner la mano en el fuego. El cabo de los Mossos d’Esquadra descartó la posibilidad de que se tratara de una fuga pues no habían bajado bulto alguno más allá del equipo y la cámara de televisión. En su opinión, se dirigían a las instalaciones del FC Barcelona.

Casal ordenó a ‘El Culebra’ que los siguiera y que les mantuviera informado puntualmente de todos sus movimientos.

(Continuará…)

LXXIII

Por primera vez desde que se había hecho cargo del caso, ‘El Culebra’ había acertado en el diagnóstico. Darder y sus camaradas, mimetizados de japoneses para su última visita al Camp Nou, regresaban al coliseo azulgrana para grabar los postreros reportajes y atar los cabos sueltos con respecto a Dani Cáceres.

Como era norma habitual el día después de un partido, el entrenamiento de los futbolistas que habían formado en el equipo titular tuvo una duración relativamente breve. La sesión transcurrió en un ambiente de relajación y buen humor y los protagonistas solicitados por los medios de comunicación no pusieron problemas para salir a atender a la prensa. En apenas hora y media ya estaba despachada la jornada en el estadio.

Pero no era éste el principal objetivo de Darder, Baytar y Hertog, así que se acercaron hasta la zona del antepalco en donde las señoras de la limpieza ya habían llevado a cabo su trabajo despegando del suelo los restos de canapés, retirando de los ceniceros las servilletas de papel y las colillas y recogiendo las copas y los vasos abandonados en una punta y otra de la gran sala.

Los tres compañeros se sentaron en los sillones que quedaban justo debajo de una de las vitrinas del museo del club. Desde allí abajo podían contemplar el resplandor de la infinidad de copas y trofeos alineados uno junto a otro. Recuerdos de las glorias, las pasiones, las miserias y los triunfos de otros tiempos, algunos muy lejanos. Viejas camisetas con los colores azul y granate desgastados y que llevaban cosido en el pecho el escudo del club; un escudo mucho más grande y manierista que el actual. Pelotones de cuero y vejiga de animal con la gruesa costura de cuerda a un lado; botas de rígido y pesado cuero que se habían ablandado a base de hundirse mil veces en la hierba mojada y en el barro muchas décadas antes y que ahora estaban acartonadas…

Estuvieron casi todo el tiempo en silencio, viendo pasar a los sonrientes y multimillonarios jovenzuelos que la noche anterior habían hecho felices a millones de personas a las que nunca conocerían y para los que eran auténticos héroes.

Por fin apareció Dani Cáceres por una pequeña puerta disimulada en una de las paredes del antepalco y por la que se accedía desde los vestuarios a la zona noble del estadio. El futbolista tenía el pelo mojado y cara de haber dormido poco y mal. Caminaba un tanto cabizbajo y su ligera cojera se notaba más que otros días. Su rostro se ensombreció todavía más cuando advirtió quiénes eran los tres personajes que se levantaron de los sillones y se acercaron hasta él.

- ¡Enhorabuena por la victoria! -Entabló conversación Darder con la esperanza de que empezar así serviría para romper el hielo.

- ¿Enhorabuena? ¡Menudo hijo de puta estás tú hecho! -Le soltó el futbolista. Después moderó un poco su tono de voz para no llamar la atención de los compañeros que pasaban por allí, camino del aparcamiento-. ¿Qué coño me hicisteis?

- ¿Tú qué crees que te hicimos, campeón? -Inquirió Baytar. El jaspiano miraba con curiosidad al futbolista.

- ¡Y yo qué cojones sé! El viernes me chantajeasteis para meteros en el hotel del equipo. El sábado apareció este cabrón -Señaló a Baytar, mimetizado como Kajiro Shifuma- y a partir de ahí no recuerdo nada. Me desperté y resulta que estaba dentro de un armario, era de noche y al poner la tele me enteré de que ya se había jugado el partido. Mejor dicho, yo había jugado el partido y había sido expulsado. Encima leo que me peleé con Corrado Tienti y que después hice un discurso ridículo. ¡Qué coño me habéis hecho!

- Te hemos hecho un favor. Te hemos ayudado a salir del armario -bromeó Darder, quien no pudo reprimir el chiste fácil que sólo entendió el disgustado Cáceres.

- Campeón, hicimos un trato -Baytar cortó el intento de réplica del capitán del Barça-. Nosotros queríamos un reportaje especial, tú querías esta grabación

-Mostró el disco en el que estaba grabada la conversación de Cáceres con Schaaf-. Somos gente de palabra. Periodistas deportivos. Aquí tienes tu grabación.
El futbolista se quedó callado unos segundos, mirando el objeto que le acababa de entregar aquel japonés extraño.

- ¿Y cómo sé que no es otro truco? ¿Cómo sé que no hay otra copia? -El futbolista miraba alternativamente a los tres periodistas buscando una respuesta.

- Tienes nuestra palabra. Y si tienes alguna duda, al llegar a casa puedes visionar el disco. Aunque lo que yo haría es destruirlo. Quién sabe si puede caer en manos de alguien de poco fiar.

A Cáceres le vino a la mente el rostro de la filipina Rosie, y esto aumentó su mal humor. Le lanzó otro reproche a Darder:

- ¿Cómo me has podido hacer esta putada? Todos los periodistas sois la misma mierda. Aunque se os conozca desde hace veinte años, no se os puede dar ni agua.

- Jaume Darder es un periodista excelente -Salió al paso Baytar- y, aunque no lo creas, un buen amigo tuyo. Tenemos un segundo regalo para ti. ¿Recuerdas al guardia de seguridad del Humedad Relativa? Es un hombre muy aficionado a la fotografía, a los videos domésticos… Quería tener un recuerdo de su noche festiva con el capitán del Barça. Ya sabes, para colgar algunas fotos en las paredes del local y poder enseñárselas a los amigos.

Darder le dio a Cáceres el fajo de fotos que Hertog, disfrazado de Ernesto Moñino en el Humedad Relativa, había tomado del futbolista empinando el codo aquella noche. El capitán del Barça se quedó lívido. Baytar siguió hablando:

- El amigo Darder consiguió recuperar las fotografías. Las fotografías y los originales, que es lo más importante. Ya te dije que es un periodista concienzudo.

Cáceres se llevó la mano a la frente para apartarse las gotas de sudor y, tras un suspiro, se decidió a preguntar:

- ¿Qué queréis ahora? -Como siempre que buscaba ayuda, miró a Darder. El terrícola recuperó la iniciativa.

- Nada. Te damos nuestra palabra de que estas fotos no se publicarán nunca. Yo conservaré los negativos durante un tiempo prudencial; hasta que se te enfríen los ánimos, y puedas pensar con calma. Cuando dejes el Barça, ya sea para retirarte o porque has encontrado otro equipo, yo te entregaré esos negativos para que los destruyas. ¿Y qué has de hacer a cambio, me vas a preguntar? Nada. Simplemente, te has de olvidar de todo lo que ha pasado esta semana. Ellos -señaló a Baytar y Hertog- regresan a… Japón y también han conseguido lo que querían. Por tanto, si nos das tu palabra de cumplir tu parte, para nosotros el tema estará enterrado.

Darder le tendió la mano al futbolista, que no le aceptó el saludo.

- ¿Me aseguráis que nunca veré estas fotos publicadas, o en la mesa del presidente Puga o del cabronazo de Kranzbühler? -Se cercioró Cáceres.

- Si estamos de acuerdo en que ayer jugaste un mal partido, en que te mereciste la expulsión y en que lo más importante es que ganó el Barça por 2-0, te lo aseguramos -El periodista de ‘El Correo Diario’ seguía con la mano extendida.

Dani Cáceres aceptó entonces la mano de Jaume Darder y de los dos jaspianos. Y sin cruzar una palabra más, guardó el disco y las fotos que le habían entregado los periodistas y se fue en dirección al aparcamiento.

(Continuará…)

LXXIV

Darder y los enviados especiales de la MNN de Jaspion recogieron todo su equipo, subieron al coche y abandonaron las instalaciones del Camp Nou. Seguían sin muchas ganas de hablar. Uno y otros tenían motivos para estar así y ni tan siquiera la persistente presencia de ‘El Culebra’ en los espejos retrovisores del desvencijado Golf, a lomos de su moto, les provocaba ya un solo comentario irónico.

Baytar Dix y Hertog Bulq habían salvado el viaje desde el punto de vista profesional. Es más, habían convertido un auténtico desastre en un gran triunfo. Cierto que tendrían que dar muchas explicaciones de regreso a Jaspion, pero sus espectaculares reportajes amortiguarían muchos golpes dentro de la MNN.

Otro tema era la vertiente política y sus reiteradas violaciones del Protocolo. Seguro que les retirarían el pasaporte para que en el futuro no pudieran viajar fuera del planeta; en el peor de los casos, la sanción se prolongaría de manera definitiva. Tendrían que hacerse a la idea de que, a partir de entonces, tendrían un trabajo más sedentario. Quizás había llegado el momento de sentar la cabeza y probar otras opciones dentro del periodismo, reflexionaba Baytar. Tal vez, incluso había tocado la hora de probar suerte en otra profesión, pensaba Hertog.

La situación del terrícola era, objetivamente, mucho más complicada. Jaume Darder sólo había podido cerrar el ‘Frente Cáceres’. Pero a partir del lunes debería dar muchas explicaciones a la Policía. Y tendría que entregar una propuesta convincente, “algo con cara y ojos” como se decía en el argot, a los responsables de su periódico. Martorell y Camús no sólo eran su única esperanza para seguir teniendo una nómina, sino también su único parapeto para cuando las autoridades se le echaran encima.
Y, finalmente, estaba su vida personal. No sabía si tras aquel embrollo tenía alguna opción de recuperar a su mujer o si la había perdido de una vez por todas. Y si se quedaba sin trabajo, divorciado o no, ¿cómo iba a pagar las facturas de sus tres hijos?

Todo esto, suponiendo que no le tomaran directamente por un enfermo mental y acabara con sus huesos en un centro psiquiátrico. Bien mirado, era una opción mejor que la cárcel, menos peligrosa. La única jodienda es que no estaba loco. “O al menos, no del todo”, se dijo el terrícola. Lanzó la colilla y cerró la ventanilla.

Completaron el camino de regreso a casa en muy poco tiempo e incluso fue sencillo encontrar dónde aparcar el viejo Golf. Barcelona, los domingos al mediodía, se convertía en una inmensa mole semidesierta con tan solo abandonar la zona de la plaza Catalunya, Les Rambles y el Puerto.

Tras comer algo, se dedicaron a ultimar los detalles para no dejar nada al azar antes del regreso de Baytar y Hertog a Jaspion. Todo tenía que estar preparado para partir en dirección a la montaña de Montjuïc a primera hora de la tarde.

- Toma, esto es para ti -Baytar entregó a Darder los discos con las copias del dossier policial que habían sustraído el viernes de la comisaría de los Mossos d’Esquadra de la calle Pontils-. Lo he repasado a fondo y, si quieres, los tienes bien pillados por las gónadas. Está el dossier de Oriol Reginàs con todas las hazañas que le han ido tapando durante los últimos años gracias a la influencia de su papá. Si juegas tus cartas con inteligencia, los tienes a todos en el bote. Hay tres copias.

- Me parece que seré yo quien acabará en el bote -Las palabras del periodista destilaban una triste ironía.

- Utiliza la cabeza, Jaume. En realidad, tus jefes no querían un reportaje sobre los sucesos de Montjuïc. Ésa era la excusa. Buscaban información y pruebas para presionar a Rodolf Reginàs. Y si quieren esas pruebas, te tendrán que ayudar. Ése es tu pacto. En cuanto a los polis, ni a ellos ni a los políticos les interesa que ‘El Correo Diario’ haga público que han estado maquillando el historial delictivo de Oriol Reginàs por las presiones de su influyente padre. También querrán pactar. Y nuestra historia… Una vez que nos hayamos ido, tú mismo.

- Podéis estar muy tranquilos. No os van a meter en la cárcel en Jaspion por violar ese famoso Protocolo. Al menos, no por mi culpa -matizó Darder-. Mi única misión en la vida a partir de esta noche será la de intentar desprenderme de mi bien ganada fama de tarado. Ya me inventaré alguna patraña con la que contentar a la policía. Si realmente salen las cosas como tú preves, no tendrán muchas ganas de remover la mierda.

Entonces, Hertog se atrevió a intervenir en la conversación.

- Jaume, telefonea a tu mujer. Ella sigue enamorada de ti. Puedes pensar que soy un ser deleznable, un mutante galáctico, como a veces me has dicho. Lamento haber traicionado tu amistad. Si pudiera dar marcha atrás y cambiar las cosas lo haría, pero eso no es un obstáculo para que arregles las cosas con Sonia. Ella y los niños están convencidos de que esa tarde la pasaron contigo.

Darder miró un momento a los dos extraterrestres. En esos momentos tenían su apariencia real. Eran tan similares a un terrícola que costaba determinar las diferencias más allá del color de la piel. Y entonces se sintió un auténtico desgraciado. Había dado con dos amigos que vivían a millones de años luz de la Tierra. “En realidad”, se dijo, “la mayor parte de la gente que está a mi alrededor está mucho más lejos de mí que estos dos”. Después soltó:

- Como dijo Mr. Wolf en la memorable ‘Reservoir Dogs’ de Quentin Tarantino: “Señores, no empecemos a chuparnos las pollas, que aún queda mucho por hacer”. ¡Vamos a calentar motores con un poco de cerveza y algo de rock and roll!

- ¡Así se habla! -Le apoyó Baytar.

(Continuará…)

LXXV

El trío de periodistas se pasó el resto de la tarde escuchando música, bebiendo copas -Darder, siempre fiel a su cerveza y a sus pitillos rubios- y bromeando al recordar algunas de las disparatadas aventuras que habían vivido durante la última semana. La tensión subió cuando llegó la hora de partir. Mientras llevaban a cabo los últimos preparativos para salir del piso, se les ocurrió echar un vistazo por la ventana para ver cómo seguía su ‘espía particular’. Baytar se asomó a la ventana y lo que descubrió no le hizo ninguna gracia. ‘El Culebra’ había desaparecido de su campo visual, pero a ambos lados de la calle se adivinaba una fuerte presencia policial. Varios de los agentes que estaban apostados en las cuatro esquinas llevaban el uniforme de asalto.
- ¡Chavales, esto puede complicarse en breve! -Avisó a los otros dos que en esos instantes amontonaban los últimos bultos para salir del apartamento.
Al escuchar las palabras de Baytar, sus compinches se acercaron hasta los ventanales y pudieron comprobar lo que les había anunciado su compañero.

- ¿Y cómo gónadas nos vamos a ir de aquí ahora? -Se lamentó Hertog-. ¡Con lo cerca que lo teníamos y nos van a trincar en el último minuto!

- Bueno, si suben, sacamos las armas y les plantamos cara. Yo les freno y vosotros intentáis huir -Propuso Darder en un arranque de valentía.

- ¿Pero qué estás diciendo? -Le aplacó Hertog- ¿Qué armas? Nosotros somos unos periodistas deportivos que íbamos camino de un mundo civilizado antes de estrellarnos en este asteroide, no los personajes de ‘La Guerra de las Galaxias’. ¡No llevamos armas!

- Pues estamos bien jodidos, porque si nos han tomado por terroristas, tal y como está el patio, estos van a subir con las patas por delante -Pronosticó Darder.

- Bueno, pensemos un poco. Hemos de encontrar la manera de llegar a la calle -Reflexionó Baytar en voz alta-. ¿Hay alguna otra salida a la calle?

- Ahora eres tú el que has visto muchas películas. En la época que construyeron este edificio aquí no ponían escaleras de incendios. Como mucho, hacían una escalera para el servicio, pero en edificios de mayor alcurnia.

Se quedaron callados unos instantes; Hertog soltó un taco en su propio idioma. Al fin, Darder volvió a hablar.

- Os voy a hacer un último favor. Debo de estar como una cabra para proponer una gilipollez como ésta, pero supongo que ya no me irá de una locura más.

El terrícola cogió el teléfono móvil y marcó el número de Sonia. La voz de la mujer sonó al otro lado de la línea a los pocos segundos.

- ¿Sonia? Hola, soy Jaume.

- ¡Jaume! No esperaba tu llamada. Vamos, que esperaba que nos telefonearas mañana. Como me decías en tu mensaje que lo harías si… ¡Enhorabuena! Sólo hablan del partido de ayer.

- ¿Verdad que sí? -Pero Darder no tenía ganas de hablar de fútbol en esos instantes-. ¿Y oíste mi mensaje?

- Sí. Lo oí y lo escuché -Precisó su esposa a la que, resultaba evidente, había conmovido el discurso del periodista.

El redactor de ‘El Correo Diario’ no se atrevió a seguir por aquel camino y optó por ir al grano.

- Mira Sonia, a lo mejor lo estropeo todo una vez más. Solo espero que, cuando pase un tiempo, entiendas las cosas que me han sucedido durante esta semana y comprendas que lo que te decía ayer en el contestador automático era todo cierto y…

- ¿Se puede saber qué cuento me estás soltando ahora? -La mujer empezó a preocuparse al notar el sombrío tono de voz de su marido.

- Sonia, necesito que me hagas un gran favor y sin plantearme demasiadas preguntas. Tienes que venir a mi apartamento con los niños. Ahora mismo.

- Los niños deben hacer los deberes, es muy tarde y mañana madrugan para ir al colegio- Le recordó ella, contrariada por lo que acababa de oír.

- ¡Sonia! Si crees que aún podemos arreglar lo nuestro, que los niños cojan los libros, te los traes a mi casa y que hagan aquí los deberes. Por favor, necesito que estéis en mi piso, en veinte minutos como máximo.

- ¿Pero, qué te pasa? -Ahora ella estaba asustada.

- Cuando llegues, te lo explicaré todo. No bromeo, necesito que vengáis.

- Está bien -Claudicó Sonia al final-. En veinte minutos estaré allí.

En poco más de un cuarto de hora, que para el trío de periodistas pareció una eternidad, sonó el interfono. Sonia y los tres pequeños habían llegado hasta la entrada del edificio. Darder les esperó con la puerta del apartamento abierta y al salir del ascensor, pudo comprobar que su mujer estaba visiblemente alterada.

Los niños saludaron rápidamente al padre y entraron en el piso

- ¿Qué es lo que te pasa? En las calles de los alrededores hay un montón de policías. ¿Tiene eso algo que ver contigo? -Sonia no podía contener su indignación.

- En cierta forma, sí -Fue la verdad a medias de su marido mientras le empujaba a entrar en el recibidor para así poder cerrar la puerta.

- ¿Y cómo te has atrevido a pedirme que traiga a mis hijos hasta aquí estando en esta situación? -Chilló Sonia muy enfadada.

- Puedes estar tranquila porque no os va a pasar nada. Entra, por favor -Darder habló sin levantar el tono de voz con la intención de calmar a Sonia.

Llegaron al comedor y se encontraron con que los tres chavales se habían quedado callados y observaban a los dos jaspianos. Baytar y Hertog habían recuperado el aspecto de periodistas japoneses.

- ¿Quién es esta gente? -Preguntó la mujer al verlos.

- Sonia, si las cosas van como tienen que ir, esta noche te podré explicar toda la historia y entonces podrás optar por denunciarme, divorciarte o volver conmigo, aunque me parece casi imposible que quieras volver a casa cuando te cuente lo que me ha pasado.

- Pues lo que a mí me parece es que nosotros nos vamos de aquí -Y empezó a dirigir a los niños hacia la puerta de salida-. No sé cómo se me ocurrió pensar que volvías a ser una persona normal. Lo tuyo no tiene solución.

- ¡No, espera! -Pidió Darder-. Niños, quedaos aquí viendo la televisión mientras papá y estos señores le enseñamos una cosa a mamá.
Los cuatro pasaron al dormitorio de Darder y cerraron la puerta. Una vez allí, el periodista de ‘El Correo Diario’ siguió hablando.

- Mira Sonia, ya discutiremos después, ahora escúchame. Te vas a llevar un susto de muerte, pero ten presente que a los niños no les va a pasar nada malo y que, cuando se despierten, habrán olvidado todo esto, sin más.

- ¿Despertar?

Baytar decidió ayudar a Darder.

- Señora, digamos que mi compañero y yo -Señaló a Hertog pese a que éste seguía teniendo apariencia de mujer- disponemos de cierta tecnología para dejar inconscientes a los terrícolas y asumir su apariencia. Esta tecnología es totalmente inocua en las dosis que le aplicaríamos a usted y a sus hijos. Si accede a colaborar, nosotros podremos salir de aquí y no nos volverá a ver más. Se lo prometo.

- Ni tampoco a mí, si así lo deseas -Añadió Darder. Sonia le giró la cara. Aunque su marido no podía ver su rostro, la expresión era de desdén.

- Al cabo de unos minutos, usted y los niños despertarán sin mayores complicaciones -Continuó Baytar-. Y le repito que no les quedará secuela ni recuerdo alguno a sus hijos. Usted sí que recordará esta conversación, porque en su caso le hemos puesto sobre aviso con antelación.
La mirada de Sonia iba de uno a otro de los tres personajes que tenía enfrente y transmitía un profundo sentimiento de tristeza y de miedo.

- ¡Me has traído hasta aquí para que nos maten a mí y a mis hijos ante tus ojos! ¿Cómo se puede ser tan sádico? ¿Cómo se puede estar tan loco? ¿No era más fácil divorciarnos? -A la mujer se le saltaban las lágrimas-. ¡Hay que ser retorcido para montarme semejante número durante una semana!

Intervino Hertog, en su papel de periodista japonesa.

- Le aseguro que su marido les quiere mucho a los cuatro y nunca haría nada que les pusiera en peligro. Mire, ahora mi compañero me aplicará la técnica para que pueda comprobar que no pasa nada.

Baytar se acercó a Hertog y le colocó la mano en la nuca. La supuesta japonesa cayó inconsciente sobre la cama. Al cabo de unos segundos, su compañero le zarandeó y volvió a recuperar la consciencia.

- ¿Quién es esta gente? -Preguntó Sonia a su marido, absolutamente desorientada.

- Escúchame. Si aún me quieres, tienes que confiar en mí. Te pido que hagas esto porque es la única opción que tenemos para escapar de un lío enorme. Si las cosas salen bien, haré lo que tú me digas. Si quieres el divorcio, mañana mismo te firmo los papeles. Si deseas que deje esta mierda de profesión, la dejo. Si quieres que desaparezca de tu vida, no me volverás a ver el pelo. Si me pides que esté contigo, me tendrás a tu lado. Pero no tenemos más tiempo para decidir. Esos policías que has visto allí abajo pueden subir en cualquier momento; y eso sí que sería peligroso.

- ¿Y si suben, qué hago? -Sonia sentía que el corazón se le iba a escapar por la boca.

- Si aún están ustedes aquí cuando suban, no deben hacer nada -Intervino Baytar-. En esa situación supongo que les encontrarán inconscientes y les despertarán. Sólo tiene que explicarles que vinieron a ver a su marido y descubrieron que no estaba en casa. Mientras esperaban su regreso, perdieron el conocimiento. A partir de ese punto, no recuerdan lo que sucedió después. Eso será en el peor de los casos. En el mejor, si no se produce el asalto de la policía, dejaremos preparado un reloj. Al cabo de un rato, cuando suene la alarma, se despertarán, recogerán sus cosas y se podrán ir para casa.

Sonia meditó unos instantes y al final aceptó la situación.

- ¿Y ya está? -Su tono era, aún, una mezcla de incredulidad, temor y resignación.

- Y ya está -Repitió Baytar.

- Supongo que no tengo otra opción -La mujer aceptó resignada la situación.

- No, señora, al contrario -Le dijo el ya recuperado Hertog cogiéndole la mano y mirándole a los ojos-. Si usted quiere marcharse, puede hacerlo ahora mismo. Pero la necesitamos y sé que podemos confiar en usted.

Sonia dio un respingo y retiró rápidamente la mano. La mirada de aquella inquietante japonesa le había provocado una extraña sensación de conocimiento. Pero era imposible, no había nunca antes a aquella mujer o lo que fuera…

- Bien, manos a la obra -dijo Baytar antes de que la esposa de Darder pudiera reaccionar-. Cuanto antes salgamos nosotros de aquí, antes podrá recuperar usted la tranquilidad.

(Continuará…)

LXXVI

El cabo Héctor Aguirre estaba apostado junto a su moto, estacionada en uno de los chaflanes próximos al edificio de Jaume Darder. Ya era noche cerrada y las luces instaladas en los techos de los coches de policía se hacían aún más visibles para los viandantes que se cruzaban con aquel despliegue de furgonetas, scooters y automóviles blanquiazules iluminados como árboles de navidad. Los vecinos, sorprendidos al principio por la llegada de tantos agentes de policía, se habían aburrido mucho tiempo antes al ver que no sucedía nada y, como había bajado la temperatura tras la puesta del sol, hacía rato que habían abandonado los balcones. Metidos en sus pisos los menos curiosos, solo resistían los más cotillas o los desocupados.

‘El Culebra’ vio que se abría nuevamente el portalón del edificio de Darder. A continuación, aparecieron tres personas cargadas con algunos bultos. Comprobó que se trataba de Darder y sus dos hijos varones. Los intercomunicadores empezaron a chisporrotear en las orejas de los policías mientras los agentes se confirmaban unos a otros que el sospechoso estaba saliendo del edificio en compañía de dos niños.

- ¿Vamos a actuar o qué? -preguntó ‘El Culebra’ a los intendentes Antoni Casal y Robert Sambenito, desplazados in situ para dirigir la operación.

- No es prudente -Valoró el intendente Casal-. La esposa y los japoneses siguen allí. Y otra de las criaturas, tampoco olvidemos este detalle. No quiero correr riesgos innecesarios. Esperaremos un poco más hasta que recibamos la orden judicial que nos autorice a entrar.

- ¿Y vamos a dejar que ese psicópata se vaya de aquí así, sin más? -El intendente Sambenito no quería ocultar su disgusto.

- ¿Qué artículo penal le vas a aplicar para detenerle? -Se enfadó también Casal- ¿Le acusarás de obligar a sus hijos a acarrear con exceso de peso? Lo único que podemos hacer es seguirle. Vaya usted tras el sospechoso e infórmenos -Instruyó a ‘El Culebra’.

Mientras tanto, Darder, acompañado de Baytar caracterizado de su hijo pequeño y de Hertog, con el aspecto del mayor, se alejaban del lugar camino del vetusto Golf. Iban a buen ritmo pues sabían que disponían de un corto margen antes de que Sonia y los tres niños se despertaran o, peor aún, de que la policía actuara. Además tenían el tiempo justo para ejecutar el resto del plan: guiar a la nave de rescate hasta su posición, instalar las piezas de recambio en la suya y salir disparados de regreso a Jaspion.

Llegaron hasta el viejo Golf y lo arrancaron sin problemas. Todo parecía estar saliendo a la perfección pero cuando se aproximaban a la plaza España, Darder descubrió en los espejos retrovisores una figura ya conocida: la de ‘El Culebra’ a lomos de su motocicleta.

- Malas noticias; nuestro amigo el polizonte nos pisa los talones -anunció el terrícola al mismo tiempo que golpeaba el volante.

- ¡Gónadas! ¿Y cómo nos los vamos a quitar de encima? -Se preguntó Hertog mientras se giraba para comprobar con sus propios ojos la presencia del sabueso.

- Habrá que simplificar el plan -Decidió Baytar al instante-. Volaremos nuestra nave y subiremos a la otra antes de que los polis tengan capacidad de reacción. Faltan poco más de veinte minutos para que llegue el rescate, así que ¡zúmbale, Darder!

- No sé cómo le vamos a explicar al Jefe Drinag que hemos destrozado una de las unidades móviles nuevas… -Se cuestionó Hertog.

El abigarrado trío de periodistas no sabía que las cosas aún se habían complicado un poco más. A los diez minutos de que ellos abandonaran el piso, sonó el despertador y la esposa y los tres hijos de Darder salieron de su letargo. Los niños no recordaban nada de lo sucedido, pero ella sí que retenía aún toda la conversación previa. Sonia hizo que los críos recogieran sus cosas y abandonaron el apartamento a toda prisa.

Cuando los agentes vieron que se abría el portalón del edificio y aparecía la esposa del sospechoso acompañada de los tres niños, volvieron a chisporrotear los intercomunicadores. Tras unos segundos de confusión, el intendente Casal dio la orden para que dos agentes se acercaran hasta la mujer y la retuvieran para interrogarla. Otro grupo ya irrumpía en el edificio y subía camino del apartamento del periodista, que encontraron con la puerta abierta y desierto. Una vez que le confirmaron que allí no quedaba nadie, Casal pidió que contactaran con ‘El Culebra’ para que éste les diera su posición.

Ya en las calles de la montaña de Montjuïc, esta vez Darder no aparcó el viejo Golf junto al Anillo Olímpico, sino que se dirigió directamente hasta la zona en donde el inmenso trailer-nave llevaba estacionado casi una semana. Se habían acabado, por innecesarias, las precauciones.

Cuando se estaban aproximando al Mirador del Migdia, Darder descubrió que ‘El Culebra’ se había alejado algo de ellos, quizás con la ridícula intención de que su persecución fuera menos evidente. El terrícola decidió no preocuparse más por su inquietante presencia.

Al llegar a la altura del camino de entrada al mirador, giró a la izquierda y se adentró en la explanada que precedía al pinar en donde estaba la nave. Como cada día al caer la noche, ya había un buen número de vehículos en donde los parroquianos estaban concentrados en sus habituales menesteres.

Darder detuvo el coche a unos metros del camión. Abrió el maletero y cogió un tubo naranja, de un metro de largo y de unos tres centímetros de grosor como los que se usan en las estufas de butano. También sacó una garrafa de plástico vacía. Armado con estos utensilios, abrió el depósito de combustible del Golf y extrajo con ayuda de la goma unos litros de gasolina que vertió en el recipiente. Entretanto, los jaspianos habían entrado en la nave para recoger algunas pertenencias y contactar con el equipo de rescate.

- ¡Ya he establecido conexión con ellos! -Gritó Baytar en el interior, situado frente a la pantalla de comunicaciones- ¡Hertog, que Darder traiga la garrafa con el combustible! ¡Les avisaré de que se trata de una maniobra de emergencia y después organizaremos una buena barbacoa!

- ¡Antes me voy a ocupar de nuestro amigo el motociclista! -Hertog salió de la nave y se dirigió a una zona del pinar en la que había bastante vegetación.

A unos metros de la acción, ‘El Culebra’ había detenido su motocicleta y, escondido entre los matorrales, intentaba seguir los movimientos de los sospechosos mientras informaba a sus superiores a través del intercomunicador.

- ¡Los dos niños han entrado en el camión y el padre está preparando un cóctel Molotov! -Relató-. ¡Es un puto terrorista!

- ¡Muy bien cabo, aguante su posición y no intente hacer nada en solitario, ya estamos de camino! ¡Llegaremos allí en unos minutos! -Respondió el intendente Casal al otro lado de la línea. El sonido de las sirenas, aún lejano, se empezaba a intuir en aquella parte de la montaña.

Entonces, todo sucedió muy rápido. El cabo Héctor Aguirre descubrió que en el cielo, sobre la vertical del puerto de Barcelona, aparecía un punto de luz que cada vez se iba haciendo más grande y emitía un intenso resplandor.

Esto fue lo último que pudo ver ‘El Culebra’, pues sintió una ligera presión en la nuca y al instante perdió el conocimiento.

Tras dejar dormido al mosso d’esquadra, Hertog regresó a la carrera hasta la zona del camión-nave y empezó a espantar a los ocupantes de los vehículos que había en la zona. Una vez más, se inició una estampida de coches que enfilaron la salida del Mirador del Migdia. Después, regresó hasta donde se encontraban sus compañeros.

- ¡No creas que lo he hecho solo por diversión, este lío de coches dificultará la llegada de la policía! -Le explicó a Darder, que esperaba la salida de Baytar.

Por fin, se oyó un fogonazo en el interior de la nave e intuyeron el fulgor de las llamas. Baytar apareció corriendo y le entregó varios discos a Darder.

- ¡Cortesía de la MNN! Son las grabaciones de las conversaciones que mantuvimos con Martorell esta semana. Ten cuidado que no se quemen, porque son tu salvoconducto. Se las enseñas a Martorell y Camús en cuanto puedas. Y estos informes son para los polizontes, para cuando te lleven a comisaría. Así verán unos y otros que no estás con el culo al aire.

Las sirenas ya sonaban muy cerca, así que cargaron con los bultos y abandonaron el pinar hasta ir a parar a la explanada que coronaba aquella parte de la montaña. La nave extraterrestre se acercó a la superficie y a Darder le sorprendió el suave zumbido de sus motores. Baytar y Hertog, que vestían un mono de vuelo, habían recuperado su auténtico aspecto, “tan parecido al de los terrícolas, ya ves tú”, pensó una vez más el periodista de ‘El Correo Diario’.

- ¡Tecnología ecológica y sostenible! -Aún tuvo tiempo para bromear Baytar con uno de los lemas que había oído aquellos días en Barcelona. Después, se fundió en un abrazo con el terrícola. A continuación fue Hertog quien se despidió de Darder. La nave, todavía camuflada como un inmenso camión de BCNeta!, estalló a sus espaldas. La claridad que provocó el incendio delató la llegada de los vehículos policiales.

- ¡Llevadme con vosotros! -Pidió Jaume Darder a los extraterrestres que ya subían por la rampa de la nave de rescate.

Hertog se giró un instante y con una sonrisa de oreja a oreja, le contestó:

- ¡Venga Jaume, que esto no es ‘Encuentros en la Tercera Fase’!

La rampa desapareció, la compuerta se cerró y con la misma celeridad que había llegado, la nave ascendió sin esfuerzo hacia el cielo de Barcelona y se convirtió primero en una bola de fuego, después en un punto de luz y al final, en la nada más infinita.

FIN

Barcelona, 8 de enero de 2005

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